Carta pastoral de Mons. Adolfo González: Cuaresma, camino hacia los sacramentos pascuales

Queridos hermanos y hermanas:

Como todos los años quiero dirigir unas reflexiones al comienzo de la Cuaresma, exhortando a todos los fieles a fortalecer la vida cristiana. Este fortalecimiento bien sabéis todos que acontece en nuestra vida mediante el progreso en la conversión a Cristo, con el propósito de que todos los bautizados lleguemos a la celebración del Misterio Pascual habiendo progresado en la configuración con el Señor. La Cuaresma abre el camino hacia los sacramentos pascuales.

  1. Los sacramentos pascuales, meta de la Cuaresma

Esta es la meta del ejercicio de la Cuaresma, un tiempo de gracia y salvación, que, como canta el prefacio propio del tiempo, el Señor nos lo concede para que suscite en nosotros «anhelar año tras año, con el gozo de habernos purificado, los sacramentos pascuales»[1], meta de este tiempo oportuno.        Es de gran provecho espiritual detenernos en este sustancioso prefacio que nos señala la meta de la Cuaresma con claridad: los sacramentos pascuales. La instrucción cristiana transmitía este mandamiento de la Iglesia, que mediante el anuncio de la salvación ha recibido la misión de llevar a cuantos creen en él a la plena identificación con Cristo en la recepción de los sacramentos pascuales: el bautismo y la Eucaristía, que Cristo confió a los Apóstoles. Éstos y sus colaboradores desde el comienzo de la Iglesia «ofrecen el bautismo a quien crea en Jesús: judíos, hombres temerosos de Dios, paganos»[2]. Al bautizar a los que vienen a la fe, los Apóstoles siguieron a Cristo, que quiso someterse al bautismo de Juan y en él prefiguró el bautismo de los cristianos (cf. Mt 3,13)[3]. Jesús resucitado mandó a los Apóstoles a bautizar, diciéndoles: «Id, pues, y haced discípulos de todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28,19-20).

El bautismo es apostólico porque por voluntad de Cristo lo hemos recibido de los Apóstoles, como es tradición apostólica la celebración de la Eucaristía, razón por la que ningún bautizado debe dejar de participar en su celebración dominical ni dejar de comulgar, siempre que no se lo impida la conciencia de hallarse en pecado mortal, que aparta de la comunión con Dios y de la comunión eclesial. La Eucaristía es institución de Cristo y al mismo tiempo confesamos que, al igual que el bautismo, es de origen apostólico. Lo recordó san Juan Pablo II al decir: «También los apóstoles están en el fundamento de la Eucaristía, no porque el sacramento no se remonte a Cristo mismo, sino porque ha sido confiado a los Apóstoles, obedientes al mandato del Señor»[4]; y además, continúa diciendo en el mismo lugar el santo papa siguiendo el Catecismo de la Iglesia Católica, «porque se celebra en conformidad con la fe de los Apóstoles»[5].

La tradición disciplinar de la Iglesia ha establecido secularmente la obligación de confesar y comulgar al menos una vez año. Esta obligación ayuda a los fieles a no dejar de lado la práctica sacramental, porque sin ella no se puede vivir como cristianos

Precisamente para que todos los fieles se integren en la comunión eclesial en fidelidad a los dones de gracia que Cristo encomendó administrar y distribuir a los Apóstoles, la tradición disciplinar de la Iglesia ha establecido secularmente la obligación de confesar y comulgar al menos una vez año. Esta obligación ayuda a los fieles a no dejar de lado la práctica sacramental, porque sin ella no se puede vivir como cristianos. La Iglesia recomienda recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, al tomar parte en la misa dominical y en las solemnidades y fiestas de precepto; y cuando no es así, al menos una vez al año y, siempre que sea posible, esta comunión anual se debe hacer en tiempo pascual[6]. Sin embargo, la mayoría de los bautizados no practican la fe que profesan, aun cuando respondan a las encuestas estadísticas que se consideran cristianos y católicos. De ahí la importancia de servirse de la Cuaresma, al tiempo que para preparar a los catecúmenos en la etapa final antes de la Pascua y disponerlos a recibir los sacramentos pascuales, también para devolver a la práctica sacramental en modo propio a los cristianos alejados que mantienen aún viva su condición de cristianos.

