«Escuchar, acompañar, tender puentes y caminar juntos», la hoja de ruta de Mons. Francisco José Prieto

Este sábado 10 de abril, la Catedral de Santiago acogía la ceremonia de ordenación de Mons. Francisco José Prieto, nombrado por el papa Francisco obispo auxiliar de Santiago de Compostela. La celebración ha estado presidida por arzobispo de Santiago, Mons. Julián Barrio Barrio, en presencia del nuncio apostólico Mons. Bernardito Auza y varios obispos españoles.

«El Episcopado no es un honor, es una llamada a servir en vigilancia y fidelidad, sin cálculos ni condescendencias con uno mismo», ha recordado Mons. Barrio durante la homilía que pronunciara, a la vez que anticapaba al nuevo obispo como llegaba a «una comunidad diocesana a la que sentirás la necesidad de amarla porque te sentirás profundamente amado por ella».

Por su parte, el ya consagrado obispo compostelano, durante su alocución de acción de gracias, manifestó su disposición a «saber escuchar, acompañar, tender puentes y caminar juntos. Sé que cuento con vuestra ayuda y oración para estar con vosotros y para vosotros un pastor según el corazón de Dios: padre, hermano y amigo».

Por su parte, Mons. Bernardito Auza, nuncio apostólico en España, durante su saludo al nuevo obispo señaló que «en cada momento histórico se manifiesta la labilidad del ser humano. Pero también hay un ofrecimiento constante, el Amor misericordioso que de Dios desciende, y que triunfa en la Pascua. Sea éste el gesto y la palabra oportuna en su ministerio episcopal presidido por el lema que ha escogido Sequi Salvatorem participare est salutem, (“Seguir al Salvador es participar de la salvación”)».

En la solemne eucaristía han participado varios obispos, entre ellos el arzobispo de Valladolid, cardenal Ricardo Blázquez, los obispos de Galicia, el administrador diocesano de Mondoñedo-Ferrol, así como sacerdotes de las diócesis de Ourense y Santiago. La ceremonia transcurrió con la presencia de un número limitado de fieles por las restricciones de aforo debidas a la pandemia. Entre ellos, los familiares del nuevo obispo auxiliar, Mons. Prieto Fernández.

HOMILÍA DEL ARZOBISPO MONSEÑOR JULIÁN BARRIO EN LA ORDENACIÓN EPISCOPAL DE FRANCISCO JOSÉ PRIETO FERNÁNDEZ

Esta Iglesia compostelana acoge con gratitud y se alegra al ser ordenado Obispo nuestro hermano Francisco José, según la tradición apostólica, mediante la oración y la imposición de las manos como signo de protección y de propiedad de Dios que le dice: “Te he llamado por tu nombre, tu eres mío”. Mi filial agradecimiento al papa Francisco y mi felicitación a ti, a tus familiares y a la diócesis que peregrina en Ourense.

Mi saludo cordial a las autoridades que nos acompañan. Mi fraternal saludo al Sr. Cardenal, al Sr. Nuncio Apostólico, a los Sres. Arzobispos y Obispos, al Administrador diocesano de Mondoñedo-Ferrol, a los miembros del Cabildo, a los  sacerdotes, miembros de  vida consagrada, diáconos, seminaristas y fieles diocesanos de Santiago, y de la diócesis de Ourense a la que manifiesto mi gratitud, y a los radioyentes y televidentes.

El profeta Isaías dice que el enviado del Señor trae la liberación y la curación proclamando en toda circunstancia la obra liberadora de la gracia que concierne a todo hombre necesitado de perdón y sin capacidad de  curarse a si mismo. Esta es la misión, en medio de las tensiones culturales, sociales, políticas y religiosas que agobian también a los hombres de nuestros días. El sucesor de los apóstoles, más allá de las preocupaciones y dificultades inherentes al fiel trabajo cotidiano en la viña del Señor, ha de infundir esperanza en quienes, deslumbrados por oasis utópicos en medio de la  banalidad y desconcierto, y afligidos por las múltiples formas de pobreza, “contemplan a la Iglesia como monte de las Bienaventuranzas”, prestando atención a los que no pertenecen al único rebaño de Cristo, porque ellos también nos han sido confiados en el Señor.

Tened cuidado de vosotros y de todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo os ha puesto como guardianes, para pastorear la Iglesia de Dios” (Hch 20, 28), dice san Pablo. El, que vive de la esplendente gracia de Dios, se encuentra constantemente al borde la ruina, al manifestarse en su existencia la vida y la muerte de Jesús y al ser consciente de que la obra de Jesús alcanza su punto culminante en la Cruz. Es la medida Pascual del hombre evangelizado y evangelizador. Pero en la debilidad se siente fuerte, sabiendo que la comunidad eclesial es propiedad de Cristo adquirida con su sangre y amada infinitamente, y que el Espíritu Santo da vida a la Iglesia y con su poder sostiene nuestra debilidad. Por eso, se fía de Dios y de su palabra de gracia “que tiene poder para construirnos y hacernos  partícipes de la herencia con todos los santificados” (Hech 20, 32).

El Episcopado no es un honor, es una llamada a servir en vigilancia y fidelidad, sin cálculos ni condescendencias con uno mismo. “Un servicio que no se mide por los criterios  mundanos de lo inmediato, lo material y vistoso, sino porque hace presente el amor de Dios a todos los hombres y da testimonio de Él, incluso con los  gestos más sencillos”[1]. Esto forma parte de la identidad del obispo. La lógica del Evangelio es la de la gratuidad, camino elegido por Cristo para salir al encuentro en la Iglesia misionera: La presencia del Señor ante los Once, reunidos en comunidad, les hace conscientes de la misión que como Iglesia les encomienda: “Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda la creación”, y reunir a todos los pueblos bajo un solo pastor, para santificarlos y conducirlos a la salvación.

El encuentro de los Once con el Señor Resucitado hace que sus vidas y personas vayan convirtiéndose en Evangelios vivientes, destinados a transparentar el misterio personal de Cristo: “¿Es justo ante Dios que os obedezcamos a vosotros más que a Él? Juzgadlo vosotros. Por nuestra parte no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído”. “No se puede estar al servicio de los hombres sin ser antes siervo de Dios. Y no se puede ser siervo de Dios si antes no se es hombre de Dios”. Sólo así, se puede vigorizar la vida religiosa asumiendo los sufrimientos apostólicos por la difusión del Evangelio, confiando en la acción interior del Espíritu y estando siempre cercano a todos[2]. El cáliz del Señor se convierte siempre en cáliz de bendición (cf. Is 51, 17-22). La herencia del Obispo ha de ser la santidad. En este Año Jubilar la llegada del Obispo Auxiliar es también ocasión para reflexionar sobre el sentido de nuestra peregrinación en el camino de la conversión y sobre el reforzamiento de la eclesialidad en nuestra Diócesis. Dios siempre nos ofrece su gracia para afrontar cualquier reto.

Toda iniciativa episcopal servirá á verdadeira renovación da Igrexa en tanto contribúa a mostrar o fascinante esplendor da auténtica luz que é Cristo mesmo. A proposta evanxelizadora ha de facerse sempre dende o corazón do Evanxeo, proclamando que Deus nos ama infinitamente en Xesús Cristo e fai posible a nosa plenitude, abrindo o noso corazón aos outros. Tendo como referente o exemplo dos santos pastores, habemos de transmitir a fe “non con palabras sabias para non desvirtuar a cruz de Cristo”, nin por consenso humano, senón como unha revelación divina, para uns mensaxe de salvación, para outros pedra de tropezo e escándalo. Pero a verdade cristiá é atraente e persuasiva precisamente porque responde á necesidade profunda da existencia humana. Como “administradores dos misterios de Deus” (1Cor 4, 1s), a nosa inquietude é conducir aos homes cara a Xesús Cristo quen máis alá dá estratexia, pídenos a prudencia que significa buscar e actuar conforme á verdade e que esixe a razón humilde, disciplinada e vixiante, que non se deixa levar por prexuízos. Quen non serve á verdade, non serve á unidade.

