Discurso inaugural del cardenal Omella en la Asamblea de los obispos

Los obispos españoles celebran desde hoy y hasta el día 20, en modalidad presencial y online, la Asamblea Plenaria. La reunión comenzaba a las 16:30 de la tarde tras el discurso inaugural del presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona.

En su intervención, que se ha ofrecido en directo en el canal de You Tube de la Conferencia Episcopal y en la página web, el cardenal Omella ha leído su discurso con el título Renacer entre todos. Tras su lectura, y ante la situación grave que padecemos en nuestros días, el presidente de los obispos propone a cada uno «aportar lo mejor de nosotros mismos para el bien de toda la humanidad».

Se reproduce a continuación el texto íntegro leído por el presidente de los Obispos.

https://youtu.be/BxEWLj0IfQ8

Renacer entre todos

Queridos cardenales, arzobispos, obispos, administradores diocesanos, querido Sr. nuncio de Su Santidad en España, personal de la Casa de la Iglesia, periodistas, amigos y amigas que estáis escuchando o leyendo este mensaje.

1.   Solidaridad con los difuntos

En este tiempo de pandemia están siendo cuantiosas las pérdidas de vidas humanas y por doquier se suceden los duelos y homenajes. Querríamos, en primer lugar, manifestar a los familiares de todos los difuntos durante el tiempo que llevamos de pandemia nuestro pésame y esperanza. Queremos también estar cerca de los que sufren y rezar por ellos. Asimismo, nos solidarizamos y comprometemos con los que están padeciendo las consecuencias económicas, sociales y laborales provocadas por esta pandemia. Hacemos nuestro el sufrimiento y la angustia de tantas personas, hermanos y hermanas nuestros, que se ven afectados por tanto desempleo y destrucción de los negocios y lugares de trabajo.

2.   Despedidas y bienvenidas

También quisiéramos hoy recordar y honrar a aquellos hermanos nuestros en el episcopado que han ido a la casa del Padre.

  • S. E. Mons. Camilo Lorenzo Iglesias, obispo emérito de Astorga.
    • S. E. Mons. Antonio Algora Hernando, obispo emérito de Ciudad Real.
    • S. E. Mons. Francisco Javier Ciuraneta Aymí, obispo emérito de Lérida.

Recordamos con un profundo agradecimiento por su entrega y servicio a quienes han pasado a la situación de eméritos:

  • S. E. Mons. José Vilaplana Blasco, obispo emérito de Huelva.
    • S. E. Mons. Francisco Cases Andreu, obispo emérito de Canarias.
    • S. E. Mons. Fidel Herráez Vegas, arzobispo emérito de Burgos.
    • S. E. Mons. Vicente Jiménez Zamora, arzobispo emérito de Zaragoza.
    • S. E. Mons. Julián López Martín, obispo emérito de León.

Hacer memoria agradecida de su obra, vida y amistad requiere otros momentos, pero sentimos que una emocionante cadena de fraternidad une a quienes nos han dejado con quienes se han incorporado durante los últimos meses a esta familia episcopal —S. E. Mons. Javier Vilanova Pellisa, obispo auxiliar electo de Barcelona, y S. E. Mons. Fernando Valera Sánchez, obispo electo de Zamora—. Una familia que tiene confiado el servicio de velar por mantener la unión en la fe y por promover la comunión de amor en el seno de la Iglesia que peregrina, tras las huellas de Jesús, en cada una de las diócesis y en todo nuestro país.

Agradecemos la disponibilidad de todos los hermanos obispos que han aceptado la responsabilidad de pastorear una nueva diócesis:

  • S. E. Mons. D. Jesús Fernández González, obispo de Astorga.
    • S. E. Mons. Santiago Gómez Sierra, obispo de Huelva.
    • S. E. Mons. José Mazuelos Pérez, obispo de Canarias.
    • S. E. Mons. Mario Iceta Gavicagogeascoa, arzobispo de Burgos.
    • S. E. Mons. Carlos Manuel Escribano Subías, arzobispo de Zaragoza.
    • S. E. Mons. Luis Ángel de las Heras Berzal, obispo de León.

3.   Reunidos y unidos fraternalmente en el Señor

Nos reunimos en un momento crucial para nuestro país y, sin un ápice de exageración, para la civilización global. Todavía resuenan en nosotros las imágenes y palabras de Su Santidad el papa Francisco durante el momento extraordinario de oración del pasado 27 de marzo de 2020, en una oscura plaza de San Pedro sacudida por una gran tormenta. Nunca había estado tan vacía la plaza y acaso nunca había estado tan llena de gente siguiendo el mensaje desde cada hogar. Personas de distintas religiones, creencias y nacionalidades más unidas que nunca por la insólita y dura experiencia que todos estamos sufriendo. Es la experiencia de la humanidad puesta a prueba, como dice la Pontificia Academia para la Vida en su nota Pandemia y fraternidad universal (30.III.2020). La experiencia dolorosa que llevamos meses padeciendo llevó al papa a pronunciar aquellas inolvidables palabras como glosa de su abrazo al mundo:

Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca estamos todos (…). No podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino solo juntos (…). Comprendemos que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17, 21).

El abrazo del santo padre al Señor crucificado, en medio de aquel diluvio nocturno, será una de las imágenes que quedarán para la posteridad. También tiene ya una dimensión histórica y universal su nueva encíclica Fratelli tutti (FT) en la que resuenan esas mismas palabras al reflexionar sobre la fraternidad y la amistad social. En medio de la zozobra mundial provocada por esta pandemia, Fratelli tutti viene a ofrecernos las claves para superar integralmente esta crisis sanitaria que hiere a nuestro mundo y a contribuir al renacimiento de la humanidad. Esta carta magna recoge el sentir más hondo de la gente: la humanidad anhela vivir fraternalmente y actuar unidos como una familia, anhela que la diversidad de voces no impida el diálogo y el encuentro de todos.

El marco de nuestra civilización mundial está dañado. Ya hacía tiempo que el mundo estaba desajustado y esta pandemia no ha hecho sino visibilizar y agudizar el desproporcionado estado de las desigualdades económicas y sanitarias, las gravísimas consecuencias de la destrucción de los ecosistemas, el interés egoísta y polarizador de los populismos irresponsables y, sobre todo, nos hace ver lo lejos que estamos de sentir y comportarnos como una única familia humana.

