Carta pastoral de Mons. Rafael Zornoza: “24 horas para el Señor”

El Papa Francisco nos invita a celebrar de nuevo las «24 horas para el Señor». En medio de este tiempo fuerte de Cuaresma, tiempo de oración y de conversión, el Papa Francisco llama a toda la Iglesia a acrecentar la fe, la esperanza y la caridad a través de las prácticas de la oración, el ayuno y la limosna, y que todas las comunidades cristianas pasen 24 HORAS CON EL SEÑOR, que se celebrará de nuevo este año el próximo viernes y sábado, los días 12 y el 13 de marzo. Es precioso ver a toda la Iglesia orante a los pies del Santísimo, expresión de comunión y de fraternidad, de intimidad con Cristo en la intercesión por la salud del mundo. Esta apertura extraordinaria de la iglesia, que ofrece orar y confesarse en un contexto de adoración eucarística, tiene gran significado. Desde hace años este alto en el camino cuaresmal nos ha unido en la adoración del Santísimo y en la renovación del corazón a través del sacramento de la penitencia. Aunque este año las limitaciones horarias del toque de queda no permitan mantener las horas de la noche, esta iniciativa, en la que os animo a participar, nos unirá de nuevo en una profunda experiencia de fe.

Somos conscientes del valor de la oración, más que nunca en esta cuaresma marcada por la pandemia, y de la importancia de la intercesión que nos une en un mismo deseo de bien para nuestros amigos y cercanos, en un impulso de caridad, y nos hace presentar a Dios nuestra súplica humilde. Orar ha impulsado nuestra esperanza, nos ha abandonado en la providencia de Dios, nos ha hecho más solidarios, y ha puesto nuestra mirada en nuestro destino, relativizando tantas cosas terrenas que habíamos casi idolatrado, pero que, como es evidente, no pueden salvarnos. Nuestro mundo está sediento de esperanza, lo está cada hombre y mujer, cansados de las frustraciones y de los fracasos de su historia personal y colectiva. El noble empeño de construir un mundo mejor se transforma en fatiga insuperable, en escepticismo salvaje o en fanatismo violento si no está abrazado por la certeza del futuro que nace de un Amor que ya está presente. Sólo esa esperanza que nace del encuentro con el Dios que se ha encarnado, que ha padecido y que ha resucitado de la muerte, nos da el valor de apostar nuevamente por el bien, a pesar de todos nuestros fracasos y cansancios. En las pruebas verdaderamente graves es necesaria esta gran certeza, que, incluso en el sufrimiento, puede convertirse en «escuela» de esperanza haciéndonos madurar y encontrar sentido a la tribulación, mediante la unión con Cristo que ha sufrido con amor infinito. Entrar en su revolución de amor, realizada ya en su Cruz y Resurrección, nos libera de la ilusión de autosuficiencia y nos adentra en su Reino de justicia, de amor y de paz.

El Santo Padre pone mucho interés en la reconciliación y nos invita a recibir el sacramento de la penitencia. Cuando meditamos cómo Jesús acoge a los pecadores, come con ellos, revela su compasión a los enfermos, y desvela las entrañas de Dios rico en misericordia, recordamos que también nosotros somos pecadores, necesitados de la misericordia y el perdón de Dios. Cristo “murió por nuestros pecados” (1Cor 15,3) y abrió así una corriente de amor entre Dios y los hombres, renovando nuestra relación con Dios y con los demás. Por eso es tan importante confesar los pecados. Aunque aspirar a una santidad que parece imposible puede llevarnos a desánimo y falta de lucha por la santidad, la experiencia del perdón, sin embargo, nos estimula, nos hace misericordiosos para con nosotros mismos y para los demás, cambia nuestra forma de relacionarnos y nos ayuda a ser pacientes y más comprensivos con los fallos ajenos.

