Carta pastoral de Mons. Celso Morga: Sus heridas nos curaron

Queridos fieles:

Llega la Semana Santa; comienza una semana intensa en la que la Iglesia nos invita a hacer memoria, a vivir, a actualizar el Misterio Pascual. Y lo hace desde la fe, en la presencia salvadora del Hijo de Dios, de Jesucristo: en su Pasión, Muerte y Resurrección. Es la Pascua, el paso de Dios en medio de su pueblo. Son días, los que vamos a vivir, llenos de contrastes, de emociones, de palabras, de gestos, de personajes, de luces y oscuridades; son días de silencio y de fiesta.

Domingo de Ramos: «Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea» (Mt 21, 11)

Hoy entra Jesús en Jerusalén, en la ciudad más importante de Israel, la ciudad santa. Ya durante la Cuaresma hemos contemplado a Jesús, que tiene el firme propósito de subir a Jerusalén. Es consciente de que allí llegará la Pasión y la glorificación. Con espontaneidad el pueblo se echa a la calle y, en un momento, todos, con palmas y ramos de olivos, alfombran el suelo y lo proclaman Rey y Señor. Es una manifestación mesiánica de Jesús. Al que montan en un borriquillo, lo clavarán en una cruz.

Toda la semana es consecuencia lógica de toda la predicación de Jesús, de todo el amor de Jesús hacia su pueblo, hacia sus gentes… hacia sus amigos, hacia los niños y pobres. Este día es el anticipo de la Pascua, de la victoria sobre la muerte, de la resurrección.

Jueves Santo: «Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» (Jn 13, 15)
Es un día inolvidable para los cristianos. La Pascua, que conmemoraba la liberación de la esclavitud y el paso del mar Rojo hacia la libertad, resumía todas las intervenciones de Dios a favor del pueblo elegido. Es un día memorable, para celebrar.

Estamos en el Cenáculo. Jesús y los discípulos. Cristo compartiendo su vida y misión en la intimidad, con los apóstoles. Nos sentamos en torno a la mesa, en acción de gracias. Jesús parte el pan y reparte el cáliz; nos quedamos sin palabras ante el gesto del lavatorio de los pies. Nos introducimos en el Triduo Pascual. Acercarse a comulgar el Jueves Santo es beber y comer todo el amor del Señor que se nos da en oblación, en sacrificio, para hacernos pan compartido para los demás.
Viernes Santo: «Tengo sed» (Jn 19, 28)
Día de Pasión, día del mayor amor. El relato de la Pasión nos aproxima a los últimos momentos, las últimas horas del Jesús histórico entre nosotros.
Getsemaní es el lugar de la lucha y la aceptación de la voluntad del Padre. Es lugar de sufrimiento y entrega. Lugar de la agonía más abismal y de la donación más sublime que se consumará en la Cruz. Y de allí, al Gólgota: Jesús, clavado en la cruz, coronado de espinas, atravesado por la lanza, desnudo… Jesús con los brazos abiertos, abrazando a la humanidad. Es la imagen que mejor representa lo que es el Amor, la entrega, el esfuerzo, la coherencia, el perdón.

Sábado Santo: «Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro donde pusieron a Jesús» (Jn 19, 41)

¡Día de silencio! Ha sido demasiado lo vivido, demasiado lo que hemos visto y oído. ¡Tanto amor! Es el segundo día del triduo. Y hoy el Señor pasa del Gólgota al jardín, lugar de espera.

Con María esperamos, nos sentimos consolados ante la dureza del dolor y de tanta soledad. Con María sabemos que algo grande va a ocurrir. Por eso todo lo que vivimos el Viernes Santo, tiene sentido.

Domingo de Resurrección: «Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el Crucificado. No está aquí: ha resucitado como había dicho» (Mt 28, 5-6)

Con la Vigilia, “madre de todas las vigilias”, comienza el tercer día del triduo. ¡Resucitó! Cristo, el que nació de María la Virgen, el que pasó haciendo el bien, el que partió el pan y fue clavado en la Cruz, ¡resucitó! La Luz vence a las tinieblas.

Solo el amor tiene la última palabra. Solo Dios es capaz de transformar el dolor en salvación. ¡Resucitó! Es el grito de la Iglesia después de siglos y siglos. Es nuestro grito, nuestra fe, nuestra esperanza, nuestro amor. Jesús resucitó y cambia el rumbo de la historia y de la humanidad. Él vive y la última palabra la tiene la Resurrección.

+Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

Mons. Celso Morga Iruzubieta
Acerca de Mons. Celso Morga Iruzubieta 85 Articles
Mons. Celso Morga Iruzubieta nació en Huércanos, La Rioja, el 28 de enero de 1948. Completó sus estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Logroño y fue ordenado sacerdote el 24 de junio de 1972. Posteriormente, cursó la licenciatura en Derecho Canónico en la Universidad de Navarra, donde obtuvo el Doctorado en 1978.morga_iruzubieta_celso Más tarde desarrolló su labor pastoral en diversas parroquias de La Rioja y fue vicario judicial adjunto del Tribunal Diocesano entre 1974 y 1980. Ese año se trasladó a Córdoba (Argentina) para impartir la docencia de Derecho Canónico en el Seminario Archidiocesano. También ejerció de juez en el Tribunal Eclesiástico y de capellán de un colegio religioso. A su regreso a España en 1984, le nombraron párroco de San Miguel, en Logroño, y en 1987 fue llamado a Roma para trabajar en la Congregación para el Clero, el dicasterio vaticano que se ocupa de los asuntos que se refieren a la vida y ministerio de 400.000 sacerdotes católicos en todo el mundo. Allí ha trabajado de jefe de Sección y, desde noviembre de 2009, de subsecretario, cargo que ha ocupado hasta su nombramiento de secretario y Arzobispo titular de Alba Marítima, siendo ordenado obispo por el Papa Benedicto XVI en la Basílica de San Pedro el día 5 de febrero de 2011. Además de su responsabilidad en la Curia Romana, Mons. Celso Morga ha desarrollado una intensa labor pastoral en diversas parroquias de la capital italiana, entre ellas la parroquia de los Santos Protomártires Romanos. Es autor de algunos libros de teología espiritual y ha publicado varios trabajos sobre la vida y el ministerio de los sacerdotes, en L’Osservatore Romano y otras revistas. En la Conferencia Episcopal Española es miembro, desde noviembre de 2014, de la Comisión Episcopal del Clero.