Cuaresma, tiempo de renovación, esperanza y caridad

Con el miércoles de ceniza comienza la cuaresma, el tiempo litúrgico que va allanando el camino para la celebración de la Pascua mediante la oración, la limosna y el ayuno.

Es tiempo, como recuerda el papa Francisco en su mensaje para la cuaresma de este año, para renovar la fe, la esperanza y la caridad.

Es tiempo de escucha de la Palabra de Dios y de conversión, de preparación y de memoria del Bautismo, de reconciliación con Dios y con los hermanos.

Es el tiempo, en palabras de Benedicto XV, “para abandonar el hombre viejo que hay en nosotros y revestirnos de Cristo, para llegar renovados a la Pascua y poder decir con san Pablo «ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20)”

 

Algunas preguntas y respuestas sobre la cuaresma

¿Qué es la cuaresma?

>  Es el tiempo litúrgico que marca la Iglesia para prepararnos para la fiesta de la Pascua. Es un tiempo para la renovación de las promesas bautismales en Pascua de Resurrección mediante la oración, la limosna y el ayuno. Es un tiempo de escucha de la Palabra de Dios y de conversión.

¿Cuándo empieza y cuándo acaba la cuaresma?

> La cuaresma comienza el miércoles de ceniza y termina antes de la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo.

¿Por qué se relaciona la Cuaresma con 40 días?

> Los evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan: «Impulsado por el Espíritu» al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían (cf. Mc1, 12-13). Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él «hasta el tiempo determinado» (Lc 4, 13). CEC. 538

> También fueron 40 los años que el Pueblo de Israel estuvo por el desierto hacía la Tierra Prometida (Libro del Éxodo)

¿Desde cuándo se celebra la cuaresma?

> Desde el siglo IV se manifiesta la tendencia a constituirla en tiempo de penitencia y de renovación para toda la Iglesia, con la práctica del ayuno y de la abstinencia.

> Los evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan: «Impulsado por el Espíritu» al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían (cf. Mc1, 12-13). Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él «hasta el tiempo determinado» (Lc 4, 13). CEC. 538

¿A qué nos invita la cuaresma?

> Es un tiempo de escucha de la Palabra de Dios y de conversión, de preparación y de memoria del Bautismo, de reconciliación con Dios y con los hermanos.

> Nos invita a la oración, el ayuno y la limosna.

¿Qué significa días de penitencia?

>  Son los días que se han fijado para que los fieles se dediquen de manera especial a la oración, realicen obras de piedad y de caridad y se nieguen a sí mismos, cumpliendo con mayor  fidelidad sus propias obligaciones y, sobre todo, observando el ayuno y la abstinencia. (Código de Derecho Canónico 1249)

¿Cuáles son los días y tiempos penitenciales?

> En la Iglesia universal, son días y tiempos penitenciales todos los viernes del año y el tiempo de cuaresma. (Código de Derecho Canónico 1250)

¿Qué días son de ayuno y abstinencia?

> Todos los viernes, a no ser que coincidan con una solemnidad, debe guardarse la abstinencia de carne o de otro alimento que haya determinado la Conferencia Episcopal. (Código de Derecho Canónico 1251)

> El miércoles de Ceniza y el Viernes Santo se guardarán ayuno y abstinencia. (Código de Derecho Canónico 1251)

¿Qué determina la Conferencia Episcopal Española?

“El modo de observar el ayuno y la abstinencia”  Nota de la Secretaría General de la Conferencia Episcopal Española (6 de febrero de 1986) establece que:

– Los viernes de cuaresma debe guardarse la abstinencia de carnes, sin que pueda ser sustituida por ninguna otra práctica. El deber de la abstinencia de carnes dejará de obligar en los viernes que coincidan con una solemnidad y también si se ha obtenido la legítima dispensa.

– En cuanto al ayuno, establece que ha de guardarse el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. Consiste en no hacer sino una sola comida al día; pero no se prohíbe tomar algo de alimento a la mañana y a la noche, guardando las legítimas costumbres respecto a la cantidad y calidad de los alimentos.

¿Quiénes están obligados a cumplir con la abstinencia?

> La ley de la abstinencia obliga a los que han cumplido 14 años. (Código de Derecho Canónico 1252)

¿Quiénes están obligados a cumplir con el ayuno?

> Todos los mayores de edad y hasta que hayan cumplido 59 años. (Código de Derecho Canónico 1252)

¿Qué significa el símbolo de la ceniza?

>  El gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. Lejos de ser un gesto puramente exterior, la Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal.

> Es un gesto que abre a la conversión y al esfuerzo de la renovación pascual. (Calendario Litúrgico-Pastoral 2020-2021)

¿Cuándo se bendice e impone la ceniza?

