El ocaso del padre: mirando a San José

Con motivo del Año de San José al que invita el papa Francisco, el obispo de Alcalá de Henares, Mons. Juan Antonio Reig Pla, reflexiona como hoy estamos inmersos en una sociedad en la que desde años vivimos el “ocaso del padre” y la pérdida de la “autoridad”. Además, señala como el Magisterio ha puesto a San José como protector de la familia humana y de la familia de los hijos de Dios: la Iglesia.

«El ocaso del Padre: mirando a San José»

El próximo 19 de marzo celebramos la Solemnidad de San José en el contexto de este Año Jubilar que anunció el papa Francisco el día de la Inmaculada Concepción del año pasado.

1. Maestro de vida interior

En los evangelios no se recoge ninguna palabra de San José. Es el hombre del silencio y de la vida interior que acoge el anuncio del ángel y obedece inmediatamente.

Le dijo el ángel en sueños: “No temas acoger a María, tu mujer porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre, Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.

Cuando José se despertó hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer” (Mt1, 20-2.4)

Hoy existe un gran déficit de vida interior. La ausencia de Dios y la crisis de la verdad dejan al hombre vacío, a merced de los sentimientos y las emociones. Así se explica que haya tantos atrapados por la pornografía, el espectáculo y la multitud de imágenes y voces que distraen el espíritu. Sin el silencio interior el hombre, varón o mujer, acaba por no conocerse a sí mismo y se incapacita para la virtud y las obras grandes: la magnificencia.

2. Modelo de Padre

Cuando el ángel le comunica que María dará a luz un hijo, le confía la misión de padre a José: “le pondrás por nombre Jesús”: Poner el nombre está confiado al padre.

José ejerció la misión como un varón justo y siendo un honrado trabajador.

Hoy estamos inmersos en una sociedad en la que desde años vivimos el “ocaso del padre” y la pérdida de la “autoridad”.

Este “ocaso del padre” se da tanto en la familia, como en las instituciones educativas y en el gobierno de los pueblos y de la nación.

La crisis de la verdad, la irrelevancia de la razón débil para afrontarla, han producido una crisis profunda de la autoridad. La autoridad es servicio a la verdad, de lo contrario se transforma en dominio, despotismo o tiranía. Por eso, la renuncia a buscar la verdad se traduce en la “dictadura del relativismo”-toda opinión vale igual-, en la arbitrariedad de quienes nos gobiernan, proponiendo leyes inicuas que provocan la deconstrucción de lo verdaderamente humano y la ruina del alma. Así se explican la destrucción permanente de la vida inicial con el aborto o la propuesta de la eutanasia en la fase enferma o terminal. Del mismo modo se siguen propiciando leyes permisivas que no respetan la identidad humana.

En la base de todo ello está el colapso de la mente que ha sido atrapada por una razón “simplemente instrumental” que se desarrolla con la técnica y la tecnología que se presentan como la verdadera “salvación”. Esta ausencia del padre y “la crisis de la verdad” conducen a una sociedad nihilista donde la libertad humana en vez de regirse por la inteligencia unida a la verdad, se transforma en un haz de instintos y emociones que acaban esclavizando al hombre bajo los requisitos de “la espontaneidad” y la “autenticidad” que sirven habitualmente de camuflajes de la mentira.

Jesús se sometió en todo a sus padres con obediencia y con ello ratifica la autoridad de los padres para la educación de sus hijos. Es un derecho que les es original y no puede ser sustraído por el Estado como se pretende con la nueva ley de educación. Los padres tienen derecho a educar a sus hijos por haberles dado la vida cooperando con Dios. “El derecho-deber educativo de los padres se califica como esencial, relacionado como está con la transmisión de la vida humana; como original y primario, respecto al deber educativo de los demás, por la unicidad de la relación de amor que subsiste entre padres e hijos; como insustituible e inalienable y que, por consiguiente, no puede ser totalmente delegado o usurpado por otros.” (Familiaris consortio, 36). Jesús abre la educación a la trascendencia religiosa y recuerda a José y a María que la familia está abierta al Reino de Dios y Él debe ocuparse de las cosas de su Padre del cielo. De ahí la importancia de la libertad de culto y religión en el ámbito público y privado.

3. Testigo de castidad

Habitualmente cuando nos referimos a San José lo llamamos “el casto” o “castísimo” San José.

Del mismo modo que José, el vendido por sus hermanos, los hijos de Jacob, fue modelo de gobernante como Virrey de Egipto, después de superar las tentaciones de la mujer de Putifar, San José es testigo de la castidad con la que vivió junto a María su esposa. En todo momento como esposo él reconoció y respetó a María como Arca de la Nueva Alianza viviendo con ella una conyugalidad gobernada por el espíritu.

