Jornada de la Vida Religiosa: Laicos por las vocaciones religiosas

La celebración de la Jornada de la Vida Consagrada no es únicamente fiesta para la Vida Consagrada. Es fiesta eclesial. Es fiesta del pueblo de Dios. Como lo es el tejer la vida cotidiana de los religiosos y religiosas compartiendo el don carismático de sus Institutos Religiosos con tantos laicos y laicas tocados en las entrañas por el mismo Espíritu, enriquecidos por el mismo Carisma.

Laicos y religiosos dibujan un nuevo rostro de la vida consagrada. Todos comprometidos por el Evangelio, por la Misión, por las vocaciones. Todos en gratitud festejando con el Señor.

Araceli de los Ríos, miembro del Equipo de Misión Compartida de la CONFER, comparte en esta Jornada su reflexión sobre la vida religiosa:

“…su valor tiene que ver con … lo que la vida religiosa nos desvela del rostro de Dios y nos enseña… con el carisma que ha sido donado por el Espíritu a los fundadores. El carisma es una herencia que portan los llamados, los convocados a una vida consagrada para extender la misión. Su preservación y extensión es su responsabilidad, pero también la de quienes hemos encontrado en él nuestra propia espiritualidad, nuestro propio camino”.

A continuación se repodruce íntegro la reflexión.

Laicos por las vocaciones religiosas

La vida religiosa es portadora de un tesoro y, al mismo tiempo, la vocación religiosa es en sí misma un tesoro. Al menos esa es mi experiencia de estos años trabajando en una institución de la Compañía de Jesús en España.

Lo escaso es valioso por ser insuficiente para cuantas necesidades hay. En los últimos años esa escasez de religiosos y religiosas en las obras e instituciones de las congregaciones es aún más patente. Tuve la suerte de comenzar a trabajar cuando aún había tres comunidades de jesuitas en la provincia de Córdoba y en la Facultad disfrutábamos de la presencia y el trabajo de varios jesuitas.

Pero el valor de la vida religiosa no es una cuestión de escasez. Al menos para mí, su valor tiene que ver con dos cuestiones principales. En primer lugar, lo que la vida religiosa nos desvela del rostro de Dios y nos enseña. En segundo lugar, el carisma que ha sido donado por el Espíritu a los fundadores. El carisma es una herencia que portan los llamados, los convocados a una vida consagrada para extender la misión. Su preservación y extensión es su responsabilidad, pero también la de quienes hemos encontrado en él nuestra propia espiritualidad, nuestro propio camino.

De la vida religiosa he aprendido muchas cosas. La primera, que Dios llama, sin distinción, a santos y pecadores; todos sabemos de las debilidades de los miembros de la Iglesia. La segunda, que encontrar la vocación es encontrar una misión y que vocación y misión no sólo dan sentido a la vida, sino que son el camino para una vida feliz y en plenitud. Enumero algunas enseñanzas más.

Que cuando se encuentra la vocación se está dispuesto a renuncias o sacrificios. La vocación es un encuentro con el Amor y es amor; eso también lo vivimos muy claramente todos los que tenemos como vocación y misión la familia. Cuando de verdad se ama algo, la vocación, la misión, o a alguien, la realización de ese algo y la felicidad de ese alguien, importan más que la propia. En realidad, todas las vocaciones tienen rasgos comunes, pero en la vida religiosa el amor tiene un alcance más universal.

Que la vocación exige compromisos a largo plazo, pero ¿quién no quiere comprometerse en el tiempo con su felicidad? Que la vocación no es un camino libre de obstáculos y tentaciones, pero que la confianza y el compromiso todo lo pueden y la comunidad sostiene. Por cierto, nuestras tentaciones no son muy diferentes.

Que Cristo es el centro y que el compromiso con la misión y la fidelidad a la vocación son las formas que tenemos que mostrarle nuestro amor.

Que Dios es insondable y a cada uno se nos ha donado un atisbo de Él. Por eso, cuando compartimos la fe y/o la vida, y nos asomamos unos a las vidas de otros, nuestros atisbos de Dios se hacen más grandes. La fe nos hace más hermanos que la propia sangre y, por eso, la comunidad es familia. Entre los grandes tesoros de mi vida se encuentra la amistad con algunos religiosos y religiosas.

Dicen que en la Iglesia se abre un tiempo propicio para el laicado. Siempre he pensado que, lo que el Vaticano II inició respecto a la vida, compromiso y responsabilidad de los laicos dentro de la Iglesia, estaba aún por hacer. Tal vez, la escasez de vocaciones consagradas sea uno de los factores, no el único, que ha propiciado la llegada del Kairós, de ese tiempo propicio, para el laicado en la Iglesia.

