Una Navidad que celebra la vida y la esperanza

Sucedió en aquellos días que salió un decreto del emperador Augusto, ordenando que se empadronase todo el Imperio. José subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta. Mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada. 

En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: «No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. (Lucas 2, 1-11)

En medio de la noche nació Cristo, la luz del mundo, la gracia de Dios para todos los hombres.

Cada año vuelve a nacer en cada uno de nosotros para traernos Esperanza. Y ahora, especialmente en las familias que sufren por la pérdida de un ser querido o por necesidades económicas. El niño vuelve a nacer para unirnos en el Amor, aunque las circunstancias obliguen a estar separados.

Es tiempo de Navidad, de celebrar la encarnación del Señor, su humilde nacimiento en Belén, anunciado a los pastores.

Que haya sitio para Él en nuestro corazón.

 

El tiempo de Navidad

El tiempo de Navidad comienza con las vísperas del 24 de diciembre y se prolonga hasta la Fiesta del Bautismo del Señor, el próximo 10 de enero.

  • Natividad del Señor(25 de diciembre)
    Nace Jesús, el Salvador, para anunciar la Buena Nueva.
  • San Esteban, protomártir(26 de diciembre)
    Primero de los discípulos del Señor que en Jerusalén derramó su sangre.
  • Fiesta de la Sagrada Familia(Domingo dentro de la Octava, este año el 27 de diciembre)
    Se celebra el santo núcleo familiar en el que «Jesús crecía en sabiduría, edad y gracia ante Dios y ante los hombres».
    Jornada de la Sagrada Familia 2020: “Los ancianos, tesoro de la Iglesia y la sociedad”
  • Santos Inocentes(28 de diciembre)
    El martirio de los Santos Inocentes, cuya sangre fue derramada a causa del odio a Jesús y del rechazo de su reino por parte de Herodes.
  • Santa María, Madre de Dios (1 de enero)
    Memoria de la maternidad divina, virginal y salvífica de María.
    También se celebra la Jornada Mundial por la Paz.
  • Santísimo nombre de Jesús (3 de enero)
    Ocho días después de su nacimiento, el hijo de María recibió el nombre de Jesús, que significa Salvador.
  • Epifanía del Señor(6 de enero)
    La manifestación a los Magos, “venidos de Oriente» (Mt 2, 1), primicia de los gentiles, que en Jesús recién nacido reconocen y adoran al Cristo Mesías.
  • Fiesta del Bautismo del Señor(10 de enero)
    En su bautismo, Jesús es revelado por el Padre como el «Hijo amado, en ti me complazco» (Ev.).

 

Comentarios lecturas domingos y festivos

Natividad del Señor, misa de medianoche (25 de diciembre)

En medio de la noche nació Cristo, la luz del mundo, la gracia de Dios para todos los hombres. Y esta primera venida en la humildad del pesebre es una llamada a vivir sobria, justa y piadosamente, aguardando la dicha que esperamos: su segunda venida, «la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo» (2 lect.). El Hijo de Dios, al asumir la naturaleza humana, nos ha unido a la naturaleza divina de modo admirable (cf. orac. sobre las ofrendas). Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Que haya sitio para él en nuestro corazón. Viviendo santamente, podremos llegar un día a la perfecta comunión con Cristo en la gloria (cf. orac. después de la comunión).

Natividad del Señor, misa del día (25 de diciembre)

El Verbo, el Hijo de Dios, se hizo carne y habitó entre nosotros (Ev.). Es el niño que ha nacido, compartiendo nuestra condición humana, para que podamos compartir su condición divina (cf. 1.ª orac.). Es la salvación de nuestro Dios que todos verán (cf. 1 lect. y sal. resp.). Dios nos ha hablado por medio de su Hijo (2 lect.). A partir de ahora será ese Verbo de Dios el que tendremos que recibir y escuchar llenos de fe y así podremos ser en verdad hijos de Dios. En la eucaristía el Salvador sigue comunicándonos su vida divina y abriéndonos el camino para participar del don de su inmortalidad (cf. orac. después de la comunión).

Domingo. Fiesta de la Sagrada Familia (27 de diciembre)

La familia, basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, es núcleo fundamental de la sociedad y de la Iglesia. Por eso, el Hijo de Dios quiso nacer y crecer en el seno de una familia con María y José (cf. Ev.). Una familia que se distinguía por su fe y su amor a Dios y por sus virtudes domésticas, que nosotros queremos imitar para gozar un día de los premios eternos en el hogar del cielo (1.ª orac.). Así, la familia cristiana debe estar basada en el amor y en el respeto mutuo entre los esposos y de ambos hacia los hijos, que deben honrar a sus padres. «Iglesia doméstica», donde se transmite y vive la fe.

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios (1 de enero)

Para afirmar que la Virgen María es Madre de Dios, partimos de la fe de que el que nació de ella es el Hijo, enviado por el Padre para que recibiéramos la adopción filial (cf. 2 lect.). Jesucristo es Dios y Hombre verdadero. En su persona están unidas la naturaleza divina y la naturaleza humana. Por otra parte, el Evangelio nos presenta la circuncisión del Niño Jesús, a los ocho días de nacer. Un rito por el que los niños varones entraban a formar parte del pueblo de Israel y en el que Cristo derramó su primera sangre por nuestra salvación. La 1 lect. nos presenta la fórmula de bendición a los israelitas, muy adecuada para el comienzo del año.

Domingo II después de Navidad (3 de enero)

El segundo domingo de Navidad nos ofrece la posibilidad de seguir contemplando el acontecimiento del Verbo hecho hombre; de hecho, se proclama el mismo evangelio que el día de Navidad. Además, las lecturas nos ofrecen la contemplación de la Sabiduría de Dios personificada en Jesucristo, que pone su tienda en medio de su pueblo (1 lect.) y nos recuerdan que, gracias a la encarnación y nacimiento del Señor, todos podemos ser hijos de Dios (2 lect.).

Solemnidad de la Epifanía del Señor (6 de enero)

En este día celebramos la manifestación de Jesucristo como Salvador de todo el mundo y no solo del pueblo judío. Esto ya fue profetizado en el Antiguo Testamento: «Se postrarán ante ti todos los pueblos de la tierra» (cf. 1 lect. y sal. resp.). Y se cumplió con la venida de los Magos de Oriente, que adoraron al niño en brazos de María, su madre. Así, «ahora ha sido revelado que los gentiles son coherederos» (2 lect.). Cristo es luz de las gentes y, a través de la Iglesia, sigue iluminando a todos los hombres con su claridad, mediante el don de la fe que debemos seguir extendiendo, evangelizando por todo el mundo.

Domingo. Fiesta del Bautismo del Señor (10 de enero)

Con esta fiesta termina el ciclo litúrgico de Navidad-Epifanía. Hoy, en su bautismo, Jesús es revelado por el Padre como el «Hijo amado, en ti me complazco» (Ev.). Y es ungido por el Espíritu Santo, que descendió en forma de paloma, para ser reconocido como Cristo, enviado a evangelizar a los pobres (cf. Pf.). Y así, pasado el tiempo del bautismo de Juan, nosotros hemos sido bautizados por Cristo con el Espíritu Santo por el que somos hijos de Dios. Pidamos al Padre que escuchemos fielmente la palabra de su Unigénito, para que de verdad nos llamemos y seamos hijos suyos (cf. orac. después de la comunión).

Fuente: Calendario Litúrgico-Pastoral 2020-2021

 

El tiempo litúrgico de Navidad: “Admirable intercambio”

El Misterio que vamos a celebrar y a vivir: la Navidad del Señor, segundo polo en importancia del Año Litúrgico después de la Pascua.

Seguramente, al ver el título que encabeza estas líneas, se nos vengan a la cabeza los regalos, la alegría y el bullicio de las fiestas que se acercan, aun a pesar de la pandemia que, inevitablemente, cambiará nuestro modo de vivirlas, al menos este año. Pero no. “Admirable intercambio” es una expresión que aparece en las oraciones de este tiempo y que nos centra en el Misterio que vamos a celebrar y a vivir: la Navidad del Señor, segundo polo en importancia del Año Litúrgico después de la Pascua.

Para entenderlo, leamos la oración colecta de la misa del día de Navidad, probablemente escrita por el papa San León Magno hace más de mil quinientos años: «concédenos compartir la vida divina de aquél que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana».

Para qué nace Jesús

Cristo ha tomado nuestra naturaleza para que nosotros podamos participar de la naturaleza de Dios. Lo verdaderamente importante de la Navidad, por tanto, es el para qué nace Jesús. En ese sentido la Navidad mira al Misterio Pascual de Cristo, a su muerte y resurrección, donde se consuma ese intercambio y se nos da gratuitamente el don de la redención y el de la filiación adoptiva. Si estamos atentos, esta idea irá resonando en todas y cada una de las fiestas de este tiempo: Navidad, Sagrada Familia, Santa María Madre de Dios, Epifanía y Bautismo el Señor.