Es frecuente en las ideologías modernas identificar el mal en una causa exterior, haciéndonos creer que con eliminar algunas injusticias reinará ya la justicia. Son miradas ingenuas y miopes porque que el mal tiene también su origen en el corazón humano donde encontramos cierta convivencia con el, una extraña fuerza de gravedad que nos cierra en nosotros mismos o nos lleva a la autosuficiencia, al egoísmo y al poder. El salmista, sin embargo, nos recuerda: “Mira en la culpa nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 51,7). La confesión de los pecados y la gracia del sacramento de la reconciliación nos hace salir de esa cerrazón y contrarresta el impulso egoísta que nos cierra al amor. Siempre debemos pedir como mendigos la misericordia que ordena los impulsos del corazón, pone los deseos en Dios y se deja amar. «Él perdona todos tus pecados» (Salmo103,3).

Aprovechemos pues las “24 horas con el Señor” que nos propone el Santo Padre. Nos acercaremos más al Señor, recibiremos la paz de la reconciliación y podremos aportar mejor el consuelo de la esperanza y de la misericordia a cuantos nos rodean, algo que tanto necesitamos.

+ Rafael Zornoza

Obispo de Cádiz y Ceuta

Mons. Rafael Zornoza
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RAFAEL ZORNOZA BOY nació en Madrid el 31 de julio de 1949. Es el tercero de seis hermanos. Estudió en el Colegio Calasancio de Madrid con los PP. Escolapios, que simultaneaba con los estudios de música y piano en el R. Conservatorio de Madrid. Ingresó en el Seminario Menor de Madrid para terminar allí el bachillerato. En el Seminario Conciliar de Madrid cursa los Estudios Teológicos de 1969 a 1974, finalizándolos con el Bachillerato en Teología. Ordenado sacerdote el 19 de marzo de 1975 en Madrid fue destinado como vicario de la Parroquia de San Jorge, y párroco en 1983. Impulsó la pastoral juvenil, matrimonial y de vocaciones. Fue consiliario de Acción Católica y de promovió los Cursillos de Cristiandad. Arcipreste del Arciprestazgo de San Agustín y miembro elegido para el Consejo Presbiteral de la Archidiócesis de Madrid desde 1983 hasta que abandona la diócesis. Es Licenciado en Teología Bíblica por la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, donde también realizó los cursos de doctorado. Preocupado por la evangelización de la cultura organizó eventos para el diálogo con la fe en la literatura y el teatro e inició varios grupos musicales –acreditados con premios nacionales e internacionales–, participando en numerosos eventos musicales como director de coros aficionados y profesor de dirección coral. Ha colaborado además como asesor en trabajos del Secretariado de Liturgia de la Conferencia Episcopal. En octubre de 1991 acompaña como secretario particular al primer obispo de la de Getafe al iniciarse la nueva diócesis. Elegido miembro del Consejo Presbiteral perteneció también al Colegio de Consultores. Inicia el nuevo seminario de la diócesis en 1992 del que es nombrado Rector en 1994, desempeñando el cargo hasta 2010. Ha sido profesor de Teología en la Escuela Diocesana de Teología de Getafe, colaborador en numerosos cursos de verano y director habitual de ejercicios espirituales. Designado por el S.S. el Papa Benedicto XVI obispo titular de Mentesa y auxiliar de la diócesis de Getafe y fue ordenado el 5 de febrero de 2006. Hay que destacar en este tiempo su dedicación a la Formación Permanente de los sacerdotes. También ha potenciado con gran dedicación la pastoral de juventud, creando medios para la formación de jóvenes cristianos, como la Asociación Juvenil “Llambrión” y la Escuela de Tiempo Libre “Semites”, que capacitan para esta misión con la pedagogía del tiempo libre, campamentos y actividades de montaña. Ha impulsado además las Delegaciones de Liturgia, Pastoral Universitaria y de Emigrantes, de importancia relevante en la Diócesis de Getafe, así como diversas iniciativas para afrontar la nueva evangelización. Pertenece a la Comisión Episcopal de Seminarios de la Conferencia Episcopal Española –encargado actualmente de los Seminarios Menores– y a la Comisión Episcopal del Clero. Su lema pastoral es: “Muy gustosamente me gastaré y desgastaré por la salvación de vuestras almas” (2Cor 12,13). El 30 de agosto de 2011 se ha hecho público su nombramiento por el Santo Padre Benedicto XVI como Obispo electo de Cádiz y Ceuta. El 22 octubre ha tomado posesión de la Diócesis de Cadiz y Ceuta.