Carta pastoral de Mons. Agustí Cortés: Fraternidad posible (VII) La tarea

La fraternidad universal, nos ha sido regalada en Jesucristo. Solo en Él será posible en nuestro mundo. Al mismo tiempo, como venimos diciendo, esa fraternidad regalada incluye para nosotros una tarea. Ya sabemos que Dios no quiere salvarnos sin nosotros, es decir, sin nuestra disposición libre. No nos trata como “piezas sin alma”: siempre espera nuestra respuesta libre.

En pleno Adviento entendemos esto fácilmente. Porque el Adviento es ante todo la vivencia de aquella disposición a recibir, acoger, el gran don del Verbo de Dios en nuestra humanidad concreta. El Adviento, en efecto, está en función y se cumple en la Encarnación, el abrazo de Dios a la humanidad. El infinito regalo que Dios nos hace es ese abrazo.

Bajo el prisma de la fraternidad universal, el abrazo de Dios a la humanidad en la Encarnación, es el detonante de un inmenso estallido de abrazos a lo largo y ancho del mundo. Esa es la auténtica fraternidad.

Ahora bien, tanto el Adviento, como la fraternidad universal, son también responsabilidad. Quien haya leído la encíclica Hermanos todos, verá que está saturada de llamadas a la acción y al compromiso moral.

¿A qué tareas estamos llamados por el Adviento y por el compromiso de la fraternidad universal?

Una primera tarea, elemental, es abrir los brazos. Se trata de la actitud de aquél que se abre él mismo, expectante, confiado, agradecido, esperando la presencia del amigo. Mediante la memoria, la imaginación y el pensamiento centra su atención en el que está por venir. Valora el gozo de su presencia, pregusta la alegría de su compañía y espera. El que viene no es un desconocido, al menos ha sido anunciado. Su recuerdo activa el deseo y se mantiene el corazón expectante.

Ciertamente esta actitud es la propia del Adviento, cuando “el que viene”, el esperado, es Jesucristo. Pero, si hablamos de la fraternidad universal, ¿podemos decir lo mismo? Porque una cosa es estar expectante y abrirse a Jesucristo y otra esperar y acoger a cualquiera que encontremos en el camino de la vida…

Esto es verdad. Pero quien se abre y recibe así a Jesucristo, no cerrará sus brazos cuando se le acerque un hermano, por muy extraño o repulsivo que sea. Una vez más volvemos a San Francisco de Asís, a quien recordamos abrazando y besando al leproso.

¿Es esto un misterio? En cierto modo sí. Pero tiene su lógica. Si hemos dicho que el primer paso del Adviento y del compromiso con la fraternidad universal es la pobreza en el espíritu, se entiende que los brazos abiertos del pobre no ponen condiciones para acoger al otro: el pobre recibe a Cristo como don y sus ojos quedan iluminados para descubrir en cualquier otro un reflejo de ese don, sea cual sea su apariencia, su historia, sus ideas, su psicología, sus miserias…

En la encíclica Hermanos todos leemos:

“Para nosotros (los cristianos) el manantial de la dignidad humana y de la fraternidad está en el Evangelio de Jesucristo” (n. 277)

Diríamos con mayor precisión “el manantial está en Jesucristo mismo” (ya que su evangelio, más que una doctrina, es su persona viva y presente). La Iglesia sirve a la humanidad ofreciéndole la Salvación que ha recibido gratuitamente de Jesucristo y dentro de ese gran don viene incluida la posibilidad de vivir la fraternidad universal. Es la verdad de aquel sencillo saludo: “¡Hermanos todos en Cristo Jesús!”. No es cortesía, sino comunicación y proclamación afectuosa de una verdad.

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.