Mons. Reig presidió la Santa Misa en el Cementerio de los Mártires de Paracuellos

El obispo de Alcalá de Henares, Mons. Juan Antonio Reig Pla, ha presidido, en el Cementerio de los Mártires de Paracuellos, la Santa Misa de la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, y con ocasión del LXXXIV Aniversario del Martirio de 143 Beatos. La celebración ha tenido lugar el domingo 22 de noviembre a las 12 horas.

Tras la Santa Misa se procedió a la exposición mayor del Santísimo Sacramento y a continuación tuvo lugar una Procesión Eucarística y la bendición con  el Santísimo.

La homilía del Obispo Complutense

Durante la Santa Misa en el Cementerio de los Mártires de Paracuellos, que reproducimos a continuación:

El triunfo de los mártires

Homilía en la Solemnidad de Cristo Rey del Universo. Cementerio de los Mártires de Paracuellos. 22 de noviembre de 2020

Celebramos la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo en esta Catedral de los mártires de Paracuellos donde ya han sido beatificados ciento cuarenta y tres hermanos nuestros, a los que se unirán, Dios mediante, otros que están en proceso. Ellos son el mejor tesoro de nuestra Iglesia y son como faros que alumbran el caminar de nuestro pueblo.

Acabamos de escuchar con asombro la voz del profeta Ezequiel: “Esto dice el Señor Dios: Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré” (Ez 34,11). A través de estas palabras somos introducidos inmediatamente en el “corazón” mismo de nuestra experiencia de fe, ya que estamos puestos frente al “acontecimiento de la venida de Jesucristo, el Hijo de Dios, el Buen Pastor, que no abandona a sus ovejas.

Dios habla al hombre y lo busca

Dios es cognoscible por las obras de la creación, como nos recuerda el apóstol San Pablo (Rm 1,20); nos ha hablado por medio de los profetas (Hb 1). Toda la obra de la creación y toda la obra profética iban dirigidas, sin embargo, a esta promesa: “Yo mismo buscaré mi rebaño” (Ez 34,11). Con ello, como nos recordaba el Papa San Juan Pablo II, “encontramos aquí el punto esencial por el que el cristianismo se diferencia de las otras religiones, en las que desde el principio se ha expresado la búsqueda de Dios por parte del hombre. El cristianismo comienza con la encarnación del Verbo. Aquí no es sólo el hombre quien busca a Dios, sino que es Dios quien viene en Persona a hablar de sí al hombre y a mostrarle el camino por el cual es posible alcanzarlo” (Juan Pablo II, Tertio millennio adveniente, 6). 

“En Jesucristo – continua diciendo San Juan Pablo II – Dios no sólo habla al hombre, sino que lo busca…movido por su corazón de Padre. ¿Por qué lo busca? Porque el hombre se ha alejado de él” (Ibidem, 7). Es lo que  nos recordaba el profeta Ezequiel: “yo mismo cuidaré de mi rebaño y lo libraré, sacándolo de los lugares por donde se había dispersado en un día de oscuros nubarrones…buscaré la oveja perdida, recogeré a la descarriada” (Ez 34, 13).

Densos nubarrones sobre España

Hoy, como ocurrió en otros momentos de la historia, se ciernen densos nubarrones sobre España. Con ello no me refiero sólo a la situación de incertidumbre y de dolor que ha provocado la pandemia que nos aflige. Unido a esta situación que afecta a muchos de nuestros hogares, se levantan otras nubes de oscuridad que atentan contra la sacralidad de la vida humana y contra la libertad de los hijos de Dios. Son nubes oscuras que pretenden censurar el nombre de Dios y su relevancia en las instituciones y espacios públicos. Estamos viviendo una crisis institucional, social y económica muy grave que afecta tanto a las personas como a nuestras familias. Al mismo tiempo se presentan propuestas dirigidas a robar la libertad de los padres para la procreación y la educación de sus hijos, leyes que de manera prepotente quieren cercenar la libertad de enseñanza, o que quieren retorcer la naturaleza de la persona negándole su identidad. Hoy en España, cuando estamos llorando a nuestros hermanos mayores fallecidos en la pandemia, asistimos estupefactos a la promoción incluso de una ley de la eutanasia que pretende favorecer el suicidio asistido y el homicidio por parte de los sanitarios corrompiendo así el ejercicio de la medicina. Por eso el Papa Francisco advertía recientemente a nuestros gobernantes de la necesidad de no caer en políticas sectarias e ideológicas que acaban deconstruyendo la patria. “Es muy triste, decía, cuando las ideologías se apoderan de la interpretación de una nación, de un país y desfiguran la patria” (Discurso del Santo Padre Francisco, 24-10-2020).

