Carta pastoral de Mons. Agustí Cortés: Vida consagrada

Contemplando la bella escena de la presentación de Jesús en el Templo, recordamos especialmente en la Iglesia la Vida Consagrada y a nuestros hermanos mayores.

En la fiesta de la Presentación somos más conscientes de que el objetivo de nuestra vida, de toda la vida y de todos nosotros, es llegar a ser consagrados. Jesús oraba al Padre diciendo: “Por ellos me consagro, para ellos también sean consagrados… conságralos en la verdad, que es tu Palabra” (Jn 17,19) La palabra “consagrar”, en el Evangelio de San Juan, viene a ser sinónimo de “santificar, ser santo”, ser o pertenecer a Dios (único santo), una condición que se proyecta en el cumplimiento de los mandamientos (el amor) y en la misión. Así, aquello que hacen los religiosos, especialmente consagrados, profesando unos votos, en un acto consciente y libre, comprometidos para toda la vida, lo hacemos todos los bautizados a lo largo de nuestra existencia, más o menos conscientemente, según las vicisitudes que la historia nos depara.

Esto se ve claramente en la vivencia del amor. Los religiosos se comprometen a vivir el amor definitivo y absoluto ya, aunque todos hemos de acabar viviendo ese mismo amor mezclado con otros “amores”, con apoyaturas, compensaciones y con riesgos constantes. Llegados a la última etapa de nuestra vida nos hemos de preguntar cómo ha ido ese itinerario de amor, si llegamos a consagrarnos absolutamente a él.

Tiene sentido, pues, este fragmento de la oración que se propone para este día de la Vida Consagrada:

“Envíanos tu Espíritu, para romper las barreras que nos atan y empeñarnos en la construcción del sueño de una nueva fraternidad; que nuestras vidas sean signos proféticos, que derraman lo mejor de sí, para que este «mundo herido» recupere la savia del amor sincero”

Pedimos al Padre por la Vida Consagrada en la Iglesia. Pedimos, entre otros, cuatro favores:

– Romper ataduras. Es decir, un ejercicio de liberación personal respecto de todo aquello que impide amar y entregarse.

– Empeñarse en la construcción de la fraternidad. No cualquier fraternidad, sino aquella “nueva” que nace del sueño suscitado por la fe, según la cual somos hermanos, participando del mismo amor.

– Llegar a ser signos proféticos de donación de sí mismos, frente a la actitud de tantos que viven para ellos solos.

– Y así favorecer que el “mundo herido”, enfermo, recupere la savia del amor sincero, es decir, la fuerza vital que le permita reverdecer, crecer y dar fruto.

La Vida Consagrada, los miles de miembros especialmente consagrados en la Iglesia, constituye un potencial enorme de acciones e iniciativas a favor de la sociedad, particularmente de los más pobres. Pero, más allá del valor objetivo, estadístico, contable, de todas las obras, la Vida Consagrada es una fuerza revitalizadora del mundo y de la Iglesia, por el simple hecho de existir amando. Sea cual sea la edad, los trabajos, las circunstancias en que vivan las personas y comunidades concretas, cumplen con su misión ejercitando el amor del Espíritu. Este amor es la savia que hace vivir.

Todos en la Iglesia, especialmente los mayores en edad, hemos de entender esto. Los testigos–signos del amor sanan el mundo herido y hacen revivir la sociedad enferma. Esa es nuestra misión esencial y nuestro destino.

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.