Porque la Cuaresma es preparación a la Pascua, ciertamente, pero es asimismo «iniciación sacramental verdadera y propia para la misma, es decir, un camino de fe fundado sobre la audición de la palabra de Dios y de sus signos sacramentales cumplidos en la asamblea litúrgica, que se articula en etapas o grados de penetración y progresiva profundización en el misterio celebrado»[7]. Se ha observado ateniéndose a la historia de la liturgia sacramental del rito romano que, en esta tradición litúrgica, además de la Eucaristía, el sacramento pascual por excelencia es el bautismo. Así, si en la liturgia romana el Triduo y el tiempo pascuales tienen un carácter sacramental que tiene en la Eucaristía su cúspide o cima, «la Cuaresma tiene un carácter exquisitamente sacramental que tiene como meta no sólo la eucaristía pascual, sino también la renovación de las promesas bautismales en la Vigilia pascual (…) El camino cuaresmal desemboca, por tanto, en la celebración de la Pascua»[8].

El tiempo pascual es el tiempo bautismal por excelencia precedido por la preparación cuaresmal, igual que el momento propicio para recibir la sagrada Comunión, después de haber hecho el esfuerzo espiritual de conversión al que nos invita la Cuaresma. El Triduo pascual es el corazón del año litúrgico: los tres días en que se celebran los misterios de la muerte y resurrección de Cristo, en el atardecer del Jueves Santo, en la Misa «en la Cena del Señor»; celebrada en la tarde del Viernes Santo, día de hondo significado religioso ante el acontecimiento que conmovió la creación, la muerte del Salvador y Redentor de la humanidad, cuya conmemoración tiene su expresión litúrgica en los santos oficios vespertinos; y en la celebración de la Vigilia pascual en la noche del Sábado Santo al Domingo de Resurrección. Es ésta la noche dichosa en la cual se rememoran en las lecturas que jalonan la liturgia de la Palabra los acontecimientos de la historia de la salvación que conducen al Misterio pascual, lo prefiguran y, aunque fragmentariamente, lo anticipan bajo la forma profética de la figura. El Misterio pascual proféticamente anunciado, una vez acontecido es irrepetible: «pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él» (Rm 6,9). El sacrificio redentor, contenido del Misterio pascual, Cristo lo ha realizado «de una vez para siempre ofreciéndose a sí mismo» (Hb 7,27), y ahora, en el tiempo de la Iglesia este sacrificio se hace presente y su eficacia perdura en la celebración de los sacramentos pascuales.

A estos sacramentos llegan los catecúmenos, concluido el catecumenado, instruidos en la historia de la salvación e introducidos en aquello que los ritos significan sacramentales significan y contienen. Éstos se desarrollan en torno a la fuente bautismal a la que se acercan los catecúmenos, para recibir el Bautismo, que místicamente los configura con la muerte y resurrección del Señor. Una vez bautizados y convertidos ya en cristianos, cual “nuevas plantas” neófitos, los catecúmenos reciben la Confirmación, que les otorga el sello del don del Espíritu Santo, antes de acercarse a mesa de la Eucaristía. A continuación, toda la asamblea de bautizados renueva las promesas del bautismo y recibe la aspersión del agua lustral que evoca el bautismo que un día los hizo cristianos. Secuencias todas ellas de la sagrada Liturgia del Sábado Santo, que conducen finalmente a la celebración de la Eucaristía pascual, en la cual participan por primera vez también los recién bautizados.

  1. Los medios cuaresmales para alcanzar los sacramentos pascuales

Si transitamos por la Cuaresma camino de estos sacramentos pascuales, habremos alcanzado la meta de este tiempo santo. El mencionado prefacio continúa dando cuenta de la finalidad del camino cuaresmal diciendo: para recorriéndolo con espíritu de penitencia quienes transitan por él en este tiempo de gracia, «dedicados con mayor entrega a la oración y a la caridad fraterna, por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida lleguemos a ser en plenitud hijos de Dios».

La Cuaresma no deja de ser el tiempo que ninguna pandemia impide que sea. Nadie puede apartarnos de la oración, a la que va unida la caridad fraterna.