Esta clave es importantísima para vivir las celebraciones de estos días con una hondura espiritual. Se trata de reconocer lo que somos, nuestra pequeñez y nuestra debilidad, para ponerla en manos de Dios por medio de este Niño que nace, signo por excelencia que realiza la presencia de Dios en medio de su pueblo: el Emmanuel, el «Dios-con-nosotros». No puede haber Navidad sin un corazón humilde y agradecido que acoja, a modo de nuevo pesebre, el don de Dios.

Una auténtica fraternidad

Con esta base, podemos vivir la Navidad también a un nivel más afectivo, quizás identificándonos con los personajes, ayudados por el Belén, por los villancicos, por el ambiente festivo… Incluso podremos vivirla a nivel familiar y social, desde una auténtica fraternidad, más allá de derroches excesivos y clichés que la desnaturalizan y que poco tienen que ver con el Misterio que se celebra. Sin ese fundamento, nuestra vivencia de la Navidad sería necesariamente superficial y ajena a la hondura y riqueza de este tiempo.

Para concluir, escuchemos de nuevo a San León, que saca las consecuencias para la vida de la vivencia del Misterio del Dios hecho hombre, del admirable intercambio que nos salva: «Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas.»

Por Ramón Navarro,
Director del secretariado de la Comisión Episcopal para la Liturgia.

 

La misa del gallo

La misa de medianoche o misa “del gallo” es sin duda la más popular y entrañable de las celebraciones eucarísticas de la Navidad. Recibe este peculiar nombre porque se celebra a medianoche, con el canto nocturno del gallo.

Cuando en liturgia hablamos de “formulario” se refiere al conjunto de las oraciones y de las lecturas que se utilizan en una determinada celebración. La Navidad tiene una característica peculiar: tiene cuatro formularios distintos. Por orden cronológico, son el de la misa de la vigilia, que se utiliza en la tarde del 24 de diciembre, con la que “oficialmente” comienza el tiempo de Navidad, la misa de la medianoche, llamada popularmente “misa del gallo”, la de la aurora, que se celebraría al amanecer, y la del día, celebrada durante todo el día 25.

La misa de medianoche o misa “del gallo” es sin duda la más popular y entrañable de las cuatro. Recibe este peculiar nombre porque se celebra a medianoche, con el canto nocturno del gallo. Está vinculada a la reliquia del pesebre que se conserva en la basílica de Santa María la Mayor de Roma, y su origen es antiquísimo, remontándose probablemente al papa Sixto III en el s. V.

La lectura del evangelio de esta misa es Lc 2, 1-14, el pasaje que narra de forma más plástica el nacimiento en Belén del Hijo de Dios y el anuncio a los pastores, que, junto con la narración de Mateo, han inspirado la representaciones de los belenes.

Celebrándose íntegramente de noche, y siendo la Navidad la segunda celebración en importancia en el año litúrgico, es inevitable pensar en el paralelismo entre la Vigilia Pascual en la noche santa y esta celebración en la que ha resplandecido, como nos recuerda la oración colecta “el resplandor de la luz verdadera”. Por eso se ha introducido la costumbre –en la misa celebrada por el papa en el Vaticano y también en muchísimos lugares– de cantar o leer, a modo de pregón de Navidad, el texto del Martirologio para el día de Navidad, llamado la “Kalenda”, por su primera palabra en latín, que va recorriendo toda la historia desde la creación del mundo hasta ese momento, en la plenitud de los tiempos, en el que la Palabra puso su morada entre nosotros.

Finalmente, otro detalle muy importante, tanto en la misa “del gallo” como en todos los formularios de Navidad, es la palabra “hoy” –hodie, en latín–, que subrayan que nuestra celebración es un memorial, un acontecimiento vivo y actual, y no un mero recuerdo del pasado.

Por Ramón Navarro,
Director del secretariado de la Comisión Episcopal para la Liturgia.

 

El Belén

Poner en casa el Belén se ha convertido en una de las tradiciones que motiva y une a la familia los días previos a la llegada de la Navidad. Los belenes actuales están formados por elementos históricos que muestran la realidad tal cual fue.

