Carta pastoral del Cardenal Ricardo Blázquez: Navidad en lo esencial

La celebración de las fiestas de Navidad será previsiblemente, este año, muy distinta a como ha sido años anteriores. Varias circunstancias influyen en este cambio. La pandemia que no cesa impone a todos, un cuidado especial de la salud para proteger la vida; como gravita sobre la sociedad entera, todos tenemos la obligación de no contagiar ni contagiarnos; una tercera ola, que sería temible, debemos evitar en la medida de nuestras posibilidades. Esta situación de fragilidad, miedo e incertidumbre lleva consigo la limitación de movimientos, del número de comensales en las familias y consiguientemente de gastos en la fiesta. Y, por ello, en tercer lugar, las restricciones afectan también a los gastos y al comercio, que en buena medida hacía su “agosto” entorno a Navidad, despedida de año y año nuevo.

Varias circunstancias han venido encubriendo las celebraciones navideñas, hasta el punto de que, entre el folklore, las luces y adornos, los regalos, los encuentros de familiares y amigos, terminaban ocultándonos el centro y el foco iluminador que celebramos. La fiesta de Navidad había desplegado tantas manifestaciones que pasaba casi inadvertido el motivo, a saber, el nacimiento del Salvador. En este contexto, las limitaciones de este año pueden ser una oportunidad para redescubrir el acontecimiento celebrado en Navidad. Como en otros aspectos, la pandemia reorienta nuestra atención de cristianos a lo esencial sin dispersarnos en lo periférico, accidental y derivado. Así como la pandemia nos ha despojado de muchas cosas, de modo semejante nos concentra en lo fundamental de la celebración de Navidad.

El núcleo de la fiesta de Navidad es narrado en los siguientes términos por el Evangelio: “A María llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada” (Lc. 2, 6-7). Estamos llamados a centrar la mirada de la fe en el acontecimiento contado de modo tan sobrio, pero que es tan decisivo.

Sorprende cómo el nacimiento del Salvador acontece en medio de tanta sencillez. El omnipotente nace como un niño de una familia pobre; el Señor del mundo nace al margen de todos en un establo en medio de la noche. Existe un contraste entre la grandeza de Dios y la discreción de su manifestación. Navidad es una escuela de sencillez, de ocultación, de amor por lo pequeño, de manifestación del Hijo de Dios en el mundo sin espectacularidad.

La liturgia de la Iglesia habla de un “nuevo nacimiento” del Hijo de Dios. ¿Cuál fue el primero y antiguo? Unas palabras del Antiguo Testamento puestas en boca del mismo Dios, son aplicadas a Navidad: “tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy” (Sal. 2, 9). “Nuestro Señor Jesucristo tiene dos nacimientos: el uno es divino, el otro humano, pero los dos son admirables. La generación divina es fuera del tiempo, la concepción virginal se produjo en un día determinado” (San Agustín). El Hijo de Dios fue engendrado por el Padre en la eternidad; el segundo nacimiento del Hijo de Dios tuvo lugar en Belén dado a luz por María. Las fiestas de Navidad nos invitan a reconocer en Jesús al Hijo de Dios hecho hombre. Los textos de Lucas 2, 1-20 y Juan 1, 14, que son proclamados los días 24 y 25 en la Eucaristía de Navidad, hablan del doble nacimiento. Por eso, adoramos al Niño con amor y ternura, con fe y asombro.

En Navidad nos felicitamos unos a otros, aunque no siempre sepamos por qué. Pues bien, la primera felicitación la dieron los ángeles: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (Lc. 2, 14). Somos felicitados porque ha nacido el Salvador y con su nacimiento se nos anuncia la paz y se nos llama a ser pacificadores.