La Cuaresma no deja de ser el tiempo que ninguna pandemia impide que sea. Nadie puede apartarnos de la oración, a la que va unida la caridad fraterna. Tradicionalmente la Cuaresma se recorre de tramo en tramo, que son las cinco semanas cuaresmales, con el ayuno, la oración y la limosna. El Mensaje del Papa Francisco para esta Cuaresma es una reflexión de alcance moral que nos ayuda a caer en la cuenta de que sin ese trípode (tres pies) que sostiene este tiempo de penitencia y salvación, no se alcanzan los sacramentos pascuales con fruto, porque son los tres elementos determinantes de la Cuaresma, «las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una cariada operante»[9].

El ayuno ha de tener una clara motivación religiosa, se hace para poner de manifiesto que sólo Dios es el valor primero, que nada hay más determinante, porque sólo Él es el Creador y el Redentor del hombre, como anunciaron los profetas con el objetivo de purificar un ayuno meramente ritual. La conversión del pecador ha de ser conversión a Dios y eso es lo que expresa el imperativo divino del ayuno: «Convertíos a mí de todo corazón con ayunos, llantos y lamentos; rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos, y convertíos al Señor vuestro Dios, un Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en amor, que se arrepiente del castigo» (Jl 2,12-13). El ayuno manifiesta la vuelta por entero a Dios, con espíritu de penitencia, expresión del dolor que siente el pecador por causa del pecado que cometió, mientras espera confiado en la misericordia de Dios. El ayuno es así privación de sí mismo, de la identidad pecadora de quien sabe que es pecador y siente el fuego del amor a Dios que quema el corazón y lo purifica.

Dice el Papa que el ayuno «vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento». Esto supuesto, el ayuno tiene de manera inseparable una dimensión caritativa y social, de alcance solidariamente fraterno, y en este sentido es renuncia a todo lo que de pasión concupiscente y posesiva tiene el acaparar, acumular y almacenar, mientras los hermanos necesitados poco o nada tienen, unos lo pasan mal y otros enferman o mueren. Isaías clama contra un ayuno falto de sinceridad religiosa, que utiliza el que ayuna para encubrir sus injusticias, un ayuno que Dios rechaza y no quiere ver, porque Dios se complace en el ayuno que es ante todo ayuno de la injusticia, un ayuno que Dios describe por boca del profeta: «Este es el ayuno que yo quiero: soltarlas cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor» (Is 58,6-8).

Está bien ayunar por higiene, y hoy las dietas higiénicas se han convertido en las sociedades más prósperas en una obsesión que a veces desemboca en la enfermedad, pero ciertamente el ayuno purifica el cuerpo de la gula que engorda y destruye la salud. Con todo, el ayuno higiénico no define el carácter religioso del ayuno, que lo adquiere cuando el que ayuna lo hace para poner en primer lugar como criterio de vida la voluntad de Dios. La Cuaresma, además de un tiempo de preparación sacramental, que el Vaticano II orientó de manera especial a la renovación del compromiso bautismal de los fieles y a la preparación de los catecúmenos para recibir los sacramentos pascuales, es asimismo desde su estructura más antigua un tiempo penitencial y de clara dimensión ética[10]. Los ayunos preparatorios a la Pascua están en el origen de la Cuaresma y la penitencia pública que tenía en el Jueves Santo los ritos tanto de entrada en el orden de los penitentes, en el que ingresaban los pecadores públicos, como los ritos de reconciliación de quienes alcanzaban el perdón después de haber pasado por la penitencia pública[11].

Justamente la dimensión ética de la Cuaresma resulta de la conversión y regeneración sacramental de la vida cristiana. Al proponer el ayuno y darle norma canónica, la Iglesia orienta al pecador a la conversión a Dios como lo único necesario (cf. Lc 10,42), a la consiguiente relativización de todo lo terreno o creatural y al cultivo del desprendimiento del mundo, para que el corazón del hombre se afiance en la esperanza de la vida duradera que la fe le promete.  Lo que Dios quiere es que caminemos en la pobreza evangélica que es renuncia para compartir, para comulgar con el hermano necesitado, y así por el ayuno alcanzar la caridad, que es intenso amor entre hermanos, porque «la caridad cubre la muchedumbre de los pecados» (1Pe 4,8). El Papa añade en su Mensaje: «Haciendo experiencia de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido».

