Carta pastoral de Mons. Agustí Cortés: Morir como resucitados

Para muchos la salida práctica de la crisis representaría un signo de la Resurrección que celebramos en Pascua. Como la primavera significa la resurrección de la naturaleza; como en algunas religiones naturales el sol o la luz acaba venciendo a la noche y las tinieblas en una lucha cíclica y constante; o como algún partido aprovecha el Domingo de Pascua para celebrar “su día”, el día en que se reafirma su proyecto político vencedor…

El sentido cristiano de la Pascua da la bienvenida a todos los proyectos humanos que “humanizan” la existencia. Todos esos proyectos ven que algo ha de morir para dar paso a algo que resucitará. Quienes los defienden y realizan son quienes determinan qué es una cosa y otra, según la propia ideología. Es la fuerza que tiene la humanidad para superar una crisis, crear una utopía, luchar, renacer, en el ámbito personal es la capacidad de la llamada “resiliencia”. Aunque siempre quedará por responder la gran pregunta: ¿hacia dónde cambiar?; ¿qué proyecto, qué situación, me hará más plenamente humano?…

El sentido cristiano de la Pascua también despierta el sueño de que el mundo cambie en todo sentido. Pero es mucho más radical, total y auténtico. Entre otras razones porque parte de la profundidad y seriedad de la muerte se apoya en un hecho concreto. Su punto de partida es lo más contradictorio, la muerte absolutamente injusta del justo, la muerte del que más había amado, del que creemos paradigma de la humanidad. Por eso el cristiano responde seguro a esta pregunta: ¿Qué, quién, resucita realmente?

Nikolás Velimirovik, en su biografía de San Sava, narra que el santo, sintiendo cercana la muerte, se despidió de su hijo Simeón, según una vieja costumbre de la Iglesia de Oriente: cuando una persona está a punto de morir, su familia, sus amigos y vecinos vienen a verle para vivir un mutuo perdón. Ellos le dicen: “Perdóname, querido…”.  El moribundo responde: “Yo te perdono. Que Dios te perdone también, y tú, perdóname a mi”; “Bendíceme y seas tú bendecido por Dios”; “Que Dios te bendiga y yo también te bendigo”; “Ruega por mi”, “Tú también ora por mi…”

Esto es una verdadera celebración de la Pascua: San Sava afronta la muerte como ya resucitado. En el momento más oscuro de la muerte inminente, revive aquello auténticamente humano: el amor, que perdona y bendice. Una resurrección que no sería posible si Jesucristo no hubiera resucitado. Quien resucita es Él, y con Él resucita el amor.

Entonces el amor es posible hoy, aunque las vicisitudes de la vida, tales como la perspectiva del fracaso, de la muerte, la soledad, el desamor, la ofensa o la injusticia hagan muy difícil seguir amando.

Y si ese amor sigue vivo, brotan de él el perdón y la bendición, la reconciliación y la vida, la fraternidad y la fecundidad, dos dimensiones esenciales del amor cristiano. Ya no resultará extraño que el primer don que el Resucitado entrega a sus discípulos sea la capacidad de perdonar (cf. Jn 20,22-23). Va con el gran saludo de la paz y con soplo creador de vida. Y allí comienza el mundo nuevo, la humanidad resucitada.

 

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.