Carta pastoral de Vicente Ribas Prats: La Iglesia Católica y la Declaración Universal de los Derechos Humanos

Vicente Ribas Prats, elegido administrador diocesano. (Diócesis de Ibiza)

La Iglesia católica nunca ha suscrito la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Casi nadie lo sabe. Y es razonable y bueno preguntarse, ¿cómo es posible? Nos puede parecer en el año 2020 algo inaudito.

En un primer momento resulta desconcertante. Sin embargo, la Iglesia, que es la principal defensora de los derechos humanos, considera que estos derechos no son tan “universales” como dice su propio título.

El artículo 1 de la Declaración dice que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Esto, que está muy bien y es digno de alabar, no conviene, sin embargo, referencia alguna a los derechos de los no nacidos. Algo en lo que la Iglesia cree firmemente y que defiende con denodado esfuerzo. Solo habla de aquellos que “nacen”. Lo que sería extraño es que la Iglesia católica se adhiriera a una Declaración que se le queda “corta”. La Iglesia va más allá. Podemos decir que la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en relación a la enseñanza de la Iglesia, presenta una serie de limitaciones que han llevado a la Iglesia a no
suscribir la Declaración. Hacerlo sería como un “autolimitarse” la Iglesia misma en sus más profundas convicciones.

Y es que las cosas no son tan simples como pudiera parecer. La Iglesia es la principal defensora de los derechos humanos. Lo ha sido en el pasado, lo es en el presente y lo seguirá siendo en el futuro. Defender los derechos es una cosa y simplemente quedarse en ellos es otra.

La fuente última de los derechos humanos no se encuentra en la mera voluntad de los seres humanos, en la realidad del Estado o en los poderes públicos, sino en la persona y en Dios su Creador. Estos derechos son universales e inviolables y no se puede renunciar a ellos por ningún concepto. Universales, porque están presentes en todos los seres humanos, sin excepción
alguna de tiempo, de lugar o de sujeto. Inviolables, en cuanto inherentes a la persona humana y a su dignidad y porque sería vano proclamar los derechos, si al mismo tiempo no se realizase todo esfuerzo para que sea debidamente asegurado su respeto por parte de todos, en todas partes y con referencia a quien sea. Inalienables, porque nadie puede privar legítimamente de estos
derechos a nadie, sea quien sea, provenga de donde provenga, piense como piense, sean sus creencias las que sean, porque sería ir contra el hecho de ser persona. Todo atentado contra los derechos humanos es un atentado contra el ser humano.

Por ello, no estaría de más que en las actuales circunstancias todo el tejido social de nuestro país, de nuestra comunidad y de nuestras islas de Ibiza y Formentera tuvieran bien presentes los derechos humanos. No se pueden tomar a la ligera, ni banalizarlos,  ni trivializarlos, pues corresponden a las exigencias de la dignidad humana. Los derechos se orientan a la persona
al reconocimiento de su dignidad y a la satisfacción de las necesidades esenciales (materiales y espirituales). Siempre, pero en tiempos de dificultad la referencia y salvaguarda de los derechos se hace más imprescindible. La crisis sanitaria y económica, que nos ha sobrevenido como consecuencia de la pandemia, exigen superar una mentalidad individualista, partidista, ideológica… donde cada uno reivindica sus “derechos”, sus ideas, su programa o su discurso sin querer hacerse responsable
del bien común.

Tengamos bien presente que el bien común no se identifica con ninguna sigla política, económica, cultural o religiosa. Y si caemos en la trampa de hacerlo, mal nos irá en el presente y en el futuro.

+ Vicente Ribas Prats
Administrador Diocesano de Ibiza