Mons. Celso Morga: El camino equivocado de la eutanasia

El arzobispo de Mérida-Badajoz, Mons. Celso Morga, publica esta semana un artículo en la revista diocesana Iglesia en camino sobre la aprobación de la ley de la eutanasia el pasado 17 de diciembre por el Congreso de los Diputados.

A continuación, reproducimos el artículo íntegro:

Las Cortes españolas han aprobado una ley sobre la muerte dulce o “eutanasia”. Se define la eutanasia como la acción de provocar intencionadamente la muerte de una persona, que padece una enfermedad incurable para evitar que sufra. En el Congreso hubo aplausos por la aprobación de la ley. Se trata de un asunto tan serio y grave, que es necesario acercarse con inmenso respeto, incluso temblor, porque hay situaciones y sufrimientos que son muy difíciles de aceptar y llevar adelante tanto para el enfermo, como para su familia. Todos estamos en la misma barca y a todos nos puede pasar.

Mi intención con este artículo es simplemente ayudar a preguntarnos si el camino emprendido por las Cortes españolas es el aconsejable humanamente, si es el camino recto o, por el contrario, es un camino equivocado.

Comienzo por lo fundamental. Es incuestionable: en la base de esta ley hay una forma de concebir la libertad humana, que consiste en pensar y actuar como si el ser humano fuera el fin de sí mismo, el único artífice y creador de su propia historia. Es una forma de concebir la libertad humana, en el fondo, “individualista”. Mi “yo” es absoluto. A nadie debo rendir cuentas, sino a mí mismo. Con este modo de pensar “los derechos” se multiplican y los deberes disminuyen.

Es necesario y urgente que reflexionemos dónde puede conducirnos este modo de pensar y concebir la libertad humana. No es difícil deducir que nos conduce, como sociedad, a que prevalezca la ley del más fuerte. Por ser una forma de pensar en el fondo “individualista” nos lleva de la mano a la sospecha, a no fiarnos del otro, porque, en cualquier momento, el otro querrá prevalecer sobre mí y someterme a su voluntad. Este tipo de leyes quitan seguridad en la sociedad, en “los otros”, en los médicos, en el personal sanitario, en los hospitales y, lo que es más penoso, en los miembros de la propia familia.  Al afirmar que se trata de un derecho individual que se ejercita si la persona lo quiere se ignora que la persona puede tener muy disminuidas sus facultades para ejercer un acto de libertad tan decisivo para él mismo y se olvida que cada persona forma parte de una comunidad y el ejercicio de este supuesto pone en peligro la seguridad de la comunidad entera.

Además, este tipo de leyes se deslizan siempre por un terreno inclinado que, con el paso del tiempo, conduce a ampliar siempre más los supuestos previstos por la propia ley o a interpretarla siempre de forma más libre por parte de los “otros”. Todos sabemos que es así por la experiencia que tenemos de nuestra propia naturaleza humana inclinada a las soluciones más fáciles.

Por el contrario, la forma de concebir la libertad auténticamente humana parte de la base que no somos artífices ni creadores absolutos de nuestra propia historia; que hay en el fondo mismo de nuestra libertad una ley que nos impulsa a “hacer el bien y evitar el mal”, que nos ordena “no matar”. Se trata de una ley universal e inmutable, que la persona no puede cambiar por mucho que se esfuerce. Ello nos indica que no es la persona humana la creadora de su propia libertad. También nuestra libertad tiene un límite en la libertad de los “otros”.  Formamos parte de un tejido que es la comunidad humana; no podemos ejercitar nuestra libertad sin tener en cuenta el bien de los demás, el bien común.

Para finalizar, dos apuntes más que me llevan a concluir que esta ley es un camino equivocado. Ciertamente, hay sufrimientos atroces e insufribles y además sin esperanza de curación con la ciencia médica actual. Se entiende bien que los familiares más cercanos, llevados de la compasión, puedan querer poner fin a esos sufrimientos con la muerte del ser querido, si él además lo quiere. Pero para resolver estos casos, que siempre serán pocos con respecto al conjunto de la sociedad, no es el camino acertado cambiar la ley porque la ley debe buscar el bien común. Para esas situaciones tan graves, deben ser los jueces quienes, aplicando la ley al caso concreto, juzguen sobre las circunstancias eximentes que deben atenuar la pena o, en algún caso muy extremo, incluso suprimirla. Por último, con esta ley, ¿no estamos favoreciendo una forma de afrontar el sufrimiento humano que, de algún modo, retarda o no ayuda a la investigación médica para paliar dicho sufrimiento? A mi entender, con esta ley se ha emprendido el camino más fácil, pero con graves consecuencias en el plano moral por no estar a la altura de la dignidad humana.

+ Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

Mons. Celso Morga Iruzubieta
Acerca de Mons. Celso Morga Iruzubieta 87 Articles
Mons. Celso Morga Iruzubieta nació en Huércanos, La Rioja, el 28 de enero de 1948. Completó sus estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Logroño y fue ordenado sacerdote el 24 de junio de 1972. Posteriormente, cursó la licenciatura en Derecho Canónico en la Universidad de Navarra, donde obtuvo el Doctorado en 1978.morga_iruzubieta_celso Más tarde desarrolló su labor pastoral en diversas parroquias de La Rioja y fue vicario judicial adjunto del Tribunal Diocesano entre 1974 y 1980. Ese año se trasladó a Córdoba (Argentina) para impartir la docencia de Derecho Canónico en el Seminario Archidiocesano. También ejerció de juez en el Tribunal Eclesiástico y de capellán de un colegio religioso. A su regreso a España en 1984, le nombraron párroco de San Miguel, en Logroño, y en 1987 fue llamado a Roma para trabajar en la Congregación para el Clero, el dicasterio vaticano que se ocupa de los asuntos que se refieren a la vida y ministerio de 400.000 sacerdotes católicos en todo el mundo. Allí ha trabajado de jefe de Sección y, desde noviembre de 2009, de subsecretario, cargo que ha ocupado hasta su nombramiento de secretario y Arzobispo titular de Alba Marítima, siendo ordenado obispo por el Papa Benedicto XVI en la Basílica de San Pedro el día 5 de febrero de 2011. Además de su responsabilidad en la Curia Romana, Mons. Celso Morga ha desarrollado una intensa labor pastoral en diversas parroquias de la capital italiana, entre ellas la parroquia de los Santos Protomártires Romanos. Es autor de algunos libros de teología espiritual y ha publicado varios trabajos sobre la vida y el ministerio de los sacerdotes, en L’Osservatore Romano y otras revistas. En la Conferencia Episcopal Española es miembro, desde noviembre de 2014, de la Comisión Episcopal del Clero.