Después del Evangelio y la homilía se bendice e impone la ceniza, hecha de los ramos de olivo bendecidos el Domingo de Ramos del año anterior. (Calendario Litúrgico-Pastoral 2020-2021)

 

El ayuno en tiempo de Cuaresma

Una de las palabras inseparable a la cuaresma es el ayuno. Ayunar es abstenerse total o parcialmente de tomar alimento o bebida. Pero ¿Cuál es el sentido para los cristianos del ayuno cuaresmal? La Sagrada Escritura y los papas han respondido a esta pregunta para iluminar su sentido profundo.

El alimento verdadero

En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del verdadero ayuno que tiene como finalidad comer el “alimento verdadero”, que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34).

La práctica del ayuno está muy presente en la primera comunidad cristiana. Los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno. Además, es una práctica recurrente y recomendada por los santos de todas las épocas. Pero ¿sigue teniendo sentido hoy?

El papa Francisco responde en un tuit:

En el mensaje para la Cuaresma de este año el papa Francisco vuelve a recordar la importancia del ayuno como la vía de la pobreza y de la privación.

El ayuno “vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento. Haciendo la experiencia de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido. Así entendido y puesto en práctica, el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo en cuanto, como nos enseña santo Tomás de Aquino, el amor es un movimiento que centra la atención en el otro considerándolo como uno consigo mismo (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 93).

Benedicto XVI: “No ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios”

El papa Benedicto XVI quiso dedicar su mensaje para la Cuaresma de 2009 al valor y el sentido del ayuno que “para los creyentes es una <terapia> para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios”. Porque “privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios. Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos”.

El ayuno, recordaba Benedicto XVI, “significa la abstinencia de alimentos, pero comprende también otras formas de privación para una vida más sobria. Todo esto, sin embargo, no es aún la realidad plena del ayuno: es el signo externo de una realidad interior, de nuestro compromiso, con la ayuda de Dios, de abstenernos del mal y de vivir del Evangelio. No ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios”.

San Juan Pablo II: “Ayunar significa abstenerse, renunciar a algo”

También el papa san Juan Pablo II dedicaba la audiencia general del 21 de marzo de 1979 al ayuno penitencial para explicar el significado “pleno” del ayuno en el lenguaje de hoy. “El ayuno no es sólo el “residuo” de una práctica religiosa de los siglos pasados, sino que es también indispensable al hombre de hoy, a los cristianos de nuestro tiempo”.

El abstenerse, según la tradición, de la comida o bebida, tiene también como fin –explicaba el Pontífice- “introducir el desprendimiento de lo que se podría definir <actitud consumística>”. “Ayunar significa abstenerse, renunciar a algo” explicaba el Santo Padre, y planteaba dos interrogantes: ¿Por qué renunciar a algo? ¿Por qué privarse de ello? el hombre es él mismo también porque logra privarse de algo, porque es capaz de decirse a sí mismo: “no”.

Por eso, ofrecía así la interpretación del ayuno hoy día: “La renuncia a las sensaciones, a los estímulos, a los placeres y también a la comida y bebida, no es un fin en sí misma. Debe ser, por así decirlo, allanar el camino para contenidos más profundos de los que “se alimenta” el hombre interior. Tal renuncia, tal mortificación debe servir para crear en el hombre las condiciones en orden a vivir los valores superiores, de los que está “hambriento” a su modo”.

 

 

La cuaresma, el tiempo litúrgico que prepara la Pascua

Ramón Navarro,
Director del secretariado de la Comisión Episcopal para la Liturgia.

La cuaresma es el tiempo litúrgico que prepara la Pascua. Siendo un tiempo “fuerte” del año litúrgico, sin embargo es un tiempo que no tiene sentido en sí mismo, sino en función de aquello que prepara.

Un tiempo bautismal

La cuaresma nació vinculada al catecumenado: era el tiempo en el que los que, después de haberse preparado durante años y haber madurado su fe iban a recibir el bautismo en la Vigilia Pascual, se preparaban para ello de forma más intensa. Por eso la cuaresma es ante todo un tiempo bautismal.

También nosotros vamos a renovar las promesas de nuestro bautismo en la Vigilia, y nos preparamos para ello tomando conciencia de lo que significa ser bautizados, llevar el nombre de “cristianos”.

En el ciclo A esta dimensión se resalta especialmente gracias a los evangelios de la samaritana, del ciego de nacimiento y de la resurrección de Lázaro, que se proclaman, respectivamente, en los domingos IV, V y VI.

Un tiempo penitencial

Pero también la cuaresma es un tiempo penitencial, porque renovar nuestro bautismo significa también un camino de conversión.

