Carta pastoral de Mons. Gerardo Melgar: Muere por la salvación de todos

Cristo, en el Evangelio de San Juan de este IV domingo de Cuaresma nos explica lo que va a suponer para Él el cumplimiento de la misión que el Padre le ha encomendado. Nos anuncia que lo mismo que Moisés elevó la serpiente en desierto y todo el que la miraba quedaba curado de la mordedura de las serpientes venenosas, así Él también tiene que ser elevado en la cruz, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna. El Padre envió a su Hijo con la misión de ofrecer la salvación a todo el que crea en Él. Esta misión que el Hijo recibe del Padre es fruto y consecuencia del gran amor que Dios tiene al mundo y a los seres humanos, «porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 15). La fe en Jesús es la garantía de nuestra salvación. Cristo muere en la cruz por la salvación de todos los hombres, y lo único que pide de nosotros es que creamos en Él. Si creemos en Cristo, no perece-remos, sino que tendremos la vida eterna. La salvación es un don, un regalo que Dios nos hace, fruto y consecuencia del gran amor que nos tiene. Solo pide una condición que creamos en su Hijo como enviado suyo y vi-vamos nuestra vida desde los valores y las exigencias que su seguimiento lleva consigo. Cristo es el rescate por nuestros pecados, su sangre derramada por nosotros es la que nos ha merecido el perdón de nuestros pecados y la justificación ante Dios, «porque el Padre no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3, 18). La historia de Dios con el hombre es siempre una verdadera historia de amor, por más que tengamos en la vida sufrimientos, dolores y enfermedades. Dios, ante todo y sobre todo, es ese Padre bueno y misericordioso, que tanto nos ama que envía a su propio Hijo para que, haciéndose hombre y muriendo en la cruz, nosotros obtengamos la salvación y la vida eterna. Para que obtengamos la salvación, la vida eterna que Cristo nos ha ganado con la entrega de su vida por nosotros, lo único que Dios nos pide es que creamos en su Hijo, porque quien cree en él se deja iluminar por la luz que es él, y vive de acuerdo con lo que supone la fe en él. La persona de Cristo y su mensaje no puede quedar indiferente a nadie: Su persona y su mensaje son luz, que ilumina la vida de los hombres y, o se e acepta y se cree en él, y entonces su mensaje y su persona ilumina la vida del creyente, o por el contrario, el ser humano, ante esta luz que es el mismo Cristo y su mensaje de salvación, lo rechaza, no lo acepta, porque prefiere seguir vi-viendo siguiendo su vida de pecado, su vida sin Dios ni fe, en definitiva, su vida al margen de la persona y del mensaje de Jesús. La actitud del ser humano frente a la persona y el mensaje de Cristo, de acogida o de rechazo, es lo que ya le está juzgando. Es lo que le está haciendo merecedor de la salvación eterna si lo acepta y convierte su vida de acuerdo con lo que Dios le pide, o por el contrario, si prefiere la tiniebla, porque la luz de Cristo le molesta y prefiere seguir en su vida de pecado, son sus mismas obras las que lo acusan. La respuesta positiva a la persona y al mensaje de Jesús desde la fe, es la respuesta auténtica a tanto amor como Dios nos ha demostrado y nos demuestra que nos tiene. Si la historia de Dios con nosotros, enviando a su Hijo al mundo, es siempre una historia de amor, nuestra respuesta no puede ser otra que una respuesta a ese mismo amor. Amor que demostramos aceptan-do en nuestra vida al Señor que se ha entregado por nosotros y que nos pide que lo aceptemos a Él y encarnemos en nuestra vida, el estilo de vida que él ha venido a mostrarnos para que podamos ser sus seguido-res y nos hagamos merecedores del premio de la vida eterna, que él nos ganó con su sangre. Acojamos a Jesús y su mensaje y apropiémonos de la salvación eterna que nos ofrece si creemos en él.