4.   El impacto de la COVID-19

La primera ola de la pandemia llevó a que, en tan solo tres meses, ya hubiera poblaciones confinadas en todos los meridianos de la Tierra. Este coronavirus ha provocado un tornado que, si por un lado, está catalizando todos los males de nuestra época, por otro lado también está provocando la activación de multitud de fuerzas tendentes al bien, que queremos alentar y favorecer vengan de donde vengan, pues, como dijo Jesús: «El que no está contra nosotros está a favor nuestro» (Mc 9, 40).

No es la enfermedad que más mata del planeta ni el mal moralmente más destructivo, pero es un fenómeno con la potencia para crear una discontinuidad en la conciencia de la humanidad. La pandemia es global, rápida, disruptiva, trastorna tanto los pequeños detalles de la vida cotidiana como las más amplias operaciones internacionales, afecta a cada barrio y al mundo en su conjunto. Esta situación hace que nuestra sociedad tenga que ser operada a corazón abierto, utilizando una imagen quirúrgica; por ello, requiere toda nuestra atención, nuestros mayores esfuerzos y el empleo activo de todas nuestras capacidades para no dejar que el virus infecte nuestras almas con el egoísmo y la tentación del “sálvese quien pueda”.

La COVID-19 nos ha conmovido especialmente con las heridas y esquinas que permanecen oscuras en nuestra sociedad. Nos ha hecho mirar superando la invisibilidad y la ceguera. Es muy importante que la pandemia siga abriendo nuestros ojos y nuestros corazones a las personas sin hogar, a quienes sufren soledad, a los inmigrantes y refugiados varados en las fronteras, a las mujeres víctimas de trata y prostituidas, a las personas que están en prisión, en alojamientos colectivos… Por muy intenso que esté siendo el dolor en nuestro país, deseamos seguir atentos y comprometidos con los lugares de la Tierra donde más se está sufriendo esta y otras pandemias como la violencia, el hambre, el racismo o la destrucción forestal de la Amazonía.

5.   Gratitud

Los estados de crisis también hacen emerger el bien en  el corazón de cada persona e impulsan lo mejor de nosotros mismos, nos elevan y hacen trascender. La reacción contra la pandemia ha mostrado la grandeza del servicio y de la entrega, incluso de la propia vida, como han demostrado tantos profesionales esenciales, muchos de ellos católicos y miembros de la Iglesia. Agradecemos de corazón su entrega y servicio. También queremos agradecer la labor de sacerdotes, religiosos y laicos que han estado dando asistencia espiritual, en la manera que ha sido posible, a muchos enfermos y a familias en las peores circunstancias.

Valoramos el gran esfuerzo y buena voluntad de todas las instituciones que han trabajado incansablemente por el bien de todos los ciudadanos. Humildemente debemos reconocer y agradecer también la labor de las instituciones de la Iglesia durante este tiempo convulso que estamos padeciendo. La Iglesia ha cooperado y sigue cooperando con las instituciones públicas y privadas en todo lo que se nos ha solicitado y en lo que estaba en nuestras manos dar y hacer.

Junto con muchas iniciativas vecinales, desde parroquias y centenares de redes del bien, hemos repartido miles de toneladas de alimentos. Hemos ayudado a muchas personas en situaciones de dependencia, soledad y angustia, a las que hemos acompañado en el trauma y en el duelo. Hemos intentado resolver los más diversos problemas de la gente durante el confinamiento y seguimos en ello. La Iglesia ha multiplicado exponencialmente su atención a las personas y a las familias vulnerables a través de Cáritas y de la numerosa red de entidades impulsadas por todo tipo de instituciones y comunidades cristianas.

La actividad sacramental y espiritual de la gente ha quedado físicamente afectada por las normas de confinamiento. Ante estas limitaciones, queremos agradecer la respuesta tan creativa y vital que se ha suscitado en forma de miles de iniciativas de celebración, plegaria, meditación o reflexión, promovidas desde parroquias, escuelas, universidades, comunidades laicales, redes digitales y los más variados espacios. Las redes se han convertido en un gran instrumento para la celebración y transmisión de la fe. El teléfono ha sido una gran herramienta para la escucha y el acompañamiento espiritual. Las videoconferencias han sido el medio oportuno para poder mantener viva la llama de los diversos grupos de fe, de matrimonios, de revisión de vida o de formación. Los medios de comunicación y las revistas de la Iglesia han hecho un especial esfuerzo por comunicar en este tiempo. En realidad, todas y cada una de las instituciones eclesiales han hecho y están haciendo un esfuerzo creativo y extraordinariamente generoso para servir mucho mejor.

No podemos ocultar nuestro dolor ante la imposibilidad de atender a muchos pacientes durante la enfermedad y, particularmente, en los últimos momentos de su vida, por  la escasez de material de protección. Confiamos en que se haya aprendido de la situación y, de ahora en adelante, se reconozca la importancia del acompañamiento o asistencia espiritual durante la enfermedad. Sabemos que no se puede imponer, pero creemos que no se puede impedir. El derecho a recibir una atención espiritual es un derecho humano que no se puede vulnerar.

Ante el sufrimiento que ha quedado en el corazón de aquellos que han visto cómo sus seres queridos morían so- los, los pastores y todos los cristianos estamos llamados a ser buenos samaritanos que pongan en el centro de su corazón el rostro del hermano en dificultad, que sepan ver su necesidad y que le ofrezcan todo el bien necesario para levantarlo de la herida de la desolación y abrir en su corazón espacios lumi- nosos de esperanza1.

Pedimos humildemente al Señor el don de acompañar los procesos de duelo y de ayudar a sanar heridas desde el reconocimiento de las semillas de bien que Dios sigue derramando en la humanidad. Y también pedimos al Señor el don de descubrir cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes que, sin lugar a dudas, escribieron los acontecimientos decisivos de nuestra historia compartida: médicos, enfermeros y enfermeras, farmacéuticos, empleados de los supermercados, personal de limpieza, cuidadores, transportistas, hombres y mujeres que trabajan para proporcionar servicios esenciales y seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas (…); comprendieron que nadie se salva solo (FT, n. 54).