En los primeros siglos de la Iglesia también era la cuaresma el tiempo en el que los que habían pecado gravemente hacían penitencia, con ayunos y oraciones y con la ayuda de la comunidad, para ser reconciliados en la mañana del Jueves Santo y poder celebrar la Pascua reintegrados en la comunidad, cuya comunión había roto el pecado.

La cuaresma del ciclo C resalta mucho esta dimensión penitencial.

La Cuaresma de la “glorificación”

Pero, ¿Y la cuaresma del ciclo B, que es la de este año? ¿Cómo nos invitan las lecturas a vivir este itinerario? ¿Qué acento se nos invita a vivir con más intensidad?

Pues bien, podríamos decir que la cuaresma, en el ciclo B, es la cuaresma de la “glorificación” de Jesús. Este es un tema muy recurrente en el evangelio de San Juan: el evangelista contempla a Cristo, elevado en la cruz y, siendo capaz de ver el sentido profundo de este acontecimiento, nos dice que allí, ya, el Señor ha “manifestado su gloria”, porque en ese acto de entrega somos salvados.

Por eso en la cuaresma del ciclo C contemplamos la muerte de Cristo a la luz de la resurrección, y entendemos mejor lo que significa el “misterio pascual”. La muerte es iluminada por la resurrección. Evangelios como el de Jesús diciendo “destruid este templo y al tercer día lo levantaré” (Jn 2, 13-25, en el domingo III), o explicando el signo de la serpiente levantada en el desierto (Jn 3, 14-21, en el domingo IV), o proclamando que si el grano de trigo no cae en tierra y muere no dará fruto (Jn 12,20-33, domingo V) nos ayudarán a contemplar la cruz y no escandalizarnos de ella sino entender que por ella vino la alegría al mundo entero.

Y así, además, podremos cargar nuestra propia cruz y seguir al Señor en este itinerario hacia Jerusalén -lugar del calvario, pero también de la resurrección- que es la cuaresma.

La historia de la salvación, donde Dios nos muestra su amor

Que la cuaresma es un itinerario lo sabemos bien. ¡Camino hacia la Pascua! Pero si además somos observadores y tenemos un poco de buena memoria, vamos a descubrir un detalle precioso escondido en las lecturas.

La primera lectura de cada domingo de cuaresma nos muestra una etapa de la historia de la salvación que culmina en Cristo. Son cinco domingos, descontando el de Ramos. Si tomados esas primeras lecturas una tras otra vamos tener un precioso resumen de cinco fases de la historia del pueblo de Israel, elegido por Dios en el Antiguo Testamento para mostrar su salvación:

La creación y el pecado (primer domingo). Este año B leeremos la alianza con Noé después del diluvio.

Abrahán (segundo domingo). Escucharemos el desenlace del sacrificio de Isaac.

El éxodo (tercer domingo). Se proclamará un fragmento del libro del Éxodo con la proclamación solemne de los mandamientos.

El periodo de los reyes de Israel (cuarto domingo). Se proclamará el anuncio del exilio por la infidelidad del pueblo.

El periodo del destierro y de los profetas (quinto domingo). Jeremías anuncia la nueva Alianza.

¿Es esto un pequeño detalle sin más? ¡No! La historia de Israel preparó y anunció la venida de Cristo. La cuaresma prepara la pascua. Vivamos este tiempo como lo que es: un tiempo de especial presencia y cercanía de Dios, que nos ama y nos salva. Seamos conscientes de nuestros pecados e infidelidades, como el pueblo de Israel, y miremos con esperanza al Mesías anunciado que con su muerte y resurrección, ha devuelto la alegría al mundo entero.

 

 

Maestro, enséñanos a orar

Lourdes Grosso García, M.Id
Directora de la Oficina para las Causas de los Santos

Se retiró al desierto

El tiempo de cuaresma nos remite a los cuarenta días en que Jesucristo, impulsado por el Espíritu, se retira al desierto tras ser bautizado por Juan. Esta soledad no es aislamiento sino intimidad con el Padre. Esto es la oración, el diálogo filial con el Padre, un diálogo atento, nos recuerda el papa Francisco en el Mensaje para la Cuaresma de este año: «En el recogimiento y el silencio de la oración, se nos da la esperanza como inspiración y luz interior, que ilumina los desafíos y las decisiones de nuestra misión: por esto es fundamental recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura».

Cuando oréis decid: Padrenuestro

¡Cómo sería esa intimidad de Cristo con el Padre! Se notaba que su oración era especial, distinta de la forma de orar de otros maestros. ¿Qué verían en él sus discípulos? Observaban todos sus pasos, comentaban sus palabras, y seguro que más de una vez le siguieron ocultos en la noche cuando se alejaba para orar. Le miraban con sorpresa y con gran admiración, porque enseñaba con autoridad, porque hacía milagros, pero sobre todo por una forma de orar que nunca habían visto.

