Carta pastoral de Mons. Gerardo Melgar: Comenzamos la Semana Santa

Comenzamos hoy, Do­mingo de Ramos, nuestra semana gran­de, la semana gran­de para todos los que seguimos a Cristo. En ella cele­bramos los grandes misterios de nuestra redención: la muerte y la resurrección del Señor, con los que Cristo nos redimió de nuestros pe­cados y nos hizo partícipes de su resurrección gloriosa. Su sangre derramada por nosotros es el res­cate más valioso que alguien pue­de dar por quien ama. Jesús mis­mo nos lo dijo: «Nadie tiene mayor amor que quien da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13).

Cristo, que murió por nuestra sal­vación, no permaneció en la muerte, sino que resucitó glorioso y nos hizo partícipes de su resurrección, de tal manera que ese es ya para siempre nuestro destino. Si morimos con Cristo a nuestra vida caduca, mun­dana y de pecado, también resucita­remos con él.

Estos grandes acontecimientos de la muerte y de la resurrección del Señor son los que celebramos en la Semana Santa; una Semana Santa que, este año, vuelve a ser, de nuevo, atípica, con pandemia, con miedos e incertidumbres, pero no por eso menos Semana Santa que las de otros años, aunque nos fal­ten las procesiones por las calles y las aglomeraciones en los templos. Siempre tenemos la oportunidad de vivir de lleno su verdadero sig­nificado, de meditar en nuestro co­razón y compartir con quienes esta­mos viviendo el gran significado de esta semana que comenzamos.

La Semana Santa es la manifes­tación más importante del amor que Dios nos tiene. Cristo es enviado por el Padre para entregar su vida por amor a los hombres, y con su entrega rescatarnos del pecado ganándonos la salvación.

La celebración de la Semana Santa es la celebración por excelen­cia del amor de Dios a los hombres. Cristo, con su muerte, nos libra de la muerte y del pecado y con su re­surrección nos resucita a la vida de Dios.

La Semana Santa es y debe ser una Semana Santa de gratitud al Señor, por tanto amor derrochado con nosotros, sin mérito alguno nuestro, solo por puro amor suyo a los hombres. Ante tan magnífi­co espectáculo de un Dios que se entrega por amor a la muerte, no­sotros, solo podemos exclamar con nuestros labios, nuestro corazón y nuestra vida: Gracias, Señor, por tanto amor.

La Semana Santa es un tiempo para guardar silencio, silencio in­terior y exterior, un silencio medi­tativo que nos ayude a interiorizar y hacer nuestras las palabras de san Pablo a los Gálatas: «Me amó y se entregó por mi» (Gal 2, 20) Un silencio para quedarnos extasia­dos frente a la cruz de Cristo que, clavado en ella, expira para que la vida de Dios comience a fluir en la vida de los hombres como redimi­dos por Él.

Semana de adoración porque el que muere en la cruz no es un condenado cualquiera, es el mismo Hijo de Dios que promete al buen la­drón que estará con él en el paraíso. Es el Hijo de Dios que estaba en el paraíso y ha bajado a la tierra para hacerse uno de nosotros, para que nosotros lleguemos a ser hijos de Dios. Es el Hijo de Dios que merece nuestra adoración por ser nuestro Dios y Señor, por eso cuando en estos días lo contem­plemos pendiendo de la cruz por nuestra salvación tenemos que de­cirle de corazón: «Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo».

Semana de reconciliación con Dios y con los hermanos. El perdón que Cristo nos ha ganado con su muerte se hace realidad y podemos experimentarlo en el perdón que Él nos ofrece en el sacramento del per­dón y de la reconciliación.

Así de profundo es el significado de los acontecimientos salvíficos que celebramos en cada Semana Santa. Y así hemos de vivirlos en nuestro corazón, siendo testigos de este gran significado para los que tenemos cer­ca de nosotros este año que, sobre todo, van a ser nuestros familiares más próximos.

Que el Dios del amor, que se en­tregó a la muerte por nosotros y re­sucitó para hacernos participes de la vida para siempre con su resurrec­ción, nos ayude a vivir esta Semana Santa con esas actitudes tan impor­tantes, porque lo que celebramos son los misterios más importantes de nuestra redención.

