Carta pastoral de Mons. Atilano Rodríguez: ‘Año de San José y de la familia’

El Antiguo Testamento nos dice que Dios creó al varón y a la mujer para que conviviesen, para que se ayudasen mutuamente en su crecimiento personal y para que colaborasen con Él en la transmisión y en el cuidado de la vida. Estas enseñanzas confirmadas por Jesús nos permiten descubrir que la familia es uno de los bienes más preciosos que Dios nos ha regalado para la transformación de las realidades terrenas según sus planes.

Este encargo de Dios al varón y a la mujer resulta imposible realizarlo con las propias fuerzas. Para afrontar con fortaleza y rectitud las dificultades de la convivencia diaria y de la educación de los hijos, la familia necesitará siempre la ayuda de la gracia divina. De la oración y respuesta a los mandatos divinos, nace el amor, la capacidad para vivir la mutua fidelidad y la fuerza necesaria para afrontar las distintas situaciones de la vida.

Cuando contemplamos la realidad de la familia en nuestros días, podemos constatar un debilitamiento de las relaciones entre sus miembros. Los problemas económicos y laborales, la progresiva secularización social y la búsqueda obsesiva de la seguridad material, además de retrasar la celebración del matrimonio, están provocando un repliegue de la familia sobre sí misma ante las dificultades y problemas externos.

Muchas personas, incluso bautizadas, han olvidado el origen divino de la familia y la existencia de leyes superiores que la apoyan y respaldan. Por eso, constatamos con olor que el divorcio, la separación de los esposos y las uniones entre el varón y la mujer siguen el ritmo y la orientación de los propios deseos y sentimientos, sin tener en cuenta las enseñanzas de la Sagrada Escritura y el mandato de Dios.

La falta de estabilidad matrimonial y las dificultades para la educación de los hijos provienen en gran medida del debilitamiento de la religiosidad familiar. El olvido de la oración en familia y la ausencia de sus miembros de las celebraciones litúrgicas, además de provocar un debilitamiento en la fe de los esposos y de los hijos, hacen imposible preguntarse por el lugar de Dios en la familia y por la necesidad de la formación cristiana.

Ante estas dificultades para la convivencia y para la estabilidad familiar, el papa Francisco nos invita a reflexionar durante este año sobre la identidad de la familia para encontrar soluciones a sus problemas. Los cristianos tenemos una responsabilidad moral en el acompañamiento y en la defensa de esta institución tan nuclear para la felicidad de los esposos, para la misión de la Iglesia y para el devenir de la sociedad.

Que san José vele por todas las familias, nos ayude a superar el individualismo que debilita los vínculos familiares y nos ilumine en la búsqueda de caminos nuevos y respuestas sólidas que ayuden a los esposos a descubrir y valorar su alta misión.

Con mi sincero afecto y bendición, feliz día del Señor.

 

+ Atilano Rodríguez,

Obispo de Sigüenza-Guadalajara

 

Mons. Atilano Rodríguez
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Mons. D. Atilano Rodríguez nació en Trascastro (Asturias) el 25 de octubre de 1946. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Oviedo y cursó la licenciatura en Teología dogmática en la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue ordenado sacerdote el 15 de agosto de 1970. El 26 de febrero de 2003 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo, sede de la que tomó posesión el 6 de abril de este mismo año. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Apostado Seglar y Consiliario Nacional de Acción Católica desde el año 2002. Nombrado obispo de Sigüenza-Guadalajara el día 2 de febrero de 2011, toma posesión de su nueva diócesis el día 2 de abril en la Catedral de Sigüenza.