Ellos son los “santos de la puerta de al lado” a los que se refiere el papa Francisco en Gaudete et exsultate. A todos ellos nuestra más sincera gratitud.

1 CongregaCión para la DoCtrina De la FeSamaritanus Bonus [SB] (22.IX.2020), conclusión.

El heroico esfuerzo de decenas de miles de científicos para hallar la vacuna, muchos de ellos de nuestro país, es el mejor rostro de una humanidad que puede unirse mundialmente como una familia para responder juntos a los mayores desafíos. Todos ellos cuentan con nuestra solidaridad, agradecimiento y oración.

6.   Esperanza y autoestima

España está sufriendo la pandemia con una especial intensidad, particularmente durante el comienzo de la llamada segunda ola, y se agudizan todos los problemas. Es de tal envergadura el trauma que está impactando sobre todos nosotros y tal el espectáculo del enfrentamiento casi continuo de los líderes políticos, que corremos el riesgo de dar pábulo a la desesperanza, alimentar una mirada excesivamente negativa sobre nosotros como país, hundir nuestra autoestima colectiva, dejarnos vencer por el pesimismo e incluso caer en la depresión cultural, hasta el punto de creer que somos incapaces de superar esta crisis y vernos como una sociedad sin futuro. En estos momentos es importante no sembrar la desesperanza y no suscitar la desconfianza constante, aunque se disfrace detrás de la defensa de algunos valores (cf. FT, n. 15).

La Iglesia debe comprometer todas sus energías en crear esperanza. Siendo conscientes de nuestros defectos colectivos, Dios nos ha dado como pueblo sobradas capacidades para superar esta crisis. No debemos ser ingenuos ni negar las pérdidas que estamos sufriendo, pero podemos ser mucho mejores de lo que a veces creemos. Tenemos que esperar y
suscitar con confianza lo mejor de nosotros mismos y de los demás. Especialmente, debemos animar a los jóvenes, que están sufriendo una importante quiebra de sus proyectos de futuro y no tienen todavía la perspectiva histórica de haber vivido otras duras crisis que hemos logrado superar.

Por mucho que las malas noticias destaquen y se acumulen, debemos ser un pueblo de esperanza que «eleva el espíritu hacia las cosas grandes» y «se abre a grandes ideales que hacen la vida más bella y digna» (FT, n. 55). El que se ha equivocado, que pida perdón. El que ha caído en la corrupción que devuelva lo robado. En nuestro país debe haber espacio y tiempo para el arrepentimiento y para el perdón. Recordemos que el juicio de cada uno solo corresponde a Dios. Es momento para pedir al Padre que nos conceda la virtud teologal de la esperanza que sabe mirar en profundidad, que sabe descubrir en las pequeñas cosas que la bondad siempre llega más lejos que cualquier mal, que la verdad es más profunda que la mentira y que la belleza siempre es mayor que el horror. Imploro el don de una esperanza concreta que reconozca y dé valor a todo lo positivo que emerge en la vida de cada persona, de cada familia y de la sociedad en su conjunto.

7.   Tensiones

Debemos pedir y acoger la virtud de la esperanza, pues los tiempos son recios y aún es previsible que tengamos que luchar contra muchas pérdidas más. Una crisis tan dura como la que sufrimos tensa todas las costuras de la sociedad. Todos los vínculos son puestos a prueba, y donde no los reforzamos, con solidaridad y confianza, se resienten. En las relaciones intergeneracionales, los mayores han sido los más afectados, especialmente en las residencias que no pudieron contar con la necesaria atención sociosanitaria. Todos hemos tomado conciencia del peso del “edadismo” en nuestra sociedad y de las distintas formas de exclusión por la edad. También los jóvenes han sido estigmatizados, en ocasiones por su supuesta capacidad de contagio, cuando además están padeciendo los mayores niveles de desempleo. Los niños, por su parte, han vivido un confinamiento de muchas semanas sin poder ir a la escuela, salir a la calle o estar con sus abuelos.

La situación que vivimos está sometiendo a la sociedad   a un intenso estrés que agudiza las diferencias entre unos y otros. Ante el riesgo de que aflore el resentimiento y la división, debemos potenciar la comunión para vencer este desafío que no es solo sanitario, sino también económico, social, político y espiritual.

Como el papa dijo recientemente al presidente del Gobierno, es necesario «construir la patria con todos (…) donde no nos es permitido el borrón y cuenta nueva». No es momento de divisiones, no es momento para dejar que los brotes populistas irresponsables e ideológicos traten de colarse. Es el momento de la cohesión, de la cordialidad, de trabajar unidos, de mirar  a largo plazo liberándonos del cortoplacismo de las elecciones o de la bolsa. Como dijo el papa, «las ideologías sectarizan, las ideologías deconstruyen la patria, no construyen», es necesario «aprender de la historia». Es el momento de la unidad y de la buena política, aquella que vela por el respeto a la persona humana y trabaja incansablemente por el bien común.

Dada la situación de emergencia nacional y mundial, deberíamos evitar tensionar más la sociedad política con cuestiones que no sean prioritarias o que requieran de un debate sereno y profundo. Ahora deberíamos centrarnos a encontrar soluciones que ayuden a salir a flote a las familias que se están hundiendo, a los empresarios que no tienen más remedio que cerrar sus negocios. Por tanto, es conveniente evitar distracciones inútiles y polarizadoras que no conducen a la solución de la grave crisis que nos afecta.

Ante esta tentación, queremos hoy nuevamente recordar y agradecer el gran esfuerzo colectivo de nuestra sociedad que, movida por un espíritu de concordia y de proyecto a largo plazo para nuestro país, fue capaz de alcanzar el gran pacto nacional de la Transición que cristalizó en nuestro actual sistema político definido en la Constitución de 1978 y que hemos de preservar y fortalecer.