Querido irmán Francisco José, ves a unha comunidade diocesana en que sentirás a necesidade de querela porque te sentirás fondamente querido por ela. Todos che desexamos un ministerio episcopal longo e cheo de froitos. Deus preocúpase por ti, mira pola forza da túa vocación e da túa misión. Na comuñón co Papa Francisco recibe gozoso o don do ministerio episcopal. Encomendámosche á intercesión do Apóstolo Santiago, de San Xosé e da Virxe Santa María. Vivamos a nosa existencia menos expostos aos medos, pois somos discípulos de Cristo quen venceu ou mundo e coa sabedoría e a prudencia do bispo guía ao pobo de Deus na peregrinación terrea cara a felicidade eterna. Amén.

[1] BENEDICTO XVI, Homilía en la plaza del Obradoiro, 6 de noviembre de 2010.

[2]Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica postsinodal “Pastores gregis”, 11.

 

ACCIÓN DE GRACIAS DE MONSEÑOR FRANCISCO JOSÉ PRIETO FERNÁNDEZ TRAS SU ORDENACIÓN EPISCOPAL

“Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad” (Sal 15, 6)

En esta mañana, en que he recibido por la imposición de las manos y la plegaria de ordenación el ministerio episcopal como Obispo Auxiliar al servicio de la Iglesia en Santiago de Compostela, en comunión fraterna y en colaboración estrecha con su Arzobispo, don Julián, hago mías las palabras del salmista, porque agradecer es reconocer que todo me ha sido dado: el don de un ministerio que no es tarea ni oficio, sino entrega, ofrenda de la propia vida, servicio “sin tacha día y noche” (como dice la plegaria de ordenación) a Dios y a esta porción del Pueblo de Dios, un bello mosaico construido de muchos rostros y variados caminos, a la que he sido llamado a servir y acompañar. Pido a Dios que pueda hacerlo con “el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo” (EG 268).

En la grandiosidad de esta Catedral de Santiago de Compostela, que fue creciendo con el paso de los siglos y el empeño de la fe, escuchamos, no los ecos del pasado, sino voces que hacen vivos los muros y los arcos. Voces de los artesanos que cincelaron y pulieron un inmenso vocabulario pétreo de fe, voces que expresan la plegaria agradecida del peregrino gozoso en sus pies cansados, voces del canto que se eleva en súplica confiada, voces que celebran al Cristo Crucificado-Resucitado, voces que murmuran admiración por la belleza descubierta, voces que rumorean preocupaciones e inquietudes ante la tumba de Santiago el Zebedeo. ¡Me uno a estas voces para decir con vosotros, los que en esta mañana me habéis podido acompañar presencialmente o lo hacéis a través de los medios de comunicación, una sola palabra: GRACIAS!!!

Gracias a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo, misterio de comunión y vida, de quien procede todo bien. En estas circunstancias, soy muy consciente de mis debilidades y limitaciones. Son momentos para ejercer la confianza en la misericordia Dios, y descubrir con gozo que Él nos da su gracia cuando nos llama a servir con más entrega al Pueblo de Dios. Pido que, dócil al Espíritu, y en este Año de San José, sepa hacerlo con corazón de padre.

Gracias a la Iglesia que, por medio del Papa Francisco, ha confiado en mí para ser Obispo Auxiliar de la Archidiócesis Metropolitana de Compostela. Sr. Nuncio transmita al Santo Padre mi gratitud. No quiero pasar la ocasión de reconocerle a Vd. la cordialidad, y también la simpatía, con la que me comunicó la noticia de mi nombramiento.