Dios nos ama y nos redime

Si España se aleja de Dios, como es sabido por experiencia, los senderos de la libertad necesariamente se irán cerrando y aumentarán las semillas de la muerte por todas partes. Por eso Dios Padre, no sólo nos ha buscado en su Hijo que se hizo hombre y camina con nosotros. Él mismo se ha entregado a la muerte en la cruz para nuestra redención. Nos ha amado hasta el extremo y es el vencedor del pecado y de la muerte. Por tanto “la religión de la encarnación es [también] la religión de la redención del mundo por el sacrificio de Cristo, que comprende la victoria sobre el mal, sobre el pecado y la misma muerte. Cristo aceptando la muerte en la cruz, manifiesta y da la vida al mismo tiempo porque resucita, no teniendo ya la muerte ningún poder sobre él” (Juan Pablo II, Tertio millennio adveniente, 7).

El testimonio de los mártires

Nuestros hermanos mártires enterrados en este cementerio de Paracuellos derramaron su sangre, unida al sacrificio de Cristo en la cruz, por el bien de España y por la victoria de la fe. Ellos comprendieron que Jesucristo es el Buen Pastor que no abandona a sus ovejas. Ellos sabían que iban a la muerte pero no olvidaron que el Pastor bueno les guiaba “por el sendero justo” (Sal 22) y que su destino era “habitar en la casa del Señor por años sin término” (Ibidem).

El testimonio de su sangre derramada, sus gritos de “Viva Cristo Rey y viva España” y el perdón que salía de sus bocas, nos introducen en el gran anuncio proclamado por San Pablo y que es el centro de la fe cristiana: “Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de los que han muerto” (1Cor 15, 20). La búsqueda del hombre por parte de Dios alcanza su objeto en la muerte y resurrección de Cristo. El hombre, buscado durante tanto tiempo, ha sido por fin encontrado y conducido a casa. El hombre, durante tanto tiempo herido, por fin ha sido curado de la enfermedad de la muerte. Todo esto ocurre en la resurrección de Cristo: “porque si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección. Pues lo mismo que en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados” (1Cor 15,21).

El gran anuncio cristiano

San Pablo nos recuerda, pues, el gran anuncio cristiano: Cristo ha resucitado como primicia de todos aquellos que, incorporados a su victoria por el bautismo, también resucitarán. Él es la causa de la vida y por eso nuestros mártires en el momento de su muerte veían el cielo abierto y eran conscientes de la gloria que les esperaba. Hoy todos ellos se presentan ante nosotros como testigos de la fe, campeones del espíritu que nos invitan a seguir sin temor a Jesucristo, en quien está depositada toda nuestra esperanza. “Los mártires – nos recordaba el Papa Francisco – son el máximo ejemplo del perder la vida por Cristo. En dos mil años son una multitud inmensa los hombres y las mujeres que sacrificaron la vida por permanecer fieles a Jesucristo y a su Evangelio.” (Ángelus, 23-6-2013).

El sentido de la historia humana

Alguno de vosotros, sin embargo, ante la oscuridad del tiempo presente, se puede preguntar: ¿Cuál es el desenlace de todo esto? ¿Cuál es el sentido de la historia y hacia dónde nos encaminamos? La respuesta del apóstol es la siguiente: “Cristo tiene que reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajos sus pies” (1Cor 15,25). Ésta es la decisión de Dios y ésta es la certeza de nuestra fe. Con esta certeza hemos de afrontar el enigma que encuentra todo hombre frente a la pregunta insoslayable y difícil al mismo tiempo: ¿hacia qué meta camina la historia humana vista la desconcertante fragilidad del bien y su aparente fracaso?

