Carta pastoral de Mons. Francisco Pérez: Obedecer a Dios antes que a los hombres

Si tuviéramos que hacer una indagación o, en sentido metafórico, un scanner a la cultura actual y a los manejos ideológicos que hoy se enorgullecen de ser promotores de libertad, caeríamos en la cuenta que es una de las mentiras más sutiles que pueden existir. Y lo digo porque ya no sólo se ha perdido el sentido común sino que se ha trastocado el sentido de la racionalidad. Cuando el pueblo de Israel se auto-convencía que la mejor forma de vivir en libertad era saltarse la Ley de Dios, mostrada en los diez mandamientos, el pueblo mismo se depreciaba y se hacía esclavo de sus propios caprichos.

La vida humana tiene unas claves fundamentales que se sostienen gracias a los “genes espirituales” que en ella se contienen. Me resulta sorprendente observar a los misioneros que, a pesar de las dificultades y dramas que viven, deciden quedarse y no huir. No lo hacen por hacer un “brindis al sol”, ni por hacerse famosos en la sociedad, ni lo viven con la intención de ser reconocidos por los demás… Lo hacen porque: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29). Es una decisión valiente puesto que lo normal es la cobardía ante los demás que nos miran y surge la pregunta: “¿Qué dirán?” Las mayores decepciones vienen dadas ante la falta de sinceridad puesto que se obedece más a los hombres que a Dios.

La Palabra de Dios nos recuerda permanentemente que quien “oye estas palabras y las pone en práctica es como un hombre prudente que construyó su casa sobre roca” (Mt 7, 24). Una vida de obediencia a Dios es una vida con un fundamento sólido, para saber sobrellevar las tormentas de la vida sin derrumbarse por completo. No es algo baladí o como humo que se esfuma. Todo lo contrario. De ahí se deduce que uno de las grandes decepciones que hoy se dan es el fracaso que conlleva y es la de orientar la vida desde lo inmanente y el rechazar lo transcendente. Se suele afirmar que, con esta pandemia del Covid19, hay muchos que se sienten tan traumatizados que han perdido el sentido de la vida. Han motivado su vida sobre la arena del placer, de lo superficial y sobre la falsa realidad del consumo y de lo material. Se puede elegir: ”Mirad, pongo hoy ante vosotros bendición y maldición. La bendición, si escucháis los mandamientos del Señor, vuestro Dios, que os ordeno hoy. Y la maldición, si no escucháis los mandatos del Señor, vuestro Dios, y os desviáis del camino que os prescribo hoy, yendo tras dioses extraños que no conocéis” (Dt 11, 26-28). Más claro y más rotundo no se puede decir. Se requiere dar un cambio en la educación de la conciencia para no caer en falsas motivaciones vitales.

La decisión de obedecer a Dios nos muestra de forma más clara el sentido por el que fuimos creados. Y aunque, para los profetas fracasados de lo que es la realización personal en aparentes formas que llevan a una falsa libertad, es saber que la perseverancia auténtica está en lo que Dios valora, aplaude y premia con los mandamientos que él no ha regalado. “Por tanto, amados hermanos míos, manteneos firmes, inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, sabiendo que en el Señor vuestro trabajo no es en vano” (1Co 15, 58). Recuerdo la experiencia de un matrimonio que estando en una situación muy delicada y sabiendo que podía ir al traste su amor conyugal, se encontraron con otros matrimonios que habían pasado por la misma situación. Al final todo se solucionó porque comenzaron a poner los cimientos, del auténtico amor, en la fuerza de la oración y de la vida sacramental. Ahora viven con una felicidad especial que emerge del amor verdadero y que se sustenta en la voluntad de Dios.

La felicidad tiene una fuente de agua viva y es cuando no solo se oye la palabra de Dios sino cuando se decide a ponerla en práctica: “Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan” (Lc 11, 28). No hay problema o circunstancia adversa que no pueda solucionarse. Hay que tener claro que al cobijo del amor de Dios y sabiendo aceptar su voluntad se consigue mucho más de lo que puede realizar nuestro voluntarismo.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Mons. Francisco Pérez
Acerca de Mons. Francisco Pérez 397 Articles
Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).