Carta pastoral del Cardenal Juan José Omella: «Frágiles y efímeros»

Este invierno el temporal Filomena ha teñido de blanco nuestro país. La nieve y las bajas temperaturas han colapsado algunas zonas y han provocado muchos problemas. Se han paralizado los transportes por la afectación de las vías terrestres y aéreas, se han derrumbado techos por el peso de la nieve y, fruto de las heladas, han aumentado las caídas con final traumático. También tenemos que lamentar que algunas personas sin hogar han fallecido por el frío.

Hemos vivido de cerca la cara gris de la nieve, del duro invierno, que constata aún más la vulnerabilidad de los más débiles. A pesar de todo, la nieve nos cautiva y es bienvenida mientras caiga con moderación y no nos dificulte la vida diaria. Y es que cuando contemplamos los copos de nieve percibimos la belleza de las cosas sencillas.

Desde hace muchos años los copos de nieve son objeto de estudio y pasión para muchas personas. El astrónomo Johannes Kepler, descubridor de complejas leyes del movimiento de los planetas, reconoció estar fascinado por la simetría y belleza de los copos de nieve. También el meteorólogo y fotógrafo estadounidense Wilson A. Bentley, que dedicó muchas horas de su vida a estudiarlos y a inmortalizarlos, jamás encontró dos iguales. Bentley los definió como obras maestras de diseño.

La existencia y belleza de los minúsculos copos de nieve nos hace reflexionar y comprender el inmenso amor de Dios hacia nosotros. Son estrellas de hielo únicas e irrepetibles que incluso en la noche transmiten una dulce claridad. Caen en perfecta armonía, como lágrimas en un silencio sereno, como si se tratara de un llanto feliz. Los copos de nieve son suaves, dulces y delicadas caricias de Dios.

La nieve lo cubre todo, sí, pero respeta las formas. Lentamente, convierte la tierra en un paisaje embriagador, en un lugar puro, que nos evoca recuerdos entrañables y bellas sensaciones. Contemplar la nieve, estrenarla, pisarla, tocarla, agradecerla, respirar profundamente una bocanada de aire frío, disfrutarla con los cinco sentidos, es un gran regalo.

Aún podemos aprender mucho más de la nieve. Podemos darnos cuenta que, igual que los copos de nieve, todos somos únicos e irrepetibles. Dios nos ha elegido y anhela mantener con cada uno de nosotros una relación íntima y personal. También deberíamos aprender de la nieve que la vida es frágil y efímera, razón de más para disfrutarla intensamente cada minuto, cada segundo y prepararnos para su final, para su transformación. Cada uno de esos copos es necesario e imprescindible para que la nevada sea posible. Lo mismo sucede en nuestra sociedad: todos somos necesarios.

Disfrutemos de los fascinantes paisajes que nos regala el inverno, porque son un bello testimonio de la grandeza del creador. Como ha dicho el papa Francisco: «Todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios, de su desmesurado cariño hacia nosotros» (Laudato si’, 84).

Queridos hermanos y hermanas, somos frágiles y efímeros como los copos de nieve, pero en esa fragilidad encontramos la belleza, fuerza y motivación de descubrirnos hijos e hijas profundamente amados por Dios y por eso nos atrevemos a decir con el cántico de Daniel: «Escarchas y nieves, bendecid al Señor» (Dan 3,70).

† Card. Juan José Omella

Arzobispo de Barcelona

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.