Carta pastoral de Mons. Bernardo Álvarez: «En el mundo tendréis tribulación; pero tened buen ánimo: yo he vencido al mundo»

Queridos diocesanos:

En este año 2021, pese a las limitaciones ocasionadas por la pandemia del Covid-19, tenemos la oportunidad de celebrar la Semana Santa con intensa vivencia interior. El hecho de no poder manifestar nuestra fe en las calles, con las procesiones, vía crucis, etc., debe ser un incentivo para dedicar más tiempo a la contemplación y meditación de los últimos días de la permanencia física de Jesucristo en este mundo: Su pasión, muerte y resurrección.

Especialmente, estamos llamados comprender su sentido más profundo: Todo lo que ha vivido Jesucristo ha sido “por nosotros y por nuestra salvación”. Como nos dice San Pedro: “Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta la cruz, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuimos curados” (1Pe. 2,24). En consecuencia, con gratitud y de todo corazón, estamos llamados a proclamar: “Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, pues por tu Santa Cruz redimiste al mundo”. También, “Bendita sea la pasión de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la cruz”.

Todo esto, sin olvidarnos de lo más importante: Aprovechar personalmente los dones que Dios nos ofrece por medio de su Hijo Jesucristo y que podemos recibir en las celebraciones litúrgicas, ya que, en ellas se realizan eficazmente las palabras de Jesús: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn. 3,16-17). Celebrar la Semana Santa es un acontecimiento de salvación para todos los que, en espíritu y en verdad, se involucran personalmente.

Asimismo, dada la situación que estamos viviendo, no exenta de sufrimiento (problemas en la salud, en las relaciones humanas, en la economía y el trabajo, etc.), la Semana Santa es una ocasión privilegiada para que, fijándonos en Jesucristo, aprendamos de Él cómo afrontar las situaciones adversas. El mismo nos invita a ello: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré… aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas” (Mt. 11,28-29).

En efecto, los últimos días de Jesús de Nazaret en la tierra estuvieron rodeados de grandes pruebas y dificultades, la mayoría más fuertes de lo que cualquier persona creería ser capaz de soportar. Sin embargo, mediante su ejemplo, demostró la grandeza que puede alcanzar un ser humano cuando, apoyándose en Dios, se fortalece en su interior y esta fortaleza comienza a manifestarse en el comportamiento exterior. El mismo Jesús, en la última cena con los apóstoles les dijo: “Está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre. Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis tribulación; pero tened valor: yo he vencido al mundo» (Jn. 16,32-33).

Jesús, frente a la tribulación, nos dice: «tened valor, yo he vencido al mundo». Esto se ha cumplido en su resurrección. Su victoria sobre el mundo es en realidad la victoria sobre el poder de la muerte. Solo cuando se vence la muerte, está realmente vencido el mundo con su miedo y su tribulación. Nosotros, por la fe, ya entramos a participar de ese triunfo de Jesús. Así la fe en Jesucristo se convierte en la fuerza liberadora para vida del hombre que está en medio de las tribulaciones de la vida.

Ciertamente, todos nosotros a lo largo de la vida, por unas causas o por otras, tenemos que afrontar diversas tribulaciones; lo importante es saber afrontarlas. Es ahí -en los momentos dolorosos- donde estamos llamados a poner nuestros ojos en Jesucristo y, pese a nuestro sufrimiento, encontrar paz en él. Como dice la Carta a los Hebreos, “corramos, con constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, sin hacer caso de la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios” (Heb. 12, 1-12).

Entre los ejemplos que dio Jesús de Nazaret durante los días de su pasión, muerte y resurrección, podemos citar el de mantener la dignidad al enfrentar las mayores tribulaciones, el perdonar la traición comprendiendo la debilidad de los discípulos, el mantener la serenidad ante los mayores retos, el comportarse compasivamente hasta con sus mayores enemigos, el permanecer fiel a sus ideales ante las tentaciones, así como otros muchos testimonios de mansedumbre y paciencia, incluso después de resucitado.

Pero, tal vez, el mayor ejemplo que nos dejó Jesús fue el de mantener la confianza en Dios aun a costa de la propia vida y así, mediante esta confianza, mostrar una vida dedicada a cumplir la voluntad de Dios hasta las últimas consecuencias. Orando en Getsemaní, lleno de angustia, clamó al Padre: “Si es posible que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Luc. 22,42). Con la celebración de la Semana Santa manifestamos nuestra fe en que “Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca. Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente” (1Pe. 2,21-23).

“Dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas”. Toda la vida de Jesús, particularmente su pasión, muerte y resurrección, nos invita a la reflexión sobre nuestro comportamiento para con nuestros semejantes, sobre nuestra actitud ante las situaciones cotidianas más difíciles y la manera como debemos afrontarlas si nos lo proponemos. El mismo Jesús nos dijo: “El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí” (Mt. 10,38). Si procuramos imitar el ejemplo de Jesucristo, estaremos dando grandes pasos para mejorar nuestra vida y la de los demás. Y, con ello, contribuimos a que se cumpla la razón por la que Cristo entregó su vida: Reunir en una sola familia a los hijos de Dios dispersos (cf. Jn. 11,51); es decir, hacer de la humanidad una sola familia, donde todos seamos hermanos, nos miremos como iguales y cuidemos los unos a los otros.

