La labor de Cáritas parroquial en un año de pandemia

En la Unidad Pastoral Cristo Luz de los Pueblos, Rosa Rodríguez y Óscar García, trabajadores sociales de esta organización diocesana, han sido testigos del sufrimiento de cientos de familias que se quedaban sin recursos con el inicio de la crisis sanitaria

Isabel no es su nombre real, esta usuaria de Cáritas diocesana de Salamanca prefiere permanecer en el anonimato. Ella es una madre de familia que con el inicio de la pandemia tuvo que recurrir a esta organización para tener cubiertas sus necesidades básicas, como la alimentación o los medicamentos. Como empleada de hogar se quedó sin trabajo y sin ingresos. Su testimonio representa a los cientos de familias que han vivido este tiempo con angustia e incertidumbre, pero con las puertas de Cáritas siempre abiertas.

“Conozco Cáritas desde hace ocho años, cuando me separé y me quedé con niños a mi cargo, y me costó sacarlos adelante, porque no tenía trabajo, y les pedí ayuda“, apunta. Cuando Isabel lo ha necesitado ha recibido la ayuda necesaria, “para comprar medicina para los niños o para mí, con la ayuda de alquiler, o para alguna compra”.

Ella es consciente de que ha acudido cuando lo ha necesitado, “nunca me han cerrado las puertas, siempre han estado ahí”. Habla de Rosa, la trabajadora social, con la que ha contado en los momentos más difíciles de su vida, y se emociona al citarla: “Si no hubiera sido por ella no sé qué hubiera sido de mí y de mis hijos, la verdad”.

La pérdida de empleo

En el confinamiento, como relata Isabel, perdió su trabajo, “y me quedé sin nada”, porque era lo único que tenía, “y no me quedó más remedio que acudir a Cáritas”. En todo este tiempo está muy agradecida con esta organización diocesana, “porque en ese momento en el que abres el frigorífico y no tienes nada, y los niños te piden comida, y no tienes ni un yogur, ¿qué hago?. Es muy duro”.

Esta madre no solo valora las ayudas materiales para cubrir gastos, sino sentirse acompañada y escuchada. “Con ellos puedes compartir tu vida, tu situación, y se ponen en tu lugar, te escuchan y acompañan, te dan ánimo, y te dicen que ya pasará… que, seguro que volveré a encontrar trabajo, y vendrán tiempos mejores”. Cada vez que acude a Cáritas parroquial se siente mejor que cuando ha entrado, “porque ellos te acompañan en ese sentido, porque a veces no tienes a quien contar tu situación ni con quien desahogarte”.

Para Isabel su sueño sería encontrar un buen trabajo, “porque no quiero depender de nada, me da vergüenza ir a los sitios a pedir, pero no te queda otra”. Ella siente que no vale, “y que no puedo sacar adelante a mi familia”, y se siente frustrada, aunque no sea esa la realidad, “no es plato de buen gusto ir a pedir”. Lo único que quiere es trabajar y poder mantener a los suyos.

Más de 30 años en Cáritas

Rosa Rodríguez es una de las trabajadoras sociales de Cáritas de la Unidad Pastoral Cristo Luz de los Pueblos, de los barrios de Prosperidad, El Rollo y Puente Ladrillo, y lleva más de 30 años trabajando en esta organización diocesana. Ella recuerda el inicio del confinamiento, el 14 de marzo, “cuando nos tuvimos que replantear la situación, porque siempre hemos sido una entidad de puertas abiertas, pero nos tuvimos que adaptar, y seguir prestando el servicio de una manera distinta”. El teléfono se convirtió en su principal herramienta de comunicación, “nos organizamos para mantener el contacto y seguir comunicados con las personas como si estuviésemos con la acogida presencial”.

En las parroquias, como detalla, los equipos seguían en contacto con las familias que atendían, a través del teléfono, las videollamadas… “y nos dimos cuenta de la avalancha de personas que nos llamaban porque se quedaban sin recursos, trabajadores que ya estaban con contratos temporales y precarios, que en ese momento se quedaban sin ingresos”.

Ya en el mes de marzo, en esta Cáritas parroquial conocían el caso de familias sin ingresos, “y en abril…”, y como lamenta Rodríguez, “se dio una situación terrible de carencia de recursos que en muchos casos era para hacer frente a las cosas más necesarias y vitales, como el alimento o las medicinas”.

Campaña solidaria

Después comenzaron con la campaña, “La Caridad no cierra, cada gesto cuenta”, y esta trabajadora social agradece la respuesta solidaria de la sociedad salmantina. En todo este tiempo han intentado acercar la comunidad de otra manera, “los equipos parroquiales son el oxígeno, y los que están cerca de las personas vulnerables”.