Jesús se retiraba a orar, unas veces solo (cf. Mc 6,46; Mt 14,23) y otras acompañado por alguno de ellos (cf. Lc 9,28; 22,41). A veces pasaba la noche en oración alejado de las multitudes que le buscaban (cf. Lc 6,12). Y siempre consultaba con su Padre antes de tomar decisiones o de hacer gestos importantes en su misión. Por eso no es de extrañar que «una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”» (Lc 11,1). Y Cristo les desvela lo que hay en su corazón: «Cuando oréis, decid: “Padre”» (Lc 11,2).  En el Corazón del Hijo está el Padre, por eso nos enseña a orar al Padre desde el propio corazón. Padre nuestro. Orad al Padre, que está en lo secreto, y no uséis muchas palabras, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis.

¿Qué significa que no usemos muchas palabras? Que la oración está hecha de voz, pero también de silencio. Cristo nos enseña a distinguir entre oración y rezo, entre devoción y piedad. «Un solo padrenuestro rezado con atención, vale más que muchos rezados veloz y apresuradamente» (San Francisco de Sales).

La oración es un encuentro personal con Cristo, que nos conduce al Padre, por obra del Espíritu Santo. Retirarnos con Cristo al desierto, a la oración en la intimidad, nos prepara para vivir con profundo sentido la oración comunitaria y especialmente la liturgia de la Semana Santa que culmina con la Pascua de Resurrección.

La oración como estado de amor

La oración es un estado del corazón. Por ello ha de ser continua: «Velad y orad en todo tiempo» (Lc 21,36). Hemos de atender las muchas ocupaciones de cada día, por eso no podemos estar rezando continuamente con las palabras o los ritos, pero sí podemos orar continuamente, porque oración es «tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama» (Santa Teresa de Jesús). Orar es estar atentos a la voz de Dios, abrir el corazón y que entre su gracia para iluminar todos los rincones de mi vida.

La oración es amor. «Para mí la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada al cielo, un grito de agradecimiento y de amor en las penas como en las alegrías» (Santa Teresa de Lisieux).

La oración es la suprema libertad del alma. «¿Qué es oración?: mística ensoñación de todas las cosas divinas; soñar en Él, por Él, para Él, en todos los momentos del humano existir. Es elevar mi alma, en medio de todas las cosas que sean, a Cristo. Es un acto de ofrenda, lo que soy, lo que gozo o lo que padezco, mis virtudes y mis faltas, mis limitaciones, yo y mis apegos, mis defectos, todo allí se entrega… y esto es la oración» (Fernando Rielo, fundador del Instituto Id de Cristo Redentor, misioneras y misioneros identes).

La oración es constante (cf. Francisco, Gaudete et exsultate, 147-157). «La santidad está hecha de una apertura habitual a la trascendencia, que se expresa en la oración y en la adoración. El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios. Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por Dios, sale de sí en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor» (Gaudete et exsultate, 147). No hay santidad sin oración. Qué bien lo entendió el Beato Carlos Acutis: «Lo único que tenemos que pedirle a Dios, en oración, es el deseo de ser santos».

Se ora en la medida en que se ama. Este es el magisterio de la Iglesia hecho patente en la vida de los santos. «No hay santo alguno que no haya sobresalido en la oración» (San Roberto Belarmino).

La oración es amor misericordioso

¿Cómo puedo saber que estoy viviendo una oración auténtica? «El mejor modo de discernir si nuestro camino de oración es auténtico será mirar en qué medida nuestra vida se va transformando a la luz de la misericordia» (Gaudete et exsultate, 105). La verdadera oración se manifiesta en la entrega cotidiana a los hermanos.

La oración se hace misericordia. Es el testimonio del santo de la caridad: «En la oración mental es donde encuentro el aliento de mi caridad. Lo más importante es la oración; suprimirla no es ganar tiempo sino perderlo. Dadme un hombre de oración y será capaz de todo» (San Vicente de Paul).

En esta cuaresma preparémonos a la nueva Pascua con un espíritu orante, de conversión personal, con la ayuda de la lectura diaria del Evangelio. Ayunemos de nuestras pasiones y tomemos el alimento saludable de los sacramentos, especialmente la reconciliación y la eucaristía, realicemos buenas obras con una caridad amable y atenta al prójimo.

«Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 42,3). Solo él, Agua viva, puede saciar esta sed. La cuaresma es un buen momento para conocer la oración cristiana, sus elementos esenciales y qué criterios nos ayudan a discernir cuales son las peculiaridades de otras tradiciones religiosas que podemos integrar en la oración cristiana y cuáles no. Es momento para las buenas lecturas espirituales y formativas. Recomiendo vivamente las Orientaciones doctrinales sobre la oración cristiana, publicadas por la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española (28-8-2019).