Estos días de Semana Santa son ideales para revivir en la mente y el corazón la vida y las enseñanzas de Jesús y, aprendiendo de Él, reafirmarnos en nuestra voluntad de vivir como cristianos, especialmente poniendo en práctica lo que nos pidió a todos en la Última Cena: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn. 15,12), pues, como nos dice el propio Jesús: “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros” (Jn. 13,35).

Queridos diocesanos: Estos tiempos de tribulación son propicios para fortalecer nuestra relación con Dios y con los demás. No lo dudemos, Dios está de nuestra parte y lo que celebramos en Semana Santa es la prueba de ello. También son para nosotros las palabras que dijo a los israelitas cuando estaban desterrados en Babilonia: «Sé muy bien lo que pienso hacer con vosotros: designios de paz y no de aflicción, daros un porvenir y una esperanza» (Jer. 29,11). Es un buen momento para reconocer la cercanía de Dios y comprobar que en Él está nuestra fortaleza, pues, “cuando el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo libra de sus angustias” (Salmo 107,6).

Que, por la celebración de la Semana Santa, el poder de Cristo Resucitado se despliegue en cada uno de nosotros, para que la esperanza brote en medio de la tribulación que nos toca vivir, para que se robustezca nuestra fe en medio de las pruebas y se acreciente la caridad para con todos.  Es lo que les deseo de todo corazón.

 

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense

Mons. Bernardo Álvarez
Acerca de Mons. Bernardo Álvarez 60 Articles
Nació el 29 de julio de 1949 en Breña Alta (Isla de La Palma). Fue ordenado Sacerdote el 16 de julio de 1976. El 29 de junio de 2005 el Papa Benedicto XVI le nombra Obispo de Tenerife. Recibe la ordenación Episcopal el 4 de septiembre de 2005 en la Catedral de La laguna (Templo de Nuestra Señora de la Concepción) de manos del Nuncio de S. Santidad Mons. Manuel Monteiro de Castro y los Obispos Eméritos de Tenerife Mons. Damián Iguacen Borau y Mons. Felipe Fernández García, así como otros Obispos asistentes. En esta misma fecha toma posesión canónica de la Diócesis Nivariense. ESTUDIOS REALIZADOS: Realizó el Bachiller Elemental y Superior, con sus respectivas Reválidas, en Santa Cruz de La Palma, finalizando en el año 1967. Inició los estudios de Arquitecto Técnico (Aparejador) en 1967 en La Laguna, que abandonó para ingresar en el Seminario Diocesano de Tenerife en octubre de 1969. Realizó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Tenerife, que concluyó en junio de 1976, año en el que también recibió la ordenación sacerdotal de manos del Obispo D. Luis Franco Cascón. En junio 1987, tras el correspondiente examen, recibió el título de Bachiller en Teología por la Facultad de Teología del Norte de España – Sede de Burgos. Posteriormente, estudió de teología en la Universidad Gregoriana de Roma, desde 1992 a 1994, adquiriendo el título de Licenciado en Teología Dogmática. RESPONSABILIDADES: Ha sido párroco en cuatro destinos diferentes durante 11 años (desde octubre de 1976, a octubre de 1987). - Parroquias de Agulo y Hermigua (La Gomera): 1976-1980 - Parroquias de San Isidro y San Pío X (Los Llanos de Aridane-La Palma): 1980-1982 - Parroquias de San Miguel y Ntra. Sra. del Carmen (Tazacorte – La Palma): 1982-1986. - Parroquias de San Fernando Rey y San Martín de Porres (S/C de Tenerife) 1986-1987. - Arcipreste de Ofra: 1986-1987. Director Espiritual en el Seminario Diocesano de Tenerife, desde octubre de 1987 a julio de 1992. Secretario de la Asamblea Diocesana de octubre 1988 a junio 1989. Secretario de la Vicaría de Pastoral de la Diócesis de Tenerife, desde octubre de 1987 a julio de 1992, y desde septiembre de 1994 a mayo de 1999. Delegado Diocesano de Liturgia desde octubre de 1989 a julio de 1992. Desde 1994 a 1999 fue responsable del Departamento de Catequesis de Adultos de la Delegación Diocesana de Catequesis. Durante 10 años dirigió el Boletín Oficial del Obispado: de octubre de 1994 a octubre de 2004. Secretario General del Primer Sínodo Diocesano, desde septiembre de 1995 a mayo de 1999. Vicario General de la Diócesis, desde mayo de 1999. MOns. Bernardo Álvarez Alfonso, Obispo de San Cristóbal de La Laguna fue consagrado en Tenerife, en la Catedral, el 4 de septiembre de 2005 por Mons. Manuel Monteiro de Castro, Arzobispo titular de Beneventum y Nuncio Apostólico en España, asistido por Mons. Felipe Fernández García, Obispo emérito y Administrator Apostólico de San Cristóbal de La Laguna, y por Mons. Damián Iguacen Borau, Obispo emérito de San Cristóbal de La Laguna.