Homilía del cardenal Omella en el funeral de Mons. Juan del Río

En la mañana del sábado 30 de enero, en la Catedral castrense, se celebraba la Misa funeral por Mons. Juan del Río, fallecido el pasado jueves por complicaciones derivadas de su convalecencia al contraer la enfermedad de la Covid-19. Al finalizar la ceremonia, los restos mortales del arzobispo castrense recibían sepultura en el mismo templo.

El presidente de la Conferencia Episcopal Española, cardenal Juan José Omella, presidió la santa misa, que transcurrió conforme a las recomendaciones de aforo prescritas en pandemia. En la ceremonia también participaron el cardenal Carlos Osoro, arzobispo de Madrid; el cardenal Ricardo Blázquez, arzobispo de Valladolid; el cardenal Antonio Cañizares, arzobispo de Valencia; el cardenal Carlos Amigo, arzobispo emérito de Sevilla, y el nuncio de Su Santidad en España, Mons. Bernardito Auza, además de algunos obispos.

A la hora de pronunciar la homilía, el cardenal Omella aprovechó para traer a la memoria de los asistentes el lema episcopal de Mons. Juan del Río: “La obra de la justicia será la paz” (Isaías 32,17). «Él trabajó codo a codo con las Fuerzas armadas y de los Cuerpos de seguridad del Estado en esa hermosa labor humanitaria de poner paz y solidaridad en todos los lugares del mundo y de la sociedad», añadió el presidente de los obispos.

A continuación, reproducimos íntegra la homilía del cardenal Juan José Omella.

Homilía en el funeral de Mons. Juan del Río Martín, arzobispo castrense

Queridos hermanos y hermanas, todos habíamos intensificado la oración cuando tuvimos noticia de que nuestro hermano y amigo obispo Don Juan del Río, estaba enfermo. No ha sido la voluntad del Señor dejarlo un tiempo más con nosotros.

Este virus no perdona, no hace diferencias entre personas, condición social, religión, culturas, razas, etc. Este virus nos ha unido a todos en la fragilidad, nos ha recordado a todos nuestra condición vulnerable.

Queridos hermanos, la muerte es un misterio. Ante ella siempre nos hacemos preguntas como estas: ¿Por qué tenemos que morir? ¿Por qué ahora? ¿Por qué tan pronto? A esas preguntas el Señor siempre responde diciendo: Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre (Juan 11,25- 26).

Hoy, como pueblo de Dios que peregrina en España, en esta celebración de la Eucaristía por el eterno descanso de nuestro hermano Mons. Juan del Río, proclamamos con fe que Cristo ha vencido a la muerte, que el Resucitado vive y está en medio de nosotros, que en Él viven también, misteriosamente pero realmente, nuestros difuntos, y que en Él viviremos para siempre. Decimos con fe viva: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor, Jesús (de la Plegaria Eucarística).

Pero en estos momentos es bueno también recordar las preciosa Palabra de Dios recogida en el libro del profeta Isaias: «No temas, gusanito de Jacob, oruga de Israel, yo mismo te auxilio -oráculo del Señor-, tu Redentor es el Santo de Israel… Los pobres y los indigentes buscan agua, pero no la encuentran…. Yo, Yahvé, los escucho… Haré brotar ríos en cumbres peladas y vertientes en medio de los valles. Convertiré el desierto en lagunas y la tierra seca en manantiales». (Isaías 41:14.17.18).