El desprecio y olvido de la castidad es otro de los grandes déficits de nuestra cultura y de nuestra sociedad. La castidad es una gran virtud personal y social. Como toda virtud concede una capacidad para hacer el bien y de manera pronta. En este caso la castidad modera los dinamismos instintivos y las emociones, para mediante el autogobierno y el autodominio del espíritu, dirigir la libertad hacia la verdad del amor y el bien.

La castidad no anula ni al impulso erótico ni a la las emociones. Estas son equipaje humano para la acción, pero necesitan ser guiadas hacia la promoción del propio bien personal, el respeto de las demás personas y la fidelidad conyugal que es la clave de la alianza de la vida esponsal.

La virtud de la castidad en los esposos supone la integración de todos los dinamismos para la acción amorosa en el acto libre. De esta manera los impulsos físico-biológicos y psíquicos pueden ser conducidos en el lenguaje del cuerpo a ser expresión de la comunión interpersonal que es el destino de la unión conyugal. Sin la castidad no se llega a la unión amorosa. La persona del otro es usada como un medio de satisfacción. Uno por la castidad se “posee” no para dar algo que tiene – tiempo, dinero, deseo de satisfacción – sino para darse a sí mismo como persona con un amor total.

En el ámbito de la virginidad y el celibato por el Reino de los cielos la virtud de la castidad concreta la vocación al amor mediante la renuncia plena y perfecta a la genitalidad para radicalizar y universalizar el amor. Así lo decía San Pablo: “Porque siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles” (1 Cor 9, 19). Con ello cumplía las palabras de Jesús en las que decía que, ganados por el Reino de los cielos, algunos no se casan. El que pueda entender que entienda (Mt 19, 12). En cualquier caso se trata de un don, una gracia que se concede a algunos que hacen visible a Cristo pobre, casto y obediente y anuncian la belleza del cielo que está por venir. También la virginidad y el celibato son vocación al amor total.

Quien no es casto no alcanza la libertad para el bien, acaba siendo un esclavo atrapado por una “ceguera espiritual” que le impide ver lo “inteligible” de la realidad. La ausencia de la castidad genera personalidades veleidosas, arbitrarias y violentas. Por eso es ésta una virtud que debe de acompañar a todas las personas, especialmente a las que tienen responsabilidades educativas y de gobierno.

Quienes desprecian la castidad la traducen como represión del impulso erótico. Todo lo contrario, se trata de la virtud de la integración; esta virtud integra en el acto libre del autogobierno los dinamismos físico-biológicos y psíquicos en los dinamismos espirituales de la inteligencia y en libertad. El hombre casto es el hombre libre para el don de sí porque se posee a sí mismo.

El hombre sin castidad es un esclavo, no conduce su vida si no que es conducido por los estímulos de una sociedad pansexualista como la nuestra. En este contexto, la figura de San José es todo un reclamo del triunfo del espíritu que conduce a la libertad para el don y no para el dominio o la violencia.

Quien no es casto está atrapado por el placer y la utilidad que, incluso cuando son legítimos, no alcanzan el amor a la persona por sí misma respetando su dignidad. El bien moral de la castidad no usa a nadie y ama a la persona en cuanto persona. La castidad es la verdadera custodia del amor.

4. Protector de la familia y de la Iglesia

El signo que dio el ángel a los pastores y a todo el pueblo de que había llegado el “Salvador” fue el siguiente: “Aquí tenéis su señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2, 12).

El nacimiento del “niño Jesús” es el triunfo de la cultura de la vida. Como nos recuerda el Concilio Vaticano “El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (Gadium et spes, 22).

Esta es la cota más alta de la dignidad de toda vida humana. El hombre no sólo ha sido creado “a imagen y semejanza de Dios” y no de los animales, sino que el mismo Hijo de Dios se ha hecho hombre y nos invita a ser hijos de Dios en el Hijo unigénito.

Desde el nacimiento de Jesús como Salvador, se desata toda la furia del mal y la cultura de la muerte. Herodes quiere matar al niño y provoca la muerte de los Santos Inocentes. José se destaca como protector de la Sagrada Familia y custodia a María y a su hijo huyendo a Egipto y aceptando el exilio. Años más tarde ejercerá esta misión continuando su custodia en el hogar de Nazaret.