Lo que Dios quiere es que caminemos en la pobreza evangélica que es renuncia para compartir, para comulgar con el hermano necesitado, y así por el ayuno alcanzar la caridad, que es intenso amor entre hermanos, porque «la caridad cubre la muchedumbre de los pecados» (1Pe 4,8).

Hoy el ayuno está reducido al mínimo en la Iglesia Católica no alcanzándose siquiera lo que exige la normativa de su práctica, ya que el ayuno eucarístico, previo a la recepción de la sagrada Comunión es poco y con frecuencia mal observado. Queda el ayuno del Miércoles de Ceniza y el del Viernes Santo, más observado el primero que el último ya que, entre nosotros, el carácter que la Semana Santa tiene entre nosotros obliga a con frecuencia a su dispensa y los pastores a aconsejar paliar esta dispensa con la limosna penitencial. Debemos recobrar el ayuno, que práctica de origen apostólico, yen en la Semana Santa extenderlo al Sábado Santo, como lo prescribió el Vaticano II, que aun considerando las circunstancias que en algunos casos permitirían su dispensa, no debe por ello obviarse el precepto que reza con toda claridad: debe observarse el ayuno pascual del Viernes Santo y «extenderse al sábado»[12]. Entre nosotros y, por haber gozado en el pasado del privilegio de la bula cuaresmal, la abstinencia ha decaído sin suplencia. Se viene recuperando en parte, pero a veces ni siquiera se contempla como ordinario lo que debería serlo todos los viernes del año en las casas y centros católicos, mientras se entusiasman algunos con muy livianos “ayunos solidarios”, que a veces han perdido la referencia a la conversión a Dios, para ganar terreno la causa humanitaria por sí sola que sustituye la razón teológica del ayuno. No son excluyentes, sino que muy por el contrario debe tenerse presente siempre que el amor a Dios da fundamento teológico al amor al hombre, y así resulta en palabra de Jesús que el mandamiento del amor a Dios lleva aparejado el mandamiento del amor al prójimo, de modo que son inseparables el mayor y el primer mandamiento y el segundo semejante al primero, y así concluye Jesús: «De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,40).

  1. Para lograr frutos de conversión hay que vivir de la Palabra de Dios dando razón de la verdad que hemos conocido, fundamento de la esperanza cristiana

¿Cómo podemos alcanzar los frutos de la conversión a Dios que pide la Cuaresma de cada uno de nosotros? ¿Cómo podremos alcanzar purificados la meta pascual de la Cuaresma? Hemos mencionado el trípode cuaresmal que nos invita a la práctica del ayuno, oración y la limosna, pero la fuerza para transitar por el camino cuaresmal y llegar a esa deseada meta se sostiene alimenta y estimula en la audición constante de la Palabra de Dios, como el Señor responde a la tentación del diablo recordándole las Escrituras: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boda de Dios» (Mt 4,4). Estaba ya escrito en el Deuteronomio, que da la razón del hambre que Dios hizo pasar a su pueblo en el desierto con fin bien preciso: que la Palabra de Dios es el alimento más fundamental del hombre, y con ella viene todo lo demás. Jesucristo, Palabra hecha carne en el seno de María Virgen, se hace alimento de vida eterna y se entrega a cuantos creen en él en los sacramentos pascuales, que no son meros símbolos compuestos por realidades humanas, sino que en ellas es Dios mismo con su gracia redentora quien da vida al hombre, alimentándolo de la misma vida divina.

Por eso, toda la práctica religiosa de la Cuaresma y de la Semana Santa tiene en la liturgia de la Iglesia el primer y principal ámbito de expresión de la fe que es preciso conocer y amar. Esto no es posible sin la audición y la lectura permanente de la Sagrada Escritura. El papa Francisco ha establecido la Jornada de la Palabra de Dios en el domingo tercero del tiempo ordinario para instruir y animar a la lectura continuada de la Biblia y alcanzar un conocimiento e interpretación recta de su contenido. Es la Iglesia la que lee la Escritura y la interpreta.