La mejora de nuestras instituciones no pasa por el «borrón y cuenta nueva», ni por el romper radicalmente el consenso, sino por trabajar unidos para mejorar y potenciar el actual sistema democrático. La mejora de nuestro sistema político constitucional y democrático de derecho no puede pasar por las propuestas de deslegitimar y poner en peligro las instituciones básicas que han mantenido durante estas décadas aquel gran acuerdo nacional y han dado a nuestro país prosperidad y convivencia en la diversidad de sus pueblos. Se trata de acoger todo lo bueno que hay en ellas y mejorar o corregir todos sus fallos y limitaciones.

Tenemos que recuperar el espíritu de concordia que hizo posible que, tras una durísima guerra entre hermanos y el largo periodo del régimen franquista, nuestros mayores, haciendo política del bien común, fueran capaces de llegar a acuerdos que exigieron sacrificios, generosidad y confianza mutua. Hemos de preservar la memoria de ese legado que forma parte de lo mejor de nuestra historia para que los es- pañoles podamos seguir construyendo juntos un proyecto digno de futuro. Fuimos capaces de perdonarnos, de reconciliarnos, de programar unidos la España del futuro. Hagamos pues ahora lo mismo. No caigamos en el virus de una polarización que haga imposible tender la mano, e incluso dialogar con el que piensa diferente.

Hoy es una urgencia generar espacios y actitudes de reencuentro. Hablar de «cultura del encuentro significa que como pueblo nos apasiona intentar encontrarnos, buscar puntos de contacto, tender puentes, proyectar algo que incluya a todos» (FT, n. 216). No es una utopía, sino que hay formas y métodos concretos que propician esos encuentros cívicos y llevan a que quienes piensan distinto cultiven entre ellos una amistad cívica capaz de alumbrar proyectos comunes. Fratelli tutti nos exhorta a buscar caminos concretos porque es posible «reconocer a cada ser humano como un hermano o una hermana y buscar una amistad social que integre a todos» (FT, n. 180). Y también convoca al conjunto de la sociedad y especialmente a los políticos y líderes mediáticos y públicos al «cultivo de la amabilidad» (FT, n. 222).

La amabilidad es una liberación de la crueldad que a veces penetra las relaciones humanas, de la ansiedad que no nos deja pensar en los demás, de la urgencia distraída que ignora que los otros también tienen derecho a ser felices. Hoy no suele haber ni tiempo ni energías disponibles para detenerse a tratar bien a los demás, a decir “permiso”, “perdón”, “gracias”. Pero de vez en cuando aparece el milagro de una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia. Este esfuerzo, vivido cada día, es capaz de crear esa convivencia sana que vence las incomprensiones y previene los conflictos. El cultivo de la amabilidad no es un detalle menor ni una actitud superficial o burguesa. Puesto que supone valoración y respeto, cuando se hace cultura en una sociedad transfigura profundamente el estilo de vida, las relaciones sociales, el modo de debatir y de confrontar ideas. Facilita la búsqueda de consensos y abre caminos donde la exasperación destruye todos los puentes (FT, n. 224).

La tarea de reducir la crispación y de promover la cultura del encuentro no solo corresponde a los medios de comunicación y a las figuras públicas, sino también a cada uno de nosotros. Lo podemos hacer en nuestros contextos diarios, en las conversaciones, en las redes sociales, en la formación de los niños y jóvenes, en los mensajes que ponemos en circulación en la sociedad. No debemos dar al mal más alas, sino que debemos dar continuamente oportunidades a la concordia y a la reconciliación, tal como nos aconseja el Papa cuando afirma que «cada uno de nosotros está llamado a ser un artesano de la paz, uniendo y no dividiendo, extinguiendo el odio y no conservándolo, abriendo las sendas del diálogo y no levantando nuevos muros» (FT, n. 284).

8.   Por una economía más humana

Sabemos que el mayor daño que está sufriendo la economía española en comparación con otras se debe también a  la existencia de carencias previas que padecíamos y que han acentuado gravemente el efecto del parón de la actividad. Nuestro mercado laboral arrastra una excesiva precariedad, por lo que urge promover la diversificación de nuestra estructura productiva, la inversión en investigación y desarrollo, la colaboración entre los agentes sociales, el desarrollo de la formación profesional, la promoción de la acción creativa de los emprendedores y la cooperación entre todos los sectores, por citar algunos temas capitales.

En su conjunto, necesitamos, por un lado, promover un mercado laboral digno que permita conciliar la vida familiar con la vida laboral, ya que toda medida tendente a proteger la estabilidad de la vida familiar acaba beneficiando económica y socialmente a todos. Y, por otro lado, debemos apostar por una economía que, mirando a largo plazo, tenga el horizonte puesto en la prosperidad inclusiva y sostenible, donde se pueda dar el desarrollo humano integral.

Si la sociedad en su conjunto está sufriendo, esa fragilidad se multiplica entre las personas y familias que están en situación de exclusión o al borde de la misma por el desempleo. De hecho, nuestros centros sociales atestiguan que cientos de miles de personas que nunca habían tenido que acudir a pedir ayuda social se ven obligadas a hacerlo por primera vez. En la superación de esta crisis y la reconstrucción posterior, debemos priorizar preferentemente a los socialmente más vulnerables y, entre ellos, a los que más sufren la pobreza (cf. FT, n. 187).

Ante la peor recesión económica desde la II guerra mundial, la reacción de la Iglesia ha sido y es salir al rescate con todos los medios a su alcance, redoblando todos sus esfuerzos y empleando todos los recursos disponibles. Paralelamente, el cierre de los templos y las restricciones de aforo han provoca- do que las colectas hayan menguado. A no pocas parroquias ya les está costando llegar a fin de mes y las diócesis están saliendo al paso con planes de emergencia para garantizar que puedan seguir con su labor pastoral y asistencial. Por todo ello, urge replantearse cómo implicar a los católicos y a la ciudadanía en general en esta misión en un momento en que los cepillos se están quedando vacíos. La caridad eclesial no puede ni debe detenerse. La creatividad y el uso de nuevas tecnologías pueden impulsar nuevas formas de respaldo. Es el momento de estimular el compromiso de todos a través de cuotas periódicas que permitan abordar proyectos a medio y largo plazo.

