Carta pastoral de Mons. Amadeo Rodríguez: «Cuidémonos mutuamente»

Queridos hermanos y hermanas enfermos:

Seguramente, muchos de vosotros sabéis, sobre todo los que padecen una larga enfermedad, que el día de la Santísima Virgen de Lourdes, 11 de febrero, la Iglesia Católica celebra la Jornada Mundial del Enfermo. Como bien conocéis, vosotros sois los predilectos de Jesús: a curar enfermos dedicó la mayor parte de su paso por la tierra; la compasión de Dios la puso siempre a vuestra disposición. El Evangelio lo testimonia muchas veces, mostrando que las curaciones que hacía Jesús nunca son gestos mágicos, sino que siempre son fruto de un encuentro, de una relación interpersonal, en la que al don de Dios que ofrece Jesús le corresponde la fe de quien lo acoge, como resume la palabra que Jesús repite a menudo: “Tu fe te ha salvado”.

La Iglesia, que tiene como misión continuar mostrando al mundo los sentimientos de Cristo, sigue ofreciendo su cariño y aliento a todos los enfermos sin excepción, aunque quiere tener muy en cuenta a aquellos que han vivido desde su Bautismo en Cristo Jesús. Es por eso que os recuerda, especialmente, en una fecha tan significativa para vosotros y en la que evocamos a Nuestra Madre la Virgen, en su aparición en Lourdes, desde donde muestra una especial predilección por los enfermos y es símbolo de esperanza y de gracia.

Cada año el Santo Padre dirige un mensaje con motivo de la Jornada del enfermo, en el que recuerda lo que la Iglesia le quiere decir a la sociedad en su favor. Con su magisterio llama, una vez y otra, la atención de los católicos y a la de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, para que ofrezcan lo mejor que tengan en sus manos en cualquier lugar del mundo,-tan desigual en recursos- a los que son imagen de la debilidad del ser humano necesitado de protección. Siempre ofrece un mensaje que conforte y fortalezca.

En esta ocasión recurre al Evangelio y nos invita a leer Mateo 23, 1-12. En este texto Jesús quiere que sus oyentes rompan con un tipo de relación basado en la hipocresía, la injusticia o la falta de empatía con el otro, sobre todo con el más débil. Pero, además de criticar y corregir, propone un nuevo modelo de relación con el enfermo, nuestro hermano, centrado en el servicio y en la fraternidad de los hijos de Dios.

Una consecuencia lógica es que con el enfermo se ha de crear un tipo especial de relación basada, sobre todo, en una profunda confianza de los unos hacia los otros y, sobre todo del más débil hacia quien le puede ofrecer en cada momento lo que necesita; esa confianza es algo que es esencial para el enfermo. El entorno del enfermo, tanto sanitario como familiar, social y religioso, le ha de saber prestar una especial atención, no solamente física sino también en todas las necesidades que le sobrevienen en esa situación de fragilidad y dependencia.

Por eso, es tan importante que todos nosotros descubramos en cada enfermo el rostro y, si es posible, también la historia, de cada persona para atenderla según sus necesidades. En especial, habrá que estar atentos a los que se sientan más ignorados, excluidos o son víctimas de injusticias o de abandono social y familiar. La Iglesia, por su parte, ha de cuidar una pastoral de atención a los enfermos en sus necesidades espirituales afectivas o económicas, promoviendo siempre en sus comunidades cristianas y en las conciencias de sanitarios, familiares o voluntarios actitudes de cercanía.

Así nos lo recuerda el Papa Francisco en su Mensaje para la Jornada de este año: “Deseo recordar la importancia de la solidaridad fraterna, que se expresa de modo concreto en el servicio y que puede asumir formas muy diferentes, todas orientadas a sostener al prójimo. «Servir significa cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo» (Homilía en La Habana, 20 septiembre 2015).

La asistencia religiosa, además, es totalmente imprescindible; en ella hay que poner una especial dedicación por parte de la pastoral de la Iglesia. Cuidemos al hermano enfermo y hagámoslo porque nos motiva y nos da fuerza la caridad de Cristo. No olvidemos que del misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo brota el amor mutuo que se produce entre el paciente y quien lo cuida. Por eso, se nos dice sabiamente, para que salgamos enriquecidos de este servicio al enfermo: “Cuidémonos mutuamente”.

Por mi parte, quiero hacer llegar mi afecto pastoral, y el de toda la Iglesia diocesana, a todos los enfermos y afectados por la Pandemia de la COVID-19. Sobre todo, queremos tener muy presentes a los ancianos, a los que les deseamos que no les falte de nada, en recursos y cuidados, por parte de quienes tengan que tomar decisiones en la sociedad, en los ámbitos sanitarios y en sus entornos familiares.

En la Iglesia, siempre atenta a las necesidades de todos, encomendamos a María, Madre de misericordia y Salud de los enfermos, a todas las personas enfermas, a los agentes sanitarios y a quienes se prodigan al lado de los que sufren. Que Ella, desde la Gruta de Lourdes y desde los innumerables santuarios que se le han dedicado en tantos lugares de nuestra Diócesis de Jaén, y en especial desde el de la Santísima Virgen de la Cabeza, sostenga nuestra fe y nuestra esperanza, y nos ayude a cuidarnos unos a otros con amor fraterno. A todos les envío de corazón mi afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

Mons. Amadeo Rodríguez
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Mons. Amadeo Rodríguez Magro nació el 12 de marzo de 1946 en San Jorge de Alor (Badajoz). Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Badajoz, del que luego sería formador. Recibió la ordenación sacerdotal el 14 de junio de 1970. Su primer destino pastoral fue de coadjutor de la parroquia emeritense de San Francisco de Sales (1970-1974), de la que posteriormente sería párroco (1977-1983). Tras obtener la licenciatura en Ciencias de la Educación (sección Catequética) en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma (1983-1986), D. Amadeo fue nombrado por su Obispo, D. Antonio Montero, vicario episcopal de Evangelización y director de la Secretaría Diocesana de Catequesis (1986-1997), siendo también designado vicario territorial de Mérida, Albuquerque y Almendralejo; y finalmente vicario general (1996-2003). Fue además secretario general del Sínodo Pacense (1988-1992) y secretario de la conferencia de Obispos de la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz (1994-2003). En 1996 fue nombrado canónigo de la Catedral de Badajoz, cuyo cabildo presidió de 2002 a 2003. Realizó su labor docente como profesor en el Seminario, en el Centro Superior de Estudios Teológicos, en la escuela diocesana de Teología para Laicos (1986-2003) y de Doctrina Católica y su Pedagogía en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura (1987-2003). También formó parte del consejo asesor de la Subcomisión Episcopal de Catequesis de la Conferencia Episcopal Española. El 3 de julio de 2003 San Juan Pablo II le nombra obispo de Plasencia y recibe la ordenación episcopal en la Catedral de Plasencia el 31 de agosto de 2003. En la Conferencia Episcopal Española es el vicepresidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y presidente de la Subcomisión Episcopal de Catequesis desde 2014, de la que ya era miembro desde 2003. También ha formado parte de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias de 2005 a 2011. El 9 de abril de 2016 se hizo público su nombramiento como obispo de Jaén. Tomó posesión de su cargo el día 21 de mayo de 2016.