San Pablo al mismo tiempo que dice que “Cristo tiene que reinar”, habla de la necesidad de aniquilar a “los enemigos” y a “todo principado, fuerza y poder” (1 Cor 15, 24). ¿Enemigos de quién? Enemigos de la persona humana llamada a ser partícipe en Cristo de la misma vida divina y, por tanto, enemigos del mismo Cristo venido precisamente para que el hombre tenga vida y vida abundante (Cf Jn 10,10). Así pues, dentro de nuestra historia y en nosotros mismos existe un conflicto profundo entre la potencia de la resurrección de Cristo y las variadas formas de la muerte. Es, como nos recordaba San Juan Pablo II, la confrontación entre la “cultura de la vida” generada por la fe en la resurrección del Señor y la “cultura de la muerte” generada por quien retiene desesperadamente que la muerte sea el inevitable destino del hombre (Cf Juan Pablo II, Evangelium Vitae, 12).

El combate actual

Hoy este conflicto o combate se libra de manera particular en el modo de entender a la misma persona humana. “Hoy es preciso afirmar que la cuestión social – nos enseña Benedicto XVI – se ha convertido radicalmente en una cuestión antropológica”. “Sin Dios, el hombre no sabe dónde ir ni tampoco logra saber quién es”. Por eso, afirma el Papa emérito “el humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano” (Benedicto XVI, Caritas in veritate, 75.78). 

Elegir bien el bando en el combate

Como nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica “el combate se decide cuando se elige a quién se desea servir (cf Mt 6,21.24)” (n. 2729). Nuestros hermanos mártires derramaron inocentemente su sangre afirmando la soberanía de Dios como camino para reconocer la dignidad de toda persona humana y no ocultaron la sabiduría del salmista cuando canta: “Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor” (Sal 33,12). Siguiendo sus huellas ahora conviene que nos preguntemos, ¿en qué bando de la batalla nos situamos nosotros? La solemnidad de Cristo Rey del universo nos invita a sembrar el evangelio de la reconciliación y de la vida bajo la bandera de Cristo, el rey de la paz, quien, como nos enseña el concilio Vaticano II, “en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al “propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación” (Gaudium et spes, 22).

La fecundidad de la sangre de los mártires

Convencidos, pues, de que lo cristiano es la plenitud de lo humano y unidos a Cristo, el Pastor de nuestras almas, los católicos hemos de hacer fecunda en estos momentos la sangre de nuestros mártires. Este lugar emblemático, confiado a la Hermandad de Nuestra Señora de los Mártires de Paracuellos, ha de convertirse en un foco de luz y de memoria permanente que nos ayude a seguir con fidelidad a Cristo, quien, como nos recordaba el evangelio de San Mateo, ha querido quedarse en cada uno de sus hermanos: “Señor, ¿Cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿Cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el rey les dirá: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 37-40). Así pues, “venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo” (Mt 25, 34)

Habrá justicia

Al final de nuestra historia, queridos hermanos, habrá justicia y nuestro destino se juega en el amor a Dios y a los hermanos. En la lógica de las palabras de San Mateo, quien es enemigo del hombre y adversario de su destino es en esto mismo enemigo de Cristo, y quien es enemigo de Cristo es en esto mismo enemigo del hombre. Nuestros mártires supieron escoger bien el bando en que luchar y, como Cristo, murieron perdonando y rezando por sus adversarios. Con ello encendieron la antorcha de la fe y de la esperanza para que no falte en España la luz de Cristo. Su muerte fue su victoria. Ellos son como el grano de trigo que cae en tierra y muere. Sin embargo, su sacrificio se convertirá en las espigas que multiplican sus granos para que no nos falte el pan de la vida, el mismo que se hará presente en este humilde altar en el que ofrecemos el sacrificio de Cristo, al que confesamos como Rey de los mártires y Rey del universo.

