Carta pastoral del Cardenal Ricardo Blázquez: Año Nuevo y Eutanasia

Comenzar un año nuevo, en medio de la amenaza a la salud y la vida a causa de la pandemia que venimos padeciendo desde hace tanto tiempo, es motivo particular de acción de gracias a Dios. ¡Feliz Año Nuevo! Deseo a todos, la bendición de Dios en forma de paz, de salud y de protección; con palabras de la Liturgia del Año Nuevo: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz” (Núm 6, 24-26). Damos gracias a Dios mirando al pasado y confiamos en Él mirando al futuro.

Junto al motivo de acción de gracias y esperanza, tenemos una triste noticia porque es una amenaza para la vida de las personas que tiene su origen en la “cultura de la muerte” (Juan Pablo II). Me refiero a la inminente aprobación de la Ley Orgánica de regulación de la eutanasia. Las circunstancias en las que esta ley ha sido gestada sontambién motivo de tristeza y de inquietud. Ha sido preparada durante la pandemia, que llenaba nuestra vida de sufrimiento y de incertidumbre. A toda prisa, sin diálogo público ni discusión en la sociedad se ha preparado una ley tan delicada y de tanta trascendencia moral. Hay, además, una coincidencia particularmente hiriente, a saber, en la proximidad de la Navidad y del Año Nuevo, celebraciones luminosas y entrañables, cuando la pandemia desafía a todos, es aprobada la ley. Navidad, que es la fiesta de la vida, se ha convertido en nubarrón de muerte, ya que la vida es un don y la eutanasia un fracaso. Navidad es una fiesta de ternura y no de miedo.

El mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2021, trata sobre “la cultura del cuidado como camino de paz”. El cuidado tiene fundamentos bíblicos elocuentes para “la promoción de la dignidad de toda persona humana, la solidaridad con los pobres indefensos, la preocupación por el bien común y la salvaguarda de la creación”; pues bien, este mensaje está mezclado con la amargura de la Ley de la eutanasia. En lugar de legislar sobre los “cuidados paliativos” para que nadie muera con dolor, se aprueba una ley sobre la eutanasia. En lugar de eliminar el sufrimiento en la medida de lo posible se suprime a la persona. Recordamos la nota de la Conferencia Episcopal del 11 de noviembre (texto íntegro en las págs. 10 y 11 de IEV): “Urgimos la promoción de los cuidados paliativos, que ayudan a vivir la enfermedad grave sin dolor y al acompañamiento integral, por lo tanto, también espiritual a los enfermos y a sus familias. Este cuidado alivia el dolor, consuela y ofrece la esperanza que surge de la fe y del sentido de toda vida humana, incluso en el sufrimiento y la vulnerabilidad”. No entendemos cómo en lugar de legislar sobre los cuidados paliativos se abre el camino a infligir la muerte. Aprendamos de Jesús que nos enseña a estar cerca de los enfermos, de los vulnerables, de los pobres, de los pecadores. ¡Que nos haga ministros de consuelo!

El Diccionario de la Lengua Española define la eutanasia con los siguientes términos: “Acción u omisión que, para evitar sufrimiento a los pacientes desahuciados, acelera su muerte con su consentimiento o sin él”. El Estado en lugar de defender la vida humana pasa a ser responsable de la muerte infringida; y la profesión médica llamada en lo posible a curar o al menos aliviar, en cualquier caso, a consolar y nunca a provocar intencionadamente la muerte, queda herida en su dignidad. Se produce con la Ley de la eutanasia un vuelco en los fines del Estado y en la profesión médica. La palabra griega eutanasia compuesta de “eu” (bien) y “zánatos” (muerte) se suele traducir como muerte “digna” o muerte “dulce”, es decir indolora. Ocultan las traducciones lo que realmente acontece; es un eufemismo para no decir que es una muerte provocada o causada. Muerte digna, podemos decir, es la muerte de la persona rodeada del afecto de la familia, sostenida por el sentido de la vida y de la muerte, entrelazando las manos y compadeciendo con el corazón. Si se utilizan los cuidados paliativos, no se puede decir que muera en medio de dolores atroces e insoportables. Se comprende que cuando una persona enferma percibe que a sus familiares está resultando un peso se halle en una situación muy delicada y ceda a la presión. En este trance pidamos al Señor que nos sostenga en la fidelidad a la verdad del hombre y nos otorgue auténtica compasión del enfermo y de la familia.

