Carta Pastoral de Mons. Amadeo Rodríguez Magro: «San José, amado de Dios, en la ternura filial de Jesús»

Queridos hermanos y hermanas:

  1. Celebramos el Año Jubilar de San José

Si me atrevo a escribir una carta pastoral sobre San José, después de la que tan profunda y bellamente ha escrito el Papa Francisco, es porque no me sentiría a gusto si no os invitase a celebrar, con especial devoción y cariño, el Año Jubilar de San José, que el Santo Padre nos ha regalado con ocasión de celebrarse los 150 años de que el beato Pío IX le declarara, el 8 de diciembre de 1870, Patrono de la Iglesia Católica. Mi intención, por tanto, no es otra que animar el fomento de la devoción a este querido y entrañable personaje de la historia de la salvación.

  1. El padre amantísimo de Jesús

Qué bien empieza la preciosa carta apostólica del Papa, que lleva por título “Con corazón de Padre”. Nos dice, ya de entrada, que fue así como José amo a Jesús, Patris corde. De ese modo quiere el Papa decirnos qué tipo de padre fue nuestro amado San José: el padre amantísimo de Jesús. En principio, como bien aparece en las no muchas palabras que le dedica el Evangelio, todo lo hizo abierto a la voluntad de Dios y muy unido a María, su esposa, a la que acompañó con sus desvelos paternos en la crianza y educación de Jesús. Desde que el Señor decidió que sería el esposo de María, José estuvo siempre donde tenía que estar e hizo lo que tenía que hacer. Cuando le llegó su hora, en cuatro sueños a iniciativa divina, fue conociendo las decisiones de Dios que, del mismo modo que María, guardaba todo en su corazón. También él llenó de santo silencio el suyo, y una vez que supo cuál era su misión, hizo bien lo que tocaba hacer con el Hijo, que crecía en sabiduría y en gracia delante de Dios y de los hombres. “Jesús, en realidad, necesitó de José para ser defendido, protegido, cuidado, criado” (Patris corde, 5).

  1. Le dio el oficio de carpintero al Hijo de Dios

En un humilde hogar de Nazaret, el carpintero va dejando su impronta personal en su hijo; hasta el punto de ser conocido, sobre todo por los que no llegaban a conocer la verdad total de su vida y misión, como el hijo de José “el carpintero”. Qué hermoso es para todos nosotros el saber que de él, Jesús aprendió el valor, la dignidad y la alegría de lo que significa comer el pan que es fruto del propio trabajo” (cf Pc, 6). El Papa Francisco hace en Patris Corde – que recomiendo vivamente que leáis – un itinerario humano y espiritual hacia el corazón de José y nos hace descubrir como, por él, se va plasmando en Jesús el amor de Dios y las mejores virtudes humanas, que luego aparecerán reflejadas en el quehacer y en el decir de la vida pública de Jesús. La paternidad de José se hará buena noticia en la misión de su hijo. En realidad, “José siempre supo que la suya era signo que evocaba una paternidad superior” (Pc, 7).

  1. José, ministro de la salvación

José, en la vida de Jesús, no fue “alguien que pasaba por allí y de pronto le llamaron para ejercer un oficio sin relieve en el misterio de la encarnación”; al contrario, fue verdaderamente “ministro de la salvación” (Juan Pablo II, Redemptoris custos, 8). Dios quiso que tuviera una participación preciosa en la historia de la salvación. De hecho, José no es un hombre que se resigna pasivamente. Es un protagonista paciente y fuerte (cf Pc, 4). Del mismo modo que María es elegida antes de su concepción, para ser corazón y el vientre que concibe y da a luz a Jesús, en Belén, en la casa del pan, en la humanidad; José tuvo otra elección y otra anunciación para su servicio al misterio de la Encarnación. Cada uno tuvo su modo y su momento de entrar “en el servicio de la economía de la salvación”. José fue llamado después de que María hubiera dicho su “sí”; y, desde ese momento, entró al servicio del misterio de la misión redentora del Hijo de Dios, que será su hijo mientras va creciendo en lo humano y lo divino.

