Carta pastoral del Cardenal Ricardo Blázquez: Cuaresma y cuarentena

Cuaresma y cuarentena son palabras emparentadas y hacen referencia al número cuarenta. Cuaresma es un tiempo litúrgico que estamos iniciando; de la cuarentena hemos oído en los últimos meses constantemente a causa de la pandemia del coronavirus.

El Diccionario de la Real Academia Española define así la Cuaresma: “Es un tiempo litúrgico de preparación a la Pascua de Resurrección, desde el miércoles de Ceniza hasta el Jueves Santo, y se caracteriza por ser un periodo de penitencia” (cf. Sacrosanctum Concilium 109-110).

El mismo Diccionario de la Real Academia de la Lengua define así la cuarentena: “Aislamiento preventivo a que se somete durante un periodo de tiempo, por razones sanitarias, a personas o animales”. La idea de la cuarentena se remonta a la Edad Media y la ocasión fue la llamada peste de oriente. El régimen de cuarenta subsiste hasta hoy. La Organización Mundial de la Salud ha concretado la cuarentena en las enfermedades siguientes: peste, cólera, fiebre amarilla, viruela, tifus; y ahora nos encontramos con la Covid-19. Las personas con riesgo de padecer la enfermedad en periodo de incubación deben ponerse bajo vigilancia médica. El aislamiento prescrito con la limitación de comunicaciones y de movimientos que comporta, y por supuesto con la inquietud de ser contagiado y sus consecuencias, es una forma especial de prueba y de sufrimiento, que tiene mucho de cuaresmal en la acepción estrictamente cristiana.

El Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma de este año lleva por título: “Mirad, estamos subiendo a Jerusalén” (Mt. 20, 18). Las palabras citadas del Evangelio se sitúan en el comienzo de la segunda parte de la actividad pública de Jesús; la primera concluye con la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo y desde entonces comienza Jesús a anunciar que subirá a Jerusalén donde será condenado a muerte y resucitará (cf. Mt. 16, 13-23). Los discípulos no le entienden y se resisten, ya que se
habían formado una idea de un Mesías vencedor. Pero la identidad del mesianismo de Jesús incluye el rechazo y la cruz; la cruz es el camino de la luz, la pasión es el camino de la glorificación. Cuaresma es seguimiento de Jesús que sube a Jerusalén, donde se cumplirá el designio de Dios anunciado por los profetas. Todos los cristianos somos invitados a renglón seguido de los anuncios de la subida a Jerusalén a cargar con la cruz.

Cuaresma en el contexto social que padecemos y siguiendo los pasos de Jesús, debe ser tiempo de reflexión buscando la verdad, de conversión dejándonos conducir por Jesús, de purificación interior ya que tenemos manchado el corazón por el egoísmo y la idolatría, de renovación espiritual porque el pecado nos roba alegría y nos envejece, de reconciliación con Dios volviendo a su casa y con el prójimo siendo sensibles a sus necesidades, de reordenación y reconstrucción de la vida que a veces ha perdido el norte y está como agrietada, de esperanza también en esta situación de fragilidad por la pandemia, de confianza en la victoria de Jesús sobre nuestros pecados, miedos y agobios (cf. Mt. 11, 28-30; Heb. 2, 10-18). Cuaresma es tiempo de “compasión”, es decir, de padecer solidariamente con otras personas, de compartir riesgos y esperanzas, penurias económicas e incertidumbres de cara al futuro, porque Dios se ha compadecido de nosotros. La Cuaresma desemboca en la “Pascua florida”.

Podemos decir que en la Cuaresma del año 2021 se nos agolpan los problemas, que debemos calibrarlos para no ser arrollados por esta especie de avalancha. Hay problemas importantes y urgentes, radicales (la fe está en la raíz de la salvación o de la languidez: Rom. 1, 17; Heb. 10, 31) y derivados, inducidos desde el exterior y generados en el interior de la comunidad eclesial, hay problemas ambientales y propios, de unos problemas tenemos más responsabilidad y otros los padecemos como
víctimas; unos problemas son inseparables de la condición humana y otros son de orden más coyuntural. Esta mezcla debe ser discernida para que la confusión no nos envuelva con su oscuridad. La reflexión en tiempo de Cuaresma es particularmente recomendada. Recordemos un detalle de la parábola del hijo pródigo. Cuando el huido de casa se encontró solo, lejos, sin dinero, sin amigos, padeciendo un hambre terrible, malviviendo como porquero, dice el texto evangélico: “Recapacitando
entonces, se dijo: Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras que yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre” (Lc. 15, 17-18). Cuaresma es un tiempo para recapacitar, para reflexionar y para reconocer que equivocadamente nos sentimos autosuficientes; la pandemia nos ha quitado muchas máscaras (aunque nos imponga otras mascarillas) y nos ha dejado al descubierto. Bastantes personas se han planteado la pregunta
de Dios. Ante la pandemia no acusemos a Dios, ni por su silencio saquemos la conclusión de que no existe. Nos preguntemos, en cambio, ante este acontecimiento mundial y temeroso: ¿Nuestra finitud no debe abrirse al Infinito? ¿Nuestra necesidad no debe ser orante? ¿En qué se sustenta nuestra vida y esperanza? Hay problemas de salud y enfermedad, económicos y sociales; hay cuestiones que puede resolver la ciencia y la técnica; hay interrogantes profundos del hombre, que inevitablemente le asaltan, relacionados con el sentido de su vida, con su futuro y con su muerte. No es sensato sofocar estas cuestiones ni intentar silenciarlas como si no pertenecieran a la condición humana.