 

Del dar al dar-se, signo de conversión

Vicente Martín Muñoz
Director del secretariado de la Subcomisión Acción Caritativa y Social

La limosna, junto al ayuno y la oración, es condición y expresión de conversión, nos dice el papa Francisco en su mensaje cuaresmal, porque supone una apertura a los otros y ayuda a vivir una fe más auténtica, una esperanza más viva y una caridad más operante. Jesús en su predicación invita a practicar la limosna como gesto de amor al prójimo y como acto salvífico, haciendo de ella un requisito para acercamiento al Reino de Dios (cf. Lc 12,32-33) y camino para la santificación, según el protocolo de Mt 25: “tuve hambre y me distes de comer”.

La palabra “limosna” tiene mala prensa, probablemente a causa de malas prácticas, que han hecho de ella algo humillante e ineficaz para resolver el problema de la pobreza. Suena a beneficencia, a dar de lo que sobra y a “acallar” la conciencia. Sin embargo, en la tradición bíblica la limosna es signo de compasión y, lejos de suponer un acto de puro paternalismo, equivale a hacer justicia en nombre de Dios a quienes no se la hacen los hombres. En ese sentido, la limosna suple de momento la falta de justicia, pero no renuncia a ella y la reclama.

La limosna, un don de sí mismo para los demás

El sentido actual de la limosna no es simplemente “dar”, sino “dar-se”, hacer de aquella un don de sí mismo para los demás. San Pablo nos enseña que no es una simple acción: “podría repartir en limosna todo lo que tengo… si no tengo amor de nada me sirve” (1ª Cor 13,3). La limosna resulta insuficiente si en ella no se puede percibir el amor por el que sufre, un amor que se alimenta del encuentro con Cristo. Así la participación en las necesidades y sufrimientos del otro se convierte en un dar-me a mí mismo, lo cual implica gestos de ternura y cuidados, pero, también, compromiso por el bien común y la transformación de estructuras sociales injustas que provocan sufrimiento y exclusión. El voluntariado social, por ejemplo, en Cáritas, es una buena manera de canalizar este dar-se gratuitamente y de manera organizada al servicio de los últimos de nuestra sociedad.

En este tiempo de pandemia enfermos, ancianos, migrantes, personas sin hogar, familias vulnerables… nos piden dignidad, no limosna, y esperan nuestros oídos, corazones y manos, para mostrarles con gestos concretos el rostro misericordioso de Dios. El modelo, como propone Fratelli tutti, es el buen samaritano que, con entrega y gratuidad, cuida la fragilidad humana con proximidad solidaria y atenta, se hace cargo del dolor sin pasar de largo de los que están al costado de la vida, y lo hace con otros, no individualmente, buscando ese “nosotros” que sea más fuerte que la suma de acciones individuales.

 

Tiempo de purificación y agua que regenera. Relación entre Cuaresma y Bautismo.

Juan Luis Martín Barrios
Director del secretariado de la Comisión Episcopal para la Evangelización, Catequesis y Catecumenado

La práctica de la Cuaresma en la Iglesia data del s. IV y nace vinculada al Catecumenado. Éste era -y es- un proceso de iniciación a la vida cristiana sólido, bien trabado, completo, que acogía a los candidatos (catecúmenos) a las puertas de la fe, los acompañaba a lo largo de diversas etapas, hasta cuatro, y los conducía a una fe adulta. Una de esas etapas, casi al final del itinerario, era la purificación o iluminación y se correspondía con la Cuaresma. En dicha etapa se intensificaba la dimensión más espiritual, acentuando el sentido penitencial y de celebración en orden a recibir el Bautismo en la Vigilia Pascual. Por eso la cuaresma es ante todo un tiempo bautismal.

En la Biblia, como sabemos, los números son simbólicos y el cuatro seguido de ceros indica la condición terrena del hombre débil, pecador, penitente, acechado por mil cosas. De ahí que la cuaresma, de cuarentena, haga relación a los cuarenta días y cuarenta noches del diluvio (agua), a los cuarenta años de Israel en el desierto (aguas del mar Rojo, agua que brota de la roca) y, sobre todo, a los cuarenta días de Jesús en el desierto (aguas de su bautismo en el Jordán) antes de salir a la vida pública. Allí Jesús sintió su debilidad, experimento su vulnerabilidad al ser tentado por el demonio. Tentaciones que superó apoyado en la fidelidad al Padre y en la fidelidad al servicio del Reino de Dios.