José, sobre todo, fue poniendo en la vida de Jesús una preciosa impronta humana. De él heredó la realeza de la familia de David: él le dio la genealogía que le sitúa, siguiendo la lógica divina, en medio del pueblo de Israel que le esperaba.  José le enseñó a caminar y le tomaba en sus brazos: era para él el padre que alzaba a su hijo hasta sus mejillas, y se inclinaba hacia él para darle de comer (cf Os 11,3-4). Se puede decir que Jesús vio la ternura de Dios en José. “José era el hombre por medio del cual Dios se ocupó de los comienzos de la historia de la redención” (Pc, 5).

  1. José plasmó la humanidad en la vida de Jesús

Si María fue elegida para dar entrada a la divinidad en lo humano, y es la Madre de Dios, José fue elegido para plasmar con María la humanidad en la vida de Jesús. Como dice el Concilio Vaticano II: “El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado” (GS 22). Entre José y María cumplen la misión compartida de ser, con Jesús, la Sagrada Familia. Ambos hicieron de su vida un don total de sí mismos.

  1. José en la devoción del pueblo cristiano

Es por eso que San José ha sido siempre considerado por el pueblo cristiano un padre amado. Son inmensas las expresiones de devoción y amor hacia él en la vida de la Iglesia. De mil maneras sus huellas han estado y siguen estando presente en los corazones de los cristianos y son infinidad las instituciones que lo tienen como modelo y especial protector. Muy acertadamente, el Papa propone la confianza de los cristianos en José con la expresión “Ite ad Ioseph”. Él atenderá con generosidad y diligencia lo que le encomendemos sus hermanos, los seres humanos.

Pues bien, yo os invito a fomentar, a lo largo de este año, la devoción a San José y a poner ante su intercesión protectora todas nuestras necesidades personales y sociales, con una petición especial de que libre a toda la humanidad de la amenaza de la pandemia de la COVID-19. Personalmente, en familia y en la vida pastoral de las parroquias, actualicemos ese protagonismo del padre de Jesús en nuestra vida cristiana. Lo haremos recogiendo de la tradición devocional al bendito San José cuanto merezca la pena conservar, aunque necesite algo de renovación; pero también desde los organismos pastorales diocesanos recibiréis otros medios para acercarnos a su figura y poder, así, enriquecernos con su cercanía al Padre Dios, a Jesucristo el Salvador, a María y al Evangelio. Se ofrecerá también una asequible bibliografía.

  1. Peregrinos con San José

Os invito a que sea este un Año Jubilar de peregrinos, un tiempo que nos lleve al corazón y a la imagen de José. Como muy bien sabéis, siempre lo encontraremos con su esposa, y ambos con el Hijo. En la Santa Iglesia Catedral se ha situado, para que esté a nuestra espera y nos acoja, la hermosa imagen de San José, a la que tantas generaciones de cristianos giennenses le han rezado, como modelo e intercesor. Invito a que lo visitéis cuando vengáis por Jaén.  No dejéis de decirle algo con ese tono tierno y filial con que siempre nos dirigimos a él; porque José siempre nos recibe con ternura y amor. Si la pandemia, en algún momento nos lo permite, haremos algún acto diocesano especial en torno a San José Bendito. Su hermosa talla del siglo XVIII, de José de Medina Anaya, está expuesta en la capilla mayor a la veneración de los fieles. Recomiendo a cuantas parroquias tengan una imagen de San José, que la destaquen durante el Año Jubilar y en especial en los actos y fiestas a él dedicadas.

  1. Inspirados en su valentía creativa

De un modo especial, os pido que le encomendéis la vida de nuestra Iglesia diocesana. Como sabéis, estamos a punto de acabar el recorrido por nuestro programa de pastoral. Sois muchos y muchas, sacerdotes, consagrados y laicos, los que habéis entrado de lleno en cuanto hemos ido viviendo juntos en la experiencia sinodal en la que tantos hemos participado. Una vez que este curso finalice, si el tiempo y las circunstancias nos lo permiten, haremos una evaluación de todo el itinerario pastoral que hemos recorrido; pero lo haremos con una mirada generosa y siempre agradecida al Señor por todo cuanto nos ha dado; aunque no faltará una visión crítica y buscadora de nuevos caminos. Sobre todo, nos preguntaremos en qué tenemos que cambiar una vez que hemos descubierto por dónde hemos que ir y qué hemos de hacer para que se produzcan cambios necesarios.

