Carta pastoral de Mons. Celso Morga: A los eméritos

Queridos sacerdotes:

¡A mis hermanos sacerdotes ancianos!

«Dios mío, me has instruido desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas; ahora, en la vejez y las canas, no me abandones, Dios mío, hasta que describa tu brazo a la nueva generación, tus proezas y tus victorias excelsas» (Sal 71 (70), 17-18).

Desde hace unos días, pienso particularmente en vosotros. Estas breves líneas son fruto de un estado de ánimo que me impulsa a estar especialmente cercano en estos tiempos de pandemia.

Desde una cierta edad, entramos en la categoría de personas con mayor riesgo de contagio de coronavirus. Ello nos lleva a estar atentos a seguir las normas sanitarias que el sentido común y las autoridades competentes nos dictan. Sin embargo, os animo a que no os dejéis paralizar por el miedo; a no paralizar vuestra vida de servicio sacerdotal, en la medida de vuestras posibilidades. Somos sacerdotes “para siempre”. En vuestro caso, aunque disfrutéis de un periodo de “jubilación” de cargos u oficios eclesiales, con el espíritu estamos siempre en activo, dispuestos a servir sacerdotalmente allí donde estamos y perseverantes en la oración.

Deseo solamente expresaros mi cercanía de padre, amigo, hermano y pastor. Aunque experimentemos, particularmente en esta etapa de nuestra existencia, la fragilidad de la vida aquí en la tierra, experimentamos también en nuestro interior ese anhelo de eternidad que el Creador puso en nuestra alma y que nuestro Señor nos confirma con su muerte y resurrección, que en cada Eucaristía hacemos presente. ¡Os pido no abandonar la celebración diaria de la Eucaristía! Siempre necesitamos de la Eucaristía, pero más en este tiempo difícil de pandemia.

¡Cómo desearía manifestaros, uno a uno, mi agradecimiento más sincero por vuestras vidas gastadas en favor del Pueblo de Dios! Os pido que sigáis ayudando con vuestra fe y el sentido sobrenatural de vuestra esperanza a todas las personas que en estos momentos sufren a causa de la pandemia. Sed como esa sal y esa luz a las que alude el Señor en el Evangelio (cf. Mt 5,13), que saben dar gusto y sabor a la vida e iluminan los lados y momentos oscuros de la existencia en situaciones difíciles de desánimo o de angustia.

Hay en la Sagrada Escritura ejemplos magníficos de personas con un largo recorrido de vida, que no cejan ni se rinden cuando ya las fuerzas físicas van disminuyendo. Ahí está, en el Antiguo Testamento, el ejemplo de Tobías que, como decía san Juan Pablo II en su Carta a los ancianos del 1 de octubre de 1999, «se compromete, con humildad y valentía, a observar la ley de Dios, a ayudar a los necesitados y a soportar con paciencia la ceguera (Tb 3,16-17)». O, en el Nuevo Testamento, el ejemplo de Nicodemo, notable miembro del Sanedrín, miedoso y tímido, pero que, en el momento difícil de la sepultura de un condenado a muerte en cruz, da la cara valientemente, supera el miedo y los achaques, compra la mirra y el áloe y se manifiesta públicamente como discípulo del Crucificado (cf. Jn 19, 38-40).

Tenéis en vosotros tanta sabiduría que os ha dado la universidad de la vida y, sobre todo, vuestro ministerio sacerdotal. Este ministerio, ejercido durante tantos años, os ha concedido conocer a fondo el alma humana. Poned toda esa sabiduría al servicio de vuestros hermanos allí donde os encontréis: en residencias, en familia, en la vida parroquial y pastoral. Que esta pandemia no os amilane hasta el punto de paralizaros. Sed ejemplo para aquellos sacerdotes más jóvenes que ahora están madurando en su vida sacerdotal y tienen que afrontar una situación inédita en la vida pastoral de nuestras comunidades cristianas.

Por supuesto, sabed que podéis contar conmigo personalmente para cualquier necesidad que tengáis, así como con la Delegación para el clero y los Vicarios episcopales. Si requerís alguna ayuda personal del tipo que sea no dudéis en comunicarla con toda confianza.

Espero mucho de vosotros, de verdad. ¡Ánimo! Que el Señor os bendiga. Dios, nuestro Padre, por medio de Jesús, a quien habéis servido en vuestros hermanos, y con la fuerza del Espíritu Santo, os recompensará como solo Él sabe hacer.

 

+ Celso Morga Iruzubieta

Arzobispo de Mérida-Badajoz

Mons. Celso Morga Iruzubieta
Acerca de Mons. Celso Morga Iruzubieta 85 Articles
Mons. Celso Morga Iruzubieta nació en Huércanos, La Rioja, el 28 de enero de 1948. Completó sus estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Logroño y fue ordenado sacerdote el 24 de junio de 1972. Posteriormente, cursó la licenciatura en Derecho Canónico en la Universidad de Navarra, donde obtuvo el Doctorado en 1978.morga_iruzubieta_celso Más tarde desarrolló su labor pastoral en diversas parroquias de La Rioja y fue vicario judicial adjunto del Tribunal Diocesano entre 1974 y 1980. Ese año se trasladó a Córdoba (Argentina) para impartir la docencia de Derecho Canónico en el Seminario Archidiocesano. También ejerció de juez en el Tribunal Eclesiástico y de capellán de un colegio religioso. A su regreso a España en 1984, le nombraron párroco de San Miguel, en Logroño, y en 1987 fue llamado a Roma para trabajar en la Congregación para el Clero, el dicasterio vaticano que se ocupa de los asuntos que se refieren a la vida y ministerio de 400.000 sacerdotes católicos en todo el mundo. Allí ha trabajado de jefe de Sección y, desde noviembre de 2009, de subsecretario, cargo que ha ocupado hasta su nombramiento de secretario y Arzobispo titular de Alba Marítima, siendo ordenado obispo por el Papa Benedicto XVI en la Basílica de San Pedro el día 5 de febrero de 2011. Además de su responsabilidad en la Curia Romana, Mons. Celso Morga ha desarrollado una intensa labor pastoral en diversas parroquias de la capital italiana, entre ellas la parroquia de los Santos Protomártires Romanos. Es autor de algunos libros de teología espiritual y ha publicado varios trabajos sobre la vida y el ministerio de los sacerdotes, en L’Osservatore Romano y otras revistas. En la Conferencia Episcopal Española es miembro, desde noviembre de 2014, de la Comisión Episcopal del Clero.