Carta pastoral de Mons. Agustí Cortés Soriano: Fraternidad posible (VI) El don

Seguimos el camino del Adviento dejándonos llevar por el sueño de la fraternidad universal; un sueño que a su vez se despierta y se hace más vivo con el sufrimiento compartido que nos provoca la crisis sanitaria y social.

Y ya en camino nos alcanzan dos palabras proféticas, que han de ser escuchadas simultáneamente.

Una, nos abre los ojos a la realidad y nos da paz. Dice la encíclica Hermanos todos en el contexto del fundamento último de la fraternidad:

“Los creyentes pensamos que, sin la apertura al Padre de todos, no habrá razones sólidas y estables para la llamada a la fraternidad. Estamos convencidos de que solo con esta conciencia de hijos que no son huérfanos, podemos vivir en paz entre nosotros. Porque la razón, por sí sola… no consigue fundar la hermandad” (FT 272)

Es una cita de la carta encíclica de Benedicto XVI Caridad en la verdad. No consigue fundar la fraternidad la razón por sí sola, es decir, las fuerzas humanas. Y no es solo un pensamiento, como una opinión más que tenemos los cristianos, sino una convicción nacida de la fe pensada y vivida. Ya citábamos aquel teólogo que se preguntaba cómo era posible una fraternidad sin el reconocimiento de un padre común.

La otra palabra que escuchamos es complementaria. Creer en la fraternidad universal y construirla, supone un dinamismo y un proceso. Uno ha de hacerse hermano. Lo hemos visto en la experiencia de San Francisco. Uno se hace hermano y es fuente de fraternidad a través de un proceso que consiste en “llegar a ser profundamente pobre de espíritu”.

Estamos en el terreno de toda virtud. Toda virtud es en primer lugar un don. Y esto es lo que ocurre en la fraternidad universal. Expliquémoslo apoyándonos en la misma encíclica Hermanos todos y ayudándonos de la tradición.

La encíclica dedica todo el capítulo II a comentar la Parábola del Buen Samaritano, como ejemplo de conducta moral: cada uno debe acercarse al otro, aunque sea “extraño”, distinto, y ayudarle en su sufrimiento, como verdadero hermano. Pero desde muy antiguo en la Iglesia, además de este significado, vieron en la Parábola un mensaje teológico, es decir, toda una descripción de la obra redentora de Cristo.

– El personaje anónimo que “bajaba” de Jerusalén a Jericó es la humanidad que “desciende” del paraíso a esta historia nuestra.

– En esta historia encuentra todo tipo de sufrimientos; es víctima de maltratos y robos. Es la humanidad caída.

– Junto a él, por su camino, pasa un levita y un sacerdote, incapaces ayudarle y sanarle; es decir toda la Ley Antigua.

– Pero también pasa uno que se le acerca, le sana y le carga sobre su cabalgadura. Es Jesucristo, que, por su encarnación comparte camino, se hace prójimo del que sufre, se compadece de su dolor, y le cura con la palabra y los sacramentos.

– Lleva al enfermo a la posada, es decir, la Iglesia, donde completará su curación hasta que él vuelva.

Una interpretación cierta, que antes de expresar el mandamiento de amar al prójimo, pone su fundamento. Es decir: ha sido Dios quien ha realizado antes en medio de nosotros la fraternidad, superando todas las distancias, entre Él y nosotros, entre los seres humanos divididos y alejados. Por su abajamiento, se hace prójimo, hermano nuestro, nos cura y nos da la posibilidad de vivir la auténtica fraternidad en la unidad de un solo pueblo.

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.