Es un momento en el que tenemos que estar presentes más que nunca al lado de los más necesitados, todo ello en la línea de lo afirmado en la instrucción pastoral Iglesia, servidora de los pobres (24.IV.2015) aprobada en la CV Asamblea Plenaria de la CEE.

9.   Mejorar la cultura política y pública

Queremos iniciar este apartado con unas palabras del santo padre que creemos que recogen muy bien el momento social y político que estamos viviendo:

Hoy en muchos países se utiliza el mecanismo político de exasperar, exacerbar y polarizar. Por diversos caminos se niega a otros el derecho a existir y a opinar, y para ello se acude a la estrategia de ridiculizarlos, sospechar de ellos, cercarlos. No se recoge su parte de verdad, sus valores, y de este modo la sociedad se empobrece y se reduce a la prepotencia del más fuerte. La política ya no es así una discusión sana sobre proyectos a largo plazo para el desarrollo de todos y el bien común, sino solo recetas inmediatistas de marketing que encuentran en la destrucción del otro el recurso más eficaz. En este juego mezquino de las descalificaciones, el debate es manipulado hacia el estado permanente de cuestionamiento y confrontación (FT, n. 15).

Por un lado, son muchas las personas que manifiestan su descontento con una forma de hacer política y con la manera que se está llevando a cabo la gestión de la cosa pública. Algunos de ellos se desesperan al considerar que no está a su alcance hacer algo para remediar la situación. Por otro lado, los políticos y gestores públicos se ven sobrepasados por la situación y algunos de ellos se angustian al no verse capaces de atender tantas demandas de la ciudadanía.

Ellos y nosotros, administración pública y sociedad civil, hemos de resolver conjuntamente la dramática situación ante la que nos encontramos. Políticos y gestores públicos necesitan nuestra colaboración para la consecución del bien común.

Es por ello que hacemos una llamada a potenciar nuestra sociedad civil que, lamentablemente, sigue siendo muy pobre. Tradicionalmente era muy escasa la trama de organizaciones y compromisos cívicos y durante la crisis económica que se inició en 2008 se redujo en un tercio. La Fundación FOESSA, por ejemplo, ha detectado una mengua muy significativa en el asociacionismo de los ciudadanos españoles: de un 39% en el 2007, pasamos a un 29% en 2013, bajando hasta el 19% actual. Desarrollar la sociedad civil —cuyas primeras bases son las familias y vecindarios— es una urgencia en España si queremos reconstruir el país entre todos, conjunta- mente con las Administraciones Públicas.

Las instituciones de la sociedad civil ejercen una labor moderadora de la vida política, estimulan y procesan la cultura de discernimiento público, aportan alternativas y empren- den soluciones, motivan y guían a sus participantes en sus funciones profesionales, vecinales y ciudadanas. En suma, hacen posible la cooperación transversal y aseguran el principio de subsidiariedad que debe garantizar el Estado. Sin ellas, se produce una profunda desconexión entre la base de la sociedad y los gobernantes.

Sin esa fuerza cívica mediadora y creadora, se hace más probable una instrumentalización política y se pierde la oportunidad de realizar entre todos un servicio cooperativo y conjunto al bien común. Apostamos, pues, por idear un proyecto común compartido y desarrollado entre todos. El papa Francisco reconoce el papel necesario e imprescindible de la política:

Para muchos la política hoy es una mala palabra, y no se puede ignorar que detrás de este hecho están a menudo los errores, la corrupción, la ineficiencia de algunos políticos. A esto se añaden las estrategias que buscan debilitarla, reemplazarla por la economía o dominarla con alguna ideología. Pero, ¿puede funcionar un mundo sin política? ¿Puede haber un camino eficaz hacia la fraternidad universal y la paz social sin una buena política? (FT, n. 176).

Como decía el Concilio Vaticano II: «La Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran al bien de la cosa pública y aceptan las cargas de este oficio» (GS, n. 75).

Solo la concordia, el consenso y la cooperación nos hacen crecer como país. Tanto quienes están en responsabilidades en los diferentes niveles de gobierno nacional, regional o local, como quienes están en otras responsabilidades parlamentarias y, en su conjunto, todos los poderes públicos, deben contribuir a mejorar la cultura política en un momento clave para nuestro país. Necesitamos más que nunca de su liderazgo y de su testimonio. Nos comprometemos a orar intensamente por todos ellos.

Finalmente, hacemos un llamamiento a superar las posiciones tendentes a enfrentar sector público y privado, iniciativa pública e iniciativa privada. Pongamos la mirada en algunos países de nuestro entorno donde la colaboración entre las instituciones públicas y privadas, entre las que se encuentra la Iglesia, no solo es algo muy habitual, sino que además es un medio mucho más eficaz y eficiente para la promoción del bien común, aprovechando las grandes sinergias y evitando la duplicidad de iniciativas, la pérdida inútil de recursos económicos y materiales. Abogamos, pues, por potenciar la complementariedad y la cooperación entre instituciones con la mirada puesta en el bien común de los ciudadanos. Todos trabajamos por el bien de la sociedad y queremos edificar la patria entre todos.

10.   Pacto educativo

En todos los campos de la vida social, cultural, profesional y educativa, la Iglesia quiere aportar un valor social positivo y constructivo. Es su misión continuar trabajando por el bien de las personas y de la sociedad.

La labor de la Iglesia en el ámbito educativo es relevante. No solo atiende a casi dos millones de familias muchas de ellas en los enclaves más pobres y populares de nuestra sociedad, sino que además promueve proyectos de investigación, innovación y desarrollo para el conjunto de profesores y centros del sistema educativo. A este servicio de educación reglada se une la acción social de una multitud de entidades de educación en el ocio y en el tiempo libre de inspiración cristiana que, fuera del horario escolar, trabajan para fomentar la equidad, la formación a menores vulnerables y el desarrollo humano e integral de cada persona. En el episodio de grave crisis social que atravesamos, sabemos que debemos intensificar nuestro compromiso educativo, especialmente allí donde más se sufre.

