Carta pastoral de Mons. Jesús Murgui: Semana Santa

La celebración de la Semana Santa nos introduce en el misterio central de nuestra fe, haciéndonos revivir y actualizar la entrega de Jesús por la Humanidad, haciéndonos contemplar el misterio de aquel Amor, más fuerte que la muerte, en el que hemos sido salvados.

Con la conmemoración de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, sobre un borrico y aclamado por el pueblo sencillo, comienza la Semana Santa, que año tras año llena de un hálito diferente la vida de nuestras comunidades. Es la Semana, por excelencia, Santa. Sólo desde la fe cristiana se entiende lo que en ella celebramos. Sobrecoge y asombra el Misterio que conmemoramos; es el misterio de Dios y del hombre, de la vida y de la muerte, del mal y de la gracia, del odio y del perdón, de las tinieblas y de la luz. Toda la historia, todo su sentido, todo el drama del hombre y de la Humanidad entera se concentra y esclarece ahí, en lo que celebramos estos días.

Especialmente es valiosa su celebración en un tiempo como el que vivimos, plenamente inmerso desde el mes de marzo del pasado año en los terribles efectos de la pandemia que nos aqueja, y que nos podrá limitar en las celebraciones exteriores pero no en la vivencia profunda, que nos ayudará, por gracia, a iluminar y santificar las tinieblas de las cruces de este tiempo, desde el Amor crucificado en el que hemos sido salvados.

Es importante y necesario ayudarnos a recuperar toda la verdad de la Semana Santa: acoger el amor infinito y la misericordia sin límite, entrañable, del Padre que tanto nos ha amado que nos ha entregado a su propio Hijo, quien se ha despojado de su rango y se ha rebajado hasta la muerte y una muerte tan ignominiosa como la de la Cruz; por nosotros y por nuestra salvación. Todo ha quedado transformado por el Amor que es Dios, manifestado en el Misterio Pascual.

Es esto lo decisivo para la humanidad entera, que se hace vivo, presente y patente en las celebraciones litúrgicas de los días de la Semana Santa, y que se plasma en las expresivas muestras de las obras de arte, de la literatura o de la música, y en las manifestaciones tan elocuentes de la religiosidad popular. Liturgia, piedad popular, arte… nos introducen en el misterio de Cristo.

Lo acaecido en Jerusalén a la persona de Jesús, el Nazareno –su aclamación por la gentes sencillas a su llegada a la Ciudad Santa sobre un borriquillo, o su cena pascual con los discípulos, su oración en el Huerto de los Olivos, su traición, prendimiento, pasión, condena, crucifixión, muerte y sepultura, su resurrección- todos estos hechos han roto de manera definitiva y para siempre el dominio del mal y de la muerte sobre los hombres, han aniquilado los temores y las angustias del mundo entero y nos ha traído el perdón, la reconciliación, la paz, la salvación a todos, sin que nadie esté excluido de la inmensidad de este amor misericordioso.

Todos estos hechos han trasladado a la Humanidad entera, sufriente, dolorida, desterrada y esclava del mal y de la muerte, al reino de la luz y de la vida, de la esperanza, al reino de la gloria, y la han hecho entrar en la patria verdadera, en los cielos nuevos y la nueva tierra donde el Señor habita, donde el amor y la justicia moran para siempre.

El Calvario sigue vivo. Porque vivo se mantiene para siempre el Crucificado. Porque vivo se mantiene este acontecimiento: su pasión y muerte, su vida entregada por nosotros, su victoria, la victoria de su amor sobre la muerte. No sólo cada año, sino también cada día; cada instante sigue ofreciéndose para nuestro consuelo y esperanza, perennemente Jesús está en los cielos intercediendo ante el Padre por nosotros con sus llagas y su costado abierto. El Calvario, también, continúa en ese largo Vía Crucis, que especialmente experimentamos en estos tiempos, y que se prolonga en la historia del sufrimiento y dolores de la Humanidad. Una Humanidad herida y abandonada, en el drama de tantos seres humanos con los que Cristo se identifica y carga sobre sus hombros su cruz, se abraza a ella, es clavado en ella, y los ama, libera y salva, sus heridas son las nuestras y esas heridas nos han curado.