Gracias Sr. Arzobispo, mi querido don Julián,  que desde el primer momento me acogió con afecto paterno y cercanía de hermano: he sido llamado a acompañar –auxiliar– a esta Iglesia que como pastor Vd. guía y preside desde hace 25 años. De su mano y en comunión y colaboración fiel y fraterna, sé que aprenderé a conocer, a escuchar y amar a los pueblos y gentes, a las parroquias y fieles de esta comunidad diocesana para darles lo mejor: la alegría del Evangelio que llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Sólo con Jesucristo siempre nace y renace la alegría (cf. EG 1).

Gracias, de un modo especial, a los Obispos que han sido pastores en la Iglesia de Ourense y con los que he ido caminando en mi vida sacerdotal, gracias a su cercanía y comprensión en no pocos momentos, y que han ido dejando honda huella a lo largo del tiempo en los diferentes destinos pastorales que me encomendaron: fue breve, para mí, la de D. Ángel Temiño, pues iniciaba apenas mi etapa formativa en el Seminario Mayor; D. José Diéguez Reboredo, que me ordenó sacerdote hace casi 28 años y me envió a Roma a asomarme al vasto y rico mundo de los Padres de la Iglesia; Don Carlos Osoro, con el que inicié ese querido proyecto del Centro de Ciencias Religiosas en Ourense; y don Luis Quinteiro, gracias al cual pude concluir el doctorado en la Pontificia de Salamanca.

Gracias don Leonardo por la confianza que depositó en mí a lo largo de los casi 9 años en que he colaborado con Vd. de modo tan cercano y fraterno al servicio de la diócesis ourensana como Vicario para la Nueva Evangelización. No es el momento de hacer relato de todo lo vivido y compartido en estos años, pero sí de destacar la rica vivencia personal y sacerdotal que ha supuesto para mí y, de modo singular, la enriquecedora experiencia del camino sinodal que la diócesis de Ourense inició en 2016 y que espero que pronto concluya para ser horizonte y camino de la nueva tarea evangelizadora en la Iglesia ourensana. Y gracias muy especialmente por su acompañamiento y cercanía en estas semanas previas a la ordenación episcopal: ha sido para mí padre y hermano.

Gracias Sr. Cardenal, Sres. Arzobispos y Obispos, al administrador diocesano de Mondoñedo-Ferrol que en esta mañana me acompañan, y a todos los que me han hecho llegar por diversos medios, desde que mi nombramiento se hizo público, su oración y felicitación mostrando una acogida de cálida y sincera fraternidad.

Grazas aos meus pais, Fernando e María Jesús: por eles Deus regaloume o don da vida, agora presentes na comunión dos santos e na esperanza do Resucitado. Neles a miña vida foise tecendo entre a paternidade da recia Zamora e a maternidade da fondura da alma galega.

Grazas o meu irmán Fernando, miña cuñada María (una irmá para min), aos meu sobriños (Pablo, Pedro, Hugo)…, canto me compracevervos crecer! Aos meus tíos, primos e familia de Ourense e de Zamora. Non todos podedes estar hoxe aquí, pero a todos vos levo no corazón.

Grazas á miña familia diocesana en Ourense: nela recibín e crecín no don da fe e recibín o don do ministerio sacerdotal; por eso un sentido agradecemento aos meus compañeiros do presbiterio no que camiñei durante case 28 anos (Hoxe alomenos podedes estar aquí un grupo representativo); un recordo agradecido aos fieis das parroquias ás que servín como sacerdote durante estes anos, especialmente aos da parroquia e colexio de san Pío X de Mariñamansa nos últimos once anos; aos Seminarios Diocesanos, a todos os meus compañeiros do claustro de profesores do Instituto Teolóxico, a todos os seminaristas (Hoxe moitos deles xa sodes sacerdotes); aos alumnos e profesores do Centro de Ciencias Relixiosas San Martín; aos meus compañeiros vigairos cos que compartín ilusións e proxectos na tarefa de acompañar e axudar ao noso Bispo no goberno pastoral; ao equipo da Vigairía para a Nova Evanxelización (catequese, familia, mozos, nenos, ensino, misións, pastoral da carretera e de peregrinacións), e a todos cos que colaborei e traballei na curia do Bispado de Ourense; ás comunidades de vida consagrada (especial mención ás Clarisas de Vilar de Astrés); e por suposto aos Equipos de Matrimonios de Nosa Señora, ao meu Equipo, que me acompañaron e acompañei durante 25 anos, que marcaron fondamente a miña vida sacerdotal; e non quero esquecer a compañeiros e profesores de Roma (Universidades Gregoriana) e Salamanca (Universidade Pontificia), dous momentos importantes e enriquecedores na miña vida sacerdotal que me abriron aos vastos horizontes da Biblia e dos Pais da Igrexa.