Por esta misión el Magisterio ha puesto a San José como protector de la familia humana y de la familia de los hijos de Dios: la Iglesia. De ahí la importancia de invocar a San José ante los embates de la “cultura de la muerte” que nos invade por todas partes con el aborto, la eutanasia, la manipulación y destrucción de embriones, etc.

Del mismo modo hemos de invocar la protección de San José para nuestras familias de tal manera que los matrimonios no se rompan ni reine la infidelidad. Con San José hemos de superar la “mentalidad divorcista” que se presenta como abanderada de la libertad cuando está negando la verdad del amor y la grandeza de la fidelidad que es un don de Dios recibido en el sacramento del matrimonio. El sacramento del matrimonio regala a los esposos el mismo amor de Cristo por la Iglesia manifestado en la cruz. Se trata de un amor que rompe la dureza de corazón y posibilita un amor fiel y exclusivo hasta la muerte. Esto es el evangelio del matrimonio que supera la concupiscencia como amor desordenado y garantiza el bien de las personas, de las familias y de la misma sociedad.

Se trata de un amor abierto a la vida porque supone el don total de las personas en el lenguaje del cuerpo como cooperadores de Dios creador, quien es el autor de la vida que recibimos siempre como un don. El invierno demográfico que sufre España es un mal presagio que nos aboca a una sociedad débil, envejecida y dominada por el multiculturalismo que ensombrece nuestra identidad católica y nuestro patrimonio espiritual.

Del mismo modo que custodió a la Sagrada familia, San José es protector de nuestros seminarios donde se cultiva las vocaciones sacerdotales que han de guiar como pastores santos a la Santa Iglesia Católica. El Patriarca San José es protector de la Iglesia y, como él, los sacerdotes han de custodiar virginalmente a los hijos de Dios edificando, por la gracia de Dios, el pueblo santo de Dios. Del mismo modo que San José custodió a su esposa, obra de Dios, inmaculada desde el principio, los sacerdotes hemos de vivir nuestra esponsalidad con la comunidad cristiana regalada por Dios sin mancha ni arruga (Ef 5). A ella nos debemos con un amor de consagración esponsal.

5. Modelo de trabajador, humilde y honrado

José enseñó a Jesús a trabajar con sus manos indicando con ello la importancia de la actividad humana como camino de santificación. El trabajo tiene dos significados: lo que se hace (que siempre deben ser cosas buenas para el bien) y quien lo hace (el sentido subjetivo de quien trabaja). Ambos aspectos fueron cultivados en el hogar de Nazaret.

Hoy, cuando tantos hogares españoles sufren por la pandemia y la falta de trabajo, hemos de invocar a San José obrero para que interceda por la dignidad de los trabajadores y haga de las empresas e instituciones laborales, talleres de honradez y de cultivo de la convivencia fraterna y de justicia.

Por todos estos motivos pido a todos los sacerdotes que el día 19 de marzo, Solemnidad de San José, se haga en todas las parroquias y comunidades religiosas un acto de consagración a San José según el modelo que utilizamos en la Jornada Sacerdotal y que ofrecemos a continuación. Igualmente, os ruego que todos los jueves del año en las parroquias se exponga el Santísimo y se rece el Santo Rosario por las familias y las vocaciones a la vida consagrada y sacerdotal.

En la misma Solemnidad de San José, el Santo Padre, el Papa Francisco, nos ha pedido inaugurar el Año de la Familia. Os ruego que lo inauguréis en todas las parroquias uniendo este acto a la Consagración de las familias y la parroquia a San José.

Qué la Virgen de la Victoria de Lepanto y el Patriarca San José nos concedan estos dones y nos guíen en el camino hacia el cielo con todos los Santos y Bienaventurados. Amén. Con mi bendición.

+ Juan Antonio Reig Pla
Obispo Complutense

Alcalá de Henares, a 17 de marzo de 2021
Año de San José y de
Ntra. Sra. la Virgen de la Victoria de Lepanto

Consagración a San José

En torno a la solemnidad de san José, celebrando este Año Jubilar por el 150º aniversario de su declaración como Patrono de la Iglesia Católica, hacemos nuestras las palabras de Santa Teresa de Jesús:

«Tomé por abogado y protector al glorioso san José, y encomendéme mucho a él. Vi claro que así de esta necesidad, como de otras mayores, este padre y señor mío me sacó con más bien de lo que yo le sabía pedir. No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa tan grande las maravillosas mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; de este santo tengo experiencia que socorre en todas las necesidades, y es que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra, que como tenía nombre de padre, y le podía mandar, así en el cielo hace cuanto le pide. Querría yo persuadir a todos que fuesen devotos de este glorioso santo por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios».