De modo especialísimo, en la Eucaristía que nos dejó como memorial la noche en que iba a ser entregado, se hace presencia real ese Calvario, ese Gólgota de redención, esa Cruz redentora. La Eucaristía es su Cuerpo entregado por nosotros y su sangre derramada por la remisión de nuestros pecados. De la Eucaristía fluye y en ella confluye toda esta Semana, en la que parece que, por excelencia, se concentra el tiempo y la eternidad, la vida, los trabajos, los sentimientos, los anhelos, el cielo se abre a la tierra y a él entramos por la puerta en la que está al árbol de la Cruz, que nos introduce en la gloria de la eternidad.

Vivamos el don de la Semana Santa del presente año 2021. Es lógico, incluso valioso, el sentimiento de tantos hermanos nuestros, cofrades de nuestros pueblos y ciudades que atesoran una enorme riqueza catequética y artística, y que sufren, muy especialmente, por no poder sacar a la calle lo que vivimos y celebramos realmente en la liturgia de nuestros templos. Comparto vuestros sentimientos; tiempos vendrán, si Dios quiere, en los que nuestras procesiones, nuevamente, serán posibles. Las presentes adversidades nos sirvan para purificar y afianzar nuestra fe, raíz y cimiento de nuestra piedad popular y tradiciones.

Y mientras, valoremos la significación de estos días santos que no podemos dejar pasar; que las presentes circunstancias nos ayuden a una profundidad y vivencia especiales de estos días únicos, auténticos tesoros de gracia, a los que se accede por el don de la fe. Cuando tantos interrogantes e incertidumbres nos sobrecogen ante tanto sufrimiento y muerte generados por la pandemia, abramos nuestra mente y nuestro corazón al amor de Jesús que se nos manifiesta en su Cruz, y a la esperanza viva y decisiva que nos ha dado con su Resurrección.

María, que nos fue dada por Jesús como madre, y que prolongó su sí en la Anunciación hasta el sí al pie de la Cruz; ella, interceda ante su Hijo para que vivamos una fructuosa celebración de la Semana Santa, en tiempos en los que nos sentimos especialmente necesitados de acoger y compartir su luz y su amor.

 

+ Jesús Murgui Soriano

Obispo de Orihuela-Alicante

Mons. Jesús Murgui Soriano
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Mons. D. Jesús Murgui Soriano nace en Valencia el 17 de abril de 1946. Recibió la ordenación sacerdotal el 21 de septiembre de 1969 y obispo desde el 11 de mayo de 1996. Estudió en el Seminario Metroplitano de Moncada (Valencia) y está licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctorado en esta misma materia por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. CARGOS PASTORALES Fue coadjutor entre 1969 y 1973 y párroco, en distintas parroquias de la archidiócesis de Valencia, entre 1973 y 1993, año en que es nombrado Vicario Episcopal. Fue Consiliario diocesano del Movimiento Junior entre 1973 y 1979 y Consiliario diocesano de jóvenes de Acción Católica de 1975 a 1979. Fue nombrado Obispo auxiliar de Valencia el 25 de marzo de 1996, recibiendo la ordenación episcopal el 11 de mayo de ese mismo año. Entre diciembre de 1999 y abril de 2001 fue Administrador Apostólico de Menorca. El 29 de diciembre de 2003 fue nombrado Obispo de Mallorca, sede de la que tomó posesión el 21 de febrero de 2004. El 27 de julio de 2012 se hizo público su nombramiento como Obispo de Orihuela-Alicante. El sábado 29 de septiembre de 2012, tomó posesión de la nueva diócesis. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Liturgia desde marzo de 2017. Cargo que desempeña desde el año 2005. Anteriormente, ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral desde 1996 a 1999 y de la Comisión Episcopal del Clero desde 1999 a 2005.