También los cristianos en este tiempo de cuaresma somos llamados a conversión, renovamos las promesas de nuestro bautismo en la Vigilia Pascual y nos preparamos para ello tomando conciencia de lo que significa estar bautizados y llevar el nombre de cristianos. La cuaresma representa el estilo de vivir el creyente en la Iglesia y su talante de estar en el mundo. La tradición litúrgica de la cuaresma ha adquirido en el trascurso del tiempo los rituales bautismales y penitenciales que la han configurado. En la tradición bautismal de la cuaresma, como decíamos antes, los catecúmenos que ya se encontraban maduros para recibir el bautismo, se preparaban para acercarse al sacramento de la regeneración. Es el tiempo en que la comunidad cristiana completa lo necesario a los que han creído en el Evangelio. Para ello los creyentes han de desplegar ante los bautizandos todo lo que la Iglesia es y hace como sacramento de salvación ofrecida por Dios al mundo. De esta manera, la comunidad se ve obligada a revisar su santidad y perfeccionarla con el fin de que los bautizandos perciban con más claridad la vocación a la que son llamados y la regeneración que se les ofrece.

Durante este tiempo cuaresmal y siguiendo el ritmo litúrgico se nos ofrecen páginas bíblicas significativas, a modo de faro que guían nuestra vida, especialmente los textos evangélicos del “ciclo A” donde la dimensión bautismal resalta singularmente con las narraciones de la Samaritana (Jn 4, 5-42), el ciego de nacimiento (Jn 9, 1-41) y la resurrección de Lázaro (JN 11, 1-45), que se proclaman, respectivamente, en los domingos III, IV, V. Son tres relatos apasionantes. Veamos, por ejemplo, el encuentro de Jesús con la mujer de Sicar, junto al pozo de Jacob. Es una página cautivadora y profunda llena de contrastes, sugerencias, belleza, amor. En ella percibimos la sed de la mujer y la sed de Jesús; el agua del pozo y el agua del Espíritu; el amor sensual y el amor espiritual; los falsos dioses y el verdadero Dios; los templos de piedra y los templos de carne; adoración ritual y adoración en verdad.  Y todo fue a la hora de sexta, la hora de la entrega más grande, la hora de la cruz. Sentado junto al pozo estaba Jesús. Tenía sed, pero él encerraba un océano de agua pura. Pediría de beber, pero él prometía un manantial de agua viva; quería nada menos que convertir aquel pozo, como a tantos pozos semejantes, en un surtidor inagotable.

Le gustaba a Jesús la “conversión”. Había convertido el agua en vino; ahora quiere convertir el agua muerta en agua viva, el agua que limpia en agua que engendra, el agua que sacia la sed temporalmente en agua que sacia definitivamente, eternamente. De lo que se trata es de explicar el paso de lo antiguo a lo nuevo, de la letra al espíritu, de la ley a la gracia, de la debilidad a la fortaleza, del espíritu al Espíritu. Es lo mismo que quería significar Juan Bautista cuando hablaba de superar el bautismo de agua con el bautismo de fuego y espíritu. El fuego, el vino, el agua viva son todos signos del Espíritu que enciende, ilumina, emborracha y sacia definitivamente. Más tarde llegará Jesús a otras radicales y admirables transformaciones: el vino en sangre, la sangre y el agua en sacramento de salvación.

En este tiempo de purificación, la cuaresma, el Señor nos promete no solo un poco de agua viva, sino todo un surtidor inagotable, un manantial a borbotones que nos regenera; en el fondo, nos invita a ser hontanar para dar de beber a otros.

 

 

 

Mensaje del Papa para la Cuaresma

«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…» (Mt 20,18).
Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad.

Queridos hermanos y hermanas:

Cuando Jesús anuncia a sus discípulos su pasión, muerte y resurrección, para cumplir con la voluntad del Padre, les revela el sentido profundo de su misión y los exhorta a asociarse a ella, para la salvación del mundo.

Recorriendo el camino cuaresmal, que nos conducirá a las celebraciones pascuales, recordemos a Aquel que «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8). En este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo. En la noche de Pascua renovaremos las promesas de nuestro Bautismo, para renacer como hombres y mujeres nuevos, gracias a la obra del Espíritu Santo. Sin embargo, el itinerario de la Cuaresma, al igual que todo el camino cristiano, ya está bajo la luz de la Resurrección, que anima los sentimientos, las actitudes y las decisiones de quien desea seguir a Cristo.

El ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18), son las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante.

  1. La fe nos llama a acoger la Verdad y a ser testigos, ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas

En este tiempo de Cuaresma, acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo significa ante todo dejarse alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación. Esta Verdad no es una construcción del intelecto, destinada a pocas mentes elegidas, superiores o ilustres, sino que es un mensaje que recibimos y podemos comprender gracias a la inteligencia del corazón, abierto a la grandeza de Dios que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello. Esta Verdad es Cristo mismo que, asumiendo plenamente nuestra humanidad, se hizo Camino —exigente pero abierto a todos— que lleva a la plenitud de la Vida.