Que nos asista la Reina de los mártires

Que siguiendo a tan buen capitán, como decía Santa Teresa de Jesús, la fe en Cristo florezca en España. Que nos reconozcamos todos hermanos y que, unidos en la verdad y en el amor, contribuyamos a hacer presente su Reino. Que María, Reina y Señora de los mártires de Paracuellos, nos asista y nos mantenga firmes en el duro combate de la fe.

+ Juan Antonio Reig Pla
Obispo Complutense

Los datos

En la Guerra Civil española, durante la batalla de Madrid de 1936, varios miles de prisioneros fueron asesinados en el paraje del Arroyo de San José, en Paracuellos de Jarama. Las matanzas se realizaron con ocasión de los traslados de presos, conocidos como “sacas”, desde diversas cárceles de Madrid entre el 7 de noviembre y el 4 de diciembre de 1936. Muchas de aquellas víctimas fueron asesinadas únicamente como consecuencia de su fe católica y en el contexto más amplio de la persecución religiosa que venía dándose en España desde años atrás. Al finalizar la guerra aquel paraje fue progresivamente dignificado construyéndose allí una pequeña iglesia y dando lugar a lo que hoy conocemos como Cementerio de los Mártires de Paracuellos.

Dicho Cementerio está custodiado por la Hermandad de Ntra. Sra. de los Mártires de Paracuellos, asociación de fieles católicos perteneciente a la Diócesis de Alcalá de Henares.

Según consta en los archivos, son miles las víctimas inocentes, centenares de ellas menores de edad, cuyos restos descansan en aquel Camposanto. De entre dichas víctimas hay sacerdotes y seminaristas de, al menos, ocho arzobispados y diócesis: Archidiócesis de Madrid, Arzobispado Castrense, Archidiócesis de Toledo y las Diócesis de Getafe, Ciudad Rodrigo, Jaén, Lugo y naturalmente Alcalá de Henares.

Allí también reposan los restos mortales de centenares de religiosos pertenecientes, al menos, a 20 órdenes religiosas: Agustinos, Capuchinos, Carmelitas, Carmelitas Descalzos, Claretianos, Dominicos, Escolapios, Franciscanos, Hermanos de las Escuelas Cristianas, Hospitalarios de San Juan de Dios, Jerónimos, Jesuitas, Marianistas, Maristas, Misioneros Oblatos, Paules, Pasionistas, Redentoristas, Sagrados Corazones de Jesús y María y Salesianos.

De entre estos religiosos ya han sido beatificados por el papa San Juan Pablo II, el papa Benedicto XVI y ahora el papa Francisco, 143 mártires: 63 religiosos Agustinos, 22 Hospitalarios de San Juan de Dios, 13 Dominicos, 6 Salesianos, 15 Misioneros Oblatos, 3 Hermanos Maristas, 1 sacerdote de la Orden de San Jerónimo, 1 Capuchino, 1 religioso de la Orden del Carmen, 9 Hermanos de las Escuelas Cristianas (La Salle) y 9 miembros de la Familia Vicenciana.

Por otra parte el 26 de octubre de 2019 a las 17 horas, en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares tuvo lugar la Sesión de Clausura de la Fase Diocesana de la Causa de beatificación y canonización por declaración de martirio de D. Eduardo Ardiaca Castell y 43 compañeros; los restos mortales de 19 de ellos descansan también en el Cementerio de los Mártires de Paracuellos: 7 religiosos Agustinos, 5 religiosos Maristas y 7 laicos.

Para conocer una breve reseña biográfica de D. Eduardo Ardiaca Castell y 43 compañeros PINCHAR AQUÍ.

De entre los miles de seglares católicos, cuyos restos mortales descansan en ese mismo lugar, muchos pertenecían a asociaciones y movimientos apostólicos como Acción Católica, la Adoración Nocturna Española o las Congregaciones Vicencianas.

Todas estas circunstancias hacen del Cementerio de los Mártires de Paracuellos un lugar sagrado, un verdadero ‘coliseo’ español, una verdadera «‘catedral’ de los mártires», levantada con la sangre de multitud de Testigos de la Fe, muchos de ellos elevados ya a la gloria de los altares.

(Diócesis de Alcalá de Henares)

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