Hacemos nuestra la llamada del papa Francisco (15.X.2020) a todas las naciones e instituciones a participar en un Pacto Educativo Global con el fin de alcanzar un acuerdo que permita generar un cambio a nivel planetario que promueva una educación que sea creadora de fraternidad, paz y justicia. El papa Francisco aboga por una educación cuyos objetivos sean:

  1. Poner en el centro de todo proceso educativo a la persona, potenciando su valor, su dignidad, su propia especificidad, su belleza y, al mismo tiempo, su capacidad de relacionarse con los demás y con la realidad que le rodea, rechazando la cultura del descarte.
  2. Escuchar la voz de los niños, adolescentes y jóvenes a quienes transmitimos valores y conocimientos, para construir juntos un futuro de justicia y de paz, una vida digna para cada persona.
  3. Fomentar la plena participación de las niñas y de las jóvenes en la educación.
  4. Tener a la familia como primera e indispensable educadora.
  5. Educar para acoger, de manera particular, a los más vulnerables y marginados.
  6. Promover el compromiso de estudiar para encontrar otras formas de entender la economía, la política, el crecimiento y el progreso para que estén al servicio del hombre y de toda la familia humana.
  7. Salvaguardar y cultivar nuestra casa común en la perspectiva de una ecología integral, siguiendo los principios de subsidiariedad, solidaridad y economía circular2.

Se trata, por tanto, de ponernos todos de acuerdo para fomentar un nuevo humanismo que contribuya a la formación de personas abiertas, responsables, dispuestas a encontrar tiempo para la escucha, el diálogo, la reflexión, y capaces de construir un tejido de relaciones familiares, entre generaciones y con las diversas expresiones de la sociedad civil.

2 Cf. Videomensaje del papa Francisco en ocasión del encuentro promovido por la Congregación para la Educación Católica Global compact on Education. Together to look beyond (15.X.2020).

El clamor de la inmensa mayoría de la sociedad por un Pacto educativo en España, que sea a largo plazo y que incorpore a todas las fuerzas políticas y también a las entidades civiles y religiosas activas en el campo de la educación, no ha cesado de crecer. Sería conveniente que de este pacto educativo pudiera concretarse una ley sólida que no sea objeto de debate con cada cambio de color político en el Gobierno.

La Iglesia y todas sus instituciones educativas se suman a este Pacto Educativo Global propuesto por el papa Francisco con el fin de formar personas capaces de amar y ser amadas, dispuestas a ponerse al servicio de la comunidad.

Por eso lamentamos profundamente todos los obstáculos y trabas que se quieren imponer a la acción de las instituciones católicas concertadas. Nuevamente insistimos que no es el momento de poner trabas, de enfrentar instituciones públicas y privadas, sino de trabajar conjuntamente, de cooperar de forma eficaz y eficiente para ofrecer una educación adecuada a todos los niños, adolescentes y jóvenes de nuestro país, respetando en todo momento el derecho constitucional de los padres y madres a escoger libremente el centro y el modelo educativo para sus hijos —en consonancia a su con- ciencia, identidad y tradiciones—, y asegurando siempre el derecho constitucional a la libre iniciativa privada.

Consideramos que, siempre y cuando se actualicen correctamente y se garanticen las necesidades económicas para una buena prestación del servicio educativo, la fórmula de la concertación pública como mecanismo de financiación de la educación general sigue siendo plenamente válida y útil para que se dé la participación plural, la diversidad que enriquece a la sociedad y la implicación de la ciudadanía en la consecución del bien común. También creemos que se pueden valorar otras medidas interesantes adoptadas en países de nuestro entorno europeo (como es el caso del “bono escolar”) con el fin de garantizar los derechos constitucionalmente reconocidos a los padres y a la libre iniciativa privada.

Por último, y en la senda del Pacto Educativo Global promovido por el papa Francisco, nuestro empeño se concentra en poner a la persona en el centro, garantizando una educación integral de la misma en todas sus dimensiones —humana, relacional, psicológico-intelectual y espiritual—. Por ello, juzgamos que no se debe quitar de la escuela la formación moral en valores y la clase de religión. Defendemos, pues, la presencia  de  la  asignatura  de  religión.  De  hecho,  en  una sociedad  tecnocrática  en  la  que  un  pequeño  virus  nos  ha desbordado, se hace más que nunca necesaria la enseñanza y el cultivo de la filosofía, de la teología y de la espiritualidad.

11.   Defensa de una vida digna y justa

La crisis que estamos viviendo lo tensiona todo porque su calado afecta a la supervivencia de decenas de miles de personas en nuestro país; millones de personas, si tenemos en cuenta el mundo entero. Esta experiencia negativa nos ha puesto colorados ante la arrogancia del progreso insostenible, la soberbia del individualismo consumista y la superficialidad cultural.

El primer golpe de la pandemia ya nos hizo conscientes de que habíamos desatendido el cuidado de la vida, particularmente la de nuestros hermanos más vulnerables. La sociedad ha vivido con mucho dolor y angustia las decisiones en materia de cribado de los enfermos de coronavirus en razón de su edad, grado de discapacidad o dependencia. Es imprescindible tomar las medidas necesarias para que esta situación no se vuelva a repetir. Han sido también muy dolorosas las consecuencias de la pandemia en las residencias de ancianos y discapacitados, deberíamos hacer todo lo posible para que esta situación no se vuelva a dar.

Los mayores y discapacitados que han resistido a la primera ola de pandemia están angustiados no solo por la enfermedad sino también por las consecuencias que esta puede tener en sus vidas, particularmente en lo relativo a la soledad y al aislamiento. Hacemos un llamamiento a nuestras autoridades a tener muy presentes las necesidades humanas, relacionales y espirituales de nuestros mayores en el caso de futuros confinamientos.

Asimismo, en el supuesto de nuevos confinamientos en nuestros hogares será muy necesario que esta medida tenga muy en cuenta también la situación personal de muchas familias que habitan en viviendas muy pequeñas o en pequeñas habitaciones. Será necesario que las autoridades tengan muy presente su situación de particular vulnerabilidad para adoptar medidas excepcionales que tengan especialmente en cuenta a dichos hermanos y hermanas.