La Cuaresma es un tiempo para la lectio divina, para la lectura continuada de la Escritura al ritmo de las lecturas de la misa dominical y el oficio de la liturgia llamada “de las horas”. La Iglesia ha encomendado este rezo a los ministros ordenados y las personas de vida consagrada, que han de orar por toda la Iglesia y por el mundo sin interrupción, y recomienda que se asocien a esta oración los laicos en la medida que ellos puedan, en pequeños grupos apostólicos con su párroco en algunos momentos de la vida parroquial, al ritmo de las celebraciones litúrgicas, como también en las reuniones que comparten de los diversos apostolados y, asimismo, en familia, que es como un santuario doméstico[13]. Los laicos se han de incorporar al rezo de las horas en estas ocasiones para alimentar su fe en la oración pública de la Iglesia, de la que son parte esencial y no de mera adhesión, y alcanzar la experiencia honda del misterio cristiano en la plegaria que fortalecerá el testimonio de Cristo, al que ellos están llamados tanto en la vida ordinaria como en los distintas compromisos y realidades temporales del mundo, que ellos iluminan con su vida y apostolado.

  1. Para llegar al conocimiento de la verdad que nos libera y es Cristo mismo, camino, verdad y vida para el hombre

La Cuaresma ayuda a rehacer así la fe profesada como afirmación de Dios y de Cristo, recomposición de la conciencia de que somos morada del Espíritu Santo, autor de nuestra profesión de fe recta, no domeñable a capricho, por una convencional acomodación al mundo que a nadie atrae, porque el que se aleja de Dios con la culpa que sólo Dios conoce, se aleja de la profesión de fe sin mitigaciones y no vuelve si Dios no lo atrae, porque por sí solo nadie puede llegar a la fe por encontrarla acomodada a  la mentalidad de época. La Cuaresma implica también el compromiso de un testimonio fidedigno, sinceramente dado a quien pregunta por la fe que un cristiano profesa, con humildad y con convicción, siguiendo la máxima de san Pedro, es decir: «siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza; pero hacedlo con dulzura y respeto» (1Pe 3,15). El testimonio acumula en sí la caridad fraterna y ésta se torna lenguaje de convicción atrayendo a la verdad que es Cristo mismo, como lo afirma Santiago en su carta, al decir: «sepa que el que convierte a un pecador de su camino desviado, salvará su alma de la muerte y cubrirá multitud de pecados» (Sant 5,20). Atraer al pecador y al alejado a Cristo es llevarlo al Salvador y alcanzar uno mismo a salvarse.

La Cuaresma nos lleva los sacramentos pascuales si purificamos el corazón en la misericordia de Dios e, instruidos por su Palabra y hechos conocedores de sus mandatos nos abrimos a la esperanza que se fundamenta en la fe que creemos. No hay contraposición entre la fidelidad al hombre, a su progreso y completa promoción humana y la fidelidad a la verdad de cuanto Dios nos ha revelado y mandado. Es un gran error, como pretenden aquellos grupos de cristianos siempre enquistados con la verdad profesada por la Iglesia, que ven una y otra vez la confesión de fe como corsé de atenaza la libertad del hombre. Grupos y sectores en el interior de la Iglesia que no cesan de presionar para que la Iglesia, amoldándose a la mentalidad de la época, silencie o ponga sordina a determinadas afirmaciones de la fe creída o, incluso, ignore o deje de tener en consideración —si es que no se atreve a modificarlos— principios morales y valoraciones de los actos humanos que son contenido de la revelación divina o se derivan de ella según la tradición de fe, pero son dificilmente homologables con el modo de pensar y vivir del hombre contemporáneo. El Señor ha advertido con claridad a quienes quieran seguirle que a loa impostores los cristianos «por sus frutos los conoceréis» (cf. Mt 7,15); de suerte que es un error pensar que la acomodación al espíritu del mundo pueda dar frutos de conversión. En la misma medida en que en los cristianos dejamos de iluminar la vida del hombre con la luz del Evangelio en esa misma medida nos alejamos de Dios, desorientamos a los que se nos acercan y esperan de nosotros la purificación que la verdad realiza liberando al hombre de sus propios fantasmas y tinieblas. Sucede entonces lo que advierte el Señor a los que le siguen: «Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente» (Mt 5,13).

