¿Sabes qué es un portapaz?

Ya en la Última Cena, el Señor dejó a sus discípulos este don de la paz: «La paz os dejo, mi paz os doy; pero no como la da el mundo». Por ello, después de su Resurrección, el Señor cumple su promesa y, cuantas veces Cristo resucitado se aparece a los discípulos, siempre les saluda con estas hermosas palabras:«¡Paz a vosotros!». La paz, como fruto de la Pascua de Cristo, también fue distintivo de la misión de los apóstoles. No es de extrañar que, en la liturgia de la Iglesia, y especialmente en el sacrificio de la Misa, se repita en muchas ocasiones el saludo Pax Tecum, Pax vobis.

Desde sus orígenes, la Iglesia ha saludado a los fieles deseándoles la paz de Cristo. Con este gesto, la Iglesia «implora la paz y la unidad para sí misma y para toda la familia humana, y los fieles se expresan la comunión eclesial y la mutua caridad, antes de la comunión sacramental». (OGMR 82).

La simbología de la paz en el cristianismo

En la carta circular El significado ritual del don de la Paz en la Misa de la Congregación para el Culto y la Disciplina de los Sacramentos (2014) se nos recuerda que, en la tradición litúrgica romana, el signo de la paz se ha colocado antes de la Comunión. Este signo tiene un significado teológico propio. Su punto de referencia es la contemplación eucarística del misterio pascual, mostrándose, así como el beso pascual de Cristo resucitado presente en el altar.

El signo de la paz se encuadra dentro de los ritos que conducen a la participación sacramental en la Eucaristía (Comunión). Este signo se sitúa entre el padrenuestro (que lo prepara) y la fracción del pan (durante la cual se implora al Cordero de Dios que nos de su paz).

La presencia de un rito de la paz dentro de la celebración eucarística está probada desde los primeros tiempos de la Iglesia. Los fieles se daban el ósculo o beso de la paz como señal de fraternidad. Este beso de la paz era uno de los gestos más importantes de la Misa desde la Antigüedad hasta la última etapa de la Edad Media. El ósculo de la paz tiene sus fundamentos en los propios Evangelios y en las cartas de san Pablo«Salutate invicem in osculo santo». Es el símbolo de la unidad entre Dios y los hombres, y entre los mismos hombres.

Primitivamente, la expresión de paz se realizaba entre todos los fieles. Posteriormente, pasó a efectuarse de forma jerárquica, partiendo desde el altar. Cristo se la comunicaba al sacerdote (a través del gesto del beso al altar), el sacerdote al diácono y éste al subdiácono. Hoy en día, la liturgia dispone que el saludo de paz se realice entre los fieles.

Por otro lado, hacia el siglo XIII, las autoridades eclesiásticas consideraron que este acto era motivo de cierto desorden y abuso, por lo que hubo intentos por moderarlo, e incluso suprimirlo. Se impuso la separación entre hombres y mujeres y la paz comenzó a transmitirse dando a besar un objeto intermediario, como una patena consagrada, un libro litúrgico o un relicario, y más tarde, surgió el propio osculatorium o portapaz. En algunos sacramentarios antiguos, el portapaz también aparece mencionado con los nombres de tabella pacislapis pacis o instrumentum pacis. Una vez que había sido besado por el celebrante, el osculatorium era dado a besar a los fieles por un acólito, que recibían así la paz desde el altar.

¿Qué es un portapaz?

El portapaz es una tabla o placa con una representación figurada y en ocasiones, ricamente adornada. Su estructura se parece a la de un pequeño altar o retablo. En la parte posterior lleva un asa o mango, para poder cogerlo con la mano.

Eran piezas de extraordinario carácter suntuario, realizados en metal, oro, plata, esmalte o marfil. Los temas representados eran muy variados, desde escenas de la vida de Cristo o de la Virgen, o también la representación de santos, normalmente patronos de la iglesia o capilla en la que el portapaz se usaba.

A lo largo de los siglos, el estilo y la estética de los portapaces se fueron adecuando a las distintas corrientes artísticas que imperaban en cada momento, hasta llegar a una producción más escasa durante los siglos XIX y XX. Principalmente, a raíz de las reformas litúrgicas auspiciadas por el Concilio Vaticano II que reintrodujeron el signo de la paz para todos los fieles, el portapaz dejó de ser un instrumento en uso.

El Museo de la Catedral de la Almudena alberga una pequeña colección de portapaces, de distintos periodos y estilos. Se encuentran expuestos en la galería destinada a reflejar la vida de la Iglesia a través de sus siete sacramentos y, en concreto, en el apartado dedicado a la Eucaristía.

De entre el conjunto de portapaces, el más antiguo, sería un hermoso y sobrio portapaz en plata sobredorada, de estilo renacentista, y fechado en el siglo XVI. En este caso, el portapaz adquiere una forma arquitectónica, como una pequeña hornacina, flanqueada por dos columnas de orden corintio, y con aletas decorativas a los lados. Se apoya en un pedestal con decoración vegetal y una gran cruz central. La parte superior se remata con un frontón, en cuyo interior vemos la figura de Dios Padre con la mano derecha en actitud de bendecir y su otra mano portando una cruz. La escena principal está compuesta por la imagen de la Virgen María sedente, con el Niño Jesús cogido en su regazo; al fondo están acompañados por la figura de santa Ana.

En general, en el caso de los portapaces del siglo XVI, era muy frecuente que sus marcos arquitectónicos se adecuaran al estilo de las portadas renacentistas. Basamento, columnas, pilastras, frontones y conchas fueron los elementos arquitectónicos más destacados.

Especialmente original es la parte trasera de nuestro portapaz, pues presenta un mango en forma de sirena de doble cola. Este motivo fantástico ha sido relacionado con el estilo de la producción de platería de Alcalá de Henares.

Este portapaz formó parte de los bienes de la Congregación de la Real Esclavitud de la Almudena. En el inventario de 1710, entre las «nuevas alhajas» se lee la siguiente descripción: «portapaz cincelado con columnas y dinteles, en forma de portada, con una lámina con Nuestra Señora y el Niño y la Santa Ana; todo en plata».

Asimismo, en 1926 la Sociedad Española de Amigos del Arte celebró en el Hospicio de San Fernando (hoy Museo de Historia) una exposición sobre el Antiguo Madrid. La muestra recogió objetos de todo tipo de materiales y temáticas, con la intención de acercar a los madrileños el pasado de su ciudad. De la antigua parroquia de Santa María de la Almudena, se expusieron varias piezas, entre ellas: «(num.860) un portapaz de plata dorada, cincelado, estilo Renacimiento, representando a Santa Ana, San Joaquín y la Virgen, y la Cruz Patriarcal. Escudo del Patriarca don Alonso de Fonseca, Arzobispo de Sevilla y Santiago. Asa de sirena. Principios del siglo XVI. Alto 0,17». Si bien, hay algunos errores en su descripción, es más que probable que se trate de la misma pieza.

Por todo ello, la Iglesia nos propone con el rito de la paz conservar la unión de los fieles entre sí y con Dios, mediante el vínculo de la caridad y de la paz.

La paz, fruto de la Redención que Cristo ha traído al mundo con su muerte y resurrección, es el don que Cristo Resucitado nos sigue ofreciendo hoy a su Iglesia, reunida para la celebración de la Eucaristía, y para que así la testimoniemos en nuestra vida de cada día.

(Archidiócesis de Madrid)