La fiesta de Navidad, celebrada este año en unas circunstancias excepcionales, nos invita a la espiritualidad, es decir a vivirla con intimidad personal. La reducción de las relaciones exteriores es una ocasión para entrar más íntimamente en el misterio de la fe. Recordemos aquellas palabras del Principito: “Lo esencial se ve con el corazón”. A veces nos derramamos en mil solicitaciones exteriores; vivimos agitados y sometidos a un ritmo de vértigo; ralenticemos nuestras prisas, asimilemos interiormente las palabras del Evangelio, contemplemos sosegadamente al Niño acostado en un pesebre en el “nacimiento” que podemos poner en nuestras casas. Sigamos la exhortación de Jesús: “Cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará” (Mt. 6,6). El hombre para vivir serena y equilibradamente necesita también reflexión detenida y crecimiento interior. La soledad y el aislamiento, la intimidad de la familia y la comunicación personal con Dios, pueden caracterizar más intensamente la fiesta de Navidad de este año.

A todos deseo, Feliz Navidad. Que María nos muestre a su Hijo. Que José proteja a nuestras familias.

+ Cardenal Ricardo Blázquez

Arzobispo de Valladolid

 

Card. Ricardo Blázquez
Acerca de Card. Ricardo Blázquez 92 Articles
Don Ricardo Blázquez Pérez nació en Villanueva del Campillo, provincia y diócesis de Ávila, el 13-4-1942. Realizó sus estudios en los seminarios Menor y Mayor de Ávila (1955-67) y fue ordenado presbítero el 18-2-1967. Obtuvo el doctorado en Teología por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1967-72) y también estudió en universidades alemanas. Sus 21 años de ministerio sacerdotal se centraron en la actividad docente. Fue secretario del Instituto Teológico Abulense (1972-76), profesor (1974-88) y decano (1978-81) de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, así como vicerrector de la misma. El 8-4-1988 fue elegido obispo de la iglesia titular de Germa di Galazia y nombrado obispo auxiliar de Santiago de Compostela, recibiendo la ordenación episcopal en esa catedral el 29 de mayo siguiente de manos de D. Antonio María Rouco Varela. El 26-5-1992 fue designado obispo de Palencia y el 8-9-1995 obispo de Bilbao. El 13-3-2010 se hizo público su nombramiento por el papa Benedicto XVI como 14.º arzobispo metropolitano y 40.º obispo de Valladolid, sede de la que tomó posesión el 17-4-2010. Desde marzo de 2014 es el presidente de la Conferencia Episcopal Española, organismo del que ya fue presidente entre 2005 y 2008, y vicepresidente entre 2008 y 2014; anteriormente, fue miembro de la Comisión para la Doctrina de la Fe (1988-93) y de la Comisión Litúrgica (1990-93), y presidente de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (1993-2002) y de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales (2002-05), así como Gran Canciller de la Universidad Pontificia de Salamanca (2000-04). El papa Francisco le creó cardenal en el consistorio del 14-2-2015, con el título de Santa Maria in Vallicella, y le nombró miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (2014), de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Consejo Pontificio de la Cultura y de la Congregación para las Iglesias Orientales (todos en 2015) y de la comisión cardenalicia para la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (2016). Además de colaborar en la redacción de muchos documentos de la Conferencia Episcopal Española, son reseñables sus siguientes publicaciones: La resurrección en la cristología de Wolfhart Pannenberg (1976) Jesús sí, la Iglesia también (1983) Jesús, el Evangelio de Dios (1985) Las comunidades neocatecumenales. Discernimiento teológico (1988) La Iglesia del Concilio Vaticano II (1989) Tradición y esperanza (1989) Iniciación cristiana y nueva evangelización (1992) Transmitir el Evangelio de la verdad (1997) En el umbral del tercer milenio (1999) La esperanza en Dios no defrauda: consideraciones teológico-pastorales de un obispo (2004) Iglesia, ¿qué dices de Dios? (2007) Iglesia y Palabra de Dios (2011) Del Vaticano II a la Nueva Evangelización (2013) Un obispo comenta el Credo (2013)