Mons. Luis Argüello: La presencia de Dios «expulsa a los miedos»

Desde el pasado Domingo de Resurrección, el 4 de abril, estamos en Tiempo de Pascua, que da lugar a 50 días de alegría y de gozo, porque Jesús ha resucitado. El blanco es el color predominante durante esta época, las flores y las plantas son factores importantes en la celebración. Son cincuenta días, los más intenso de todo el año para los cristianos.

La gran vela que se prende en la aleluya significa: “Cristo, la luz de los pueblos”. Las letras griegas Alfa y Omega en ella grabadas quieren decir: “Dios es el principio y el fin de todo”. En este tiempo litúrgico de la Pascua es importante que abunde la luz en las iglesias. Estamos hablando de la luz de los cirios, la blancura de los ornamentos… La Pascua es luz para todo el mundo.

De todo ello nos habla el Secretario General de la Conferencia Episcopal Española, Mons. Luis Argüello, en ‘Meditación de Pascua’, un espacio de TRECE con el que el también obispo auxiliar de Valladolid nos da las claves de los 50 días venideros para los cristianos.

El mensaje de Mons. Luis Argüello

Feliz Día de Pascua;

Este es el día en el que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Es día inmenso para el que la Iglesia precisa de 50 días para acoger el acontecimiento. Y especialmente los ocho primeros días de Pascua lo vivimos como si fuera la primera hora, como si fuese aún de noche. Es de noche, arde el fuego y arde con llama de amor viva. Sobre el cirio pascual, en una Cruz ensangrentada se oye una voz. Cristo ayer y hoy, principio y fin, Alfa y Omega. Suyo es el tiempo en la eternidad, a Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos, Amén.

Ha aparecido la gracia, el Padre le resucitó de entre los muertos y le puso a su derecha y a la cabeza nuestra. Es el Señor, Jesús, Cristo. O luz gozosa de la Santa Gloria del Padre Celeste e inmortal, santo y feliz Jesucristo, cantan de Oriente a Occidente. Y el Padre nos ha iluminado en su rostro, el que hizo pasar la nada al ser. Él mismo ha hecho brillar la luz de su gloria ante los ojos de nuestro corazón en el rostro del Hijo amado, crucificado y entronizado ahora. Su rostro arde, es la gloria de la gracia desde todos los confines de la Tierra, los ojos de todos le están aguardando.

La voz continúa gritando «¡Luz de Cristo!» Y todos contestan a una: «Demos gracias a Dios». Como lo había anunciado, al tercer día resucitó. Muere la muerte y el día de la Ascensión Él se manifiesta aún en el espacio y tiempo de la muerte, pero ya no sometido a ellos, sino que hay transformación. Las apariciones del resucitado son de una discreción que convocan a la fe, pero no la impone. Los testigos ven a un desconocido que la Magdalena toma como un hortelano y los de Emaús como un viajero mal informado. Los discípulos vuelven a su vida de pescadores, y de pronto llega la transformación. Vieron y oyeron. No ven aún la vida viviente, pero gestos y palabras ayudan al reconocimiento que estallan en alegría.

Escuchemos algunas palabras del resucitado que recogen los evangelios, que se proclaman estos días y son primeras y fundantes de su nueva presencia. El Viernes Santo escuchábamos las Siete Palabras de Cristo en la Cruz. Siempre las escuchamos pensando que son palabras de un moribundo, pero en realidad Jesús, en estas apariciones singulares que realiza a sus discípulos, pronuncia algunas palabras que tocan su corazón. Las acogemos también nosotros para ser objeto de contemplación en este día de Pascua.

He aquí las primeras palabras: «Alegraos, la paz con vosotros, recibid el Espíritu Santo. El Señor resuena la energía de la creación en la que Dios nos comunica su plenitud». También a nosotros se nos ofrece el Espiritu Santo para que digamos como María, «Hágase en mí», que resuena en el momento de la encarnación sea también un «hágase» que renueve nuestra vida bautismal y vivamos una vida nueva en Cristo. Estas primeras palabras de Jesús que hemos recopilado, «salve, alegraos, la paz, el espíritu»… se engarzan ahora con tres preguntas. ¿Por qué lloras? ¿A quién buscas? ¿De que discutís?

Nosotros podemos abrir nuestro corazón y descifrar nuestra necesidad de luz. No podría habernos salvado de otra manera, pero así estaba trazado desde antiguo y la Cruz es camino callado y meta de nuestra peregrinación, pisando sus mismas huellas, la Cruz que venerábamos el Viernes Santo, que se ha transformado en luz y arde en el cirio pascual, esa Cruz que el Señor nos invita a mirar y a llevarla, a descubrir que la Cruz es como una llave que abre puertas del corazón. Amar la Cruz y a esas personas concretas de nuestra vida, que son nuestra Cruz.

Era necesario que el Mesías padeciera. El Señor nos conoce desde siempre, desde la Eternidad, y por eso nos ha llamado a la vida, nos ama, nos permite conocerle a Él, que son sus misioneros y discípulos. Nos hace experimentar la alegría que está a nuestro lado. Además podemos tocarle, escuchar sus mismas palabras, podemos comulgar su mismo cuerpo, coloquiar con Él y decirle Jesús, al mismo tiempo que experimentamos que Él nos llama por su propio nombre.

El acontecimiento de la Cruz, la entrega del Señor para el perdón de los pecados se hace un acontecimiento real y concreto en el camino de nestra vida, para ese tramo en el que hemos vuelto a nuestra condición de criaturas viejas, de cerrados sobre nosotros mismos, y Él nos da la oportunidad de perdonarnos y levantarnos. Se dirige a nuestros desánimos, se dirige a nosotros y nos dice «no temáis, estaré con vosotros».

Su sola presencia expulsa al los miedos que nos paraliza y nos impide salir y anunciar el evangelio o ayudar a otros. Él está con nosotros porque es el Emmanuel, que significa ‘Dios con nosotros’. Cuando Jesús nace y María le da a luz cuando el ángel suscita el nombre que ha de ponerse a este niño, María le pondrá el nombre de Emmanuel y, fiel a ese nombre, Jesús, cuando en tiempo de Pascua asciende a la derecha del Padre nos recuerda que sigue siendo el Emmanuel, y por eso está en todo sitio, porque su vida es Eterna, atraviesa toda la historia y se hace presente en cada momento de nuestra existencia. Su presencia expulsa a los miedos.

(TRECE)

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