Animados por esta confianza, acudimos para suplicar su poderosa intercesión y para confiar nuestras personas, nuestro ministerio y a todos los que el Padre Celestial nos ha confiado bajo su paternal solicitud. En él vemos al hombre justo que Dios quiso poner al frente de su casa. Como Jesús, queremos aprender de su ejemplo fuerte y paterno, queremos hacer nuestras sus virtudes: la piedad varonil, la fidelidad a la palabra dada, la integridad y el trabajo duro, la autoridad puesta al servicio del amor, sin búsqueda de dominio.

Letanías a san José

Señor, ten misericordia de nosotros

Cristo, ten misericordia de nosotros.

Señor, ten misericordia de nosotros.

Cristo, óyenos.

Cristo, escúchanos.

 

Dios Padre celestial, ten misericordia de nosotros.

Dios Hijo, redentor del mundo, ten misericordia de nosotros.

Dios Espíritu Santo, ten misericordia de nosotros.

Santa Trinidad, un solo Dios, ten misericordia de nosotros.

Santa María, ruega por nosotros.

San José, ruega por nosotros.

Ilustre descendiente de David, ruega por nosotros.

Luz de los patriarcas, ruega por nosotros.

Esposo de la Madre de Dios, ruega por nosotros.

Casto guardián de la Virgen, ruega por nosotros.

Padre nutricio del Hijo de Dios, ruega por nosotros.

Celoso defensor de Cristo, ruega por nosotros.

Jefe de la sagrada familia, ruega por nosotros.

José, justísimo, ruega por nosotros.

José, castísimo, ruega por nosotros.

José, prudentísimo, ruega por nosotros.

José, valentísimo, ruega por nosotros.

José, fidelísimo, ruega por nosotros.

Espejo de paciencia, ruega por nosotros.

Amante de la pobreza, ruega por nosotros.

Modelo de trabajadores, ruega por nosotros.

Gloria de la vida doméstica, ruega por nosotros.

Custodio de Vírgenes, ruega por nosotros.

Sostén de las familias, ruega por nosotros.

Consuelo de los desgraciados, ruega por nosotros.

Esperanza de los enfermos, ruega por nosotros.

Patrón de los moribundos, ruega por nosotros.

Terror de los demonios, ruega por nosotros.

Protector de la Santa Iglesia, ruega por nosotros.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo: perdónanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo: escúchanos, Señor,

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo: ten misericordia de nosotros.

V. Le estableció señor de su casa.

R. Y jefe de toda su hacienda.

Oh Dios, que en tu inefable providencia, te dignaste elegir a san José por esposo de tu Santísima Madre: concédenos, te rogamos, que merezcamos tener por intercesor en el cielo al que veneramos como protector en la tierra. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 

Decimos juntos la fórmula de consagración a san José

¡Oh, glorioso patriarca y patrón de la Iglesia! ¡Oh, esposo de la Virgen Madre de Dios! ¡Oh, guardián y padre virginal del Verbo Encarnado! En la presencia de Jesús y María te escojo este día para ser mi padre, mi guardián y mi protector.

¡Oh, gran san José, a quien Dios ha hecho el Jefe de la Sagrada Familia, acéptame, te lo suplico, aunque sea completamente indigno, como miembro de tu “Santo Hogar”. Preséntame a tu Inmaculada esposa y pídele que también me adopte como a su hijo. Con ella, ora para que siempre tenga presente a Jesús y lo sirva con fidelidad hasta el final de mi vida.

¡Oh, terror de los demonios, aumenta en mí la virtud, protégeme del maligno y ayúdame a no ofender a Dios de ninguna forma!

Oh, mi padre espiritual, aquí estoy para consagrarme a ti. En fiel imitación a Jesús y a María, pongo todas mis preocupaciones bajo tu cuidado y protección. A ti, después de a Jesús y a María, te consagro mi cuerpo y mi alma, con todas sus facultades, mi crecimiento espiritual, mi parroquia y todos mis asuntos y actividades. No me abandones, sino adóptame como servidor y como hijo de la Sagrada Familia. Cuida de mí siempre, pero especialmente a la hora de mi muerte. Consuélame y fortaléceme con la presencia de Jesús y de María para que, contigo, pueda alabar y adorar a la Santísima Trinidad por toda la eternidad. Amén.

Amado San José, te consagramos nuestras familias y nuestra parroquia o comunidad. Sé tú nuestro protector como custodiaste el hogar de Nazaret. Amén

 

(Diócesis de Alcalá de Henares)

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