Carta pastoral de Mons. Demetrio Fernández: San Valentín y los novios

El 14 de febrero se celebra la fiesta de san Valentín, y es el día de los enamorados. San Valentín es un sacerdote del siglo III, que se dedicó a bendecir matrimonios de jóvenes enamorados, sobre todo de jóvenes destinados a la milicia, y que es encarcelado y martirizado en la época del emperador Claudio II (a. 270). Pasa a ser patrono de los enamorados que preparan con ilusión su matrimonio.

El amor humano es bello desde su origen. En los comienzos del mundo, está Dios en el origen de la pareja humana: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios los creó, varón y mujer los creó. Dios los bendijo; y les dijo: Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla…” (Gn 1,27-28). Y a pesar del pecado, esta primera bendición no desapareció ni en la expulsión del paraíso ni en la inundación del diluvio, sino que se ha mantenido como garante de la sucesión de la especie humana, hasta ser elevada por Jesucristo a la dignidad del matrimonio, expresión sacramental del amor de Cristo a su esposa la Iglesia.

Después de millones de años, el varón y la mujer, iguales en dignidad, distintos para ser complementarios, son compatibles en cualquier raza o latitud de la tierra, como muestra de un tronco común, que abarca la humanidad entera en el espacio y en el tiempo. Cuando el varón y la mujer van creciendo y salen de la infancia para entrar en la juventud sienten el atractivo del uno por el otro, y van emparejándose para constituir nuevas familias, en las que nacen nuevos hijos. He ahí la constitución fundamental del ser humano a lo largo de los siglos en distintas latitudes. Esta realidad natural es iluminada por la luz de Cristo y es llevada a plenitud, haciendo que el amor humano se convierta en amor divino por el Espíritu Santo y refuerce los lazos de un amor para siempre.

La fiesta de san Valentín viene a recordar esa belleza del amor humano, que forma parte de la constitución de la persona, y que está sometido a peligros y amenazas, también en nuestra época. Cuando he acogido a unos novios que expresan su deseo de casarse por la Iglesia, de que Dios bendiga su amor y su fecundidad, siempre les he preguntado si desean ser amados para siempre. La respuesta es unánime: Sí, deseo que me quieran con un amor que no termina. Pero cuando he planteado la pregunta al revés: Y tú, ¿quieres amar para toda la vida? he encontrado reticencias: Quiero que así sea. No sé si seré capaz. Voy a intentarlo con la ayuda de Dios.

Es decir, en el amor humano hay una asimetría entre ser amado y amar. Uno desea ser amado sin medida, necesita ese amor que le dé seguridad y estabilidad; y también desea amar sin medida, pero no sabe qué sucederá, es consciente de sus límites, a veces incluso teme comprometerse para no defraudar al otro. El ser humano desea ser amado sin medida, pero no se siente capaz de amar sin medida. He aquí el evangelio del amor humano. Nos acercamos a Jesucristo porque él hace capaces a las personas humanas de amar como ama él, hasta la muerte, hasta dar la vida por el otro.

Jesucristo ilumina el misterio del hombre, varón y mujer, también en este aspecto del enamoramiento. Jesucristo no viene a quitar nada de lo bueno que hay en el corazón humano, viene a purificarlo y a llevarlo a plenitud. El matrimonio cristiano, que consagra el amor humano, fortalece ese atractivo que la naturaleza humana lleva inscrito y hace que el amor madure en la entrega de sí mismo hasta el extremo. El amor, por tanto, no es un sentimiento pasajero, no es simplemente una emoción. El amor humano potenciado por la acción del Espíritu Santo, que viene a nuestros corazones, es capaz de ser fiel por encima de las pruebas, es capaz de fortalecerse en las dificultades, hace capaces de amar para siempre como desea el corazón humano.

La fiesta de san Valentín traiga a los novios cristianos la certeza de que el amor es posible, de que es posible amarse para siempre. Así lo ha pensado Dios y así lo hace posible por la acción de su gracia. Pidamos por los novios para que su enamoramiento se convierta en verdadero amor duradero con la gracia de Cristo, que les haga felices para siempre.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández,

Obispo de Córdoba

Mons. Demetrio Fernández
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Nació el 15 de febrero de 1950 en Puente del Arzobispo (Toledo) en el seno de una familia cristiana. Sintió la llamada de Dios al sacerdocio en edad temprana. Estudió en los Seminarios de Talavera de la Reina (Toledo), Toledo y Palencia. Es maestro de Enseñanza Primaria (1969). Licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. Estudios de Derecho Canónico en Roma y Salamanca. Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Salesiana de Roma con el tema: “Cristocentrismo de Juan Pablo II”. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1974 en Toledo, de manos del cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo. Profesor de Cristología y Soteriología en el Seminario de Toledo (1980-2005); Consiliario diocesano de MAC -Mujeres de Acción Católica- y de “Manos Unidas” (1983-1996); Vicerrector y Rector del Seminario Mayor “Santa Leocadia” para vocaciones de adultos (1983-1992); Pro-Vicario General (1992-1996); Delegado Episcopal para la Vida Consagrada (1996-1998); Párroco de “Santo Tomé”, de Toledo (1996-2004). Nombrado Obispo de Tarazona el 9 de diciembre de 2004, recibió la ordenación episcopal el 9 de enero de 2005 en el Monasterio de Veruela-Tarazona. El día 18 de febrero de 2010 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Córdoba. Inició su ministerio episcopal en la Sede de Osio el día 20 de marzo de 2010.