E grazas a esta e nova familia, tamén xa miña, da arquidiocese de Santiago de Compostela pola acollida mostrada desde o primeiro momento: aos sacerdotes, aos membros da vida consagrada, leigos (grupos e movementos, mozos e nenos, os catequistas, profesores, voluntarios da acción socio-caritativa…), aos seminarios diocesanos, ao Instituto Teolóxico Compostelano, ás comunidades e parroquias do noso rural, da costa e das ciudades desta Igrexa Compostelana, á que desexo ir coñecendo pouco a pouco en toda a súa extensa e intensa vida parroquial, pastoral, e acción socio-caritativa.

Saber escoitar, acompañar, tender pontes e camiñar xuntos. Sei que conto coa vosa axuda e oración para ser con vos e para vos un pastor según o corazón de Deus: pai, irmán e amigo.

Dende hai case un ano, vivimos unha situación dramática provocada pola irrupción da pandemia do COVID-19. Mudou as nosas vidas e modo de relacionarnos, provocou dor e sufrimento en moitas persoas, familias e colectivos sociais, modificou o modo de celebrar e vivir a fe, xerou unha onda de solidariedade cos máis afectados, mostrou un esforzo notable e xeneroso do persoal sanitario, dos corpos e forzas de seguridade do Estado, das autoridades civís e sanitarias, de tantos homes e mulleres que, co seu traballo, fan posible que se manteñan os servizos esenciais na nosa sociedade. E de tantos sacerdotes, relixiosos e leigos que sodes o rostro visible e concreto dunha Igrexa en saída, con estilo  samaritano, cara aos nosos irmáns máis necesitados. Ante esta situación, como cristiáns, en palabras do Papa Francisco, camiñemos en esperanza polas sementes de ben que Deus segue derramando na humanidade e asumamos que, ante este reto e sempre, ninguén se salva só (cf.  Fratelli tutti 54-55).

Un cordial e afectuoso saúdo a todas as autoridades civís, políticas, académicas e militares aquí presentes. Temos una tarefa común: construír xuntos espacios de convivencia e humanidade. Os homes e mulleres deste tempo, especialmente os que máis sofren os golpes desta pandemia, merecen todo o noso esforzo e empeño, co desexo de traballar xuntos, dende o respecto e o diálogo, en favor do ben común.

Un agradecemento a todos os que colaboraron con xenerosidade na preparación e desenvolvemento da celebración da miña ordenación episcopal e na miña acollida nesta xa a miña casa para que todo tivese a calidez do fogar. Grazas ao Cabildo Metropolitano, aos que participaron na liturxia da ordenación nos diversos ministerios e servizos (mestre cerimonias, diáconos,  acólitos, coro e director, acollida), aos responsables dos medios técnicos e audiovisuais que fixeron posible a transmisión desta celebración (13TV; Radio María e COPE+) e aos medios de comunicación aquí presentes.

Aberta a Porta Santa do Ano Xubilar Compostelán, encomendo o ministerio episcopal ao que fun chamado para servirvos ao apóstolo Santiago, a quen lle pido que pronto as pisadas dos peregrinos percorran os camiños que conducen ata a tumba apostólica nesta Catedral e as pisadas da fe, celebrada e vivida, afonden no corazón e na vida dos fieis desta Arquidiocese; e a María a nosa Nai nas súas advocacións do Rosario, do Portal e da Peregrina, e a San Xosé, Patrón da Igrexa Universal, neste ano a el dedicado.