 

+ Gerardo Melgar Viciosa

Obispo Prior de Ciudad Real

Mons. Gerardo Melgar
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Mons. Gerardo Melgar Viciosa nació el 24 de Septiembre de 1948 en Cervatos de la Cueza, Provincia y Diócesis de Palencia. Cursó la enseñanza secundaria (años de Humanidades) en el Seminario Menor Diocesano de Carrión de los Condes y los estudios de Filosofía y Teología en el Seminario mayor de San José de Palencia. Fue ordenado sacerdote el 20 de Junio de 1973 por el entonces Obispo de la sede palentina, Mons. Anastasio Granados García. Fue nombrado Párroco -de 1973 a 1974- al servicio de las parroquias de Vañes, Celeda de Roblecedo, San Felices de Castillería, Herreruela de Castillería y Polentinos. Al terminar ese curso pastoral, fue enviado a Roma, donde estudió Teología en la Universidad Gregoriana, licenciándose en Teología Fundamental el 14 de junio de 1976. A su regreso a Palencia fue nombrado Coadjutor de la parroquia de San Lázaro de la capital palentina durante un año. En 1977, y hasta 1982, desempeñó el cargo de Formador y Profesor del Seminario Menor Diocesano en Carrión de los Condes, del que sería, más tarde, Rector (1982-1987). En 1983 fue nombrado miembro del equipo de Pastoral Vocacional de la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil y Vocacional. Al dejar el Seminario de Carrión de los Condes fue destinado, como Vicario Parroquial, a la Parroquia de San José de Palencia durante seis años (de 1987 a 1993). En 1993 fue elegido por Mons. Ricardo Blázquez Pérez para desempeñar el oficio de Vicario Episcopal de Pastoral de la Diócesis palentina, cargo en el que permanecería hasta 1998. También durante diez años (de 1995 a 2005), fue Párroco solidario de la Parroquia de San José Obrero y Coordinador de la Cura pastoral de la misma, miembro del Colegio Diocesano de Consultores (1995-2000) y vocal, por designación del Sr. Obispo, del Consejo Presbiteral Diocesano (2001-2005). En el año 2000 fue nombrado Delegado Diocesano de Pastoral Familiar hasta que, en 2005, Mons. Rafael Palmero Ramos lo eligió para desempeñar el cargo de Vicario General de la Diócesis. De 2004 a 2005 fue, además, confesor ordinario del Seminario Menor Diocesano “San Juan de Ávila” así como, de 2005 a 2008, miembro del Colegio de Consultores de la Diócesis y Profesor de Teología del Matrimonio en el Instituto Teológico del Seminario Mayor de San José (2007). En enero de 2006, y hasta septiembre de 2007, durante el periodo de sede vacante producida por el traslado de Mons. Rafael Palmero Ramos a la Diócesis de Orihuela-Alicante, fue nombrado por la Santa Sede Administrador Apostólico de la Diócesis de Palencia. El 1 de Mayo de 2008, momento en el que desempeñaba el cargo de Vicario General de la Diócesis de Palencia y era el Capellán del Noviciado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, se hizo público su nombramiento como Obispo de Osma-Soria. El 6 de Julio de 2008 recibió de manos del entonces Nuncio Apostólico de Su Santidad en España, Mons. Manuel Monteiro de Castro, la ordenación episcopal y tomó posesión canónica de la Diócesis oxomense-soriana. Ha publicado varios libros sobre el matrimonio y la familia: “Juntos cuidamos nuestro amor. Convivencias para matrimonios jóvenes”, “Madurando como Matrimonio y como Familia”, “Nos formamos como padres para educar en valores a nuestros hijos” y “Llenos de ilusión preparamos nuestro futuro como matrimonio y familia”, además de múltiples artículos y materiales de trabajo sobre la familia y la pastoral familiar. De su Magisterio episcopal, pueden destacarse las siguientes Cartas pastorales: “Sacerdotes de Jesucristo en el aquí y el ahora de nuestra historia” (2009) con motivo del Año sacerdotal, “Juan de Palafox y Mendoza. Un modelo de fe para el creyente del siglo XXI” (2010), con motivo de la beatificació, “La nueva evangelización y la familia” (2011), “Carta pastoral sobre el Seminario diocesano” (2012), “Itinerario para la evangelización de la familia” (2013), Carta pastoral “Después de la Misión diocesana Despertar a la fe” (2014). Además, ha publicado otros escritos: “La Pastoral Familiar, un proceso continuo de acompañamiento a la familia” (2009), “Los grupos parroquiales de matrimonios jóvenes” (2010), “Unidades de Acción Pastoral. Instrumentos de comunión al servicio de la evangelización” (2010). El 8 de abril de 2016, el papa Francisco lo nombró obispo de Ciudad Real, en sustitución de Antonio Ángel Algora, que renunció por edad. El 21 de mayo del mismo año tomó posesión canónica en la catedral de Santa María del Prado.