Beato Lolo: una Navidad de rodillas

El beato Manuel Lozano Garrido, “Lolo”, del que este año se está celebrando su centenario, escribió en la revista “Enfermos misioneros”, de Obras Misionales Pontificias, una serie de artículos bajo el título genérico “Dios habla todos los días. Diario de un enfermo”. Los que reproducimos en estas páginas fueron publicados en la Navidad de 1961

NOCHEBUENA

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Día 24. Son las seis de la tarde del 24 de diciembre. Te hablo, pues, Cristo, a una hora en que ya están puestos todos los belenes del universo. Tal vez quede una mujer que barre los recortes de musgo, mientras otra  extiende su mantel y cuida la sopa de almendras. Por las aceras van los hombres con la alegría de las pagas extraordinarias y en la calle de abajo se ha sentido la explosión de la primera zambomba.

Oración de un garbanzo negro

A las seis de la tarde del 24 de diciembre, quiero que te alcance, a su vez, la oración de un hombre que ha de cenar con sol y comida de régimen, a lo más sin otro símbolo de fiesta que una leve estrella de purpurina. Te hablo horas antes de una noche en la que mi oración sin cantares habría de presentarse ante Ti como un garbanzo negro.

Pero si hay algo que te pueda doler más que la dureza de los posaderos y la aberración infanticida de Herodes, es un pensamiento de encasillar tu mensaje. La alegría es también para los hombres doloridos de hoy desde que a Ti se te perpetuó la sonrisa entre olores de establo y paredes de arenisca. Eres tan nuestro hoy, de las criaturas del  automatismo y de los hombres inútiles, como de los carpinteros y los pergaminos de tu tiempo. De aquí que no se nos pueda escabullir entre mazapanes y panderetas la sustancia roja de la Navidad. Tus lindas manos de muñeco y de serafín te las trabajaron ya en la primera noche los martillos y los clavos del desprecio y la ingratitud. He aquí la Cruz, el patíbulo de los ladrones, entreverando los trabajos de José, los silencios de María y tus jugarretas infantiles. Y también la alegría, como una linfa de la sangre. La Cruz y el revuelo de ángeles también hoy, entre antenas  de televisión y radares.

A las seis de la tarde del 24 de diciembre, mi voluntad de, en  lo sucesivo, ir podándote de fríos y fiestas brillantes, hecho carne en las fechas de calor y de tormenta, en mangas de camisa o con jersey. De cara al puré de patatas  y el pescado cocido de esta noche te digo que ya quiero ir viéndote, niño sonrosado, en las figuras de los hombres que huelen a sudor de trabajo o llevan un lío de necesidades en la frente; en los solos, los sin patria, los hambrientos, los tristes; en todos los que tienen en la vida la misma marca de humillación con que Tú estrenaste una partida de nacimiento. Nochebuena también con persecución racial, campos de concentración y control de natalidad. Encarnación siempre, al ritmo de los sucesos y de las estaciones.

AÑO NUEVO

(Escúchalo en audio aquí)

Día 31. Una, dos, tres, cuatro, cinco…  ¿Las oyes, mi Cristo? También para mí han sonado las campanadas de un Año Nuevo. Sin uvas, sin champán, estoy a su vez en la cima de la pirámide de diciembre, partiendo en dos los latidos: unos que se quedan atrás y se archivan como las figuras de cera; otros que se van hacia adelante con un eco de mar en caracola y el sabor de las frutas enceradas. Como todos, yo también vivo mi hora de liquidación, el sabor agridulce de unas cuentas que saldan mi cosecha. Junto a Ti, mi Cristo, vengo a sudar a la vez la revisión de mis heridas y el encono del porvenir, porque de Ti he aprendido que toda Cruz tiene un prólogo de Huerto de los Olivos y un broche triunfal de día de Resurrección. De lágrimas o de angustias, yo puedo hacer una buena recapitulación. De méritos y de victorias, Tú puedes barajar una inmensa antología. Y juntos, sí que gano.

Fíjate en lo que pudo dar de sí este año: Una pulmonía, dos transfusiones, dos nefritis, 460 inyecciones, dos gripes, tres catarros, la inutilidad progresiva de la garganta, el dolor casi continuo de los ojos, un despido en la vivienda, la pesada atmósfera de recortes económicos…

Este es el saldo de lo mío, aparentemente luctuoso, pero a la hora de tirar de la raya, ya vas Tú y acercas la nota de tus dones y ya todo es brillante. Así, a cada hora hay que abrirle el hueco de tu ancha evidencia. La soledad de una criatura  -esta mía-  es mentira desde que Tú te vienes sentando en sillones de ruedas o junto a los pies de mi cama. Y bien está, si como muestra vale con un botón. A ver entonces si yo no puedo alzar mi corazón, como si fuera una copa de champán, y añadir mi alegría al estruendo de todas las plazas.

De cara al futuro, quiero dejar también aquí una decisión de caminar con energía porque voy a Ti. Siento que es hermosa la cumbre de esta noche porque en la otra punta se te ve inundado de soles y derramando savias dulces. Sé que, en lo sucesivo, del calendario no cabe esperar más que una activación de maleficios, pero apenas importa, porque lo de menos es el eco de las palabras. Tu consejo, tu presencia, tu vida, han de inundar el corazón a cada minuto hasta ponerlo en vilo e ir por la vida con la misma levedad de un pájaro.

Ahora es madrugada y hay estrellas, pero yo sé bien que a las doce de la noche de un 3l de diciembre, la verdad es que amanece sobre mi vida.

CARTA DE REYES MAGOS

Día 4. En mi carta de Reyes te pongo estas dos cosas: Quiero poder apurar extremadamente la fe y vivir rabiosamente la esperanza.

Aunque no hubiera palpado nunca tu figura y jamás dictaras tu palabra; aunque se conjurara todo el mundo y pintaran en el cielo con “Sputnik” y “Pioneer” la renuncia de tu nombre, habría de sacar fuerzas para ir saltando con el pecho abierto para que en él vieran todos tu silueta de triunfo, que fuimos arañando entres dolores y glorias, que sepa la tristeza que a cada minuto de angustia le corresponde una liberación. Por un hombre que acepta, cinco más son liberados. Cada lágrima, vale por una carcajada; un dolor, por un consuelo; la noche, por un mediodía; el silencio, por el clamor íntimo de una ternura que tiene tu raíz palpitante. Así es la fe que mendigo.

Como también la esperanza. Esperar es tener los brazos hacia arriba, con las manos abarquilladas, y seguir así aunque nos golpeen los nudillos con furia. Esperar es sentirse poca cosa y, pese a todo, mirar con expectación a una puerta del cielo que ya se nota que chirría y detrás está tu corazón abierto, jugoso y dulce como un racimo de uvas recién estrujadas. Esperar es caminar siempre, porque uno apuntó ya en la agenda de su frente la gran cita del único Amor que no se interrumpe; sentir una rabia en el corazón y combatir hasta apoyar la frente sobre la inmensa ternura que late tras del cielo del corazón.

Así pido a los Reyes mi fe y mi esperanza.

(Diócesis de Málaga)

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