Despenalizar con una ley la eutanasia es entrar en una especie de tobogán: Al principio se despenaliza, se pasa a continuación a legitimarla entendiéndola como un derecho (así ha ocurrido con la ley del aborto), se acepta socialmente, introduciendo en este descenso una pérdida de la estimación ética de la dignidad de la persona y de su vida. Pierde calidad humana y altura moral la sociedad. La aprobación de una Ley sobre la eutanasia no s signo de respeto a la dignidad personal y a su libertad sino descenso en su estimación. Hay decisiones que tienden hacia la alturadignificadora y otras son degradantes, unas retroceden en la historia y otras abren futuro. Pero para discernir el sentido del movimiento el criterio es la auténtica dignidad de la persona, que es la misma desde la concepción hasta el ocaso, siendo niño y anciano, persona superdotada o del común; las circunstancias no disuelven la dignidad de la persona. Medir el sentido de la vida humana por el vigor, la belleza, la eficiencia, la rentabilidad, la edad… conduce a “cosificar”, “mecanizar” o “animalizar” a la persona. La persona posee como tal una dignidad que nadie puede otorgar ni sustraer, apoderarse de ella o avasallarla, sino cuidarla y defenderla. Los hombres no tenemos autoridad para decir qué vidas custodiar siempre y en qué vidas intervenir hasta causar intencionadamente la muerte. La ampliación de la expectativa de vida en nuestras latitudes ha sido una conquista, de la que todos podemos beneficiarnos. ¿Estamos cansados de esta ampliación en nosotros y en los demás?

Vuelvo al comienzo: A todos deseo, feliz “año de gracia del Señor” 2021.

+ Cardenal Ricardo Blázquez

Arzobispo de Valladolid

Card. Ricardo Blázquez
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Don Ricardo Blázquez Pérez nació en Villanueva del Campillo, provincia y diócesis de Ávila, el 13-4-1942. Realizó sus estudios en los seminarios Menor y Mayor de Ávila (1955-67) y fue ordenado presbítero el 18-2-1967. Obtuvo el doctorado en Teología por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1967-72) y también estudió en universidades alemanas. Sus 21 años de ministerio sacerdotal se centraron en la actividad docente. Fue secretario del Instituto Teológico Abulense (1972-76), profesor (1974-88) y decano (1978-81) de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, así como vicerrector de la misma. El 8-4-1988 fue elegido obispo de la iglesia titular de Germa di Galazia y nombrado obispo auxiliar de Santiago de Compostela, recibiendo la ordenación episcopal en esa catedral el 29 de mayo siguiente de manos de D. Antonio María Rouco Varela. El 26-5-1992 fue designado obispo de Palencia y el 8-9-1995 obispo de Bilbao. El 13-3-2010 se hizo público su nombramiento por el papa Benedicto XVI como 14.º arzobispo metropolitano y 40.º obispo de Valladolid, sede de la que tomó posesión el 17-4-2010. Desde marzo de 2014 es el presidente de la Conferencia Episcopal Española, organismo del que ya fue presidente entre 2005 y 2008, y vicepresidente entre 2008 y 2014; anteriormente, fue miembro de la Comisión para la Doctrina de la Fe (1988-93) y de la Comisión Litúrgica (1990-93), y presidente de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (1993-2002) y de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales (2002-05), así como Gran Canciller de la Universidad Pontificia de Salamanca (2000-04). El papa Francisco le creó cardenal en el consistorio del 14-2-2015, con el título de Santa Maria in Vallicella, y le nombró miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (2014), de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Consejo Pontificio de la Cultura y de la Congregación para las Iglesias Orientales (todos en 2015) y de la comisión cardenalicia para la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (2016). Además de colaborar en la redacción de muchos documentos de la Conferencia Episcopal Española, son reseñables sus siguientes publicaciones: La resurrección en la cristología de Wolfhart Pannenberg (1976) Jesús sí, la Iglesia también (1983) Jesús, el Evangelio de Dios (1985) Las comunidades neocatecumenales. Discernimiento teológico (1988) La Iglesia del Concilio Vaticano II (1989) Tradición y esperanza (1989) Iniciación cristiana y nueva evangelización (1992) Transmitir el Evangelio de la verdad (1997) En el umbral del tercer milenio (1999) La esperanza en Dios no defrauda: consideraciones teológico-pastorales de un obispo (2004) Iglesia, ¿qué dices de Dios? (2007) Iglesia y Palabra de Dios (2011) Del Vaticano II a la Nueva Evangelización (2013) Un obispo comenta el Credo (2013)