Así, pues, la Cuaresma es un tiempo para pensar en que la devaluación de la fe a la que nos estamos acostumbrando, porque no producirá más cristianos, ya que los cristianos llegan a ser tales mediante la conversión a Dios y a su designio de salvación.

Así, pues, la Cuaresma es un tiempo para pensar en que la devaluación de la fe a la que nos estamos acostumbrando, porque no producirá más cristianos, ya que los cristianos llegan a ser tales mediante la conversión a Dios y a su designio de salvación. La verdad de nuestra fe no está en almoneda, porque «la fidelidad a la verdad es la única garantía de libertad», dice Benedicto XVI, que continúa afirmando que «sólo con la caridad, iluminada por la luz de la razón y de la fe, es posible conseguir objetivos de desarrollo humano y humanizador»[14]; incluso para llevar a buen término los efectos de una caridad para con los pobres y marginados de la tierra, caridad sin la cual nuestro testimonio no será eficaz. Ni tampoco es barata la gracia, como decía en un texto muy conocido el pastor y teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer (1906-1945), que sucumbió víctima del totalitarismo nacionalsocialista poco antes del final de la devastadora segunda guerra mundial: «La gracia barata es la gracia considerada como una mercancía que hay que liquidar, es el perdón malbaratado, el consuelo malbaratado, el sacramento malbaratado, es la gracia como almacén inagotable de la Iglesia, de donde la cogen unas manos desconsideradas para distribuirla sin vacilación ni límites; es la gracia sin precio, que no cuesta nada»[15].

Se apela, continuaba diciendo el teólogo alemán en el mismo lugar, a que la factura de la gracia ya se ha pagado con validez para todo tiempo, así que es gratis. Concluía, no sin ironía para los que todo lo relativo a la salvación lo dan por hecho, que los gastos que esta gracia tan fácil cubre son infinitamente grandes, pero también lo son las posibilidades de utilización y de dilapidación, porque al fin y al cabo se pregunta crítico con quienes así malbaratan la sangre de Cristo: «¿qué sería una gracia que no fuese gracia barata?». Ocurre que quienes así piensan nada parece importarles la cruz del Redentor ahora, en su vida, en el asunto más importante de su vida como es su salvación eterna. Lo que caracteriza a este cristianismo barato es que ha dejado de ser cristiano. Sin la gracia, empero, el hombre no tendrá futuro trascendente, no podrá alcanzar la vida eterna, y para que lleguemos a recibirla como don, siendo así que «por pura gracia estamos salvados» (Ef 2,5), hemos de sentir el fuego que nos quemará por dentro al haber conocido el precio que Cristo ha pagado por nosotros: el costoso precio de su sangre. Hemos sido rescatados «no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo» (1Pe 1,19). Mas por esto, malbaratar la gracia y dilapidar el precio real de la preciosa sangre del Redentor es causa de eterna condenación por mediocre frivolidad con la obra de Dios, «porque tanto amó Dio sal mundo que le dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

Sólo confesando la fe y retomando su práctica coherente, si nos esforzamos por tomar en serio a Dios y la verdad que siempre pide la confesión humilde de la fe, seremos testigos de la misericordia que en Cristo se nos ha manifestado para nuestra salvación. No podemos evitar el contenido objetivamente ofrecido por la predicación y el magisterio de la Iglesia, que hemos de hacer nuestro, porque es aquello mismo que confesamos como revelado por Dios: que hemos sido encontrados por el amor con que hemos sido amados por Cristo Jesús, que por nuestra salvación «no dudó en entregarse a los verdugos y padecer el tormento de la cruz»[16].

El rescate de los pecadores al precio pagado por el Señor tiene un objetivo que recita el prefacio de Cuaresma que nos guía en estas reflexiones: este tiempo de gracia nos dispone a la celebración de la obra redentora de Cristo en el memorial anual de su pasión y muerte con el propósito de que «por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios». Ciertamente somos en verdad hijos de Dios, como dice la primera carta de san Juan, pero lo hemos de ser de una forma consumada hacia la cual caminamos en la fe esperanzada: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1Jn 3,1). Mas, aun así, la realidad de la filiación adquiere por la celebración de los misterios de la fe aquella maduración que nos acerca a su acabamiento final, porque «ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es» (1Jn 3,2b).

