Carta pastoral de Mons. Manuel Sánchez: ¿Se pierde el sentido cristiano de los funerales?

El pluralismo religioso y cultural característico de nuestro momento histórico está propiciando una profunda transformación en la vivencia de la muerte y en la forma de afrontarla. En la celebración litúrgica del funeral se destacan a veces la generosidad, la solidaridad y la fraternidad que dignifican a la persona y a la sociedad, pero se deja al margen la cuestión de Dios. Algunos viven la muerte solo como la llegada al final de un camino. Otros eluden los interrogantes que el hecho de la muerte debería plantearles, porque la inquietud por la salvación ya no está en su horizonte vital. Algunos cristianos desconectan la fe en Dios y la esperanza en la vida eterna. No pocos de los que se declaran católicos confiesan creer en Dios y afirman que todo termina con la muerte.

Todo eso está provocando cambios muy significativos a la hora de “despedir” a los seres queridos. A veces, la oración por los difuntos se entiende como un recuerdo y la celebración de las exequias como un homenaje al difunto. Se ha generalizado la cremación y en ocasiones resultan insólitas las formas de deshacerse o conservar las cenizas, sin tener en cuenta el respeto debido al cuerpo de quien está llamado a resucitar con Cristo, de acuerdo con la fe cristiana. La Iglesia enseña que “las cenizas del difunto, por regla general, deben mantenerse en un lugar sagrado, es decir, en el cementerio o, si es el caso, en una iglesia o en un área especialmente dedicada a tal fin por la autoridad eclesiástica competente”.

Esto explica que muchas personas, incluso personas alejadas de la Iglesia con ocasión de un fallecimiento soliciten la presencia del sacerdote. Este hecho no debe ser desdeñado porque constituye una ocasión privilegiada para ofrecer una palabra de consuelo y esperanza desde el Evangelio.

El centro de las exequias cristianas es Cristo Resucitado y en ningún momento la persona del difunto. Por tanto, los funerales han de ser signo y fuente de auténtica esperanza cristiana y deben ayudar a los participantes a crecer en ella. Si se enfocan así se convertirán en un momento de verdadera evangelización. Porque un funeral no es un homenaje a ningún muerto. Es
sencillamente pedir a Dios con una Misa que tenga misericordia del fallecido. Hay que cuidar mucho la homilía del sacerdote o diácono y las intervenciones de familiares o amigos al final de la celebración cargadas de elogios superlativos del muerto, en ocasiones falsos, así como poesías o música profana que le gustaban al difunto… Esas intervenciones no deben alterar el clima creyente de la liturgia de la Iglesia y evitarán un juicio global sobre la persona que ha muerto.

Expresiones como: “allá donde estés, si es que estás en algún lugar”, etc… son incompatibles con la fe cristiana. Por otra parte, los cantos escogidos deben respetar también este criterio.

Para la fe cristiana tanto el cuerpo como el alma forman parte de la identidad de cada ser humano concreto. El cuerpo del difunto, que ha sido templo del Espíritu Santo y que se ha alimentado de la Eucaristía, está llamado a la plenitud de la salvación en la resurrección del último día. Por tanto, hay que desterrar la creencia en la reencarnación ya que no considera el cuerpo como un elemento esencial constitutivo de la propia identidad irrepetible y única de la persona humana. Lo mismo ocurre con la comprensión de la muerte como “muerte total” (de alma y cuerpo), y de la última venida del Señor como una nueva creación de la nada. Esta hipótesis no garantiza la continuidad entre la persona que murió y la que resucitará.

Si la muerte es el momento en que el ser humano vive más radicalmente su pobreza y su fragilidad, esperamos que sea también el momento de la manifestación suprema de la misericordia de Dios. Oramos para que las promesas de Dios se cumplan en nuestros hermanos difuntos y suplicamos con humildad la gracia de que su voluntad de salvación se realice en todos los hombres. Si nadie puede presumir de una certeza absoluta sobre su propio estado de gracia, ¿cómo podemos emitir juicios sobre los otros? Dado que toda persona puede frustrar el plan de salvación que Dios quiere para ella, no es conveniente hacer
afirmaciones que banalicen la presencia del pecado, aunque hay que subrayar que la “misericordia del Señor es eterna” y que “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (Ez 18, 23; 33, 11).

+ Manuel Sánchez Monge

Obispo de Santander

Mons. Manuel Sánchez Monge
Acerca de Mons. Manuel Sánchez Monge 99 Articles
Mons. Manuel Sánchez Monge nació en Fuentes de Nava, provincia de Palencia, el 18 de abril de 1947. Ingresó en el Seminario Menor y realizó luego los estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor Diocesano. Cursó Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde obtuvo en 1974 la Licenciatura, con una tesina sobre la infalibilidad del Papa y ,en 1998, el Doctorado con una tesis sobre "La familia, Iglesia doméstica". Fue ordenado sacerdote en Palencia el 9 de agosto de 1970. Fue Profesor de Teología en el Instituto Teológico del Seminario de Palencia (1975), Vicario General de Palencia (1999) y Canónigo de la Catedral (2003). Fue ordenado obispo de Mondoñedo-Ferrol el 23 de julio de 2005. En la Conferencia Episcopal Miembro de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada desde 2005 Desde 2008 es miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar