Carta pastoral de Mons. J. Leonardo Lemos: La Cuaresma: una oportunidad nueva.

Hermanas y hermanos:

En el Mensaje para la Cuaresma de este año el papa Francisco nos recuerda que, “en el actual contexto de preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación”. Al contrario, es una necesidad y una exigencia ante la situación de muchas personas, quizás también nuestra, que teníamos la confianza de que este año 2021 traería la superación de la pandemia que nos afecta. Sin embargo, comprobamos con dolor que las cosas no van bien y da la sensación de que ya no estamos seguros en ninguna parte, ni en nuestros hogares, ni siquiera en nuestros templos, a pesar de las estrictas medidas higiénicas y al cumplimiento escrupuloso del protocolo establecido por las autoridades sanitarias.

Ante esta situación, la Iglesia, con voz profética, situada en la perspectiva y dinámica de la gracia, quiere salir a nuestro encuentro. En este tiempo de Cuaresma, desea despertarnos de nuestra inercia para que sepamos contemplar la realidad del mundo, de los otros y de nosotros mismos, con una mirada distinta. En medio de tantas esperanzas truncadas, de promesas incumplidas y de ilusiones frustradas, surge con fuerza la Palabra de Dios que traza delante de nosotros el horizonte correcto en el que debe situarse nuestra existencia, porque hemos puesto nuestra esperanza en Cristo (1 Cor 15,19).

1.- Cuaresma: una oportunidad nueva.

La Cuaresma es una ocasión providencial en la que el Señor nos vuelve a ofrecer un tiempo propicio de conversión porque está cerca el reino de Dios (cf. Mt 1,14), y el Espíritu nos está diciendo que el momento es apremiante (1 Cor 7, 29). Son días para prepararnos adecuadamente, y poder celebrar con el corazón renovado, el gran Misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Así descubriremos, una vez más, que “la pascua de Jesús no es un acontecimiento del pasado: por el poder del Espíritu Santo es siempre actual y nos permite mirar y tocar con fe la carne de Cristo en tantas personas que sufren”[1].

Aunque son muchos los recursos que nos pueden ayudar a vivir, tanto personal como comunitariamente, este tiempo de conversión y de gracia, quisiera ofreceros esta reflexión centrada en tres “culturas”, inspirándome en el pensamiento que el papa Francisco nos ha dejado en sus escritos: cultura del silencio, de la mirada y del cuidado.

  1. La “cultura del silencio”. En el primer domingo de Cuaresma la Palabra de Dios nos invita a dejarnos “empujar” por el Espíritu e irnos al desierto (cf. Mc 1, 12). Esta cuarentena que se vive en la Iglesia es un tiempo de Dios para nosotros. Pero necesitamos descubrir cómo podemos hacer que nuestra existencia sea también para Dios. Esta experiencia sólo seremos capaces de realizarla si dedicamos un tiempo para ponernos cara a cara con el Señor. Para lograrlo os invito a crear esa cultura del silencio en nuestro entorno. Sin querer, los creyentes nos estamos dejando llevar por el ruido, no tanto externo, sino interno. Experimentamos, cada vez con mayor intensidad, cómo nos sentimos atrapados por la tecnología. Incluso para rezar hemos dejado, la mayor parte de las veces, el libro de oración por el móvil. En nuestro pequeño teléfono lo tenemos todo: Biblia, Liturgia de las Horas, Misal, Leccionario, libros de lectura espiritual y, de manera especial, estamos “conectados” y abiertos a todo el mundo, y respondemos con rapidez. En cambio, la mayor parte de las veces, a ese Dios que quiere entrar en contacto con nosotros lo aparcamos, y se puede dar el caso de que a menudo ocupados en tantas cosas, aunque sean las cosas de Dios, no estamos operativos para escuchar al Señor de las cosas.