Esta pandemia nos está empujando a recuperar el valor de la vida y, de una manera particular, la de nuestros mayores y la de las personas que viven con más soledad y aislamiento. Hemos tomado conciencia de la importancia de cultivar sus relaciones humanas y familiares para proteger su salud y sus ganas de vivir. Tarde o temprano llegan a nuestras vidas el dolor, la enfermedad o la ancianidad y, por ello, es absolutamente necesario que tengamos un sistema sanitario, residencial, de medicina del dolor y de curas paliativas que cubra todo nuestro país y del que nadie quede excluido. Todas las personas merecen un trato humano y fraterno por parte del resto de la sociedad.

Ante el sufrimiento que derriba a las personas, algunos proponen la eutanasia como solución. Nosotros, ante este grave dolor humano, apostamos por una cura integral de las personas que trabaje todas sus dimensiones: médica, espiritual, relacional y psicológica. Necesitamos centros sanitarios pensados para el bien de la persona, que aprovechen la belleza de la naturaleza… No dejaremos nunca de repetir que no hay enfermos “incuidables” aunque sean incurables. La vacuna contra la tristeza, el dolor, la soledad y el vacío existencial de las personas enfermas no puede ser única y exclusivamente la eutanasia. Esta medida no sería ni la más justa, ni la más humana, ni la más fraterna.

Existe una técnica y una experiencia de los últimos cui- dados que logra paliar el dolor, pacificar la agonía y evitar sufrimientos a las personas en el final de su vida. Las antiguas propuestas eutanásicas que aún siguen tratando de imponerse en este siglo XXI no siguen la lógica del cuidado al final de la vida, sino de la anticipación de la muerte fomentando el suicidio asistido. No caben ser catalogadas como derecho subjetivo, sino como «un falso derecho de elegir una muerte definida inapropiadamente como digna solo porque ha sido elegida»3 (SB, Ibid; cf. San Juan Pablo II, Evangelium vitae, n. 72). Así se produce una derrota del ser humano y una victoria de la «cultura del descarte» que resquebraja «los deberes inderogables de la solidaridad y fraternidad humana y cristiana» (SB, Ibid.).

La sociedad, en su conjunto, debe promover una ética del cuidado y del reconocimiento personal, no legislaciones y lógicas superficiales e individualistas que extiendan la cultura de la muerte y fomenten el subjetivismo moral. La marginación y estigmatización de las personas con discapacidad, o que padecen enfermedades crónicas o de las personas dependientes, llevan a que algunos vean como legítimo que   sea razonable que mueran anticipadamente. Eso multiplica la exclusión social, la minusvaloración y la denigración de quienes viven en esas condiciones. Hacemos una llamada a los legisladores y al conjunto de la sociedad a comprender que debemos ser mucho más hondos y respetuosos al pensar esas situaciones de sufrimiento humano. Una sociedad que no cuida a sus mayores y a sus enfermos es una sociedad que se va muriendo lentamente.

3 CongregaCión para la DoCtrina De la FeSamaritanus Bonus [SB] (22.IX.2020), con- clusión; cf. san Juan pablo II, Evangelium vitae, n. 72.

Queremos, pues, renovar nuestro compromiso irrenunciable con la defensa de la dignidad incondicional de cada ser humano desde el momento de su concepción y con un morir digno en que la vida sea plenamente humana y pacífica hasta el final, excluyendo tanto la anticipación de la muerte como su retraso mediante el ensañamiento terapéutico. La comunidad cristiana quiere cooperar con todos para construir esa sociedad de los cuidados a los más vulnerables.

12.   Migrantes

La encíclica Fratelli tutti que estas semanas estamos acogiendo e interiorizando nos propone que amemos a nuestros hermanos más allá de las fronteras geográficas y existenciales. El papa nos señala con especial insistencia el riesgo que amenaza a las personas migrantes y que parece haber cuajado en ideologías xenófobas que ceden a «la tentación de hacer una cultura de muros» (FT, n. 27).

A nadie le agrada tener que abandonar su hogar, su familia, sus amigos y su país para tener que emprender un viaje peligroso y lleno de obstáculos a otra tierra lejana, con otra lengua y otra cultura, para empezar de cero. Es por ello que hacemos nuestros el diagnóstico y las propuestas del papa Francisco para abordar el grave reto de las migraciones y de los migrantes:

Es verdad que lo ideal sería evitar las migraciones innecesarias y para ello el camino es crear en los países de origen la posibilidad efectiva de vivir y de crecer con dignidad, de manera que se puedan encontrar allí mismo las condiciones para el propio desarrollo integral. Pero mientras no haya serios avances en esta línea, nos corresponde respetar el derecho de todo ser humano de encontrar un lugar donde pueda no solamente satisfacer sus necesidades básicas y las de su familia, sino también realizarse integralmente como persona. Nuestros esfuerzos ante las personas migrantes que llegan pueden resumirse en cuatro verbos: acoger, proteger, pro- mover e integrar (FT, n. 129).

13.  Complementar y paliar las debilidades de la Comunidad internacional

El Concilio Vaticano II (CV II), en la constitución Gaudium et spes (GS), nos recuerda una misión muy particular de la Iglesia por el bien común de toda la humanidad. Afirma el Concilio:

Como (…) no está ligada a ninguna forma particular de civilización humana ni a sistema político, económico o social, la Iglesia, por esta universalidad, puede constituir un vínculo estrechísimo entre las diferentes naciones y comunidades humanas, con tal que ellas tengan confianza en ella y reconozcan efectivamente su verdadera libertad para cumplir tal misión (GS, n. 42).

Haciendo nuestro este mandato del Concilio Vaticano II, queremos, como no podría ser de otra manera, ofrecer «al género humano la sincera colaboración de la Iglesia para lograr la fraternidad universal» (GS, n. 3). La Iglesia tiene una intensa conciencia de la necesidad de crear las condiciones para   la cohesión, la cooperación y la fraternidad tanto en nuestro país como en el ámbito internacional.