A todos e a cada un de vos, gracias pola vosa oración no inicio do meu ministerio episcopal como Bispo Auxiliar da Arquidiocese de Santiago de Compostela. Que o alento do Espírito nos anime e sosteña nesta nova etapa evanxelizadora.

 

SALUDO DEL NUNCIO APOSTÓLICO MONS. BERNARDITO AUZA

Como representante del Santo Padre en España, deseo saludar con todo afecto a los presentes: señores arzobispos, obispos, sacerdotes concelebrantes, a las excelentísimas autoridades, a los religiosos, religiosas y a los fieles laicos.

Soy consciente de que se trata en esta ocasión de una presencia representativa, dados los límites que pide la situación sanitaria. Por tanto, también mi saludo, en nombre del Santo Padre, quiere llegar, no solo a los presentes, sino a través de los medios de comunicación, a cuantos siguen la celebración, saludo que se hace sensible a cuantos sufren a causa de la pandemia.

Particularmente quiero hacer llegar mi viva congratulación al Sr. Arzobispo y al nuevo Obispo Auxiliar.

El Santo Padre, como expresa en su Bula, teniendo en cuenta el bien de las almas, ha querido proporcionar paternalmente a Vuestra Excelencia, Sr. Arzobispo, la colaboración de un Obispo Auxiliar en vista de la justa y celosa solicitud que le ha presentado. Su Santidad, seguro de proporcionarle un apoyo en el gobierno de esta Archidiócesis, rica por su historia y los frutos espirituales que ha dado a la Iglesia hasta hoy, ha nombrado a Mons. Francisco José Prieto Fernández, apreciando en él las valoradas cualidades de preparación y veraz cercanía a los sacerdotes y a los fieles. Que sea muy enhorabuena, Sr. Arzobispo. Mi más cordial felicitación y augurios de una muy provechosa colaboración.

Querido Mons. Francisco José Prieto Fernández, al felicitarle en estos emotivos momentos, le expreso mis mejores deseos en el ejercicio del ministerio episcopal, exhortándole a una colaboración “en unidad de propósitos y en armonía de empeño” (Apostolorum successores, 70) con el Sr. Arzobispo, prestándole gustoso una ayuda, no sólo sincera y leal, sino también creativa y eficaz.

En el marco del presente Año Jubilar Compostelano, año de dispensación del perdón, se reconoce en el secular Camino, que trae a los pies del Apóstol Santiago, que, ciertamente, como ya ha manifestado usted en una de sus entrevistas, hay “algo permanente en la humanidad”. En cada momento histórico se manifiesta la labilidad del ser humano. Pero también hay un ofrecimiento constante, el Amor misericordioso que de Dios desciende, y que triunfa en la Pascua. Sea éste el gesto y la palabra oportuna en su ministerio episcopal presidido por el lema que ha escogido Sequi Salvatorem participare est salutem, (“Seguir al Salvador es participar de la salvación”). Sí. Dios, bondad y misericordia, es pura gratuidad y donación, y se dirige a los hombres como amigos, movido por amor. Con ese Amor invite siempre al camino en el seguimiento de Cristo, y logre conjuntar esfuerzos sin dejarse aplastar por el peso de la prueba de cada día, sabiendo humildemente que, ciertamente, “nadie se salva solo” (cf. Fratellitutti 54-55).

Le aseguro mi oración por intercesión de la Santísima Virgen María y del Apóstol Santiago. Que Ella, que padeció con su Hijo permaneciendo en pie junto a la Cruz, apoye sus ya manifestados propósitos, aumente en usted los sentimientos de amor y entrañas de misericordia, y, como Madre, le ayude a comprender que la alegría del don va unida a la cruz, por cuyo misterio nuestra vida, entregada a la llamada de su Hijo, nos hace ser cada día más fecundos en el servicio al Pueblo santo de Dios.

Feliz Pascua y que el Señor les bendiga a todos.

(Archidiócesis de Santiago de Compostela)

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