Carlos del Valle: «Los religiosos lejos de los pobres se empobrecen»

Carlos del Valle García (Benegiles, Zamora, 1948), sacerdote, misionero del Verbo Divino. Licenciado y posteriormente doctorado en Teología Moral en la Academia Alfonsiana de Roma, ha dedicado y dedica su vida a evangelizar formando o a formar evangelizando, y lo ha hecho en diferentes escenarios: enseñanza, pastoral parroquial, misión de frontera, formación, liderazgo congregacional.

Implicado en reflexión y formación de vida consagrada durante largos años en la Conferencia de Religiosos en Santiago de Chile, desde 2013 anima en Roma un Colegio de Propaganda Fide, con 180 jóvenes sacerdotes diocesanos, estudiantes y provenientes de 52 países, viviendo la interculturalidad como don y tarea, y sin dejar de querer evangelizar formando.

Recientemente ha publicado en Editorial Verbo Divino Paladar de Bienaventuranzas, itinerario de vida consagrada, un libro que es expresión de su propio itinerario y experiencia de vida religiosa y en el que el lector podrá descubrir ese toque de Evangelio que invita a la pasión por Jesús para descubrir en él ese modo de ser persona y como futuro de la vida consagrada.

Con motivo de la publicación de su libro y por la coincidencia del Día de la Vida Consagrada, 2 de febrero, le realizamos la siguiente entrevista:

¿Qué es lo que te motivó para la publicación del libro? 

Carlos del Valle (CdV): El ver hoy a religiosos y religiosas perdidos en su identidad y misión. Sin motivaciones evangélicas claras. El libro pretende alimentar la vida consagrada con una identidad bien definida y motivaciones de Evangelio. Podemos mezclar y confundir la ayuda al necesitado y la necesidad de justificar la propia vida con buenas obras.

¿Y por qué ese título?

En la vida nos movemos más por sensibilidad que por ideas. En los seres humanos es muy importante el mundo de los sentimientos y afectos. Solemos hacer aquello que nos gusta. Entonces, hay que evangelizar nuestros gustos, evangelizar nuestro paladar, para encarnar el Evangelio. Y llegar a tener los gustos de Jesús. Que a mí me agrade lo que le gustaba a él.

Ciertamente este libro tiene mucho de autobiográfico: ¿qué destacarías de tu principal experiencia de vida religiosa? 

Son las prácticas, no las prédicas, las que cuentan. En espiritualidad siento horror en hacer afirmaciones que no haya vivido yo mismo. Hay religiosos y religiosas que  hablan mucho de los pobres (eso se cotiza hoy) sin estar con ellos y vivir con ellos. No digo vivir como ellos. Un ideal inalcanzable para quienes somos parte de instituciones poderosas. Nos conformamos con vivir en la nostalgia de ser pobre como los pobres. Mejor no hablar tanto de los pobres y más desde los pobres. El religioso/a, lejos de los pobres, se empobrece.

El Tabor. ¿Las comunidades religiosas están de camino subiendo al Tabor?, ¿de vuelta?, ¿se han quedado disfrutando de las tres tiendas?; ¿o es que se han salido de la ruta?

De todo hay un poco en la viña del Señor. El Tabor está en el camino a Jerusalén, camino a la Cruz. Fuerte la tentación de las tres tiendas: evitar ese camino. Tabor es encuentro con Dios y fuerza para caminar. La Cruz atrae porque es historia de amor y donación: el sentido de nuestra vida. La liturgia habla de la muerte de Jesús, no de su vida entregada hasta la muerte. Cruz, no para morir, sino para dar vida, dándose uno día a día. Mi cruz no son mis dramas, son los dramas de quienes yo puedo aliviar como Cirineo.

Si tuvieras que hacer un diagnóstico de la vida religiosa, ¿qué destacarías en ese análisis?

Más que análisis, me centro en el espejo en el que podemos mirarnos los religiosos. Hay dos cosas importantes: el encuentro con Dios en la oración y en el encuentro con Dios en los pobres. Solo si se vive centrado en Dios, se puede ir a la misión en las periferias. No sé si hacemos voto de pobreza por estética o por convicción. Hay religiosos brillantes, pero faltos de pobreza. Quizá llegamos a aceptar la debilidad, pero no la valoramos. Es el camino de Jesús.

Me consta que has colaborado en formación con la Conferencia de Superiores Religiosos de Chile. ¿Qué recomendarías a las comunidades para un mejor vivir la vida religiosa?

Recomiendo todo lo que hay en el libro. Lo mejor sería leerlo y meditar su contenido. El religioso debe ser paracetamol, quitadolores. Pararrayos de sufrimiento ajeno. Pobres son las personas que nadie acompaña en su fatiga de vivir. ¿A quién le importa la tristeza de los débiles? Yo no me consagro a la institución o a normas. Quiero vivir consagrado a Dios y a los pobres, que son su imagen. Para ser eslabón de fraternidad.

En tu libro insistes mucho en ese toque de Evangelio que invita a la pasión por Jesús. Pero ¿cómo hacer realidad eso?

Se hace realidad cuando uno entra en el depósito de los humildes, de los mansos, los pacíficos, los misericordiosos, los pobres en el espíritu. Hacer de la propia vida un comentario al Evangelio. Abandonar ambientes de tranquilidad y seguridad para ponerse al servicio de los más necesitados. Si un religioso cree estar cerca de Dios y mira a los demás desde arriba, eso es una bofetada a la Encarnación del Verbo.

¿Qué puede significar para nuestra Iglesia un debilitamiento de las congregaciones religiosas?

Si eso implica categoría de poder, es bueno que la vida religiosa se debilite. Número y relevancia social no son criterios evangélicos. También las células cancerígenas se multiplican. La vida consagrada no puede buscar influencia y prestigio en la sociedad. Le basta con encarnar presencia humana y evangélica en las periferias. Es peligrosa la tentación de pertenecer al centro. Nuestros políticos nos enseñan que el poder es como el violín, se toma con la izquierda y se toca con la derecha.

En tu libro aparecen algunas referencias a tu experiencia misionera en Chile. ¿Qué podrías destacar de aquellos años y de aquella Iglesia?

Chile, el país de los no-iguales. Polarizado y además cuando llegué en dictadura, la madre de todas las pobrezas. Chilenos que tienen de sobra y chilenos que viven de sobras. El tener nos clasifica, nos separa de otros. Pero terminado el juego, rey y peón vuelven a la misma caja. En la Iglesia chilena pude hacer un master en vida con gente sencilla, algo que marcó mi vida. Me ayudó a asumir la pobreza como libertad, la castidad como ternura, y la obediencia como búsqueda compartida de lo que Dios quiere hoy.

Paladar de bienaventuranzas y compromiso con la realidad de hoy. ¿Qué exige esto a las personas consagradas en nuestros días?

El compromiso con la realidad exige interés por buscar a Dios más allá del ámbito de lo sagrado, donde viven los que lo tienen todo en contra. Una misión amplia para que Dios entre en el corazón de la gente no solo por la puerta de la iglesia. Si no enganchamos con la realidad de la vida, lo peor no será perder el tren de la historia, sino perder a Dios, que viaja en ese tren. Vida consagrada, que Dios te pille siempre entre los pobres de la tierra.

(Elías Pérez, EVD)

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