Carta pastoral de Mons. Adolfo González: Contagiar solidaridad combate el hambre

Queridos diocesanos:

La campaña de Manos Unidas alcanza en este año de 2021 el apreciable número de 62 ediciones en lucha contra el hambre. En estas seis décadas y con la séptima ya en curso, Manos Unidas ha ido pasando por fases perfilando una mejor conceptualización del problema del hambre para mejor combatirla, porque no es problema de solución fácil. Tampoco se resuelve con una logística de distribución de los alimentos más o menos ajustada a la geografía del hambre, porque no basta para resolver el hambre en el mundo con sólo voluntad asistencial. Sin embargo, no conviene caer en el error de abandonar formas asistenciales, hoy calificadas, a veces con ligereza y menosprecio de tantas cosas buenas hechas con mucho sacrificio, de mera “beneficencia paternalista”. Un reproche apoyado en la opinión al uso de lo social y políticamente correcto, ideológicamente motivada, y que mientras millones de seres padecen hambre nos proponen la utopía de un ilusorio mundo sin contradicciones que los doctrinarios van a construir a base de discursos populistas.

El criterio para una mejor conceptualización del problema del hambre es el conocimiento de la realidad, por cruda que pueda ser y vaya para largo, porque lo dijo el mismo Jesús, en respuesta al hipócrita que lamentaba el despilfarro de un frasco de alabastro con perfume: «Porque pobres tendréis siempre con vosotros y podréis hacerles cuanto bien queráis» (Mc 14,7). Es decir, que la tarea que hemos de realizar con empeño es y será siempre ardua y no tendrá fácil salida, porque tendremos que combatir el egoísmo que pudre el corazón de los mortales para ponerle remedio mediante una orientación de la acción política y social orientada al bien común.

Por eso, mientras nos esforzamos en alcanzar una mejor ordenación de las sociedades para que desaparezcan las causas de la pobreza, tendremos que prestar asistencia a quienes pasan hambre y no tienen qué llevarse a la boca, están enfermos y no gozan de un sistema de salud eficiente y abarcador para afrontar las enfermedades que padecen las personas. Es decir, tenemos que seguir poniendo remedio al hambre y a la enfermedad mientras trabajamos con ahínco para crear condiciones sociales justas y las estructuras propias de una sociedad desarrollada. Una sociedad que no va a ser nunca una sociedad utópica, sino una sociedad que podría alcanzar un relativo y contingente bienestar y eliminando progresivamente la pobreza, con el concurso de los recursos propios y los que ordenadamente vengan de otros que cooperan por la justicia.

Además, como la desaparición del hambre siempre ha de ir acompañada del cuidado de la salud, hablamos de una sociedad capaz de hacer frente a un buen número de enfermedades, lo que sólo será posible mediante un sistema sanitario solvente que contribuya a que las personas, en la medida de lo humanamente posible, gocen en esta tierra de una vida saludable. Aun así, nada queda conjurado porque el hombre seguirá siendo víctima de sus pasiones y los egoísmos, las envidias y la pugna por el poder y los pecados todos de la humanidad: la situación caída del ser humano, que no se cura con un plan quinquenal, porque el listado de los vicios y de los pecados salen del corazón del hombre, un corazón maltrecho que sólo la sangre redentora de Cristo puede liberar de la asfixia del mal.

El problema del hambre necesita solución, pero no vendrá sin el compromiso de solidaridad necesaria para impulsar en todos los miembros de una sociedad una verdadera pasión por el bien común, que es asimismo garantía del bien particular. En este sentido, se ha de evitar los doctrinarismos que reivindica un entendimiento del bien común que se reduce a la gestión de lo público. El doctrinarismo totalitario no acepta ninguna otra visión del bien común que la propia. Las nuevas generaciones, ahora como siempre, tienen el riesgo de olvidar lo vivido por las generaciones que les precedieron pocas décadas atrás, y la experiencia lo sucedido en el siglo XX es aterradora.

Quien lea el documento base de Manos Unidas para 2021 verá que la llamada a contagiar sentimientos de la solidaridad con los más necesitados responde a la voluntad de alcanzar un concepto del bien común que supere su manipulación por cuantos confunden el bien común con el bien propio. Se trata de contagiar el deseo de compartir los bienes que son comunes para compartir el común disfrute de aquello que puede paliar carencias tan fundamentales para sobrevivir como son el agua, el aire y la tierra para seguir extrayendo la alimentación mediante un cultivo agrícola razonable.

Preservar y cuidar estos bienes comunes sólo es posible sin los atajos que alteran los procesos naturales, dando ventajas a los que se hacen ricos mientras empobrecen a los demás. La doctrina social de la Iglesia nos ha ofrecido pautas durante los últimos pontificados verdaderamente iluminadoras. Se trata de lograr un desarrollo que favorezca el progreso del bien común mediante un cultivo razonable de la tierra y una equilibrada extracción de sus recursos, evitando la explotación inmoral del planeta. El reto es lograr un progreso sostenido que no ponga en peligro el mantenimiento futuro de las condiciones de habitabilidad de la tierra. En este horizonte se sitúa la encíclica del papa Francisco Laudato si’ sobre el cuidado de la casa común.

Se trata, por esto mismo, de evitar una actuación sobre las extensiones verdes de la tierra que dé como resultado una deforestación sin control de grandes extensiones, que ya no podrán reponerse del estado de “tierra quemada” en que las deja la tala que agranda la extensión de suelo calcinado y, con ello, el aumento de la desnutrición. Las poblaciones, ciertamente, tienen derecho a extensiones abiertas para nuevos cultivos, pero llevar a cabo su implantación no se ha de hace con decisiones unilaterales, también requiere criterio buscando todos el bien común. Los derechos de todos deben ser siempre respetados, pero la solución técnica tiene que venir del concurso de la técnica y de imperio de la vigencia de ley justa.