¿Cómo se inició esta tradición?

“Más tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir aquel que ha de dominar en Israel”; con estas palabras Miqueas profetizaba la ciudad de nacimiento del Mesías; y la misma expresión utilizaron los sumos sacerdotes para indicarle a Herodes dónde tenía que nacer el Rey que andaban buscando los Magos de Oriente guiados por la estrella. Hoy en día, con este nombre conocemos la representación figurativa de la Natividad de Jesús y el ambiente que lo rodeaba.

El primer Belén tuvo lugar, por iniciativa de San Francisco de Asís en Greccio (Italia) en el año 1223. Se trataba de una puesta en escena con personajes vivos de la Natividad del Señor ideada por el santo de Asís para que el pueblo fiel comprendiera y viviera este misterio.

A partir de este acontecimiento, los frailes franciscanos difundieron por Italia la representación figurativa de la Navidad como apoyo a la predicación de esta fiesta. En el S. XVIII Carlos VII de Nápoles al convertirse en Carlos III de España trajo esta tradición a nuestra tierra y a todos los pueblos hispanos.

Los belenes actuales están formados por elementos históricos que muestran la realidad tal cual fue, siendo el más importante la Sagrada Familia; pero, también, por muchos otros con carácter simbólico que, aunque no estuvieron presentes en el momento del Nacimiento, sí manifiestan la realidad más profunda de lo que aconteció.

Por poner algún ejemplo podríamos citar el mismo portal. Con frecuencia se representa como lo que fue, un establo, pero muchas veces lo vemos como un templo en ruinas significando que lo viejo ha pasado y que se inicia una nueva relación con Dios.

Es muy expresiva la conocida presencia del buey y el asno que no aparecen en los evangelios de la infancia, pero que el profeta Isaías, al empezar su Libro, los nombra con esta frase “conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo”, animales que, a pesar de su poca inteligencia, saben perfectamente quién los alimenta, no como el pueblo de la antigua Alianza al que Isaías tiene que corregir por sus desviaciones.

Los pastores, que sí estuvieron presentes la gran Noche, simbolizan al pueblo cercano al Señor, los israelitas, los primeros en recibir el mensaje de la salvación. Advertidos del acontecimiento por el coro angélico acuden prestos adorar al Niño Dios y a ofrecerle sus dones como símbolo de la entrega de sus vidas.

Especialmente expresiva es la presencia de los Magos con sus pajes que con sus tres razas y sus diferencias de edad significan la humanidad entera a la que está destinado el mensaje de Redención y que, como los pastores se acercan a adorarlo ya a ofrecer sus dones, el oro como Rey, el incienso como Dios y la mirra como hombre.

La estrella que guía a los magos simboliza la luz de la fe que es la que nos lleva hasta la presencia del Señor.

Muchos otros personajes y elementos pueden aparecer en nuestros Belenes: el castillo de Herodes, personas realizando distintos oficios, animales, plantas, que completan el conjunto dando aspecto de autenticidad. Pero tenemos que evitar colocar figuras que desvirtúen el gran mensaje que San Francisco quiso comunicar con el primer Belén en Greccio.

Por Pablo Delclaux,
Director del secretariado de la Subcomisión Episcopal para  el Patrimonio Cultural.

 

Los villancicos

Otra de las tradiciones arraigadas en las celebraciones litúrgicas y en los encuentros familiares navideños son los villancicos, que evocan la alegría de un tiempo en el que celebramos el nacimiento del Mesías.

Esas composiciones tan populares en nuestros hogares e iglesias que denominamos “villancicos” tienen su origen en el siglo XV-XVI y normalmente describen situaciones populares, tanto profanas como religiosas de la “villa”.

Con el tiempo, este repertorio polifónico que popularizó a muchos de los grandes compositores españoles de la época como Juan de la Encina o Francisco Guerrero, fue consolidándose en una temática muy concreta como las escenas entrañables en las que los protagonistas son los miembros de la sagrada familia: Jesús, María y José.

Por eso no es de extrañar que todavía en nuestros días se escuchen cantos navideños con estas características populares y cotidianas. Esto es hermoso, porque nos evoca la alegría de un tiempo en el que celebramos el nacimiento del Mesías; aunque también cabe recordar que en las celebraciones litúrgicas debemos prescindir de los que en su letra no recuerden el misterio que se celebra en Navidad, reservándolos para otros encuentros de celebración.