Lo haremos siguiendo a San José, al que el Papa ha considerado el Padre de la valentía creativa. “Si la primera etapa de toda verdadera curación interior es acoger la propia historia, es decir, hacer espacio dentro de nosotros mismos incluso para lo que no hemos elegido en nuestra vida, necesitamos añadir otra característica importante: la valentía creativa”. Pues bien, será la creatividad misionera la que nos lleve a poner a nuestra Iglesia en un camino de purificación personal e institucional, en el que pondremos todos nuestra mirada en el Señor, para hacer siempre y en todas las cosas su voluntad, que no es otra que la libre, sincera y generosa colaboración en su plan de salvación.

  1. Compañero con María de nuestros sueños

Todo lo haremos bajo la protección de San José, que siempre hizo lo que el Señor le pedía sin temer a las consecuencias y ni siquiera a los chismes de quienes no hacen ni dejan hacer, y respondió en todo y con diligencia a los sueños en los que el Señor se le comunicaba. San José nos acompañará a nosotros en el sueño que nos ha movido estos años, el sueño misionero de llegar a todos.

Haremos el penúltimo intento de lanzarnos a una necesaria renovación de la Iglesia, poniendo la valentía creativa de José, para lograr ser una Iglesia en salida. Del mismo modo que José fue necesario para que el cielo interviniera en el comienzo de la historia de nuestra salvación de los últimos veinte siglos, ahora necesita de nosotros para la puesta al día de su acción salvadora en favor de la humanidad, que evidentemente está necesitando una acción valiente.

Sólo con valentía creativa seremos una Iglesia misericordiosa, fraterna, misionera, samaritana, servidora y en salida.

Bendito José,

encabeza nuestra marcha eclesial,

haznos caminar al ritmo de Dios y de Cristo,

para llegar siempre a tiempo

a las heridas de cada ser humano que nos necesite.

Únete en Jaén a tu esposa bendita

y os seguiremos a ambos sin titubear,

al menos una gran mayoría

de hombres y mujeres que

afortunadamente tienen entre nosotros

una fe viva, despierta, ágil y misionera.

 

Con mi afecto y bendición.

 + Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

Mons. Amadeo Rodríguez
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Mons. Amadeo Rodríguez Magro nació el 12 de marzo de 1946 en San Jorge de Alor (Badajoz). Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Badajoz, del que luego sería formador. Recibió la ordenación sacerdotal el 14 de junio de 1970. Su primer destino pastoral fue de coadjutor de la parroquia emeritense de San Francisco de Sales (1970-1974), de la que posteriormente sería párroco (1977-1983). Tras obtener la licenciatura en Ciencias de la Educación (sección Catequética) en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma (1983-1986), D. Amadeo fue nombrado por su Obispo, D. Antonio Montero, vicario episcopal de Evangelización y director de la Secretaría Diocesana de Catequesis (1986-1997), siendo también designado vicario territorial de Mérida, Albuquerque y Almendralejo; y finalmente vicario general (1996-2003). Fue además secretario general del Sínodo Pacense (1988-1992) y secretario de la conferencia de Obispos de la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz (1994-2003). En 1996 fue nombrado canónigo de la Catedral de Badajoz, cuyo cabildo presidió de 2002 a 2003. Realizó su labor docente como profesor en el Seminario, en el Centro Superior de Estudios Teológicos, en la escuela diocesana de Teología para Laicos (1986-2003) y de Doctrina Católica y su Pedagogía en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura (1987-2003). También formó parte del consejo asesor de la Subcomisión Episcopal de Catequesis de la Conferencia Episcopal Española. El 3 de julio de 2003 San Juan Pablo II le nombra obispo de Plasencia y recibe la ordenación episcopal en la Catedral de Plasencia el 31 de agosto de 2003. En la Conferencia Episcopal Española es el vicepresidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y presidente de la Subcomisión Episcopal de Catequesis desde 2014, de la que ya era miembro desde 2003. También ha formado parte de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias de 2005 a 2011. El 9 de abril de 2016 se hizo público su nombramiento como obispo de Jaén. Tomó posesión de su cargo el día 21 de mayo de 2016.