No soy contrario, ni mucho menos, a la tecnología actual que nos aporta una serie de instrumentos para facilitarnos la vida, también la espiritual; pero, debiéramos plantearnos, personal y comunitariamente, una abstinencia en el uso de estos medios. Necesitamos hacer la experiencia de que nosotros somos sus dueños y señores, y no sus esclavos; ellos son instrumentos que nos sirven y ayudan para lograr unos objetivos. En este sentido son clarificadoras las palabras del papa Francisco en su Mensaje de este año: “La Cuaresma es un tiempo para creer, es decir, para recibir a Dios en nuestra vida y permitirle «poner su morada» en nosotros (cf. Jn 14,23). Ayunar significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones  – verdaderas o falsas – y productos de consumo, para abrir las puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador”[2].

El silencio es imprescindible para lograr este proyecto en nuestra vida cotidiana, porque “estamos aturdidos por tanto ruido, tanto tumulto, tantas voces de nuestra ruidosa y en extremo agitada vida moderna”[3], que obstaculiza el encuentro con nosotros mismos, con los demás, con la creación y con Dios. La gracia del silencio[4] nos capacita para el recogimiento y la oración, potencia nuestra vida interior y nos ayuda a estar siempre abiertos para escuchar las mociones del espíritu del Señor que nos habla en medio de esa soledad sonora de la que nos habla el gran maestro san Juan de la Cruz. Por otra parte, y conviene no olvidarlo, el silencio se convierte en el ambiente propicio para que se enriquezca nuestro estudio y se robustezca la reflexión y la meditación de los problemas de la vida y de la Iglesia. Sólo contando con la gracia del silencio seremos capaces de contemplar la situación actual con esperanza y optimismo.

Con el silencio exterior e interior encontraremos el clima adecuado para cuidar la lectura creyente de la Palabra, que es clave para toda oración auténticamente cristiana. No nos olvidemos de la experiencia de los grandes maestros del espíritu que nos recuerdan que “cuando lees, te habla Dios; cuando oras, tú hablas a Dios”[5]. El Concilio Vaticano II nos recuerda que la lectura asidua de la Escritura es necesaria para adquirir la ciencia suprema de Jesucristo (cf. Flp 3, 8-11) y afirma, además, que “a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras”[6].

 

  1. La “cultura de la mirada”. En la Exhortación apostólica Christus vivit se nos ofrece la que pudiéramos denominar praxis de la mirada: “mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez. Y cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez”[7]. La Cuaresma es tiempo de creer, de austeridad personal y comunitaria, de conversión; es un momento especial para vivir la caridad, que es el impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión. De manera especial en estos momentos de tanto dolor y con tanta precariedad laboral y económica, tenemos que dejarnos llevar de la dimensión creativa de la caridad[8] para saber responder personal y comunitariamente a tantas necesidades. En este sentido es encomiable la campaña de Caritas Diocesana que, bajo el lema Tu ayuno ayuda,  nos ofrece una serie de iniciativas con las que podemos cooperar, no sólo durante la Cuaresma, sino a lo largo del año, y más en estas circunstancias.

No es fácil en la sociedad actual, tan rápida en los mensajes y fugaz en las imágenes, que podamos centrar nuestra mirada en lo fundamental. Durante este tiempo, si cultivamos la oración y la lectura creyente de la Palabra de Dios, estaremos capacitados para contemplar la realidad de nuestra propia vida, la de los demás y la del mundo que nos rodea, a través de los ojos de Jesucristo, que es el Evangelio vivo. Esta mirada evangélica nos ayudará a vivir un sincero espíritu de conversión para que en nuestra vida fructifiquen las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales[9], a las que nos invita siempre la Iglesia. Además, no podemos olvidar la praxis penitencial tradicional en la comunidad cristiana, por eso necesitamos cuidar “el ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt. 6, 1-18). La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante”[10].

