Cardenal Cantalamessa: las Bienaventuranzas son el autorretrato de Jesús

El cardenal Raniero Cantalamessa, imparte su segunda predicación de Cuaresma (ANSA)

“Las Bienaventuranzas son el autorretrato de Jesús” dijo el cardenal Raniero Cantalamessa en el Aula Pablo VI de la Ciudad del Vaticano durante el segundo sermón de Cuaresma del Predicador de la Casa Pontificia. Y añadió que “la conciencia de Jesús es un cristal transparente. Nunca la más mínima admisión de culpa, o petición de disculpa y perdón, ni hacia Dios ni hacia los hombres. Siempre la tranquila certeza de estar en verdad y en lo correcto, de haber actuado bien; que es muy distinto de la presunción humana de justicia. Ningún otro personaje de la historia se atrevió a decir esto de sí mismo”.

Este viernes 5 de marzo, en el día en que el papa Francisco comenzó su viaje apostólico de tres días a Iraq, tuvo lugar el segundo sermón de Cuaresma del Predicador de la Casa Pontificia. El tema que abordó en esta oportunidad se basó en la pregunta: “¿Quién de vosotros puede convencerme del pecado?”, basándose en el concepto de Jesucristo, “verdadero hombre”

Al igual que el viernes pasado, también esta mañana a partir de las 9.00, en el Aula Pablo VI los cardenales, arzobispos, obispos, prelados de la Familia Pontificia, con los empleados de la Curia Romana y del Vicariato de Roma y los Superiores generales o los Procuradores de las Órdenes religiosas pertenecientes a la Capilla Pontificia asistieron a la segunda predicación de Cuaresma del cardenal Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia.

Vivir como si Dios no existiera

En su amplia introducción el predicador comenzó a partir del pensamiento moderno expresado en la máxima de vivir como si Dios no existiera a la que, por ejemplo, el pastor Dietrich Bonhoeffer trató “de darle un contenido cristiano positivo”, no como “concesión al ateísmo”, sino como “un programa de vida espiritual” para “hacer el propio deber, aunque Dios parezca ausente”. Y explicó que “en otras palabras”, el concepto quería significar “no hacer de él un Dios-tapagujeros, siempre dispuesto a intervenir donde el hombre ha fallado”. Sin embargo, añadió que “en esta versión, la máxima es discutible y con razón ha sido contestada”. Pero su interés radica en el hecho de que:

Hay un peligro mortal para la Iglesia y es el de vivir ‘etsi Christus non daretur’, como si Cristo no existiera. Es el presupuesto con el que el mundo y sus medios de comunicación hablan todo el tiempo de la Iglesia. De ella interesan la historia – especialmente la negativa, no la de la santidad – la organización, el punto de vista sobre los problemas del momento, los hechos y los chismes internos”

El cardenal Cantalamessa afirmó que la persona de Jesús a duras penas suele ser nombrada, y recordó que hace unos años —y sigue viva en algún país— se propuso la idea de una posible alianza entre creyentes y no creyentes, basada en los valores civiles y éticos comunes, en las raíces cristianas de nuestra cultura, etc. Un acuerdo, en otras palabras, no basado en lo que sucedió en el mundo con la venida de Cristo, sino en lo que sucedió a continuación, después de él”.

“A ello se añade un hecho objetivo, que por desgracia es inevitable. Cristo no aparece en ninguno de los tres diálogos más animados que tienen lugar hoy entre la Iglesia y el mundo”

El predicador agregó en este punto que Cristo “no entra en el diálogo entre fe y filosofía, porque la filosofía se ocupa de conceptos metafísicos, no de realidades históricas como es la persona de Jesús de Nazaret; no entra en el diálogo con la ciencia, con la que sólo se puede discutir de la existencia o no de un Dios creador y de un proyecto inteligente debajo de la evolución; por último, no entra en el diálogo interreligioso, donde se trata de lo que las religiones pueden hacer juntas, en el nombre de Dios, por el bien de la humanidad”.

La Iglesia debe permanecer anclada a Cristo

Después de destacar las palabras que el Santo Padre pronunció durante la Audiencia General del 25 de noviembre pasado, en que se refirió a las características esenciales de la vida eclesial: “la escucha de la enseñanza de los apóstoles, primero; segundo, la custodia de la comunión recíproca; tercero, la fracción del pan y, cuarto, la oración”, que recuerdan que la existencia de la Iglesia tiene sentido si permanece firmemente unida a Cristo, retomó el concepto de “las cuatro coordenadas de la Iglesia”, que “se reducen, en palabras del Papa, a una sola: permanecer anclada a Cristo”. Por esta razón – explicó el Predicador –  nació en él “el deseo de dedicar estas meditaciones cuaresmales a la persona de Jesucristo”.

Cristo el hombre perfecto

Llegado a este punto el purpurado recordó que “durante la vida terrenal de Jesús nadie pensó nunca en cuestionar la realidad de la humanidad de Cristo, es decir, el hecho de que fuera verdaderamente un hombre como los demás”.

“Cuando habla de la humanidad de Jesús, el Nuevo Testamento se muestra más interesado en la santidad de la misma que en la verdad o la realidad de ella, es decir, más en su perfección moral que en su integridad ontológica”

Jesús el hombre nuevo

Tras referirse a la época del Concilio de Calcedonia con su idea de la humanidad de Cristo recordó que el Nuevo Testamento no está interesado tanto en afirmar que Jesús es un hombre “verdadero”, cuanto que es el hombre “nuevo”. A quien San Pablo define como “el último Adán”, es decir, “el hombre definitivo”.

“Cristo reveló al hombre nuevo, el creado según Dios en la justicia y santidad verdadera”

La santidad de Cristo

También dedicó su reflexión a contemplar la santidad de Cristo, para dejarse ante este primer plano sobre Jesús explicando lo que deseaba “hacer en esta meditación”:

“Dejarnos fascinar por la belleza infinita de Cristo, el más bello de los hijos de los hombres”

Las Bienaventuranzas son el autorretrato de Jesús

Al respecto afirmó que “las Bienaventuranzas son el autorretrato de Jesús” y añadió que “la conciencia de Jesús es un cristal transparente. Nunca la más mínima admisión de culpa, o petición de disculpa y perdón, ni hacia Dios ni hacia los hombres. Siempre la tranquila certeza de estar en verdad y en lo correcto, de haber actuado bien; que es muy distinto de la presunción humana de justicia. Ningún otro personaje de la historia se atrevió a decir esto de sí mismo”. Al referirse a la santidad de Cristo explicó lo que significa para nosotros. Lo que implica:

La sorpresa feliz es que Jesús comunica, da, nos regala su santidad. Que su santidad es también nuestra. Es más, que él mismo es nuestra santidad

Por otra parte, recordó que Cristo es “justicia, santidad y redención”. Si bien, añadió, “tenemos muchas otras oportunidades para hablar y escuchar sobre el deber de imitar a Cristo y cultivar las virtudes, que, por una vez, es bueno detenerse aquí”. Mientras tras afirmar que “la santidad de Jesús consistió en hacer siempre lo que al Padre le gustaba, dijo al concluir:

“Tratemos de preguntarnos tan a menudo como podamos, frente a cada decisión que hay que tomar y de cada respuesta que hay que dar: ‘¿Qué es, en el presente caso, lo que a Jesús le gustaría que haga?’ y hacerlo sin demora”

(vaticannews.va)

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