Carta pastoral de Mons. Agustí Cortés: No utopía, sino esperanza

Alguien, quizá, al escuchar lo que venimos diciendo, o sea, “que en Jesucristo resucita el ser humano, todo lo que es verdaderamente humano”, puede entenderse que la Resurrección de Jesús no es más que el símbolo del hombre victorioso, de su progreso, del avance imparable de la ciencia y de la técnica… No pocas veces oímos decir que la resurrección no es sino un estímulo para seguir luchando a favor de un mundo mejor más humano.

Esto es verdad, pero una verdad tan “pequeña” como frágil.

Hace unos días pudimos leer un artículo del experto en comunicación y asesor político, Antonio Gutiérrez-Rubí, titulado “Mejor la esperanza que la utopía”. Con lucidez incidía en una cuestión de gran trascendencia, especialmente en el mundo de la política. Siguiendo a John Berger, identifica la utopía como una construcción nuestra, cerrada o acabada, que resulta muy atractiva por su sencillez y coherencia. Suele ser defendida radicalmente con palabras huecas y pretenciosas y es propuesta casi con “su manual de instrucciones”.

En efecto, las utopías llenan los discursos políticos que quieren llegar más fácilmente a la gente, deseosa de soluciones rápidas y eficaces a los problemas que sufre. Son frecuentes en políticas, así llamadas, “populistas”. Su lenguaje es radical y usan términos absolutos, de forma que provocan reacciones contrarias, igualmente cerradas. El resultado es la polarización de posturas, que hacen prácticamente imposible el diálogo y el acuerdo (hoy tan necesarios).

La esperanza, por el contrario, es una invitación a construir juntos un futuro, de por sí no prefabricado, pero que acabará siendo más común. Dice el autor:

“Esperanzas que hagan posible lo necesario. Y urgente lo posible. Si la política democrática nos desampara, para lanzarse a la lucha sin cuartel por el poder, haciendo del lenguaje político un gesto soez, de estilo vulgar, con un tono superficial o un vocabulario hiriente, si eso sucede, el fin está cerca”.

Con Jesucristo no resucita una utopía, sino la virtud de la esperanza. Como tal virtud del Espíritu irá siempre acompañada de las otras dos hermanas: la caridad y la fe. Es la esperanza en la vida eterna, que ilumina todas las esperanzas aquí en la tierra. La esperanza no utópica, que no solo abre la puerta a una vida personal más allá de la muerte, sino también a una comunión fraterna, que se puede buscar y disfrutar en este mundo, aunque imperfectamente.

Con esa esperanza se pueden construir sociedades, sistemas productivos, instituciones, políticas concretas, más compartidas, y más cercanas a la persona humana. El hecho de que estas realidades construidas con esperanza sean siempre perfectibles, no resta nada a su validez. Valdrán para seguir caminando juntos.

Para los cristianos esto no resulta nada extraño, ya que sabemos que siempre estamos en camino. La esperanza que nace del Resucitado, nos enseña a superar la tentación de considerar cualquier logro humano como absoluto. No nos ciegan las utopías, sino el don de la ciudad resplandeciente que nos vendrá regalada al final de los tiempos.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.