Una vez finalizado el confinamiento total, desde Cáritas parroquial se recuperó la atención presencial, “con los locales abiertos, y siempre cumpliendo las medidas sanitarias”. En este año de pandemia, Rosa Rodríguez ha detectado la incertidumbre que viven las familias respecto a su futuro, “y les ayuda hablar, que te cuenten la situación”.

En los meses más duros de la pandemia, esta trabajadora de Cáritas segura que otra labor destacada de los equipos parroquiales fue llamar a las familias para ver cómo iban, “algunas con la enfermedad, en viviendas a veces compartidas por dos familias, donde se hacía difícil todo y estaban sufriendo mucho”. La idea la tenían clara, querían acercar la comunidad parroquial a las casas, “con un acompañamiento porque no se trata solo de gestionar la ayuda, sino hacer el acompañamiento y ver por dónde puede salir la familia y ayudar a normalizar de nuevo la situación de vida y la búsqueda de empleo”.

Rosa Rodríguez y Óscar García, trabajadores sociales de Cáritas parroquial de la Unidad pastoral Cristo Luz de los Pueblos, en Salamanca.

Por primera vez

Y hasta Cáritas parroquial han ido llegando personas que piden ayuda por primera vez, como subraya Rosa Rodríguez, “tras agotar los recursos de ahorros que pudieran tener”, y se acercan porque viven una situación angustiosa. De forma especial recuerda a las familias monoparentales, “con cargas familiares, o los parados que van agotando las prestaciones… hay una situación angustiosa también con las prestaciones que no llegan, o lo hacen tarde y en poca cantidad, con la que no pueden asumir los gastos que tienen”.

Para Rosa, lo más duro de todo ha sido afrontar esta crisis sanitaria, “como un elemento extraño, sobrevenido, que de repente cambia todo, y deja a las personas completamente con una angustia y una ansiedad que me ha dolido mucho, ver cómo las personas sufrían en el confinamiento”.

Otro de los trabajadores sociales de Cáritas en esta zona de la capital es Óscar García, quien resalta otro de los obstáculos que han tenido las familias sin recursos durante este primer año de pandemia. “Se ha notado muchas carencias en el tema de la brecha digital, sobre todo al inicio de la pandemia con el tema del apoyo en los centros escolares”, determina.

Brecha digital para las familias

Al respecto, reconoce que dificultó la atención, “que no fue nada fácil”, porque para llevar a cabo el apoyo al estudio, “muchos chicos no tenían los medios para poderse conectar, desde algo tan básico como unos datos en el móvil o una línea ADSL , las familias con las que trabajamos no tienen esos recursos”.

En ese sentido, García relata su labor de acompañamiento, “sobre todo con los padres y con los chicos, de cómo poder enviar esas tareas a los profesores, porque muchos no dominaban el medio digital”. Y el aspecto tecnológico no solo afectó al ámbito educativo, como refleja este trabajador social, “también influyó en otras áreas, como el tema laboral, o para pedir ayudas, presentar la Declaración de la Renta, etc.

Para Óscar García, lo más duro es haber perdido el contacto más directo con la gente: “Es verdad que después del confinamiento se ha ido recuperando y tenemos esa presencia con las personas, pero lo que es el contacto físico es necesario y no lo tenemos”. Para este trabajador de Cáritas, no es fácil atender a una persona que te cuenta sus problemas, “y no se puede dar un abrazo o sentir esa cercanía”.

Un taller de pintura

En la actualidad, en los locales parroquiales de San Isidro, en el paseo del Rollo están realizando un taller de pintura para jóvenes en riesgo de exclusión social con el objetivo de que aprendan un oficio y tengan más oportunidades laborales. Es una formación adaptada a la pandemia, en grupos reducidos, y siempre gracias a la colaboración de voluntarios como Ángel Vicente Bretón, ya jubilado, pero con muchas ganas de ofrecer su tiempo libre a los demás.

“Si el día de mañana encuentran un trabajo, bienvenido es que les ayude y les enseñe un poco la teoría de la pintura”, relata. En este curso, les darán unas nociones básicas, “porque no tenemos mucho tiempo, contamos con dos grupos de cinco chicos cada uno, y tenemos que limitar un poco el tiempo”. Pero Ángel tiene claro que la idea es que estos jóvenes el día de mañana puedan conseguir un trabajo con estas enseñanzas, “que les sirva de utilidad lo que les estoy enseñando”.

(Diócesis de Salamanca)

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