Carta pastoral de Mons. Carlos Escribano: Adviento en tiempo de pandemia

El Adviento es un tiempo de gracia y de esperanza, de vigilancia y espera. Algo grande va a ocurrir: el Señor viene, se hace uno de nosotros y debemos prepararnos. Jesucristo se va a manifestar, a desvelar la grandeza de un misterio que ha cambiado la historia de los hombres y que sigue iluminando hoy el camino de la toda humanidad.

Este año con motivo de la pandemia la palabra esperanza ha cobrado una singular actualidad. Nos resuena de un modo nuevo, pues está siendo mucho el dolor que estamos sufriendo. Entender lo que significa la esperanza puede iluminar también este tiempo de gracia que es el Adviento en tiempos de pandemia. El papa Francisco nos lo recordaba en su homilía de la noche Santa  de la Pascua: “En esta noche conquistamos un derecho fundamental, que no nos será arrebatado: el derecho a la esperanza; es una esperanza nueva, viva, que viene de Dios. No es un mero optimismo, no es una palmadita en la espalda o unas palabras de ánimo de circunstancia, con una sonrisa pasajera. No. Es un don del Cielo, que no podíamos alcanzar por nosotros mismos”. Y en la Fratelli Tutti vuelve a hablarnos de esperanza: “A pesar de estas sombras densas que no conviene ignorar, (…) quiero hacerme eco de tantos caminos de esperanza. Porque Dios sigue derramando en la humanidad semillas de bien. La reciente pandemia nos permitió rescatar y valorizar a tantos compañeros y compañeras de viaje que, en el miedo, reaccionaron donando la propia vida”. (FT 54). “Invito a la esperanza, que «nos habla de una realidad que está enraizada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y los condicionamientos históricos en que vive. Nos habla de una sed, de una aspiración, de un anhelo de plenitud, de vida lograda, de un querer tocar lo grande, lo que llena el corazón y eleva el espíritu hacia cosas grandes, como la verdad, la bondad y la belleza, la justicia y el amor. […] La esperanza es audaz, sabe mirar más allá de la comodidad personal, de las pequeñas seguridades y compensaciones que estrechan el horizonte, para abrirse a grandes ideales que hacen la vida más bella y digna». Caminemos en esperanza”. (FT 55).

En el Adviento observamos expectantes la gran misión de Cristo de traer vida al mundo, de mostrar el amor del Padre a la humanidad. El Hijo de Dios salió de su condición divina y vino a nuestro encuentro. Esa grandeza de Dios, comunicada a los hombres y expresada en la pequeñez de un Niño nacido en un pesebre, debe generar en nosotros, a nivel individual, como familia cristiana o como comunidad de creyentes, una respuesta, una actitud. Esa actitud como de vigilancia expectante, va más allá de un simple estar atentos y termina transformándose en una esperanza expectante.

El tiempo del Adviento debe suscitar en nuestro corazón de Iglesia diocesana esa esperanza expectante, especialmente este año en que vamos a vivir unas Navidades distintas marcadas por la pandemia.  Podría parecernos que la magia de la Navidad se desvanece por lejanías y ausencias impuestas por la prudencia sanitaria. Pero quizá ese modo distinto de vivir el Adviento y la Navidad, cargado de esperanza cristiana,  nos permita descubrir aspectos nuevos de nuestro seguimiento de Cristo.

La esperanza expectante que el Adviento engendra en cada cristiano y en toda la Iglesia, debe movernos a ir al encuentro de todos. Cada cristiano está llamado a ir al encuentro de los demás, a dialogar con quienes no piensan como nosotros, con quienes tienen otra fe, o no tienen fe. Encontrar a todos, porque todos tenemos en común el ser creados a imagen y semejanza de Dios. Podemos ir al encuentro de todos, sin miedo y sin renunciar a nuestra pertenencia.

Estamos ante la invitación de vivir de un modo nuevo el Adviento, redescubriendo desde el dolor y el desconcierto provocado por la pandemia, respuestas nuevas que desbordan nuestro modo habitual de vivir el Adviento y la Navidad. No se trata tan sólo de prepararnos nosotros ante la inminente venida de nuestro Salvador, que celebraremos solemnemente en la Nochebuena. Esto es muy importante naturalmente, pero también lo es el hecho de que pidamos a Dios la gracia de engendrar en nosotros el deseo de imitar esa ilusión expectante que Dios mismo posee de trasmitir su mensaje de salvación, y vivamos nuestro Adviento con corazón de iglesia misionera. ¡Que en el Adviento de la Covid – 19 no nos roben la esperanza!

El Señor viene a nuestro encuentro, para que nos encontremos con Él, especialmente en este tiempo de pandemia. Y para que a través nuestro, muchos le conozcan  y le amen de verdad.

+ Carlos Escribano Subías

Arzobispo de Zaragoza

Mons. Carlos Escribano Subías
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Monseñor Carlos Manuel Escribano Subías nació el 15 de agosto de 1964 en Carballo (La Coruña), donde residían sus padres por motivos de trabajo. Su infancia y juventud transcurrieron en Monzón (Huesca). Diplomado en Ciencias Empresariales, trabajó varios años en empresas de Monzón. Más tarde fue seminarista de la diócesis de Lérida -a la que perteneció Monzón hasta 1995-, y fue enviado por su obispo al Seminario Internacional Bidasoa (Pamplona). Posteriormente, obtuvo la Licenciatura en Teología Moral en la Universidad Gregoriana de Roma (1996). Ordenado sacerdote en Zaragoza el 14 de julio de 1996 por monseñor Elías Yanes, ha desempeñado su ministerio en las parroquias de Santa Engracia (como vicario parroquial, 1996-2000, y como párroco, 2008-2010) y del Sagrado Corazón de Jesús (2000-2008), en dicha ciudad. En la diócesis de Zaragoza ha ejercido de arcipreste del arciprestazgo de Santa Engracia (1998-2005) y Vicario Episcopal de la Vicaría I (2005-2010). Como tal ha sido miembro de los Consejos Pastoral y Presbiteral Diocesanos. Además, ha sido Consiliario del Movimiento Familiar Cristiano (2003-2010), de la Delegación Episcopal de Familia y Vida (2006-2010) y de la Asociación Católica de Propagandistas (2007-2010). Ha impartido clases de Teología Moral en el Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón desde el año 2005 y conferencias sobre Pastoral Familiar en diferentes lugares de España. Finalmente, ha formado parte del Patronato de la Universidad San Jorge (2006-2008) y de la Fundación San Valero (2008-2010). Benedicto XVI le nombró obispo de Teruel y de Albarracín el 20 de julio de 2010, sucediendo a monseñor José Manuel Lorca Planes, nombrado Obispo de Cartagena en julio de 2009. Ordenado como Obispo de Teruel y de Albarracín el 26 de septiembre de 2010 en la S. I. Catedral de Teruel.