Carta pastoral de Mons. Agustí Cortés: El “hoy” de Dios IV. La voz que llama al sacerdocio

Iniciábamos estas reflexiones recordando aquellas palabras de la Carta a los Hebreos, que, citando el Salmo 94(95), nos advertía: “Si escucháis hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón” (Hb 3,7-8).

El endurecimiento del corazón, tanto en momentos de crisis, como en situaciones de éxito y abundancia, impide la escucha de la voz de Dios. Porque Dios sigue hablando ocurra lo que ocurra, en cada momento concreto. Su Palabra siempre es actual, como en un “hoy” continuo. Por eso dirá la Carta a los Hebreos: “Animaos los unos a los otros, cada día, mientras dure “este hoy”, para que ninguno de vosotros se endurezca, engañado por el pecado” (Hb 3,13)

¿Cómo es la voz de Dios?

– Su voz siempre contiene una llamada, una interpelación personal, que nos compromete. Por eso decimos que su palabra siempre es vocación en sentido amplio, siempre es llamada a vivir o a hacer algo.

– Cuando esa voz – llamada busca orientar toda la vida de una persona, entonces decimos que esa es propiamente “la vocación personal”, “aquello a lo que Dios te llama a ser en tu vida”.

– A partir de aquí, se desarrolla la vida a base de pequeñas llamadas, que concretan aquella otra personal de la propia vocación.

Dios habló a San José. Le llamó a una misión absolutamente personal: ejercer la función de padre de Jesús, alimentarle, cuidar de él, en definitiva custodiar el gran Misterio del Verbo hecho Hombre. El corazón de San José, lejos de estar endurecido, escuchó la voz de Dios y permaneció disponible y abierto a todas las vicisitudes y sorpresas que le exigía su misión. Eso es creer y vivir fielmente la propia vocación.

Tradicionalmente San José se ha vinculado a los seminarios. ¿Por qué? San José, diríamos hoy, era un laico, un profesional, un ciudadano, padre de familia. Eso sí, con una vocación del todo especial. Y es por esta vocación por lo que la piedad le ha visto tan próximo al sacerdocio ministerial, a los seminaristas y los sacerdotes. Servir al gran Misterio de Jesús, Dios hecho hombre, para cuidarlo, haciendo posible la verdad de la Encarnación y sea así mostrada a la humanidad…

San José personifica la obediencia, la verdadera obediencia, que ha de acompañar a toda vocación, especialmente a la vocación sacerdotal. Es la obediencia del pobre, que se pone absolutamente disponible, al servicio del misterio.

Algo que no se improvisa. Una virtud que requiere mucho olvido de sí mismo, de las propias necesidades y exigencias, incluidas las más “naturales” y lógicas.

Sobre todo la exigencia de no querer dominar el misterio, la renuncia a “entender todo”, controlar, mandar, planificar todo. ¿No nos ha hecho Dios inteligentes, poderosos, capaces de progresar y transformar el mundo?… Es, quizá, la virtud más necesaria para servir al misterio, que se va realizando en esta historia, en la Iglesia y en el mundo. No fue, no ha de ser en los sacerdotes, una mera renuncia, sino una capacidad para servir realmente, abiertos a lo inesperado, entregados absolutamente, desde la fe, a la providencia amorosa del Padre.

Justamente el Padre que desea acercarse a sus hijos en formas de paternidad humana. Que la humanidad de los seminaristas y sacerdotes se asemeje a la de San José, para que el Misterio se manifieste al mundo.

 

 

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.