El ayuno vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento. Haciendo la experiencia de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido. Así entendido y puesto en práctica, el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo en cuanto, como nos enseña santo Tomás de Aquino, el amor es un movimiento que centra la atención en el otro considerándolo como uno consigo mismo (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 93).

La Cuaresma es un tiempo para creer, es decir, para recibir a Dios en nuestra vida y permitirle “poner su morada” en nosotros (cf. Jn 14,23). Ayunar significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones —verdaderas o falsas— y productos de consumo, para abrir las puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador.

  1. La esperanza como “agua viva” que nos permite continuar nuestro camino

La samaritana, a quien Jesús pide que le dé de beber junto al pozo, no comprende cuando Él le dice que podría ofrecerle un «agua viva» (Jn 4,10). Al principio, naturalmente, ella piensa en el agua material, mientras que Jesús se refiere al Espíritu Santo, aquel que Él dará en abundancia en el Misterio pascual y que infunde en nosotros la esperanza que no defrauda. Al anunciar su pasión y muerte Jesús ya anuncia la esperanza, cuando dice: «Y al tercer día resucitará» (Mt 20,19). Jesús nos habla del futuro que la misericordia del Padre ha abierto de par en par. Esperar con Él y gracias a Él quiere decir creer que la historia no termina con nuestros errores, nuestras violencias e injusticias, ni con el pecado que crucifica al Amor. Significa saciarnos del perdón del Padre en su Corazón abierto.

En el actual contexto de preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación. El tiempo de Cuaresma está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios, que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros a menudo la maltratamos (cf. Carta enc. Laudato si’3233;4344). Es esperanza en la reconciliación, a la que san Pablo nos exhorta con pasión: «Os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). Al recibir el perdón, en el Sacramento que está en el corazón de nuestro proceso de conversión, también nosotros nos convertimos en difusores del perdón: al haberlo acogido nosotros, podemos ofrecerlo, siendo capaces de vivir un diálogo atento y adoptando un comportamiento que conforte a quien se encuentra herido. El perdón de Dios, también mediante nuestras palabras y gestos, permite vivir una Pascua de fraternidad.

En la Cuaresma, estemos más atentos a «decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan», en lugar de «palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian» (Carta enc. Fratelli tutti [FT], 223). A veces, para dar esperanza, es suficiente con ser «una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia» (ibíd., 224).

En el recogimiento y el silencio de la oración, se nos da la esperanza como inspiración y luz interior, que ilumina los desafíos y las decisiones de nuestra misión: por esto es fundamental recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura.

Vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1-6). Significa recibir la esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al tercer día, “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de nuestra esperanza” (cf. 1 P 3,15).

  1. La caridad, vivida tras las huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza.

La caridad se alegra de ver que el otro crece. Por este motivo, sufre cuando el otro está angustiado: solo, enfermo, sin hogar, despreciado, en situación de necesidad… La caridad es el impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión.

«A partir del “amor social” es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos eficaces de desarrollo para todos» (FT, 183).

La caridad es don que da sentido a nuestra vida y gracias a este consideramos a quien se ve privado de lo necesario como un miembro de nuestra familia, amigo, hermano. Lo poco que tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca, sino que se transforma en una reserva de vida y de felicidad. Así sucedió con la harina y el aceite de la viuda de Sarepta, que dio el pan al profeta Elías (cf. 1 R 17,7-16); y con los panes que Jesús bendijo, partió y dio a los discípulos para que los distribuyeran entre la gente (cf. Mc 6,30-44). Así sucede con nuestra limosna, ya sea grande o pequeña, si la damos con gozo y sencillez.

Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID-19. En un contexto tan incierto sobre el futuro, recordemos la palabra que Dios dirige a su Siervo: «No temas, que te he redimido» (Is 43,1), ofrezcamos con nuestra caridad una palabra de confianza, para que el otro sienta que Dios lo ama como a un hijo.

«Sólo con una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad, que le lleva a percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura y, por lo tanto, verdaderamente integrados en la sociedad» (FT, 187).

Queridos hermanos y hermanas: Cada etapa de la vida es un tiempo para creer, esperar y amar. Este llamado a vivir la Cuaresma como camino de conversión y oración, y para compartir nuestros bienes, nos ayuda a reconsiderar, en nuestra memoria comunitaria y personal, la fe que viene de Cristo vivo, la esperanza animada por el soplo del Espíritu y el amor, cuya fuente inagotable es el corazón misericordioso del Padre.