Por Óscar Valado,
Consultor de música del secretariado de la Comisión Episcopal para la Liturgia.

 

La movilidad entorno a la encarnación y nacimiento de Jesús

Las medidas sanitarias derivadas de la pandemia, no permitirán este año cumplir con otras de las tradiciones, como es la de visitar a toda la familia para compartir la Navidad. Pero la “gran familia de Belén” recorrerá su camino de Salvación para llegar a cada uno de nuestros hogares.

La Santísima Trinidad

Navidad es el gran Misterio de Amor de Dios a los hombres, “porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,17).

Cuando Dios decide encarnarse y “acampar entre nosotros” hay una gran movilidad entorno al Verbo hecho carne en María.

Gabriel

En el Misterio de la Santísima Trinidad, el Padre envía al Hijo por el Espíritu Santo al vientre de Santa María Virgen, conforme asegura Gabriel: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios (Jn 1,35).

Gabriel es el encargado de traer el mensaje de Dios a María, la elegida, para encarnar al Verbo de Dios, conforme narra San Lucas: “El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María” (Lc 1,26-27).

“Alégrate, llena de gracia, le dice, el Señor está contigo». “Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús” (Lc 1,31). El ángel le dice, no temer asumir esta misión que Dios la pide, porque ha encontrado gracia a los ojos de Dios.

Y Gabriel la revela el cómo será posible unir virginidad y maternidad: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 35).

María

María sabe por boca de Gabriel que su pariente Isabel, la que llamaban estéril, está ya de seis meses, porque para Dios nada hay imposible (cf. Lc 1,36-37).

María, después de haber escuchado a Gabriel y dado su total disponibilidad a todo lo que Dios la pide, le falta tiempo para ponerse en camino hacia Ain Karem y poder compartir con su pariente Isabel, las maravillas que Dios está realizando en ellas.

Así lo narra San Lucas: “María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá” (Lc 1, 39). “En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!” (Lc 1, 41-42). Con estas palabras de Isabel, María, por primera vez, es reconocida y llamada “Madre de Dios” con todo lo que eso supone. No es de extrañar el asombro de Santa Isabel de tener en su casa al Altísimo, cuando dice: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?” (Lc 1,43).

El cántico del Magnificat de María expresa lo más profundo que lleva en su corazón por todas las maravillas que Dios ha hecho en Ella (cf. Lc 1, 46-55).

Han pasado tres meses desde la llegada de María a casa de Zacarías e Isabel, y, aunque el evangelio no dice nada, después del nacimiento de Juan el Bautista, el hijo de Isabel, María debe volver a sus ocupaciones en Nazaret, conforme dice San Lucas: “María se quedó con ella unos tres meses y volvió a su casa (Lc 1,56).

José y María

“Sucedió en aquellos días que salió un decreto del emperador Augusto, ordenando que se empadronase todo el Imperio.  Y todos iban a empadronarse, cada cual a su ciudad. También José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta” (Lc 2, 1-5).

Aquí tenemos a San José y a la Virgen de nuevo en camino, que, por circunstancias ajenas a sus deseos, deben hacer un largo viaje hasta Belén, para cumplir cuanto manda la autoridad civil.

“Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada (Lc 2,6-7)

Visto así, parece que ha sido la pura casualidad quien puso en camino a María y a José, y que Jesús nació allí, como podía haber nacido en cualquier otro lugar: Pero no, el Mesías debía nacer «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta Miqueas: (Mi 5,1) “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”» (Mt 2, 5-6).

Los pastores y los ángeles

“En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño” (Lc 2,8).

Para los pastores de Belén, aquella noche era como otra cualquiera y aunque por turnos de vela, la iban a pasar tranquilamente durmiendo en la cueva. Pero no, había nacido Jesús y algo grande estaba para suceder: ”De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor” (Lc 2,9).

“El ángel les dijo: «No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2, 10-12).

¿Quién piensa ahora en dormir? Estaban maravillados de la gran noticia que terminaban de recibir, ellos, humildes pastores, recibir tan gran noticia, y encima, por medio de un ángel.

¡Qué maravilla! no solamente Gabriel fue enviado por Dios a Nazaret para pedirle a María concebir y dar a luz a su Hijo, sino que, cuando éste ya ha nacido, moviliza a otro ángel para contarles a los pastores que el Hijo de Dios yacía Niño entre las humildes pajas de un pesebre.