A pesar de vivir en una sociedad tan compleja, recorrida por la fuerte ideología del materialismo, con el consumismo subsiguiente y el excesivo cultivo de la dimensión corpórea del ser humano, no podemos olvidar aquellas palabras, casi proféticas, de san Juan Pablo II, que siguen siendo de perenne actualidad: “la disciplina penitencial de la Iglesia no puede ser abandonada sin grave daño, tanto para la vida interior de los cristianos y de la comunidad eclesial como para su capacidad de irradiación misionera”[11]. Al contemplar el mundo que nos rodea, en toda su crudeza y verdad, nos daremos cuenta del sinsentido de muchas de nuestras acciones, de tantas miradas perdidas y gastadas en experiencias que avejentan el espíritu y empobrecen la inteligencia humana. ¡Qué buena praxis sería en esta Cuaresma que fuésemos capaces de apagar la TV, cerrar nuestro móvil durante una serie de momentos en nuestra jornada, aparcar un tiempo determinado de nuestra jornada, al menos en esta “fiesta de los cuarenta días”[12] nuestros ordenadores personales. Estoy por asegurar que esta determinación sería beneficiosa para nuestra salud física y espiritual.

c.- Cultura del cuidado. De ella nos hablaba recientemente el papa Francisco al comienzo de este año, en el Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz. La Cuaresma es una ocasión para vivir, en la comunión de la Iglesia, un proceso de conversión que siempre tiene como tres direcciones: cuidarnos a nosotros mismos, cuidar a los demás y esmerarnos en lograr el cuidado de nuestro mundo. Se trata de vivir esa ecología humana como clave y fundamento de esa otra más integral y plena. Para lograr este objetivo la praxis eclesial, ya desde los primeros siglos del cristianismo, nos ha invitado al ayuno, siguiendo el modelo de Jesús en sus cuarenta días en el desierto.

Este tiempo litúrgico, especialmente fuerte e intenso, nos ayuda a sentirnos miembros activos de un pueblo que quiere vivir la experiencia del desierto y seguir el mandato de Cristo: “tú, en cambio perfúmate la cabeza y lávate la cara” (Mt 6, 16-18). Así lo entendieron los santos. Recordemos las palabras con las que san Benito se dirigía a sus monjes: “con un gran gozo espiritual queremos vivir este tiempo”[13]. He ahí porque decimos que la Cuaresma debe ser entendida como “la fiesta de los cuarenta días” en la que, como comunidad cristiana, nos reunimos para vivir ese camino penitencial porque tenemos puesto nuestro objetivo final en la vivencia de la Pascua. En este sentido, el papa Francisco nos invita a que “recorriendo el camino cuaresmal, que nos conducirá a las celebraciones pascuales, recordemos a Aquel que se «humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8). En ese tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo”. El Señor nos ofrece un tiempo favorable, a pesar de la presencia – a veces dramática – del mal en nuestra vida, al igual que en la vida de la Iglesia y del mundo. Es un tiempo de gracia que manifiesta la fiel voluntad de Dios de no interrumpir el diálogo de salvación con nosotros.

Existe, también, otro camino cotidiano que debemos descubrir y que forma parte de esa “cultura del cuidado”[14]: apreciar la importancia de las pequeñas acciones de cada día, que están dirigidas a cuidarnos a nosotros mismos, a las personas que nos rodean, nuestro entorno físico y todo el cosmos. Así se puede entender lo importante que es “decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan, en lugar de palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian[15]. Con este talante se pueden hacer nuevas todas las cosas (cf. Ap 21, 5).

2.- Tiempo para la reconciliación. Todas estas situaciones que hemos descubierto en la “cultura” del silencio, de la mirada y del cuidado son posibles si nos mantenemos en la dinámica de la gracia y del don de la misericordia del Dios que nos ama. Por ello la Cuaresma es un tiempo especial para dejarnos interpelar por la Palabra que nos dice: “Nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2 Cor 5, 20). Somos conscientes de que la celebración y vivencia del Sacramento de la Penitencia ha experimentado una cierta devaluación en la vida cristiana, tanto personal como comunitaria. Así lo reflejaban los obispos españoles en la Instrucción pastoral sobre el sacramento de la penitencia. Dejaos reconciliar con Dios (1989) un documento que, a pesar de los años transcurridos, no ha dejado de ser actual y que os invito a leer y meditar con calma durante este tiempo cuaresmal.