No sé muy bien cuál será el alcance de este nuevo tiempo. Espero que sea un tiempo fecundo y que sepamos encontrar el lugar para cada uno y, especialmente, para las mujeres. Creo que hace falta una Iglesia con más “alma de mujer”. Lo que sí tengo claro son dos cosas. Por una parte, que sea un tiempo propicio para el laicado en la Iglesia no significa que ya no sea el tiempo para las vocaciones consagradas. Por otra, que, si los laicos somos llamados por el Espíritu a participar y comprometernos más activamente en la vida de la Iglesia, eso será para hacernos cargo, cargar y encargarnos de la misión de la Iglesia y de su realidad.

En lo que a misión de la Iglesia se refiere no entro; daría para mucho y me desviaría de lo que a través de estas palabras quiero compartir.

Me centro en la realidad de la Iglesia y, en concreto, de lo que quiero hablar es de que también los laicos debemos hacernos cargo, cargar y encargarnos de las vocaciones a la vida religiosa.

Hacernos cargo es tomar conciencia del tesoro de las vocaciones religiosas. Ser conscientes de que la reducción de las vocaciones religiosas y, en el peor de los casos, la desaparición de algunos institutos religiosos, serían y son una pérdida para la Iglesia, suponen un empequeñecimiento del pueblo de Dios. Decía San Ignacio que, si la Compañía desapareciera, le bastarían un rato de oración para recomponerse.

Nadie como Él para ejercitar eso tan difícil, la indiferencia ignaciana; sólo buscar y querer la voluntad de Dios. Pero que más bien, dado el caso, sería el buscar y querer aceptar las cosas como Dios las acepta. Permitidme que dude que en la voluntad de Dios esté que su Iglesia se empequeñezca y que los carismas, que el Espíritu tuvo a bien donar a su Iglesia, se pierdan. Disculpad el atrevimiento de hablar de Dios sin tener más formación que la que la oración me ha ido dando.

Intuyo que Dios acepta que algunas cosas pasen porque su amor infinito le llevó a donarnos la libertad. La libertad de los escogidos a una vida consagrada para no aceptar su invitación. La libertad de los que hemos sido llamados a otras vocaciones de hacernos sordos a su llamamiento de que esta es también nuestra responsabilidad.

Cargar con la falta de vocaciones a la vida religiosa y a la reducción de los institutos es acercarnos a ellos, comprometernos con nuestra obligación de un mayor conocimiento de su realidad, de su misión y de su carisma. Cargar también con sus debilidades, sin escandalizarnos porque sus pecados sean distintos a los nuestros. Por otra parte, cargar con nuestra responsabilidad, todos somos corresponsables de la falta de vocaciones consagradas. Carga con esta realidad como laicos tiene que ver con analizar qué valores y qué educación estamos trasladando a nuestros hijos, a los jóvenes, ¿qué deseamos para ellos?, ¿cómo son nuestros estilos de vida?, ¿qué tipo de relaciones mantenemos con las personas consagradas y cómo se vive esto en la familia, en el trabajo?

Finalmente, encargarnos como laicos de esa realidad supone poner en marcha iniciativas para preservar el tesoro de la vida religiosa, para ayudar en la promoción de vocaciones, para acompañar a los religiosos y religiosas en sus vidas, pero un acompañamiento que fortalezca su vocación, que la confirme, que les ayude a perseverar. Colaborar en el sostenimiento económico de las obras, de los seminarios y enfermerías; muchas congregaciones religiosas están pasando serios apuros económicos. Acompañar a los que se van haciendo mayores y van pasando a un segundo lugar. Entre mis amigos religiosos hay algunos muy mayores; la amistad de estos últimos es especialmente valiosa para mí, porque en el atardecer de la vida los atisbos de Dios se hacen más grandes.

Este testimonio pretende ser una humilde aportación en este encargo de promover las vocaciones religiosas. Es también o, sobre todo, expresión de amor y agradecimiento por tanto bien recibido en estos años. Finalmente, es un alegato a favor del compromiso de los laicos con las vocaciones a la vida religiosa. La vida religiosa también debe ocuparnos a los laicos. Cuántas campañas y cuántos hashtag circulan por las redes sociales dando visibilidad a causas más o menos importantes; este es el mío:

#laicosporlasvocacionesreligiosas

Araceli de los Ríos Berjillos

Secretariado de Misión Compartida de la Compañía de Jesús (Provincia de España)

Miembro de Misión Compartida CONFER

(Edición del texto pinchando en el siguiente enlace)

(CONFER)

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