Carta pastoral de Mons. Agustí Cortés: Fraternidad posible (VIII)

Preocupados por la fraternidad universal y respirando el aire de la Navidad, brota desde nuestro interior la exigencia de “crear un espacio para Dios en nuestra vida”. Un espacio adecuado, como el vacío delimitado por los brazos abiertos en espera del abrazo del amigo. Lo que esto significa en la vida normal y cotidiana ya quedó manifiesto hace más de dos mil años en el acontecimiento de la natividad de Jesús. La humanidad que allí se dio, era el espacio adecuado para Dios entre nosotros.

Volvemos de nuevo a San Francisco. Andado ya el costoso camino de la redacción y el reconocimiento por el Papa de la Regla para la Orden, que garantizaría institucionalmente la fraternidad, le vemos, en diciembre de 1223, caminando con el hermano León por el valle de Rieti, en medio de una enorme tormenta de viento y nieve. Son acogidos por el anciano Mario y su familia, al calor de aquel hogar que conservaba, durante tantos años, el rescoldo de la predicación del santo. La curiosidad y la amistad hicieron que el anciano preguntara por la experiencia de San Francisco en Egipto. El recuerdo de una fraternidad fallida ensombreció el rostro del santo. De ello también participaba el anciano, que, mientras daba calor a uno de sus nietos medio dormido, decía “también hemos sufrido muchas desgracias: muertes de seres queridos, malas cosechas, peste en el ganado, viñas heladas… Los vecinos ya no quieren creer en Dios… Pero yo digo que, si perder otras cosas es una desgracia, perder a Dios es una desgracia aun mayor”. San Francisco reacciona con el rostro iluminado:

“Dentro de unos días es Navidad. Ya nadie se acuerda lo que es la Navidad. No saben lo que es la ternura del Padre, no saben lo que es Dios. Hay que recordárselo, hay que volver a hacer la Navidad… Vamos a hacer un nacimiento de verdad, en una gruta de verdad… Quiero ver al niño como estaba en la humildad y la pobreza”.

En efecto, tras hablar con unos y otros todo quedó dispuesto. A media noche de la víspera de Navidad, la ladera de la montaña se llenó de puntos de luz, como estrellas en movimiento, venidas de diversos rincones del valle, buscando un mismo punto de reunión. En una gruta estaban colocados los animales, un buey y una mula, un niño recién nacido reposando sobre paja fresca en un pesebre, custodiado por sus padres. San Francisco daba a todos la bienvenida, niños, adultos, ancianos, jóvenes; la tierra, los animales y las personas de diferente procedencia y condición, “toda criatura debía sentirse envuelta en el gran misterio de la piedad”. El hermano León presidió la Eucaristía y Francisco actuó como diácono, cantando el Evangelio y dirigiendo unas palabras, que contagiaban una gran alegría: “Hermanos, ¿habéis oído? El Señor de la gloria esta noche se ha hecho el más pobre y oscuro de los hijos de los hombres… Dios, el lleno de gloria, se hizo hermano nuestro… Los hombres no sabían hasta qué punto Dios es padre. No podían saberlo. Era preciso que Dios les mostrara a su Hijo…” (cf. E. Leclerc, Exilio y ternura, 234-244)

La Navidad es el lugar y el momento de encuentro universal. Porque no hay espacio más ilimitado, ni instante más eterno, que el Hijo de Dios radicalmente pobre, abierto a toda la humanidad, ofrecido sin condiciones, con el amor gratuito que le es propio.

Conocemos el desenlace de la historia. Una historia que sigue abierta hoy en cada uno de nosotros. No es una bella representación. Forma parte esencial de nuestra fe y es alimento de nuestra esperanza.

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.