Carta pastoral de Mons. Agustí Cortés: Llamados a una vida nueva

Los cristianos escuchamos estos días de Pascua, en la liturgia y en la predicación, muchas palabras que damos por sabidas, muy repetidas, como un discurso “que toca” hacer este tiempo: “hombre nuevo”, resurrección, novedad de vida, mundo nuevo, nueva Iglesia, etc. Quizá no nos paramos a pensar que estas expresiones están en contradicción con la opinión de que ser cristiano no es más que optar por ser buena persona, como otros muchos podrían decidir, no creyentes, o creyentes en diferentes religiones o ideologías.

Así, el bautismo no sería más que la expresión simbólica de lo que uno vive o hace como opción libre a favor de una vida éticamente correcta.

Este modo de pensar está muy lejos de los mensajes que nos transmite San Pablo. Él, judío instruido y fiel, conocedor de filosofías y religiones, insiste diciendo que en el bautismo comienza en nosotros una vida realmente nueva. Jesucristo, cuando mandó que bautizáramos en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo (cf. Mt 2,19), estaba pensando que al hacerlo ofrecíamos a los creyentes la posibilidad de renacer, iniciar una existencia nueva: en el bautismo algo (alguien) moría y algo (alguien) renacía. San Pablo dirá que, entonces, se realiza en nosotros la gran obra de Cristo: por el bautismo, en Él morimos y renacemos (Rom 6), de forma que “lo viejo ha pasado, somos criaturas nuevas” (2Cor 5,17). El bautismo, el bautismo de cada uno, es todo un acontecimiento.

Es un acontecimiento que sigue vivo en todos los momentos de nuestra existencia. Permanece también en forma de llamada perenne. Hoy recordamos, en efecto, que nuestra vida es una constante vocación. La vocación bautismal, compartida por todos los miembros de la Iglesia, es precisamente esto: “hoy, como el día de tu bautismo, vives muriendo y resucitando”. Hoy, ¿a qué muerte y resurrección estás llamado?; ¿qué ha de resucitar en ti?; ¿qué novedad de vida se ha de abrir paso en tu existencia?; ¿cómo participas hoy de la muerte y resurrección de Cristo?

Así, por ejemplo, de modo especial en tiempo de Pascua, cada uno nos planteamos: “El momento histórico de la pandemia, con sus contradicciones y sufrimientos, contiene una llamada; eres un bautizado que sufre personal y socialmente, ¿qué llamada bautismal contiene la experiencia de la pandemia?; ¿qué nace en ti, como participación en la Pascua de Cristo, en medio de esta crisis?

No estamos haciendo consideraciones “piadosas”. Muchos han visto cómo cambió su vida cuando descubrieron personalmente la llamada bautismal que escondían los acontecimientos reales de sus vidas. Algo en ellos murió y algo nació. Iniciaron una vida nueva y abrieron caminos de novedad cristiana en el mundo y en la Iglesia. Lo viejo pasó para ellos e iniciaron la gran novedad del Espíritu del Resucitado.

San Pablo dirá que el cambio se notará en la mirada. Ya no verá con ojos del hombre “viejo”, de manera puramente humana, sino que todo y a todos conocerá con los del Espíritu, porque “los que viven en Cristo –dirá– son una creación nueva” (2Cor 5,17).

 

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.