Carta pastoral de Mons. José María Yanguas: «¡Misericordiosos como el Padre!»

Queridos diocesanos:

El pasado viernes, 2 de abril, Viernes Santo de 2021, se cumplieron dieciséis años de la muerte del gran Papa Juan Pablo II, a quien hoy veneramos como santo. Su pontificado -largo de 27 años- ocupó buena parte de las vidas de muchos de los que leen estas líneas. Su recuerdo permanece imborrable.

El 30 de abril del 2000 san Juan Pablo II declaró el segundo domingo de Pascua como “Domingo de la Divina Misericordia”; lo hizo en la misma ceremonia en que fue canonizada Santa Faustina Kowalska, apóstol de la Divina Misericordia. El Señor llamó al santo Pontífice a su presencia en la noche previa al domingo de la Divina Misericordia, y las fechas de su beatificación y canonización coincidieron con la celebración de sendos domingos de la Divina Misericordia en los años 2011 y 2014.

Ya en 1980, Juan Pablo II había publicado su encíclica Dives in misericordia (Rico en misericordia). El Papa nos invitaba con ella a volver la mirada a esta consoladora realidad: “Es conveniente ahora, decía, que volvamos la mirada a este misterio: lo están sugiriendo múltiples experiencias de la Iglesia y del hombre contemporáneo; lo exigen también las invocaciones de tantos corazones humanos, con sus sufrimientos y esperanzas, sus angustias y su expectación”. En la ceremonia de canonización de Santa Faustina, el Papa se dirigía a la santa polaca, “don de Dios a nuestro tiempo”, para que concediese a todos “percibir la profundidad de la misericordia divina” y nos ayudase a “experimentarla en nuestra vida y a testimoniarla en nuestros hermanos”.

Dos dádivas, pues, pedimos en esta fiesta de la Misericordia Divina: de una parte, llegar a descubrir cada vez mejor la profundidad de este atributo divino. Penetrar en esta realidad nos llenará de consuelo, de serenidad y de esperanza en las situaciones más penosas, que con frecuencia someten a prueba nuestra fe. La conciencia de nuestros pecados y debilidades no sofocará nunca la certeza de fe de que el Señor ha cargado sobre sí nuestra miseria y ha cancelado con su sangre nuestros pecados. “¿Hay algo, se pregunta san Bernardo, que pueda declarar más inequívocamente la misericordia de Dios que el hecho de haber aceptado nuestra miseria? ¿Qué hay más rebosante de piedad que la Palabra de Dios convertida en tan poca cosa por nosotros? (…). Que deduzcan de aquí los hombres lo grande que es el cuidado que Dios tiene de ellos; que se enteren de lo que Dios piensa y siente sobre ellos” (San Bernardo, Sermón 1 en la Epifanía del Señor, 2).

El otro don que de manera especial imploramos de Dios en este domingo es el de lograr testimoniar la misericordia. El Evangelio nos enseña cuánto desagrada a Dios el hecho de que quienes hemos sido y somos de continuo objeto de su misericordia, no seamos capaces de vivir esa misericordia con los demás: “Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? Y el señor indignado…” (Mt 18, 32-34).

En su Exhortación Apostólica sobre la llamada a la santidad en el mundo actual Alegraos y regocijaos, Francisco recuerda cómo Jesús “explicó con toda sencillez qué es ser santo, y lo hizo, dice, cuando nos dejó las bienaventuranzas”, que son “como el carnet de identidad del cristiano” (n. 64). Se trata, pues, de encarnarlas en la propia vida. Después de tratar brevemente de cada una de ellas, el Papa concluye con una suerte de ritornello: “(…) esto es santidad”. También cuando habla de la misericordia finaliza de manera semejante: “Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad” (n. 82). Nos conviene sobremanera ser misericordiosos, tener ojos de misericordia, porque la medida de misericordia que usemos con los demás, será la que Dios use con nosotros (cfr. Lc 6, 38).

Agradezcamos al Señor su misericordia y pidámosle, por la intercesión de santa Faustina Kowalska y de San Juan Pablo II, la gracia de saber ser misericordiosos como lo es nuestro Padre celestial (cfr. Mt 6, 36). A todos nos va mucho en ello.

+ José María Yanguas

Obispo de Cuenca

Mons. José María Yanguas
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Mons. José María Yanguas Sanz nació el 26 de octubre de 1947 en Alberite de Iregua (La Rioja), diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Siguió los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano y el 19 de junio de 1972 fue ordenado sacerdote en Logroño al servicio de la misma diócesis. En 1971 inició en Pamplona los esutdios de Filosofía y en el 1974 los de Teología en la respectiva Facultad de la Universidad de Navarra, obteniendo en el 1978 el doctorado en Teología y en el 1991 el de Filosofía en la misma universidad. Ha trabajado como Capellán y Profesor de Teología de los esudiantes de diversas Facultades Civiles de la Universidad de Navarra (1972-1978; 1980-1986), Secretario del Departamento de Teología para Universitarios (1976-1978), Capellán militar (1978-1980), Profesor de Teología Dogmática (1976-1981), Profesor de Ética y de Teología Moral (1981-1989), Miembro del Comité de Dirección de la revista Scripta Theologica (1982-1986), Director de Investigación de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y Profesor Asociado de Ética de la Facultad Eclesiástica de Filosofía (1988-1989), Oficial de la Congregación para los Obispos (1989-2005) y Profesor Visitante de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (1990-2005). En Roma ha sido Capellán de las Hermanas de la Sagrada Familia de Spoleto y ha colaborado pastoralmente en la Parroquia de Santa María de la Divina Providencia (1990-2005). El 20 de abril de 2001 fue nombrado Prelado de Honor de Su Santidad. Ha publicado numerosos artículos en las revistas Scripta Teologica y Annales Teologici; en las “Actas de Congresos y Simposios de Teología”, Pamplona, 1985, y Roma, Cittá Nuova Editrice, 1986, 1988. Es autor de los siguientes libros: - Pneumatología de San Basilio. La divinidad del Espíritu Santo y su consustancialidad con el Padre y el Hijo, Eunsa, Pamplona, 1983; - Constitutionis Pastoralis Gaudium et Spes sinopsis histórica: De Ecclesia et vocatione hominis, Pamplona, 1985; - La intención fundamental. El pensamiento de Dietrich von Hildebrand: contribución al estudio de un concepto moral clave, Barcelona, 1994. Además de español habla francés, inglés, italiano y alemán. Nombrado Obispo de Cuenca el 23 de diciembre de 2005, recibió la Ordenación Episcopal y tomó posesión de la Sede de Cuenca, en la Catedral, el 25 de febrero de 2006, de manos del Excmo. y Rvmo. Mons. Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo de Toledo. Es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la CEE (Conferencia Episcopal Española).