A pesar de todas las crisis experimentadas somos conscientes de que se han hecho grandes esfuerzos tanto en la catequesis como en la predicación para revitalizar no sólo la praxis, sino también la importancia de este Sacramento de Curación. Su celebración es imprescindible para llevar a cabo la renovación y revitalización de nuestras comunidades eclesiales en todos sus miembros y, consiguientemente, para una presencia reconciliadora y renovadora de los cristianos en la sociedad actual. Dentro de la Cuaresma de este año, y en la perspectiva de lo ya reflexionado en una de las sesiones del Sínodo Diocesano, os invito a seguir revitalizando el Sacramento de la Penitencia. Los centros de atención pastoral y de referencia, ya sea de las Unidades de atención parroquial, como de las zonas pastorales, han de ser ámbitos de encuentro y de sanación, tanto para los laicos, como para los miembros de la vida consagrada y para los mismos sacerdotes. Procuremos que sean esos “lugares donde regenerar la propia fe en Jesús crucificado y resucitado, donde compartir las propias preguntas más profundas y las preocupaciones cotidianas, donde discernir en profundidad con criterios evangélicos sobre la propia existencia y experiencia, con la finalidad de orientar al bien y a la belleza las propias elecciones individuales y sociales”[16]. En esos espacios eclesiales encontraremos lo que todos deseamos, buscamos  y necesitamos, tanto para superar las fronteras de la soledad, como para poder ofrecer puntos de referencia en donde los fieles puedan ser atendidos, escuchados, confesados, y se pueda llevar a cabo ese “arte del acompañamiento espiritual”[17], que ha sido, a lo largo de la historia de la Iglesia, cauce y germen de vocaciones a todos los estados de vida cristiana.

Y sin olvidar los muchos santuarios que existen en nuestra Diócesis, así como la Iglesia Catedral y algunos templos especialmente significativos, en los que deben continuar esmerándose por ofrecer un horario conveniente y adecuado a las necesidades de los fieles, para que éstos puedan encontrar los ministros idóneos que les puedan ofrecer la oportunidad de recibir el Sacramento de la Reconciliación, sabiendo que para todo hijo de la Iglesia Católica, “este es el camino ordinario para el cristiano para obtener el perdón y la remisión de los pecados graves cometidos después del Bautismo”[18]. Durante este tiempo ¿no sería oportuno invitar, en las parroquias de referencia, y guardando las medidas sanitarias oportunas, a que se promuevan celebraciones comunitarias de la Penitencia, con absolución individual? ¿Acaso, los sacerdotes de una zona pastoral, por turnos y con un horario adecuado, no podrían ofrecerse para atender a los fieles con el fin de que pudiese vivir con paz y serenidad el Sacramento de la Reconciliación?

Conclusión

Aprender a mirar a Cristo, y dejarse mirar por Él, es el camino que nos puede llevar, de forma expedita, por este itinerario cuaresmal. Las circunstancias adversas por las que está pasando todo este mundo globalizado pueden aplastarnos y llevarnos a encerrarnos en nosotros mismos, aherrojados por el temor a contagiarse o a contagiar a los demás. En esta situación, el camino que nos propone la Iglesia, que es el de siempre, se nos ofrece hoy a través de una serie de nuevos matices que constituyen esa cultura del silencio, de la mirada y del cuidado que nos hará libres de verdad.

Procuremos cuidar nuestra propia vida, valorando el silencio externo e interno, que es como ese humus imprescindible para que el tiempo de oración nos cure y nos de esperanza. Lo lograremos si nos dejamos mirar por el Dios de la misericordia y buscamos la ayuda de los hermanos, porque solos no podemos. Somos Iglesia en camino, Iglesia en Sínodo que avanza hacia la Pascua.

Os bendice con afecto y se encomienda a vuestras oraciones.

 

+ J. Leonardo Lemos Montanet

Obispo de Ourense

 

 

[1] FRANCISCO, Mensaje para la Cuaresma 2021.

[2] FRANCISCO, Mensaje para la Cuaresma, 2021.

[3] SAN PABLO VI, Alocución en Nazaret, 5 de enero de 1964.

[4] FRANCISCO, Reflexiones en esperanza, Vaticano 2013, p. 115.

[5] SAN AGUSTÍN, Comentario sobre los salmos, 85,7.