Son palabras que consuelan y que nos resitúan allí donde debemos estar, en las manos de Dios. No somos dueños de casi nada, ni de la vida ni de la muerte, ni de la pastoral, ni de la labor evangelizadora. Todo está en manos del Señor y Él sabe sacar fuerza de la debilidad. Sólo nos pide que sepamos confiar en Él, abandonarnos a sus manos amorosas de Padre. Por eso decimos al Señor:

«Señor, dejamos en tus manos de Padre a nuestro hermano Juan del Río. Dale el descanso y la paz. Perdónale todos los pecados que por fragilidad haya podido cometer. Tú eres misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. Y dejamos en tus manos a sus familiares, amigos y compañeros, a todos sus amados sacerdotes de la archidiócesis castrense de España, a tantos miembros de las Fuerzas armadas y de los Cuerpos de seguridad del Estado que lo tenían como un padre o como un hermano mayor. Dales a todos ellos tu consuelo y tu paz. Que puedan experimentar lo que nos dices en el Evangelio: ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera’. Y te pedimos también por la archidiócesis castrense de España, por esta Iglesia que peregrina en medio de las tormentas, del sufrimiento, de la enfermedad, de la crisis económica, de la escasez de clero, de la fragilidad y de la pobreza. Que experimente también esa paz que tú les diste a los apóstoles, cuando se vieron zarandeados por las olas en medio del lago de Galilea. Tú les dijiste: ‘Hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?’ Danos la fe y la confianza en ti, que eres quien lleva y conduce la Iglesia a buen puerto».

Mons. Juan del Río había elegido como lema episcopal unas palabras del profeta Isaías: “Opus justitiae pax” (“La obra de la justicia será la paz”) (Isaías 32,17). Él trabajó codo a codo con las Fuerzas armadas y de los Cuerpos de seguridad del Estado en esa hermosa labor humanitaria de poner paz y solidaridad en todos los lugares del mundo y de la sociedad. Y estaba contento y orgulloso de ver que las Fuerzas armadas y de los Cuerpos de seguridad del Estado colaboran tanto en ayudar a vencer la pandemia y a paliar sufrimientos a través de la Cáritas Castrense que creó en sus años de pastoreo en este Arzobispado.

Ponemos junto al Cristo Resucitado el cuerpo de Mons. Juan del Río, nuestro hermano querido, y le pedimos que le dé la vida definitiva y le conceda gozar eternamente en su Reino.

Y le pedimos, también, que os conceda la paz, la esperanza y el consuelo a vosotros: sus familiares y amigos, a la familia Real, a todos los miembros de las Fuerzas armadas y de los Cuerpos de seguridad del Estado. Que el Señor os recompense por todo el cariño con el que habéis acompañado a vuestro arzobispo en la salud y en la enfermedad. Gracias por vuestro testimonio y vuestra generosa entrega.

Creemos que el Redentor vive, y que hemos de resucitar del polvo de la historia, y que nuestros propios ojos le contemplarán. Éste es nuestro consuelo. Ésta es nuestra firme esperanza. Éste es el misterio luminoso, el perfume intenso, la santa sábana en la que envolvemos los restos mortales de este pastor de la Iglesia, humilde trabajador en la viña del Señor.

Y quiero acabar con unas palabras muy hermosas de San Juan de Ávila, de quien era gran devoto Mons. Juan del Río por haberlo estudiado tanto a lo largo de su vida; palabras que podemos hacer nuestras, y que nos dicen lo que ha querido ser la vida de nuestro hermano y ojalá que nos sirvan de guía para nuestras propias vidas:

«Tú, Señor, lo sabes. No me turbaron las palabras de los que de mí murmuraban, de los que mal sentían y decían de mí y de los que me contradecían, porque yo te seguía a Ti, Pastor bueno, Pastor amoroso. Después que te seguí no deseé cosas de este mundo; no busqué favores de hombres ni riquezas que los hombres suelen desear, ni otra cosa que, según hombre, pudiera procurarme y desear. Tú, Señor, lo sabes que digo verdad, cuán de buena gana dejé todo lo que tenía y todo lo que pudiera tener por seguirte a ti, Señor mío, Pastor mío, Bien mío».

Descanse en paz.

+ Card. Juan José Omella Omella, Arzobispo de Barcelona

Presidente de la Conferencia Episcopal Española

Textos Bíblicos: Isaías 41:14.17.18 / Juan 11,25-26

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