Los personajes de la resurrección

Todos conocemos los relatos en torno a la resurrección de Jesús y nos son familiares todos los personajes: las mujeres, Pedro, el discípulo amado, Tomás, los de Emaús, los soldados, los ángeles, los sumos sacerdotes…

Una de las funciones principales de los personajes en un relato es el ayudar a los lectores a identificarse con ellos y, de esta manera, hacer suyo el relato, participar desde dentro en lo que se está contando.

Esta función es especialmente importante en el caso de los relatos evangélicos: han sido escritos para sostener la fe de los lectores, para ayudar a tener un encuentro pascual con el Resucitado en continuidad con aquellos primeros encuentros.

Vamos a fijarnos en algunas claves que comparten aquellos personajes para intentar ayudar a hacer nuestra esta experiencia pascual: nosotros somos María de Magdala, somos Tomás, somos Simón, somos el discípulo amado.

Magdala y Emaús

Nos fijamos en los parecidos entre María (Jn 20) y los dos discípulos de Emaús (Lc 24):

María busca, llorando y con amor, el cuerpo difunto del amigo. Los de Emaús, en cambio, regresan a su hogar, ya no buscan nada: se alejan de Jerusalén porque un sepulcro ha frustrado toda su esperanza.

El Señor resucitado les sale al encuentro: ninguno de ellos lo reconoce. La experiencia pascual necesita un proceso de reconocimiento. María, «se volverá» gracias a la voz de Jesús que pronuncia su nombre. Los de Emaús, comprenderán a través de un gesto: la fracción del pan. La experiencia del Señor no es evidente, la fe consiste en reconocer una voz y una presencia.

En ambos casos, el Señor no se deja retener: María no puede aferrarse a Jesús y los de Emaús dejan de verlo cuando lo reconocen. La experiencia pascual es desprendida: la vida da un vuelco y queda sellada de alegría para siempre, pero el Señor nunca nos pertenece.

El fruto del encuentro es el regreso a la comunidad. María debe contar a los hermanos lo que le ha dicho el Señor, deber reconstruir la fraternidad. Los de Emaús deben regresar a Jerusalén para compartir su experiencia y comenzar la misión. Todo el que se encuentra con Cristo regresa a su comunidad, y allí comparte toda la gracia recibida.

Podríamos aplicar estas mismas claves al discípulo Tomás (Jn 20), aunque los elementos cambian de orden: Tomás regresa a la comunidad y, gracias a ello, puede encontrarse con Jesús vivo; llega el reconocimiento y, por fin, la confesión de fe.

El primero y el amado

En el cuarto evangelio aparecen muy unidos los personajes de Simón Pedro y el discípulo amado. Ellos corren al sepulcro vacío y, al final, ellos pasean con Jesús en las riberas del lago de Galilea.

Aparece subrayada la importancia de Pedro: él entra primero al sepulcro y él será quien dialogue personalmente con Jesús después de la comida junto al lago. Él confesará por tres veces su amor renovado al Maestro y él recibirá la llamada final: «¡Sígueme!».

Pero ahí está siempre el otro discípulo: corre más que Pedro y llega primero al sepulcro, aunque le deja pasar a Simón primero. Allí, es el amado quien cree, no Simón.

En la escena final, junto al lago, es este discípulo el que reconoce al Señor, se lo comunica a Pedro y hace posible que este se lance al mar. Por fin, en la conversación final, Pedro sigue preocupado por el otro discípulo: «¿Qué sucederá con él, qué tiene que ver con mi misión?» Pedro debe reconocer la ayuda de ese discípulo para estar cerca de Jesús, debe aceptar que su misión, aunque sea «piedra» y el primero entre los apóstoles, necesita la presencia y la misión de otros discípulos. Debe reconocer —él, el primero—, que el otro es «el amado». Debe reconocer que otros le preceden en la fe, en el reconocimiento, en el amor; no por ello su misión queda frustrada, al revés: su misión queda sostenida por la misión de los demás.

Los ángeles y los soldados

La presencia de seres divinos es importante en los relatos de resurrección. En unos evangelios, se trata de hombres vestidos de blanco (Mc, Lc); en otros, se habla directamente de ángeles (Mt, Jn).

Con su presencia, el relato nos sitúa en un nivel celeste: Dios interviene en los acontecimientos de la historia. De hecho, está interviniendo como nunca: la resurrección de Jesús es el acto principal de Dios en la historia de los hombres.

Además de hablarnos de este nivel celeste, estos hombres luminosos nos muestran que la resurrección, antes que experiencia vivida, es anuncio escuchado. A todos «nos han dicho» que Cristo ha resucitado: creyendo ese anuncio nos ponemos en camino y, cuando él quiere, irrumpe el mismo Señor y nos sale al encuentro.

Ese anuncio se continúa en las mujeres que lo anuncian a los discípulos; éstos, a Tomás o a otros que estaban ausentes; todos ellos, nos han transmitido a nosotros la noticia. La verdad de la resurrección es un testimonio en el que hemos creído.

Frente a los ángeles están los soldados: ellos también han iniciado un testimonio a partir del sepulcro. Con el dinero de los sacerdotes, quedan motivados para extender una mentira: el cuerpo de Jesús ha sido robado. Junto al testimonio que parte de Dios, junto al testimonio de la Iglesia, otras noticias se vierten en el mundo sobre Jesús y su misterio.

La evidencia aún no ha llegado. Evangelizar es fruto de la fe y es llamada a creer. Luchamos contra el dinero y el poder; pero la fuerza de la verdad es mayor que las maquinaciones de la mentira: Dios es garante de sus testigos.

Nosotros y los hermanos

¿Cómo es nuestra experiencia del Resucitado? ¿Cuál es el personaje que mejor expresa nuestro propio proceso en la fe?

¿Son sus claves también las nuestras? La búsqueda, el reconocimiento, el desprendimiento, la presencia del otro, el regreso, la comunidad, la misión…

Un año más leemos los relatos que dieron origen a nuestra fe; un año más somos invitados a entrar en su misterio, a vivirlos desde dentro. Habrá frutos…

(Manuel Pérez Tendero, Diócesis de Ciudad Real)

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