Los pastores no terminaban de salir de su asombro, cuando: “de pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad» (Lc 2, 13-14).

El recién nacido ha puesto en movimiento al cielo. Ahora no son ni uno ni dos, sino una legión entera de ángeles quienes han venido a alabar al Hijo de Dios, pues “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14).

Los pastores saben que tienen obligación de velar y cuidar del rebaño, pero, ¿quién piensa ahora en las ovejas después de lo que han visto y oído?

Tan pronto se fueron los ángeles “los pastores se decían unos a otros: «Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado». Fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores (Lc 2, 15-18).

Los pastores fueron corriendo al portal. Noche ajetreada, pero, no parece que les importó mucho, pues no paraban de hablar sobre el recién nacido. Así lo cuenta San Lucas: “Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho” (Lc 2,20).

“María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón (Lc 2,19).

Simeón y Ana

Simeón y Ana, dos ancianos de Jerusalén, se ponen camino hacia el templo de Jerusalén, porque el Espíritu Santo les ha revelado algo muy importante y que esperaban desde hacía mucho tiempo: ver al Mesías del Señor antes de morir (cf.  Lc 2, 26 y 2,36).

Otra vez vemos a María y José, esta vez con el Niño, en camino hacia Jerusalén, pues, “cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor «un par de tórtolas o dos pichones». Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón y cuando entraban con el niño Jesús Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, | puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones | y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño” (Lc 2, 24-33).

También “Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén” (Lc 37-38).

No es de extrañar, que después de lo visto y oído en el templo, san Lucas diga que: Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño (Lc 2,33).

Los Magos

“Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: « ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo» (Mt 2, 1-2).

Nada menos que desde Oriente, estos magos se han puesto en camino, sin tener en cuenta los muchos peligros de viaje, en busca de Jesús, al que quieren conocer y adorar.

A Herodes, aunque supo disimular muy bien el disgusto que le habían dado, por ese rey que venían buscando para adorar, les mandó delante para averiguar quién era, expresándoles el gran deseo que también él tenía de conocerlo y adorarlo (cf. Mt 2, 8).

La estrella

Los magos, sin ideas muy precisas por dónde y dónde tienen que ir “se pusieron de nuevo en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría” (Lc 2, 9-10).

El largo camino de los magos estaba llegando a su fin, y un final feliz, gracias a la movilidad de la estrella, que en todo momento les fue guiando el camino. No es de extrañar, que después de la mala experiencia del encuentro con Herodes, “al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría” (Lc 2, 10).

La estrella se paró encima de donde estaba el Niño. No había duda, el viaje había terminado, y terminado bien. Había llegado la hora de la verdad y están dispuestos a averiguar quién era aquel por el que habían hecho tan largo viaje:”Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra” (Mt 2, 11).

Una buena recompensa para un largo y arriesgado viaje: ver al Niño que venían buscando, con la Virgen María, su Madre.

Los magos tienen que reanudar el viaje y volver a su tierra, pero, “habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino” (Mt 2, 12).

Jesús, María y José

Suele decirse que “la alegría en casa del pobre dura poco”.

La alegría de María y de José en el encuentro con los magos y los dones recibidos por parte de ellos, duró poco, pues: “Cuando ellos se retiraron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo» (Mt 2, 14). Nuevamente tenemos a José y a María en un largo camino además de imprevisible y arriesgado, y encima, con un niño muy pequeño, a quien cuidar y salvar de Herodes.

Es conmovedor y muy edificante, el que ni por parte de José ni por parte de María, haya habido una queja a Dios por no ser Él quien salve a su Hijo de Herodes, si como  había asegurado Gabriel, “para Dios nada es imposible”.

San Lucas es rotundo: “José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto” (Mt 2,14).

“Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel” (Mt 2, 19-20).

Nuevamente vemos a la Sagrada Familia ponerse en camino, esta vez, contentos de volver a casa, en “Nazaret” (Mt 2, 23).

Herodes y los soldados

“Al verse burlado por los magos, Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores, calculando el tiempo por lo que había averiguado de los magos” (Mt 2,16).

Si, Herodes no soportó ver cumplido su deseo de conocer a Jesús y poderlo matar; de ahí su cólera, y la orden a sus soldados de ir a Belén y pueblos cercanos para matar a todos los niños hasta dos años de edad.