El número cuarenta, frecuente en la Sagrada Escritura, se ha convertido en símbolo para nosotros. Israel peregrinó cuarenta años por el desierto (cf. Act. 7, 43); Moisés en Horeb (cf. Ex. 24, 18; 34, 28; Deut. 9, 9) y
Elías camino de la montaña santa (1 Re 19, 8) recorrieron sus “cuaresmas”. Jesús antes de iniciar su actividad pública pasó cuarenta días y cuarenta noches en el desierto (cf. Mt. 4, 2); de esta forma preparó el camino a la Cuaresma litúrgica. Cuaresma es una duración larga para intensificar la oración, vivir sobriamente y ejercitar la solidaridad generosa. La Cuaresma cristiana ha influido hasta en la terminología con las privaciones de la cuarentena por motivos de salud.

¡Entremos en el camino cuaresmal!

+ Cardenal Ricardo Blázquez

Arzobispo de Valladolid

Card. Ricardo Blázquez
Acerca de Card. Ricardo Blázquez 99 Articles
Don Ricardo Blázquez Pérez nació en Villanueva del Campillo, provincia y diócesis de Ávila, el 13-4-1942. Realizó sus estudios en los seminarios Menor y Mayor de Ávila (1955-67) y fue ordenado presbítero el 18-2-1967. Obtuvo el doctorado en Teología por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1967-72) y también estudió en universidades alemanas. Sus 21 años de ministerio sacerdotal se centraron en la actividad docente. Fue secretario del Instituto Teológico Abulense (1972-76), profesor (1974-88) y decano (1978-81) de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, así como vicerrector de la misma. El 8-4-1988 fue elegido obispo de la iglesia titular de Germa di Galazia y nombrado obispo auxiliar de Santiago de Compostela, recibiendo la ordenación episcopal en esa catedral el 29 de mayo siguiente de manos de D. Antonio María Rouco Varela. El 26-5-1992 fue designado obispo de Palencia y el 8-9-1995 obispo de Bilbao. El 13-3-2010 se hizo público su nombramiento por el papa Benedicto XVI como 14.º arzobispo metropolitano y 40.º obispo de Valladolid, sede de la que tomó posesión el 17-4-2010. Desde marzo de 2014 es el presidente de la Conferencia Episcopal Española, organismo del que ya fue presidente entre 2005 y 2008, y vicepresidente entre 2008 y 2014; anteriormente, fue miembro de la Comisión para la Doctrina de la Fe (1988-93) y de la Comisión Litúrgica (1990-93), y presidente de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (1993-2002) y de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales (2002-05), así como Gran Canciller de la Universidad Pontificia de Salamanca (2000-04). El papa Francisco le creó cardenal en el consistorio del 14-2-2015, con el título de Santa Maria in Vallicella, y le nombró miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (2014), de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Consejo Pontificio de la Cultura y de la Congregación para las Iglesias Orientales (todos en 2015) y de la comisión cardenalicia para la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (2016). Además de colaborar en la redacción de muchos documentos de la Conferencia Episcopal Española, son reseñables sus siguientes publicaciones: La resurrección en la cristología de Wolfhart Pannenberg (1976) Jesús sí, la Iglesia también (1983) Jesús, el Evangelio de Dios (1985) Las comunidades neocatecumenales. Discernimiento teológico (1988) La Iglesia del Concilio Vaticano II (1989) Tradición y esperanza (1989) Iniciación cristiana y nueva evangelización (1992) Transmitir el Evangelio de la verdad (1997) En el umbral del tercer milenio (1999) La esperanza en Dios no defrauda: consideraciones teológico-pastorales de un obispo (2004) Iglesia, ¿qué dices de Dios? (2007) Iglesia y Palabra de Dios (2011) Del Vaticano II a la Nueva Evangelización (2013) Un obispo comenta el Credo (2013)