Carta pastoral de Mons. Francisco Pérez: Dios eleva los corazones agobiados

Siempre que ocurre alguna desgracia o alguna situación dolorosa el corazón se resiente y queda un poso de malestar o de amargura. A todos nos ha sucedido en algún momento. El agobio es tan doloroso y tan persistente que obstruye hasta la mente puesto que parece que una mole le cae sobre ella. Quien lo padece, muchas veces, cree que esto no lo soluciona nadie. Se aísla y no hace más que lamentarse como si el lamento persistente lo pudiera llevar a la curación. Pero ocurre todo lo contrario puesto que más vueltas se ofrece a la rueda del agobio, más se hunde en un pozo oscuro y sin fondo. Los que le rodean suelen dar consejos y normas de vida que resbalan en aquel que está deprimido y agobiado. Y nos preguntamos: ¿Tiene sentido dar consejos? ¿Sólo se le puede sostener desde el silencio y desde una cercanía afectiva y humana? No hay soluciones mágicas pero sí hay una afectividad humana donde quien padece estas torturas encuentra un alivio al comprobar que alguien le comprende.

Esto me hace recordar la actitud que tenía Jesucristo cuando se encontraba con los necesitados de afecto fraterno y de amor concreto. “La multitud, marcada por sufrimientos físicos y miserias espirituales, constituye, por así decir, ‘el ambiente vital’ en el que se realiza la misión de Jesús, hecha de palabras y de gestos que sanan y consuelan. Jesús no ha venido a administrar la salvación en un laboratorio; no hace la predicación de laboratorio, separado de la gente: ¡Está en medio de la multitud! ¡En medio del pueblo! Pensemos que la mayor parte de la vida pública de Jesús la ha pasado en la calle, entre la gente, para predicar el evangelio, para sanar las heridas físicas y espirituales. Es una humanidad surcada de sufrimientos, cansancios y problemas: a tal pobre humanidad se dirige la acción poderosa, liberadora y renovadora de Jesús” (Papa Francisco, Audiencia General, 4 del febrero 2018). Es un ejemplo alentador y esperanzador para saber acometer las circunstancias apremiantes, por las que pasa mucha gente, en esta pandemia que acosa con furia a tantas personas.

Dios sana los corazones agobiados y no es una quimera o una apasionada poesía sino una realidad que vemos en personas muy cercanas a nosotros como son los santos. Santa Teresa de Calcuta se decidió a trabajar por los pobres que estaban abandonados. Hay un alivio humano y espiritual que hace posible la recuperación de la propia angustia en aceptación menos pesada. Muchos enfermos morían con una sonrisa de paz que nadie les podrá arrebatar puesto que ni los estupendos consejos, ni los excelentes medicamentos tan necesarios, ni los protocolos sicológicos… lograrán aquello que nos dice Jesucristo: “Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11, 28-30). Ante esta invitación de Cristo que nos hace en los momentos de mayor agobio o despiste del corazón, se convierten en alas de esperanza.

Es mucho más aliviador el “Venid a mí todos los fatigados y agobiados” que cualquier terapia sicológica, aunque sea conveniente, o que cualquier ejercicio de yoga que puede desentumecer las articulaciones corporales y musculares en pro de la relajación. El alivio de Cristo llega hasta lo más hondo del alma donde Él se hace presencia viva. Por eso mucho más que un tiempo es una eternidad donde el amor de Jesucristo sana y salva. Basta con que nos asociemos a su Vida. Siempre recordaré los años de enfermedad cuando arreciaban momentos de dolor y de inseguridad. Puedo afirmar, para la gloria de Dios, que el único alivio que calmaba mi incertidumbre era poder recibir al Señor en el sacramento de la Eucaristía. Daré gracias y nunca me cansaré de admirar a los médicos y a los asistentes sanitarios, ahora bien, la fuerza espiritual la encontraba en el “Venid a mí todos los fatigados y agobiados…” Dios llega al corazón y lo transforma levantando el ánimo.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Mons. Francisco Pérez
Acerca de Mons. Francisco Pérez 372 Articles
Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).