 

+ Gerardo Melgar Viciosa

Obispo Prior de Ciudad Real

Mons. Gerardo Melgar
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Mons. Gerardo Melgar Viciosa nació el 24 de Septiembre de 1948 en Cervatos de la Cueza, Provincia y Diócesis de Palencia. Cursó la enseñanza secundaria (años de Humanidades) en el Seminario Menor Diocesano de Carrión de los Condes y los estudios de Filosofía y Teología en el Seminario mayor de San José de Palencia. Fue ordenado sacerdote el 20 de Junio de 1973 por el entonces Obispo de la sede palentina, Mons. Anastasio Granados García. Fue nombrado Párroco -de 1973 a 1974- al servicio de las parroquias de Vañes, Celeda de Roblecedo, San Felices de Castillería, Herreruela de Castillería y Polentinos. Al terminar ese curso pastoral, fue enviado a Roma, donde estudió Teología en la Universidad Gregoriana, licenciándose en Teología Fundamental el 14 de junio de 1976. A su regreso a Palencia fue nombrado Coadjutor de la parroquia de San Lázaro de la capital palentina durante un año. En 1977, y hasta 1982, desempeñó el cargo de Formador y Profesor del Seminario Menor Diocesano en Carrión de los Condes, del que sería, más tarde, Rector (1982-1987). En 1983 fue nombrado miembro del equipo de Pastoral Vocacional de la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil y Vocacional. Al dejar el Seminario de Carrión de los Condes fue destinado, como Vicario Parroquial, a la Parroquia de San José de Palencia durante seis años (de 1987 a 1993). En 1993 fue elegido por Mons. Ricardo Blázquez Pérez para desempeñar el oficio de Vicario Episcopal de Pastoral de la Diócesis palentina, cargo en el que permanecería hasta 1998. También durante diez años (de 1995 a 2005), fue Párroco solidario de la Parroquia de San José Obrero y Coordinador de la Cura pastoral de la misma, miembro del Colegio Diocesano de Consultores (1995-2000) y vocal, por designación del Sr. Obispo, del Consejo Presbiteral Diocesano (2001-2005). En el año 2000 fue nombrado Delegado Diocesano de Pastoral Familiar hasta que, en 2005, Mons. Rafael Palmero Ramos lo eligió para desempeñar el cargo de Vicario General de la Diócesis. De 2004 a 2005 fue, además, confesor ordinario del Seminario Menor Diocesano “San Juan de Ávila” así como, de 2005 a 2008, miembro del Colegio de Consultores de la Diócesis y Profesor de Teología del Matrimonio en el Instituto Teológico del Seminario Mayor de San José (2007). En enero de 2006, y hasta septiembre de 2007, durante el periodo de sede vacante producida por el traslado de Mons. Rafael Palmero Ramos a la Diócesis de Orihuela-Alicante, fue nombrado por la Santa Sede Administrador Apostólico de la Diócesis de Palencia. El 1 de Mayo de 2008, momento en el que desempeñaba el cargo de Vicario General de la Diócesis de Palencia y era el Capellán del Noviciado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, se hizo público su nombramiento como Obispo de Osma-Soria. El 6 de Julio de 2008 recibió de manos del entonces Nuncio Apostólico de Su Santidad en España, Mons. Manuel Monteiro de Castro, la ordenación episcopal y tomó posesión canónica de la Diócesis oxomense-soriana. Ha publicado varios libros sobre el matrimonio y la familia: “Juntos cuidamos nuestro amor. Convivencias para matrimonios jóvenes”, “Madurando como Matrimonio y como Familia”, “Nos formamos como padres para educar en valores a nuestros hijos” y “Llenos de ilusión preparamos nuestro futuro como matrimonio y familia”, además de múltiples artículos y materiales de trabajo sobre la familia y la pastoral familiar. De su Magisterio episcopal, pueden destacarse las siguientes Cartas pastorales: “Sacerdotes de Jesucristo en el aquí y el ahora de nuestra historia” (2009) con motivo del Año sacerdotal, “Juan de Palafox y Mendoza. Un modelo de fe para el creyente del siglo XXI” (2010), con motivo de la beatificació, “La nueva evangelización y la familia” (2011), “Carta pastoral sobre el Seminario diocesano” (2012), “Itinerario para la evangelización de la familia” (2013), Carta pastoral “Después de la Misión diocesana Despertar a la fe” (2014). Además, ha publicado otros escritos: “La Pastoral Familiar, un proceso continuo de acompañamiento a la familia” (2009), “Los grupos parroquiales de matrimonios jóvenes” (2010), “Unidades de Acción Pastoral. Instrumentos de comunión al servicio de la evangelización” (2010). El 8 de abril de 2016, el papa Francisco lo nombró obispo de Ciudad Real, en sustitución de Antonio Ángel Algora, que renunció por edad. El 21 de mayo del mismo año tomó posesión canónica en la catedral de Santa María del Prado.