Por otra parte, hoy está en juego un uso industrial y un consumo humano razonables del agua, que evite asimismo el avance del sequedal, lo que no parece posible sin el control del riego de las grandes extensiones de los cultivos, sin un programa de consumo que impida el agotamiento de los acuíferos que alimentan los senos y corrientes freáticas subterráneas, cuando faltan aguas en cauce de superficie y lluvias generosas. Agua para beber y agua para limpiar el cuerpo y regenerar el alma que la limpieza del cuerpo simboliza. Agua como bien común y compartido, que evite enfermedades que diezman poblaciones enteras en los países más pobres. Agua a la que se suma la limpieza del aire y la trasparencia de la atmósfera en ciudades donde se ha de trabajar para afrontar la polución del aire, que envenena la respiración, y contribuir a dar una solución a la crisis medioambiental. Agua a la que no se arroje la basura que infecta ríos, mares y océanos, poniendo en peligro la vegetación y la fauna subacuática, la inmensa riqueza de vida y alimentación que el Creador regaló a la humanidad.

La doctrina social de la Iglesia no tiene soluciones técnicas ni siquiera políticas, pero sí principios éticos y morales que orientan la acción humana. En estos principios se fundamenta la enseñanza del magisterio pontificio, que no se cansa de repetir que sólo una aplicación de la tecnología moderna medida por la evaluación moral de las actuaciones podrá contribuir a salvaguardar la habitabilidad del planeta herido por sobreexplotación. El abandono del horizonte ético de las actuaciones del hombre ha dado origen a lo que el papa Francisco considera el problema fundamental que trae consigo la globalización del paradigma tecnocrático: el problema no es otro que «el modo cómo la humanidad ha asumido la tecnología y su desarrollo junto con un paradigma homogéneo y unidimensional… [porque] lo que interesa es extraer todo lo posible de las cosas por la imposición de la mano humana, que tiende a ignorar u olvidar la realidad misma de lo que tiene delante» (Laudato si’, n. 106).

Manos Unidas trabaja para combatir el hambre regenerando las condiciones de habitabilidad de la casa común, del prodigioso planeta que ha bitamos y compartimos con una increíble abundancia de seres vivos en un complejo equilibrio. Trabaja para que no dejemos de comprometernos todos con las áreas continentales donde los estragos de la pobreza tienen que ser combatidos con soluciones, aunque sea mediante propuestas limitadas en sus efectos, pero que alivien los sufrimientos de las comunidades humanas que necesitan nuestra ayuda y quedarán para siempre unidas a nuestra solidaridad con ellas. Los proyectos que la organización no gubernamental católica trata de poner en práctica son objeto año tras año de cuidadosa selección y suponen una gran mejora de vida para miles de personas. Abarcando parcelas de estas áreas continentales de pobreza, Manos Unidas nos lleva un año más hasta África con un proyecto para esa tierra de mártires cristianos que es Uganda. África es un inmenso continente unido a la suerte de Europa de manera sustancial, de donde viene un contingente humano que se ve forzado emigración para buscar vida fuera de ella, para intentar integrarse en un mundo desconocido y sólo vislumbrado, porque aparece atrayente en las imágenes televisivas que llegan a las ciudades del continente africano. Para que nadie se vea forzado a dejar su propia tierra y su país, sobre todo los jóvenes, sin cuya aportación la sociedad africana se quedará sin recursos humanos, Manos Unidas patrocina un proyecto que ayude a la mejora de vida de las familias campesinas en los poblados de origen. Mejorar las condiciones de vida en África ayuda a ordenar la emigración, que seguirá siendo un derecho de las personas, pero no será sólo forzada por el hambre y la falta de recursos. Un proyecto siempre es poco, pero es más que nada, y un proyecto tras otro hacen muchos, crean un modo de relaciones entre los pueblos por “contagio de solidaridad” entre ellos, y esto combate el hambre, mejora la producción y hace más estable la vida de las comunidades humanas.

Con todo afecto y bendición.

Almería, 12 de febrero de 2021

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

Mons. Adolfo González Montes
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MONSEÑOR ADOLFO GONZALEZ MONTES nació en Salamanca en 1946. Sacerdote desde 1972, ejerció su ministerio en la parroquia de Santo Tomás de Villanueva. Fue Capellán de la Universidad Pontificia de Salamanca, además de Director espiritual y miembro del equipo de formadores durante dos años del Colegio Mayor Santa María de Guadalupe, de dicha Universidad Pontificia. Doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca, fue profesor y desde 1988 catedrático de Teología Fundamental. En 1997 fue nombre obispo de Ávila por Juan Pablo II. El 15 de abril de 2002 es nombrado Obispo de Almería y tomó posesión canónica de la diócesis el 7 de julio. En febrero de 2005 es elegido Presidente de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española, formando parte desde entonces de la Comisión Permanente de la misma. En la XCI Asamblea Plenaria celebrada del 3 al 7 de marzo de 2008 es reelegido Presidente de la misma Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española y miembro de su Comisión Permanente. El 2 de noviembre de 2005 fue elegido en la LXXXV Asamblea Plenaria de la CEE representante de la Conferencia Episcopal Española en la Comisión de Episcopados de la Comunidad Europea (COMECE), con sede en Bruselas.