  1. Exhortación final

A todos los diocesanos deseo una fervorosa vivencia de la Cuaresma, durante la cual deben tomarse muy en cuenta la exhortación de la Iglesia a tomar parte presencial en el culto en las iglesias, respetando siempre las normas sanitarias. Del mismo modo, haciendo propias las prescripciones de la Iglesia, con relación al ayuno y la abstinencia, la práctica generosa de la limosna penitencial y los donativos a los pobres a través de los medios orgánicos de que dispone la Iglesia diocesana, de manera particular mediante donativos a Cáritas diocesana y a las delegaciones parroquiales.

Quiera el Señor aliviar la presión de la pandemia mediante la curación de los enfermos y el resultado eficaz de las vacunas y los tratamientos que se están poniendo en práctica por los sanitarios, encomendándoles con gratitud por su sacrificado servicio a la intercesión de la Santísima Virgen, que con nosotros ora para implorar del Señor la bendición con la oración que sobre el pueblo se pronuncia al final de la Misa del domingo I de Cuaresma:

Te pedimos, Señor,
que descienda sobre tu pueblo la bendición copiosa,
para que la esperanza brote en la tribulación,
la virtud se afiance en la dificultad
y se obtenga la redención eterna.
Por Jesucristo nuestro Señor.

Dado en Almería, a 17 de febrero de 2021, en la inauguración el Miércoles de Ceniza de la santa Cuaresma.

 

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

 

[1] Misal Romano: Prefacio I de Cuaresma.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica [Catecismo], n. 1226.

[3] Catecismo, n. 1223.

[4] San Juan Pablo II, Carta encíclica sobre la Eucaristía en su relación con la Iglesia Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003), n. 27.

[5] Catecismo, n. 857.

[6] Catecismo, n. 1389.

[7] M. Augé, L’anno liturgico. É Cristo stesso presente nella sua Chiesa (Ciudad del Vaticano 2011) 166.

[8] Ibid., 166-167.

[9] Francisco, «Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…» (Mt 20,18). Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma de 2021 (11 noviembre 2020).

[10] M. Augé, L’anno liturgico, 167.

[11] Cf. J. López Martín, El año litúrgico. Historia y teología de los tiempos festivos cristianos (Madrid 1984) 156-158.

[12] Vaticano II, Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium, n. 110.

[13] Cf. Ordenación general de la Liturgia de las Horas, n. 27.

[14] Benedicto XVI, Carta encíclica sobre el desarrollo humano integral Caritas in veritate (29 junio 2009), n. 9.

[15] D. Bonhoeffer, El precio de la gracia (Salamanca 21968) 17.

[16] Misal Romano: Oración sobre el pueblo de la Misa del Domingo de Ramos.

Mons. Adolfo González Montes
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MONSEÑOR ADOLFO GONZALEZ MONTES nació en Salamanca en 1946. Sacerdote desde 1972, ejerció su ministerio en la parroquia de Santo Tomás de Villanueva. Fue Capellán de la Universidad Pontificia de Salamanca, además de Director espiritual y miembro del equipo de formadores durante dos años del Colegio Mayor Santa María de Guadalupe, de dicha Universidad Pontificia. Doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca, fue profesor y desde 1988 catedrático de Teología Fundamental. En 1997 fue nombre obispo de Ávila por Juan Pablo II. El 15 de abril de 2002 es nombrado Obispo de Almería y tomó posesión canónica de la diócesis el 7 de julio. En febrero de 2005 es elegido Presidente de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española, formando parte desde entonces de la Comisión Permanente de la misma. En la XCI Asamblea Plenaria celebrada del 3 al 7 de marzo de 2008 es reelegido Presidente de la misma Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española y miembro de su Comisión Permanente. El 2 de noviembre de 2005 fue elegido en la LXXXV Asamblea Plenaria de la CEE representante de la Conferencia Episcopal Española en la Comisión de Episcopados de la Comunidad Europea (COMECE), con sede en Bruselas.