Carta pastoral de Mons. Celso Morga: ¿Progreso sin Dios?

Queridos fieles:

Pienso que uno de los graves desajustes culturales que sufrimos hoy es la desconfianza respecto a la fe cristiana. Ello lleva a que muchas personas contemporáneas nuestras no tengan fe, no confíen en la presencia o en el designio de Dios sobre el mundo.
Culturalmente, desde hace algunos siglos, se ha ido creando una brecha profunda entre cultura y fe; sociedad e Iglesia; problemas personales y oración… Hay como una ruptura, una escisión, que no permite percibir a muchísimos de nuestros contemporáneos que la fe cristiana ilumina todo lo referido a la persona humana y al mundo con una luz nueva, original y liberadora. Ello se debe a muchas causas que aquí no vamos a examinar. Simplemente, quería llamar vuestra atención para que en la acción evangelizadora tengamos presente que somos herederos de esta ruptura profunda, que nos acompaña ya desde hace varios siglos y que está presente en la cultura contemporánea, en la que se desenvuelve nuestra vida cristiana. Nada más lejos del cristiano, de la cristiana que el lamento inútil. Al revés, esta brecha nos debe llevar a ser creativos, originales, buscando siempre caminos y modos para revertir una situación cultural que tanto empequeñece la verdadera dignidad humana.

Estemos bien convencidos que la vocación integral del hombre solo se esclarece plenamente a la luz de la fe cristiana; por ello, estemos persuadidos que la solución plenamente humana es la propuesta por la fe cristiana. El misterio del hombre «solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (GS, 22).

La luz de la fe cristiana ilumina el misterio de la persona humana, que ha sido creada a imagen de Dios y, por tanto, su capacidad intelectual, su conciencia, su libertad son valores excelentes, de una grandeza que no tienen parangón en el resto del universo; pero la fe cristiana también cuenta -y ello frecuentemente se olvida u oscurece en la cultura contemporánea- con la corrupción del corazón humano, que muchas veces hace desviarse a las personas de su recto orden y fin y que, por ello, necesitan (necesitamos) de conversión y purificación. La persona humana no puede ser reducida sólo al cuerpo, ni eliminada cuando no esta totalmente formada, como es el caso del aborto intencionado, ni cuando sus fuerzas flaquean totalmente y la muerte aparece como la única solución, como en el caso de la eutanasia.

La luz de la fe cristiana ilumina el modo como debe edificarse la sociedad puesto que los hombres -según el plan de Dios, que cuida paternalmente de todos- forman una única familia y deben tratarse entre si con espíritu fraterno. El principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales y, sobre todo, del Estado es y debe ser la persona humana. Cuando esto se olvida aparecen gravísimas desviaciones que ponen al servicio de causas totalitarias las propias personas humanas, que forman parte de esa sociedad y aparecen “el nacionalismo exacerbado”, “el estatalismo”, “el supremacismo”, “el racismo”…

La luz de la fe cristiana ilumina el significado ultimo de la actividad humana que está también ordenada al bien a la persona. Cuando trabaja, la persona humana no solo cambia las cosas, las perfecciona y las ordena sino que también se perfecciona a sí misma. Esa brecha cultural, a la que hacíamos referencia al principio, parece encontrar, en este campo, especial amplitud.
Muchos parecen temer que la fe cristiana obstaculice la actividad del hombre, de su autonomía; obstaculice, en definitiva, el progreso científico. Muchos de nuestros pensadores contemporáneos ya están advirtiendo que, a causa de esta ruptura y de este divinizar el “progreso” estamos recorriendo derroteros equivocados. El deterioro del creado, el progreso material sin progreso moral, una sociedad violenta y sin escrúpulos morales son toques de atención evidentes que nos deben llevar a preguntarnos si todo lo que llamamos “progreso” concuerda de verdad con el bien genuino del genero humano, con el cultivo y la realización de su autentico bien.

+ Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

Mons. Celso Morga Iruzubieta
Acerca de Mons. Celso Morga Iruzubieta 86 Articles
Mons. Celso Morga Iruzubieta nació en Huércanos, La Rioja, el 28 de enero de 1948. Completó sus estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Logroño y fue ordenado sacerdote el 24 de junio de 1972. Posteriormente, cursó la licenciatura en Derecho Canónico en la Universidad de Navarra, donde obtuvo el Doctorado en 1978.morga_iruzubieta_celso Más tarde desarrolló su labor pastoral en diversas parroquias de La Rioja y fue vicario judicial adjunto del Tribunal Diocesano entre 1974 y 1980. Ese año se trasladó a Córdoba (Argentina) para impartir la docencia de Derecho Canónico en el Seminario Archidiocesano. También ejerció de juez en el Tribunal Eclesiástico y de capellán de un colegio religioso. A su regreso a España en 1984, le nombraron párroco de San Miguel, en Logroño, y en 1987 fue llamado a Roma para trabajar en la Congregación para el Clero, el dicasterio vaticano que se ocupa de los asuntos que se refieren a la vida y ministerio de 400.000 sacerdotes católicos en todo el mundo. Allí ha trabajado de jefe de Sección y, desde noviembre de 2009, de subsecretario, cargo que ha ocupado hasta su nombramiento de secretario y Arzobispo titular de Alba Marítima, siendo ordenado obispo por el Papa Benedicto XVI en la Basílica de San Pedro el día 5 de febrero de 2011. Además de su responsabilidad en la Curia Romana, Mons. Celso Morga ha desarrollado una intensa labor pastoral en diversas parroquias de la capital italiana, entre ellas la parroquia de los Santos Protomártires Romanos. Es autor de algunos libros de teología espiritual y ha publicado varios trabajos sobre la vida y el ministerio de los sacerdotes, en L’Osservatore Romano y otras revistas. En la Conferencia Episcopal Española es miembro, desde noviembre de 2014, de la Comisión Episcopal del Clero.