Que María, Madre del Salvador, fiel al pie de la cruz y en el corazón de la Iglesia, nos sostenga con su presencia solícita, y la bendición de Cristo resucitado nos acompañe en el camino hacia la luz pascual.

Roma, San Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2020, memoria de san Martín de Tours.

Fuente: vatican.va

 

 

Comentarios a las lecturas de los domingos de Cuaresma

Miércoles de Ceniza (17 de febrero)

Con la celebración de hoy comenzamos la Cuaresma, cuarenta días de preparación para la renovación de las promesas bautismales en Pascua de Resurrección, mediante la oración, la limosna y el ayuno. Estas prácticas penitenciales debemos hacerlas en lo secreto: «Y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Ev.). Pero para encontrarles ese sentido penitencial, antes tenemos que reconocer que somos pecadores: «Misericordia, Señor, hemos pecado» (sal. resp.) y que necesitamos en este tiempo de gracia dejarnos reconciliar con Dios (2 lect.). El mejor medio será celebrar el sacramento de la penitencia, en el que expresamos que nuestra conversión no es puramente exterior, sino que de verdad queremos rasgar nuestros corazones arrepentidos (cf. 1 lect.).

Domingo I de Cuaresma (21 de febrero)

Por el bautismo fuimos salvados como Noé y los suyos en el arca (1 y 2 lects.). En este tiempo hemos de reavivar esa gracia bautismal. El Ev. nos presenta a Jesús en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás, viviendo entre alimañas y servido por los ángeles. Así inauguró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal y nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado, rechazando las tentaciones del enemigo (Pf.). Comenzamos con él el camino hacia la Pascua. Y pedimos al Padre «que nos haga sentir hambre de Cristo, pan vivo y verdadero, y que nos enseñe a vivir constantemente de toda palabra que sale de su boca» (cf. orac. después de la comunión).

Domingo II de Cuaresma (28 de febrero)

En este domingo se nos anticipa el misterio de Cristo resucitado y glorificado a la derecha del Padre. Así ocurrió en el misterio de la transfiguración que nos presenta el Ev.: “Por la cruz, a la luz”. Dios entregó a su Hijo a la muerte por nosotros (cf. 2 lect.); pero la pasión es el camino de la resurrección (Pf.). Así hemos de vivir el misterio de la cruz siempre, y de modo especial en estos días de Cuaresma, llenos de esperanza en que un día también resucitaremos. Al participar en la eucaristía del cuerpo glorioso de Cristo, nos hacemos partícipes ya de los bienes eternos del cielo (cf. orac. después de la comunión).

Domingo III de Cuaresma (7 de marzo)

La 1 lect. de hoy nos presenta los mandamientos que Dios reveló a Moisés. Una ley que es perfecta, que es descanso del alma, unos mandamientos que son verdaderos y enteramente justos, palabras de vida eterna (cf. sal. resp.). Si se valoraran estos preceptos del Señor, ¿sería el mundo como es, tan lleno de injusticias y maldades? ¿Valoramos nosotros hoy esos mandamientos?… En la 2 lect. se nos habla de Cristo crucificado como expresión de la fuerza de Dios y de la sabiduría de Dios. Su cuerpo, templo de Dios, será destruido en la muerte en la cruz, pero al tercer día resucitará (Ev.). Esto nos llena de esperanza a los que hemos muerto y resucitado con él en el bautismo.

Domingo IV de Cuaresma (14 de marzo)

Hoy es un domingo de alegría porque se acercan ya las fiestas pascuales. En ellas celebraremos nuestra salvación por pura gracia de Dios, que, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo (2 lect.). La alegría que sintió el pueblo de Israel cuando fue liberado de la cautividad de Babilonia (1 lect.). La alegría de saber el amor que Dios nos tiene, que envió a su Hijo al mundo no para condenarlo, sino para salvarlo. Este don requiere por nuestra parte recibirlo con fe: todo el que cree en él tendrá la vida eterna, no será condenado. Pero el que no cree en el nombre del Hijo único de Dios, ya está condenado (Ev.).

Domingo V de Cuaresma (21 de marzo)

En la 1.ª orac. de este domingo, pedimos que «avancemos animosamente hacia aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo». Por su muerte y resurrección Dios ha hecho con nosotros una Alianza Nueva con una ley no escrita en tablas de piedra: «Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones» (1 lect.). El Ev. nos recuerda —refiriéndose a la muerte de Cristo— que «ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo (…) muere, da mucho fruto». Imitemos a Cristo, aborreciéndonos a nosotros mismos en este mundo, para guardarnos así para la vida eterna.

 

 

Recomendaciones de la BAC

En este enlace se puede encontrar algunas sugerencias de la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) para disfrutar de su lectura en este tiempo de Cuaresma y Pascua 2021.

(Conferencia Episcopal Española)

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