[6] CONCILIO VATICANO II, Constitución Dei verbum , nº 25.

[7] FRANCISCO, Exhortación apostólica  Christus vivit, nº 123.

[8] Esto está recogido en el “Objetivo específico tercero: Acción Caritativo-Social y comunión” de la Programación Diocesana de Pastoral 2020-2021.

[9] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2447.

[10] FRANCISCO, Mensaje para la Cuaresma, 2021

[11] SAN JUAN PABO II, Exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia, nº 26g.

[12] Cf. L. RATZINGER, El camino de la vida. Homilías en el año litúrgico, Barcelona 2019, p. 56.

[13] SAN BENITO, Regla, 49,7.

[14] Fue propuesta por el papa Francisco en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2021.

[15] FRANCISCO, Carta encíclica Fratelli tutti, nº. 223.

[16] FRANCISCO, Exhortación pastoral Evangelii gaudium, nº 77.

[17] Ibíd. nº 169-173.

[18] SAN JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia, nº 31.I.

Mons. José Leonardo Lemos Montanet
Acerca de Mons. José Leonardo Lemos Montanet 58 Articles
Mons. J. Leonardo Lemos Montanet nació el 31 de mayo de 1953 en la parroquia de Santiago de Barallobre, ayuntamiento de Fene, provincia de Coruña y diócesis de Santiago de Compostela. A los 9 años se traslada con su familia a Ferrol, por destino de su padre, donde realiza los estudios hasta el bachillerato superior. Cursó el COU en el Instituto Xelmírez de Santiago de Compostela al tiempo que realizaba el propedéutico en el Seminario Mayor. Cursará los Estudios Eclesiásticos, siendo ordenado Diácono en el año 1978. En septiembre de ese mismo año será nombrado Formador en el Seminario Menor Diocesano de la Asunción. Desde este momento es socio de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. El 19 de mayo de 1979 será ordenado Sacerdote al servicio de la Archidiócesis de Santiago de Compostela por el arzobispo D. Ángel Suquía Goicoechea. Continuó como Formador del Seminario Menor, al tiempo que colaboraba los fines de semana en la parroquia de Nuestra Señora de la Merced de Conxo (Santiago), hasta septiembre de 1982 en que es enviado a Roma para ampliar estudios. Allí obtendrá la licenciatura en Filosofía Teorética por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y las diplomaturas de Arqueología Sagrada, Archivística y Biblioteconomía. Más tarde, obtiene el doctorado en Filosofía por la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Roma, en junio de 1987, con la tesis Lo que llamamos ser humano. Ensayo sobre la antropo-ontología de Ángel Amor Ruibal. En el curso 1985-1986 empezará su actividad docente como profesor de Filosofía en el Instituto Teológico Compostelano y en el Seminario Menor de la Asunción, hasta la actualidad. Entre 1986 y 1988 ejercerá de capellán de la Residencia Universitaria Cristo Rey en Santiago de Compostela y profesor de religión en el Chester College International School. Desde septiembre de 1988 hasta junio de 2001 será Formador en el Seminario Mayor de Santiago de Compostela, labor que compaginará como sacerdote adscrito de la parroquia de S. Fernando, desde 1987 hasta la actualidad. Tras su etapa en el Seminario Mayor es nombrado Director Técnico del Seminario Menor Diocesano en el año 2001, cargo que desempeña en estos momentos. En el Instituto Teológico Compostelano, Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, desempeñará el cargo de Vicedirector desde 2007 hasta la actualidad, Director de la Biblioteca de Estudio Teolóxicos de Galicia, desde 1993 hasta 2007 y Director del Instituto Superior Compostelano de Ciencias Religiosas desde 2006. En diciembre de 2003 será nombrado por el Arzobispo de Santiago, D. Julián Barrio Barrio, Canónigo de la Catedral de Santiago de Compostela, ocupando el oficio de Canónigo-Secretario Capitular de la misma. El 16 de diciembre de 2011 la Santa Sede hizo público que S. S. Benedicto XVI lo ha nombrado nuevo obispo de Ourense.