Incluso en momentos de necesidad, como los que atraviesa España y que llevarían a poner más el foco en nuestros procesos internos, sabemos bien que ningún país puede salir por sí solo de esta pandemia. Todos somos conscientes de que lograr la seguridad sanitaria a medio plazo requiere de la salvaguarda de los ecosistemas y del desarrollo equitativo de la salud en el mundo. Nuestro país tiene que aspirar a jugar un papel significativo en la construcción de una nueva lógica de gobernanza global que recupere el espíritu de cooperación y consolide la corresponsabilidad mundial. Hemos de trabajar por hacer posible «un planeta que asegure tierra, techo y trabajo para todos. Este es el verdadero camino de la paz, y no la estrategia carente de sentido y corta de miras de sembrar temor y desconfianza ante amenazas externas» (FT, n. 127).

Como nos recuerda el papa Francisco en el número 172 de Fratelli tutti, el siglo XXI es escenario de un debilitamiento de poder de los Estados nacionales, sobre todo porque la dimensión económico-financiera, de características transnacionales, tiende a predominar sobre la política. En este contexto, se vuelve indispensable la maduración de instituciones internacionales más fuertes y eficazmente organizadas, con autoridades designadas equitativamente por acuerdo entre los gobiernos nacionales, y dotadas de poder para sancionar.

Es por ello de agradecer todo esfuerzo por avanzar en el proceso de integración europea con el fin de fortalecer la solidaridad y el proyecto común entre los pueblos que formamos la Unión Europea.

La Iglesia invita a las autoridades de nuestro país a trabajar activamente en «la gestación de organizaciones mundiales más eficaces, dotadas de autoridad para asegurar el bien común mundial, la erradicación del hambre y la miseria, y  la defensa cierta de los derechos humanos elementales» (FT,n. 172). Trabajar por la reconstrucción de nuestro país debe incluir la continuidad de nuestros compromisos con la cooperación para el desarrollo de todos los pueblos tanto desde las Administraciones Públicas como desde las instituciones eclesiales, civiles y el compromiso de los ciudadanos. Implicarnos en las redes de solidaridad internacional nos hace un país más abierto y beneficiario también de ese espíritu de cooperación y fraternidad.

14.   Redescubrir lo esencial

A pesar de su dureza, de las crisis siempre aprendemos algo. Así sucedió con la crisis financiera del 2008, cuyo origen hemos visto que radicaba en una crisis ética y moral de las personas. Llegamos al punto de preguntarnos: ¿ quién controla al controlador?. Sí, nos dimos cuenta de que era necesario recuperar valores fundamentales como la honradez, la defensa del bien común y del interés general. Pudimos constatar cómo la avaricia es capaz de romper el saco.

Justo cuando empezábamos a recuperarnos de dicha crisis, ha emergido la pandemia de la COVID-19 con unas nefastas consecuencias que han provocado una nueva crisis no solo sanitaria, sino también económica y social. Esta segunda crisis nos está enseñando que para salir de ella necesitamos hacerlo juntos, unidos y cohesionados, tanto a nivel nacional como internacional.

Por tanto, si queremos superar este bache, que nos ha hecho tropezar, caer, y a algunos les ha impedido levantarse, deberemos partir de una conversión personal, que suponga un cambio importante en nuestras actitudes y acciones, recuperando la honradez, la solidaridad y el trabajo en equipo.

La suma de ambas crisis, la financiera del 2008 y la provocada por la pandemia, está afectando seriamente a nuestro estado de ánimo y está provocando en no pocas personas una crisis existencial ante la que están aflorando las grandes preguntas del ser humano sobre el sentido y el modo de vida que llevamos, así como las preguntas sobre el origen y el des- tino de nuestra existencia. Este tiempo está provocando una búsqueda existencial y espiritual que nos ayude a ser más humanos y a vivir reconciliados con nosotros mismos, con los demás, con la creación y con Dios. El papa en Fratelli tutti recoge bien esta experiencia mundial:

El dolor, la incertidumbre, el temor y la conciencia de los propios límites que despertó la pandemia, hacen resonar el llamado a repensar nuestros estilos de vida, nuestras relaciones, la organización de nuestras sociedades y sobre todo el sentido de nuestra existencia (FT, n. 33).

Como toda la humanidad, también la Iglesia está inmersa en un proceso de examen ante esta pandemia y sus males. Necesitamos mejorar nuestra actitud de servicio, intensificar nuestro compromiso de salida a las periferias sociales y existenciales, y anunciar el mayor tesoro que hemos recibido: la alegría del Evangelio. A ello queremos dedicar nuestras energías y suplicamos la asistencia de la Gracia que active lo mejor de nosotros mismos en favor del bien de todos.

El Congreso de Laicos, que celebramos pocos días antes de la pandemia, nos marca el camino para que la Iglesia en España siga anunciando el mensaje de esperanza y de amor que Cristo trajo al mundo.

*    *    *

Concluyo. Cuando Nicodemo acude de noche a Jesús con el ánimo bajo y escéptico, Jesús le interpela a nacer de nuevo para acceder a una vida plena y con sentido (al reino de Dios). Nicodemo se sonríe preguntando cómo es eso posible y Jesús le señala que esta nueva existencia pasa por acoger y dejarse hacer por el Espíritu de Dios (cf. Jn 3, 1-11).

Hoy nos encontramos en una grave situación de la que saldremos si aprendemos a acoger al Espíritu de Dios, si nos disponemos a acoger y seguir sus inspiraciones. Si seguimos sus consejos, renaceremos juntos, y pondremos cada uno lo mejor de nosotros mismos para el bien de toda la humanidad.

En el nombre del Señor, la Iglesia que peregrina en las diócesis de España recuerda que es necesario nacer de un nuevo espíritu, del Espíritu del cual manan la fraternidad y el amor, del Espíritu de Dios.

Precisamente, la encíclica que acabamos de recibir del papa Francisco y que nos ha acompañado a lo largo de este discurso nos invita a ello cuando dice: «Anhelo que en esta
época que nos toca vivir, reconociendo la dignidad de cada persona humana, podamos hacer renacer entre todos, un de- seo mundial de hermandad» (FT, n. 8). En ese anhelo queremos comprometernos, en renacer entre todos para —entre todos—, y con Dios, superar las inclemencias de la dura prueba por la que estamos pasando.

Muchas gracias y que Dios nos bendiga.

(Conferencia Episcopal Española)

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