Carta pastoral de Mons. Agustí Cortés: ¿Fraternidad posible? (III)

Como decimos, la fraternidad entre todos los seres humanos ha de tener un fundamento, algo que le sirva de base, algo compartido por todos. Algo que se tenga en común, y que, al mismo tiempo, pueda ser reconocido como propio por cada uno, por todas las personas de cualquier rincón del mundo…

Intuimos que, si existe una falta tan grande de fraternidad en nuestro mundo, es precisamente porque no se reconoce un vínculo que nos una. Si el otro es tratado como extraño y ajeno, es porque así es la imagen que tenemos de él. Su existencia y sus problemas son suyos y en nada nos afectan. Solo cuando la casualidad hace que nuestra vida, de alguna forma, esté dependiendo de la suya, entonces nos interesamos por él. Así, la experiencia cotidiana durante la pandemia actual: ¿Por qué nos preocupa la salud de los demás? ¿Porque le vemos como hermano o porque de su salud depende la nuestra? Quizá ambas cosas. Pero sin duda prevalece el segundo motivo: en el fondo pensamos que estamos en la misma cordada de escaladores y llegaremos a la cima, si todos suben seguros. Un fallo de uno solo puede precipitarnos en el abismo.

Por eso es tan importante identificar la cuerda a la que todos estamos unidos. No puede ser algo tan eventual como el interés por la salud en caso de una pandemia, o un sentimiento vago de compasión, o la eficacia de la fuerza fruto del empeño común para lograr un objetivo económico…

A lo largo de la historia ha habido muchas formas de pensar que reconocían algo en común a todos los seres humanos. Cuando se empezó a reclamar la fraternidad como proyecto social, y a luchar para conseguirla, se daba por sentado que todos tenemos en común la razón y la naturaleza. Reconocerlo era una exigencia de la dignidad que tiene todo ser humano. Hoy, sin embargo, no se habla de “naturaleza y razón” única y compartida, aunque sí se reconoce la dignidad de toda persona humana. Pero ¿por qué toda persona es digna de vivir y por qué compartimos esa dignidad?; ¿qué tenemos en común todas las personas?; ¿qué “nos hermana”?

El Papa Francisco, en su capítulo primero, titulado “Las sombras de un mundo cerrado”, constata el hecho de la ausencia de un proyecto, de un horizonte y un rumbo común, que faciliten la sensación de pertenencia a la misma humanidad (nn. 15-17; 26; 29-31). Lograrlo parece “un delirio” (n. 16) y constituir-nos en un “nosotros” es algo urgente (n. 17).

Llama la atención la frase “constituirnos en un nosotros”. Algo hace sentirnos hermanos y poder hablar en plural. El Papa confirma que, sin sentirnos “un nosotros”, no será posible la fraternidad universal. Pero entonces, ¿se trata de algo que hemos de hacer?; ¿o más bien de algo que ya existe y solo se debe reconocer?

El Papa afirma el anhelo de fraternidad que existe en toda la humanidad en contraste con la realidad: la ausencia de hermandad es una de las contradicciones más flagrantes de nuestro mundo. Pero, como ya hemos dicho hablando del día de Germanor, para un cristiano la hermandad universal no solo no es un problema, sino que forma parte de su credo. Por eso el Papa dice en la Introducción a Hermanos todos:

“Aunque lo escribí partiendo de mis convicciones cristianas, que me animan y nutren, he intentado hacerlo para que la reflexión se abra al diálogo con todas las personas de buena voluntad.”

Por tanto, es legítimo nuestro empeño en lograr la fraternidad universal, al menos como formando parte de nuestro compromiso evangelizador y misionero.

 

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.