En esas circunstancias, ponerse en camino los soldados, con la orden de matar y mancharse las manos de sangre inocente, no debió ser un viaje feliz ni acertado, pues, “entonces se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías: «Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos y rehúsa el consuelo, porque ya no viven» (Mt 2, 17-18).

Herederos del reino de nuestro Padre

Estamos a las puertas de las Navidades 2020, año cargado de luces y de sombras por el gran dolor, muerte enfermedad y miedo que estamos padeciendo, debido a la pandemia de la Covid-19, dolor, que no es fácil superar, y menos olvidar; pero, también somos testigos de los muchos gestos de amor, de ternura, de entrega hasta la propia vida.

Navidad es contemplar que “cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial. Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: « ¡Abba, Padre!». Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios” (Gál 4,4-7).

Qué maravilla, por Jesús, Dios nos he hecho hijos en el Hijo, y herederos del reino de nuestro Padre del cielo.

Navidad es ver cumplidas las palabras de Gabriel a María: ”Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lc 31-33), pues, ”sucedió que, mientras estaban “en Belén”, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre” (Lc 1, 6-7).

Por José Aumente,
Director del departamento de Pastoral de la Carretera de la Subcomisión Episcopal de migraciones y movilidad humana.

 

Cine para acompañar la Navidad

Películas para disfrutar en casa y en familia en cuatro sesiones de cine durante estas fiestas navideñas.

Feliz Navidad (Christian Carion, Francia, 2005)

Interesante producción europea, basada en los hechos reales que describe en un libro Yves Buffetaut. Se trata de un suceso acaecido la nochebuena de 1914, en las trincheras de la I Guerra Mundial, cuando los oficiales alemanes, en un bando, y los franceses y escoceses, en el otro, acordaron una tregua de un día a espaldas de sus superiores. En ese tiempo, los enemigos cantaron juntos villancicos, enterraron a sus muertos, celebraron una Misa de campaña, jugaron al fútbol y olvidaron por unas horas los horrores de la contienda. Se trata de una estupenda historia, hermosamente contada, a pesar de su doloroso final. La película es un emotivo canto a la vocación fraternal del ser humano, y una dura denuncia del sinsentido de las guerras.

Muchas gracias, Mr. Scrooge (Ronald Neame, Reino Unido, 1970)

Adaptación musical del cuento clásico de Dickens, Christmas Carol. Con un reparto que encabezan Albert Finney y Alec Guinness, y una de las mejores partituras de musicales contemporáneos, la cinta recrea maravillosamente ese Londres nevado lleno de pobres que tanto acongojaba al novelista inglés. La película relata el proceso de transformación y humanización de un avaro y egoista prestamista, Evenezher Scrooge que tras viajar por el tiempo y ver su pasado y su futuro, entiende lo urgente que es cambiar su presente. Película familiar, entrañable y con un sabor navideño a la antigua usanza.

El festín de Babette (Gabriel, Axel, Dinamarca, 1987)

El guión está basado en un relato breve de Isak Dinesen (Karen Blixen), la conocida autora danesa de Memorias de África. La acción se desarrolla durante el siglo XIX en una aldea marítima de Jutlandia (Dinamarca). Allí vive una comunidad luterana formada por ancianos tristes atados a un atávico moralismo formal. Las hermanas que dirigen el grupo, acogen a Babette, una refugiada francesa que ha huido de París. Como agradecimiento Babette, una gran chef, les organiza una cena digna del mejor rey. Los comensales piensan que tanto placer es algo pecaminoso hasta que se abandonan a semejante muestra de gratuidad y recuperan la alegría de vivir. Una maravillosa metáfora de la Gracia cristiana.

Qué bello es vivir (Frank Capra, EE.UU., 1946)

No podía faltar el clásico navideño más famoso de todos los tiempos. James Stewart encarna a un hombre bueno y generoso que abraza el suicidio cuando la ruina de su negocio va a dejar sin ahorros a decenas de familias humildes. Un ángel enviado del Cielo le hace comprender el bien insustituible que es su vida para los demás. Obra maestra de Capra, tremendamente emotiva y llena de humanidad. Película inolvidable que se puede disfrutar en familia y que es un canto a la fraternidad entre los hombres, a la solidaridad, al amor al bien común y a la generosidad. Una película muy cercana a la espiritualidad del Papa Francisco. Imprescindible.

Por Juan Orellana,
Director del departamento de cine de la Comisión Episcopal para las Comunicaciones Sociales

(Conferencia Episcopal EspañolaI

 

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